UN ESPIRITU JOVEN: SOPHIA LOREN

«La vida por delante» es una película muy especial, estrenada recientemente. Trae la novedad de la reaparición, tras mucho tiempo, de la gran actriz y diva del cine tradicional, la italiana Sophia Loren, dirigida por uno de sus hijos, Edoardo Ponti.

El guión gira en torno a un niño senegalés, huérfano, que vive en los márgenes de la legalidad en la ciudad italiana de Bari, en las costas del Mar Adriático. Las circunstancia de un robo, lo pone en contacto con la protagonista, una ex prostituta ya retirada, quien se dedica a alojar y ocuparse de los hijos de sus ex colegas mientras ellas se dedican a la profesión más antigua del mundo. Se genera una relación especial entre los dos, que nos hará reflexionar profundamente sobre el afecto, la compasión, la empatía y la amistad, aún sin sopesar edades ni género, que en este mundo actual, parecen valores lejanos.

Entre otras cuestiones, Loren nos recuerda que precisamente, la edad no debe mirarse sólo en términos biológicos, sino, sobre todo, espirituales. Sigue siendo una dama como lo fue siempre y su espíritu, inquieto y vigoroso, está intacto.

EL PRIMER FRACASO LIBERAL EN RUSIA

Además de tener la superficie más grande del mundo, Rusia ha tenido una historia milenaria llena de cataclismos políticos que pocos países pueden siquiera emular.  Si bien hoy puede disfrutar apenas de 29 años de continuidad democrática (iliberal) pero democrática al fin, se trata de un muy breve período aún de su rica evolución. Ella ha sido rica pero en despotismos, algo que llamó la atención de Tocqueville y muchos europeos, que siempre la consideraron «salvaje» y «atrasada» por no seguir la trayectoria «normal» de los presuntuosos europeos. En diez centurias, Rusia ha vivido un Imperio zarista fuerte, cruel y expansivo, además de invasiones a su territorio, magnicidios y revoluciones con efectos sociales de gran magnitud. Lo que no ha tenido paradójicamente, es alguna experiencia que se precie de liberal o constitucional, al estilo de la anglosajona.

Sin embargo, en ese pobre derrotero institucional, pocos saben que a un siglo prácticamente de la tristemente célebre Revolución Bolchevique, de la que se cumplieron cien años hace apenas un trienio, se llevó a cabo otra revolución, pero de carácter liberal. La misma denominada «decembrista» porque se produjo en diciembre de 1825, fue protagonizada por oficiales del ejército zarista, aristócratas, que sorprendidos gratamente con las libertades civiles observadas durante su periplo en suelo francés, al ocupar dicho país, en ocasión de la caída de Napoleón Bonaparte, una década antes, pretendieron llevar adelante esa idea de cambio político, es decir, una Constitución liberal, una monarquía parlamentaria y la instauración del sufragio universal, en la propia Rusia autocrática y cristiana-ortodoxa de la familia Romanov.

Lo hacían motivados en principio por el propio Zar Alejandro I, el tercero de los Zares llamados «modernizadores» (tras Pedro el Grande y Catalina la Grande) quien los había ilusionado respecto a una posible sucesión en su hermano, el Príncipe Constantino. Este -de inclinación liberal-, a la sazón, se hallaba al frente del Zarato de Polonia -nación católica a la que Alejandro sí le había dado cierta autonomía inexistente en su propio país-. Pero la imprevista muerte de Alejandro, ante el casamiento de Constantino con una aristócrata polaca, que lo invalidaba como posible Zar, terminó depositando en el poder a Nicolás I, quien tenía una idea sustancialmente diferente a la de su padre y su tío, o sea, mantener una férrea autocracia sin cambio alguno.

El 26 de diciembre de 1825, en San Petersburgo, la revolución se produce, en función de tales expectativas y va cobrando vigor con los días a medida que los rebeldes se enteran del cambio, interpretado como una especie de usurpación del poder por parte de Nicolás, un joven débil de carácter, permanentemente temeroso y afecto a veleidades militaristas, como jugar a la formación de ejércitos, desde niño. El sofocaría la asonada hasta con cañonazos sobre los 3.000 oficiales y soldados rebeldes, incluso bombardeando el Río Neva congelado para que mueran ahogados. Salvo los cinco cabecillas que serían condenados a la horca, los demás decembristas (en ruso, Декабристы) serían penados con varios años de trabajos forzados en la lejana y fría Siberia, acompañados de sus valerosas esposas e hijos, sobre quienes se construyó una mítica historia.

Así tristemente terminaría aquella revolución genuinamente liberal rusa, cuya historia, poco conocida, sería difundida en una película reciente estrenada en 2019, llamada «Unión de la Salvación» (en ruso, Союз спасения), en honor a la logia secreta masónica de inspiración liberal española, creada en 1818, que conducirían Serguei Ivanovich Muravyov-Apóstol (en ruso,  Сергéй Иванович Муравьев-Апостол), Mikhail Pávlovich Bestúzhev-Ryumin (en ruso, Михаил Павлович Бестужев-Рюмин), Piotr Grigoryevich Kakhovsky (en ruso,  Пётр Григорьевич Каховский),  Pavel Ivánovich Pestel (en ruso, Павел Иванович Пестель) y Kondraty Fiodorovich Ryleyev (en ruso, Кондратий Фёдорович Рылеев) -el intelectual y poeta del grupo-, los cinco líderes de la rebelión, a la postre castigados con la máxima pena por el propio Zar Nicolás I.

Es contrafáctico pero si aquellos valientes oficiales aristócratas rusos hubieran triunfado aquellos días en San Petersburgo, Rusia se hubiera evitado el asesinato de Alejandro II (hijo de Nicolás I), las absurdas guerras de Crimea y la naval japonesa, el asesinato de Stolypin y con seguridad, la Revolución Bolchevique de 1917 -contra Nicolás II, bisnieto paterno de Nicolás I-. Demasiado dolor, sufrimiento, pesar, porque de haber tenido éxito, los Muravyov y Pestel pudieron haber ensayado un camino más moderado hacia una monarquía constitucional capaz de asegurar por primera vez, los derechos y las garantías individuales de los rusos, algo inédito en la historia de dicho país.

Hasta enero de 1992. Ni más ni menos. Como también soñó el genial poeta Aleksandr Pushkin, quien inspiró aquella revuelta, aunque el Zar Nicolás I omitió castigarlo -al menos de modo oficial- dada su enorme popularidad.

ROCK AND ROLL «FIERITA»

 

Mi hijo Nicolás Andrés tenía dos fechas para nacer en octubre de 2000, habiendo descartado ya hacerlo el mismo día que yo (el mítico 17): el 23, el día del cumpleaños de «Charly» García -en el el que nació- o, el 30, el de Diego Armando Maradona. En cualquier caso, sería un día escorpiano, el de un talentoso puro, un genio, aunque Nico hasta el día de hoy, intenta y lo logra, no serlo. Porque sabe en su interior, por eso lo admiro, que ese tipo de vidas son realmente intensas, desmesuradas, constantemente en un subibaja o montaña rusa -a lo Kusturica- y él prefirió la tranquilidad absoluta. Su bajo perfil le permite disfrutar a su manera de las oportunidades que le brinda la vida y él busca, tomar distancia de las adversidades de algunos de sus hermanos mayores e ir zigzagueando los peligros que le deparó -y depara- la vida misma.

Pero claro, ése no fue el camino de Maradona que nos dejó ayer a las 12 del mediodía, a la temprana edad de 60 años, con un corazón grande pero desgastado y pulmones más que agobiados. Si ser Maradona fue difícil y eso lo torturó, como creen descubrir ahora algunos intelectualoides, él también lo buscó. Todos elegimos ser lo que somos. El eligió esa vida porque otra tal vez no le hubiera permitido ese genio del fútbol mundial que fue y hoy todos, sobre todo, fuera del país, reconocen y hasta veneran.

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CUANDO HAMILTON TOCO LA GLORIA

No es el piloto más popular de la Fórmula Uno. Todo lo contrario: lo comprobé en Monza apenas hace algo más de dos años atrás. Sin embargo, la perseverancia de Lewis Hamilton haciendo caso omiso de su propia raza, la que seguramente le jugó en contra en más de una ocasión, le permitió escalar hasta lo más alto del automovilismo mundial. No sólo superar el récord de 5 (cinco) campeonatos ganados por el argentino Juan Manuel «Chueco» Fangio, sino trepar hasta donde parecía imposible: los 7 (siete) del alemán Michael Schumacher, hoy postrado en Suiza.

Hoy, cuando terminó la prueba exigente mucho más por la lluvia desatada sobre buena parte del recorrido en el circuito turco, Hamilton lloró abrazado al cockpit. Sólo su cabeza sabe por qué lo hizo aunque me permito imaginar el gran sacrificio personal que implicaron estos largos 13 (trece) años de profesionalismo, para llegar a la cumbre. Incluso esta mañana, donde sobrellevó la carrera insólitamente desde atrás, donde no estaba habituado a hacerlo, calculando una duración de sus neumáticos al milímetro ya que con sólo verlos tan gastados, podemos comprobar que su especulación de no detenerse en boxes por segunda vez, fue una vez más, acertada. Es que hasta mentalmente, Hamilton demostró ser superior al resto de los 19 pilotos. Ello explica básicamente sus récords casi insuperables: el segundo piloto más joven en campeonar, pero el más ganador (con 92 victorias), más de 160 podios, 97 pole positions y 52 vueltas más rápidas.

Hoy, otro germano, Sebastian Vettel, quien amenazaba en desafiarlo estos años de competencia, pero se quedó allá atrás en torneos ganados, tras un tercer puesto más que meritorio, después de un año sin subir a podio alguno, en un gran gesto que lo enaltece como rival, fue el primero en felicitarlo al costado del Mercedes Benz ultraganador -también marca teutona-.

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HISTORICO TRIUNFO DEL RUGBY ARGENTINO

Cada vez que ocurren o lo ameritan, suelo escribir de las páginas de gloria del deporte argentino en este sitio. Hoy, la selección argentina de rugby más conocida con el nombre de «Los Pumas» escribió su página más dorada, al derrotar por primera vez en su rica y larga historia a la selección neozelandesa, célebre como los «All Blacks», sin duda, la mejor del mundo desde hace ya tiempo. El resultado, una anécdota, 25 a 15, se concretó en suelo australiano, más precisamente en Sydney, en el marco de un Torneo TriNations o Tres Naciones, dada la deserción de Sudáfrica (los famosos «Springbooks»).

Al igual que el tenis que me encanta y el polo que le gustaba a mi padre, el rugby fue siempre un deporte de elite en Argentina. Yo lo conocí gracias a los comentarios de mis hermanas mayores, cuyos amigas o compañeras tenían conocidos varones que podían practicarlo. Lo mismo me ocurrió una vez que nos radicamos en Rosario y yo empecé a asistir al Colegio Sagrado Corazón. Este era un colegio donde el rugby era el deporte preferido de las sucesivas camadas, tenía un equipo propio, de camiseta blanquinegra de franjas horizontales y muchos de mis propios compañeros y hasta amigos lo jugaban cada sábado o domingo. Yo simplemente lo descarté por mi contextura física y apenas crucé a la etapa de mi adolescencia, me dediqué al tenis, más apropiado a mi estructura ósea y muscular, incluyendo la curación del asma que me tuvo a mal traer durante mi infancia, sobre todo en Santa Fe.

Ya en los últimos años del secundario, hasta logré jugarlo con entusiasmo, aunque como hobby y esporádicamente. En el Campo de Deportes del Colegio, sobre la Avenida Ovidio Lagos, me familiaricé con la técnica de correr y llevar la pelota ovalada y traspasarla, toda una verdadera ciencia, además de lograr eludir los tackles rivales. Finalmente, los fines de semana, ya socio del Club Gimnasia y Esgrima, en el Parque Independencia, no desaprovechaba con mi amigo Germán Lucini, incluso alguna vez mi prima Ester Festinger en Santa Fe, en asistir a algunos partidos de la Liga Rosarina o la Santafesina, pero para ver chicas agraciadas, que eran las habitués flirteando con los musculosos del deporte. En 1994, en oportunidad de asesorar al Doctor Roberto L. Villavicencio en el Ministerio de Salud de la Provincia de Santa Fe, conocí al Dr. José Luis Imhoff, el entonces jefe de la cartera, quien fue Puma y asistente técnico de «Los Pumas» en 1978 y entre 1995 y 1999.

En realidad, me impactó como deporte cuando el 16 de octubre de 1976, vi cómo en Cardiff, Gales le ganaba en el último minuto a «Los Pumas», a pesar de que éstos habían desarrollado una defensa impecable con una eficacia contragolpeadora increíble, con Arturo Rodríguez Jurado (tempranamente desgarrado), Alejandro Tavaglini, Gonzalo Beccar Varela y Martín Sansot como estandartes. Ese partido y muchos otros que seguí luego, me fueron identificando con la garra de «Los Pumas» y ese pateador formidable que tenían, el gran capitán Hugo Porta, quien luego, al retirarse, sería nada menos que Embajador argentino en la Sudáfrica en transición democrática de Nelson Mandela.

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TODO DE CORAZON

Vale la pena recordarlo, en este mundo que hoy afronta asustado, temeroso, acorbardado  la presencia de un virus, temiendo perder la vida. Pero tener miedo a la muerte, sin haber disfrutado de la libertad pero sobre todo del amor, compartiendo momentos únicos e irrepetibles con otro u otra, me pregunto, qué sentido tiene. Tristemente, muchos seres humanos pasan por este mundo sin haber conocido la dicha -y la magia- del amor. Precisamente, cuando dos personas se encuentran y se aman, es un momento especial, que no encuentra parangón con ningún otro en la vida, tal vez, equiparable sólo al nacimiento de un hijo.

Ese amor es felicidad pura pero no creo que implique necesariamente una trayectoria fácil hacia él. Si  bien no hay por qué pensar de manera cristiana -o masoquista-, en «un camino plagado de espinas», hay amores duraderos, para toda la vida, que aquí en algún momento repasamos, pero a veces, fogoneados o estimulados por condiciones adversas. Dos películas, una de ellas, habiendo hecho historia en el cine mundial, la otra tal vez menos conocida, pero inspirada en la anterior, trataron sobre dichas circunstancias desfavorables para un par de amores que sin embargo, lograron sobrevivir a todo -incluyendo la prisión, un matrimonio alternativo o el paso del tiempo, sin siquiera verse (7 años en un caso, 21 en el otro)-. Tanto «Diario de una pasión» (también conocida en inglés como «The notebook») y «Lo mejor de mí» («The best of me») -con la música de la banda Lady Antebellum-, reflejaron con mayor o menor plenitud, esas situaciones que no pudieron doblegar la fuerza del corazón, tanto en los hombres como en las mujeres protagonistas.

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