CUANDO “TODOS LO SABEN”, MENOS TU

La película española “Todos lo saben” (2018) es la excusa para escribir de cierta concepción cultural latina acerca de la familia, que bien puede ser no muy funcional a un orden social más productivo y ético. El film muestra de manera lenta y algo reiterativa, la actitud típica de una familia del interior español. Hay clima festivo, camaradería, hospitalidad, incluso mucha intimidad pero también la contracara, o, dirían algunos, la lógica consecuencia de “meter la narices donde no corresponde”, es decir, violar el respeto por los demás: traiciones, deslealtades, recelos, envidias. La trama, centrada en el secuestro de un pariente, más cercano de lo que se presumía, pone al descubierto todo tipo de intrigas que estuvieron latentes durante largo tiempo.

La película me permitió rememorar muchas reivindicaciones que se hicieron del familismo, esa mirada tan especial que se hace de la supremacía de la familia como núcleo de una sociedad, particularmente en Iberoamérica pero también en la Península Itálica. Cuando deportistas argentinos de la talla de Diego Maradona y “Ringo” Bonavena, pero también en la actualidad, la telenovela de los Icardi y los Nara, exaltaban y exaltan el papel de los padres, los esposos o las esposas, como verdaderos “caciques”, dueños de las vidas de sus parejas e hijos, lo cual puede trasladarse fácilmente al plano empresario -son muchas las empresas familiares tanto en España, Italia como en América Latina-, no parece haber forma posible y legítima de inclusión para aquellos extraños o lejanos que integran la sociedad pero se hallan fuera el ámbito del parentesco o la consanguinidad. El personaje de Darín en la película citada, pone de manifiesto lo dicho, con el agravante de que representa a un extranjero, lo cual denotaría cierta xenofobia en el guión.

En resumen, todo se circunscribe a la confianza. Como afirmó Francis Fukuyama en “Trust”, las sociedades más progresistas son las que se animan a confiar más en los que no son parientes. Construyen vínculos legales, asociativos, hasta financieros con los que están más allá del “batallón propio”, diría Burke. Eso les permite crecer y expandirse a lo largo del tiempo.

En los años noventa, yo mismo fui testigo directo durante cuatro años, trabajando para el Grupo Villavicencio (u Oroño), holding médico de la ciudad de Rosario, de evidente raigambre familiar, de la intrigas palaciegas entre hermanos, hijos, cuñados y yernos, que sin duda, distraían tiempo y recursos  en tan poderoso clan, retrasando su desarrollo empresarial y generando dudas acerca de su vigencia, más allá de la vida finita de sus fundadores.

En un conocido estudio en los años cincuenta, sobre las causas de la pobreza en el sur de Italia, Edward C. Banfield descubrió cierta “incapacidad de los lugareños para actuar conjuntamente en favor de cualquier objetivo que trascienda los intereses inmediatos de la familia nuclear”, y ello, porque la lealtad a la propia familia era el único valor aceptado por todos hasta el punto que imposibilitaba colaborar con cualquiera de otra familia.

Banfield denominó a este fenómeno, familismo amoral y atribuyó este singular ethos a una combinación de variables idiosincráticas. Su tesis desencadenó un extenso debate acerca de los requisitos culturales del desarrollo económico y las diferencias entre sociedades cerradas y abiertas y, pronto, este síndrome de familismo amoral fue también utilizado para explicar otros fenómenos como la Mafia o la Camorra pues basta con trasladar esa lealtad incondicional desde el núcleo familiar a la fratría masculina para encontrar el crimen organizado.

Según el español Emilio Lamo de Espinosa, efectivamente, esta singular ética se caracteriza al menos por tres normas, de indiscutible cumplimiento. En primer lugar, “cualquiera de los míos” puede hacer lo que sea (my country, right or wrong); siempre tendrá razón frente a los demás y merecerá -y tiene derecho a exigir- mi apoyo incondicional, al igual que él está dispuesto a darlo, sin condición alguna. En segundo lugar, “quien no está conmigo está contra mí”, pues no puede haber neutralidad, y así el mundo se divide en “buenos” (los míos) y perversos (los demás), que merecen reprobación generalizada. Finalmente, “quien ha estado conmigo no puede dejar de estarlo”; la omertá (ley del silencio o código de honor siciliano) no tiene marcha atrás pues la ruptura de este tipo de lealtades es, simplemente, traición que merece la máxima condena (eventualmente, la muerte).

Se ha discutido mucho cuál es el alcance de este flagelo. Pero lo que es probable es que una vez asimilado, puede trasladarse a cualquier grupo: mi religión, mi nación, mi partido político, mi sindicato, incluso mi “nuevo movimiento social”, todo ello, right or wrong. Son, por supuesto, lealtades perversas que una vez establecidas, exigen una entrega total, cerrando al grupo sobre sí mismo y acorazando a sus miembros. Pues en el extremo, se es sólo como miembro del grupo, que defiende la identidad total.

Habría que preguntarse si en Latinoamérica, no hemos pagado un precio demasiado elevado en términos de atraso, por mantener tan vigente este familismo amoral que la Europa meridional apenas disimula sólo por mantenerse en el espacio de la UE, Bruselas y Berlín.

Italia y el equilibrio de baja confianza

El decrecimiento demográfico de Europa del sur

FUTBOL “CHAMPAGNE” PERO CON SABOR ARGENTINO

En vísperas de la finalísima inédita de Boca Juniors versus River Plate para ganar la Copa Libertadores Edición 2018 y disputar la cumbre del fútbol mundial con Real Madrid en diciembre próximo, me parece apropiado rendirle homenaje al balompié argentino, sobre todo a equipos de un pasado tan victorioso como vistoso.

Fútbol exquisito, atildado, bien jugado, concierto de gambeta, atrevemiento, viveza, punzante. Es cierto, sin demasiada preocupación por la marca y hasta sin velocidad física. El axioma era llegar al arco rival pero jugando, tocando, hasta con paredes dobles. El estilo jamás se traicionaba. No era tan importante defender como atacar, pero aún así, se trataba de equipos con excelentes arquero y defensores. Tal vez, César Luis Menotti, quien acaba de cumplir los 80 años, haya inaugurado esa era, que lograría su cumbre con el campeonato mundial logrado por la Selección Argentina en 1978 y el Mundial Juvenil en 1979. Fueron años gloriosos, que llevaron al país, aún con su caos económico y político, al sitial donde lo terminaran disfrutando Maradona, Kempes y Ramón Díaz, entre otros -hoy, Messi-.

Pero era otro el contexto, muy diferente del actual. Los conocíamos a través de la radio y bastante poco a través de la TV o yendo a sus partidos, pero uno memorizaba los equipos, los titulares eran siempre los mismos y los jugadores tenían un elevado sentido de pertenencia: nacían y se retiraban en sus clubes. Esto permite que muchos de aquellos ídolos históricos sean recordados en vida, inaugurando peñas en el interior del país, siendo reconocidos en los estadios o en las banderas de los hinchas. Es el otro costado del hincha argentino, tan vilipendiado en los medios y hasta la Sociología. Es exigente porque mamó de este fútbol champagne, mucho antes de que llegaran los Platini, Giresse, Zidane, Baggio, Hagi, Laudrup, CR7, Del Piero, Pirlo y tantas otras figuras europeas, para no hablar del rico Brasil.

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EL VALOR DEL EQUIPO: CAMPEONES DEL ´78 Y EL ´86

Se despide junio y en este sábado 30, día que será recordado por la eliminación de las selecciones donde juegan el argentino Lionel Messi y el portugués Cristiano Ronaldo (CR7), las dos megaestrellas individuales del fútbol mundial, cada uno con 4 participaciones mundialistas, no me puedo olvidar de darle mi reconocimiento a las dos grandes Argentina campeonas del mundo de 1978 y 1986, en nuestro país y México, respectivamente. Precisamente, porque Argentina no obtiene ningún título a nivel continental o mundial desde la Copa América de 1993, hace ya un cuarto de siglo y porque en virtud de ello, se valoran mucho más aquellos dos grandes equipos. Subrayo lo de “equipos”, porque a pesar de contar con dos grandes jugadores como el bellvillense Mario Alberto Kempes y Diego Armando Maradona, respectivamente, eran verdaderas organizaciones colectivas, enmarcadas en procesos, con continuidad en juveniles y con dos técnicos, que aún enfrentados en sus estilos, apostaron a reordenar el fútbol después del desastroso Mundial de Alemania de 1974.

En efecto, la Argentina, país especialista en generar grietas inútiles, se enfrascó durante años en un largo debate acerca de estilos futbolísticos que encarnaron los dos entrenadores técnicos, campeones del mundo. César Luis Menotti en 1978, tras haber conducido un proceso que empezaría empatando 2 a 2 con una entonces poco poderosa España en Madrid en octubre de 1974 hasta su culminación en forma de fracaso, en el Mundial de ese país en 1982. Carlos Salvador Bilardo, campeonando en 1986 y saliendo subcampeón mundial en 1990, tras su inicio al frente del combinado nacional en 1983. Mientras Menotti pregonaba un estilo más bien lírico, de buen juego, atildado, sin demasiada defensa, a lo Huracán de 1973, Bilardo favorecía un juego mucho más defensivo, de alta marca y presión y hasta contragolpe, más bien de manera similar al Estudiantes de La Plata de los años sesenta y setenta.

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LA ARGENTINA DE “LA AGONIA AL EXTASIS”

Una vez más, el fútbol como “la dinámica de lo impensado”, como decía César Luis Menotti y en ello, radica su belleza y emotividad, aunque nunca se deje de hablar de “arreglos” y corrupción alrededor, por los millones de dólares que genera como negocio. Una jugada inesperada, fruto del talento individual, la combinación grupal o directamente el azar, fuera del plan de algún técnico obsesivamente metódico, puede conducir a un equipo a la gloria o el fracaso. Las apelaciones a Dios o los cielos, completan el cuadro de irracionalidad, donde la mística sustituye a la lógica.

Donde más y mejor se percibe ese tipo de situaciones, es en las categorías más bajas del fútbol, por ejemplo, las segundas o terceras categorías. Dicho en idioma futbolero argentino, el Nacional B o los torneos de ascenso o del interior, suelen tener ese tipo de desenlaces. Los mismos en lo que el técnico argentino Jorge Sampaoli, se desempeñaba inicialmente en sus primeros años de carrera como entrenador, antes de lucirse en Perú y sobre todo, en Chile. A medida que se escala en la elite del fútbol mundial, ese tipo de alternativas las pueden vivir muy pocos equipos. Son recordables “con los dedos de una mano”: un Deportivo La Coruña  de España de los noventa -donde jugó Leonel Scaloni, ayudante de campo de Sampaoli-, un Leicester de la Premier League de hace cuatro años, un malogrado Chapecoense de Brasil hace un bienio. En esos equipos de la periferia futbolera, que luchan contra los grandes, poderosos y adinerados, el espíritu, el orgullo, la dignidad, el honor, se disputan en cada pelota. El logro se alcanza disimulando las carencias técnicas, la ambición se concreta con el corazón.

El partido de Argentina y Nigeria de anoche en San Petersburgo, revivió parte de esa historia cada vez más relegada del fútbol postmoderno. El centro de un marcador lateral, la entrada al centro del área de un defensor central que es zurdo, rematando con la pierna derecha, enviando la pelota al gol, faltando tres minutos para el final del partido. Un arquero debutante, arrodillándose ante el delantero nigeriano, tapando una pelota que podría haber el fin (catastrófico) de una camada histórica como la de los Messi, Mascherano, Higuaín, Di María, Agüero y Otamendi, cuatro minutos antes. Los mismos jugadores que arrastraban una racha adversa de tres finales perdidas en los últimos cuatro años. Un rato antes de aquél gol nada lógico y de aquella salvada providencial, un penal dudoso en contra, volvía a agitar los viejos fantasmas y traumas que al grupo siempre le resultó difícil sobrellevar. No puedo olvidar la solicitud de los nigerianos en otra segunda jugada dudosa reclamando un nuevo penal, a través del dicutido VAR, que el árbitro esta vez les negó. Para colmo, el centrodelantero histórico de la selección nacional, centro de todas las memes en las redes sociales, volvió a errar el enésimo gol bajo el arco.

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ARGENTINA Y SU PROLONGADA AGONIA FUTBOLISTICA

En Nizhny Novgórod, la Croacia de Modric y Rakitic -la única pareja valiosa que tiene dicha Selección-, le acaba de propinar una de las peores derrotas que se recuerden de las últimas décadas en un Mundial de fútbol, a nuestra escuadra nacional argentina.En un día 21 de junio, fecha en la que nunca había perdido ni le habían convertido un gol, los tres goles croatas, uno de los cuales, fue un “blooper” del discutido arquero que el técnico Jorge Sampaoli llevó como titular, por “su manejo con los pies”, fueron un mazazo al mentón de un rival, anímicamente muy frágil, con su megaestrella Leonel Messi, deambulando fastidiado en la cancha.

Desde 1974, en Alemania, Argentina no tenía tan pésimo comienzo de primera ronda, con un sólo punto, habiendo empatado con la debutante Islandia. Ahora, ha quedado al borde de la eliminación, dependiendo de resultados ajenos y diferencias de gol.

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MI GRAN PASION FUTBOLERA: COLON DE SANTA FE (I)

Santa Fe de la Veracruz. Tenía 5 años y mi papá me llevó por primera vez a una cancha de fútbol, “aupado” en sus brazos, para ver un partido. Paradójicamente, era la cancha de Unión, el archirrival de nuestro amado club, Colón, el querido “sabalero” -por la tradicional pesca de los sábalos, de nuestros hinchas pioneros, en el Río Salado, aledaño a nuestro Estadio Brigadier General Estanislao López, en pleno Barrio Centenario-. Jugaban entre sí y con otros equipos de hoy B Metropolitana (Ferro Carril Oeste, Los Andes, Atlanta, Banfield y los dos rosarinos, entre otros), un torneo reducido que se llamaba Reclasificatorio, para lograr permanecer en la Primera División o descender a la segunda. Colón pudo salvar la categoría aunque yo no recuerde hasta el día de hoy, el resultado de aquel primer partido, porque mi mente al respecto, es borrosa. Pero lo que no me olvido, es que a partir de ahí, mi amor por los colores rojinegros o “sangre y luto” de mi querido club, juegue donde juegue, permanecería inalterable.

No sabía que seguirían décadas de muchas alegrías y también, no pocas y profundas tristezas, pero lo cierto es que, mirando la historia del club en toda su perspectiva, a lo largo de 113 años recién cumplidos el 5 de mayo pasado, tuve la fortuna de vivir los 53 más lindos y honorables del club. Además, como me quedan varios años más de vida, no descarto que viva los mejores por venir. Grande sería mi felicidad si alguna vez, lo viera salir campeón -ya lo vi subcampeón en 1997 y el año 2000-.

El objetivo de esta semblanza, es mostrarles a Uds., los mejores momentos, los más intensos, gratos e ingratos que me tocó vivir con Colón. Tal vez, los más jóvenes puedan extraer como conclusión, la intensidad de este sentimiento deportivo: por qué depara tanto, el cariño por un club de fútbol en un país como Argentina. Como dice un pasaje de la película “El secreto de sus ojos, uno de los protagonistas, fanático de Racing de Avellaneda, expresaba que “uno puede cambiar de todo en la vida pero jamás de una pasión futbolera”. Sin llegar a ese extremo, obviamente que haber recorrido lugares como Rosario, Pergamino, Campana, Buenos Aires, acompañando a Colón, demuestra una fidelidad especial a dicha intitución centenaria.

Vamos a los recuerdos entonces.

Sin mucho por destacar de los años 60. Era pequeño y salvo ese Reclasificatorio, no recuerdo ni la exitosa campaña de campeón del ascenso en 1965 -con el uruguayo José “Pepe” Echegoyen como técnico (fallecido en 2004, a los 77 años de edad-, ni el proceso anterior como el inmediato posterior, excepto las menciones de nombres de grandes jugadores como los hermanos morenos -uruguayos- Orlando y Gisleno Medina, el puntero derecho, el rubio Juan Carlos Mottura (18 goles en 70 partidos y autor de un gol decisivo contra Unión, subido al alambrado y llevado en andas por los hinchas, un 1 de noviembre de 1970), otro puntero, Agustín “Mencho” Balbuena -quien luego  triunfaría en un Independiente campeón intercontinental-, el centrodelantero -luego campeón en Newell´s, Alfredo Domingo “Mono” Obberti, el “Negro” José Luis Córdoba, un 10 talentoso (22 goles en 128 partidos), el defensor Jorge Omar Sanitá, los mediocampistas Carlos Colman, Raúl Poncio, el rosarino José Omar “Pato” Pastoriza -un verdadero caudillo que también triunfaría en Independiente, falleciendo en 2004 a los 62 años de edad- y  Néstor Borgogno (23 goles en 81 partidos), los arqueros Luis Angel Tremonti y el luego consagrado en Estudiantes de La Plata y ya fallecido en Grecia en 2005, a los 66 años de edad, Néstor Martín Errea, entre otros.

 

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PARAGUAY: LA ENERGIA GUARANI

Recientemente, el ex arquero y figura de la Selección de Paraguay de fútbol, el legendario José Luis Chilavert, estalló en las redes sociales, contra la llamada “choclotorta”, que preparaban chefs argentinos, en un programa televisivo dedicado a la cocina. Según Chilavert, famoso por sus penales atajados pero sobre todo por los convertidos más sus tiros libres y hasta goles insólitos de mitad de cancha, tal especialidad es de origen paraguayo y se llama “chipa guazú”. El héroe guaraní reivindicaba así la paternidad del producto de su país, como tantas otras veces, defendió su nacionalidad desde otros ámbitos mediáticos, con el orgullo que caracteriza a dicha nación.

Es que Paraguay, un Estado multicultural y bilingüe de 7 millones de habitantes, tiene una larga historia de subordinación a otros países, aunque nunca se haya sentido humillado. Como colonia española, tras la evangelización jesuita, supo plasmar su independencia un 15 de mayo de 1811, gracias a una campaña militar desastrosa del ejército de Buenos Aires comandado por Manuel Belgrano. Tras ella, famosa en estas tierras, por la triste desaparición del “tamborcito de Tacuarí”, se encendió la llama de la libertad y los paraguayos pronto pudieron independizarse de España. La larga dictadura nacionalista del Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia (1816-1840), aisló a este sitio mediterránea del resto del mundo, pero sobre todo de las guerras intestinas argentinas y la política brasileña. Sin embargo, la Guerra de la Triple Alianza, donde la Paraguay del dictador Francisco Solano López tuvo que hacer frente sóla a Brasil, Argentina y Uruguay, con alguna ayuda británica entre bambalinas, diezmó la población masculina guaraní: sobrevivieron unos 28.000 hombres sobre una población total de 160 a 170.000 habitantes.

Sin pena ni gloria, Paraguay entró al siglo XX. Tras una victoria pírrica sobre Bolivia -la Guerra del Chaco (1932-1935)-, volviendo a caer en 1954 en otra dictadura, la del General Stroessner, siendo hasta 1989, una de las más largas y sangrientas del continente. Allí llegó por fin, la democracia, aunque de la mano del yerno del dictador, otro militar, el General Rodríguez, y en la que el Partido Colorado -hoy, nuevamente en gobierno, gracias a Mario “Marito” Abdo Benítez- y los liberales auténticos, se alternaron en el poder.

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GEORGE BEST, “SIMPLY THE BEST”

Hace 12 años, un 25 de noviembre de 2005, con un transplante renal encima y el marcado deterioro de años que le dejó un alcoholismo crónico al que no pudo gambetear, nos dejaba George Best, un jugador norirlandés de increíble y maravilloso talento.

Contemporáneo del brasileño Pelé, el holandés Cruyff, el portugués Eusebio y el italiano Gianni Rivera, entre otros, pero mucho antes que Maradona, el francés Cantoná, Messi y el lusitano Cristiano Ronaldo, Best se hizo famoso, jugando para el Manchester United de Inglaterra, el mismo gran equipo del inglés Bobby Charlton y el escocés Dennis Law, con quienes compartirían la famosa “Holy Trinity”, “la sagrada trinidad” que ha quedado en la historia del legendario club británico, por sus campeonatos ganados y goles logrados.

Pero sobre todo, más allá de la vida licenciosa de Best, repartida entre mala fama, mujeres y alcohol, terminando sus días de futbolista en los ochenta, en ligas ignotas como la norteamericana (de aquel momento), la sudafricana y la de Hong Kong, sin siquiera ser admitido por el técnico Billy Bingham, para jugar por su selección nacional, el Mundial de España 1982, a sus 36 años, lo cual hubiera sido el digno broche de oro a su gran carrera deportiva, es digno de comentar ese talento de Best.

Gran dribbleador, encarador, una mezcla de la elegancia de Fernando Redondo más la capacidad para llevar la pelota “atada a sus pies” del “Bichi” Borghi, más la rapidez y capacidad goleadora del mismo Maradona, Best se lucía haciendo goles de todo tipo, con jugadas previas donde parecía hacer siempre una de más, pero siempre las terminaba con la pelota adentro del arco. Cuando veo sus videos, me hace recordar al gran Cristian Castillo, ex Atlanta, Colón y Olimpo, un grandioso jugador, que también se perdió una brillante carrera en River y en el exterior, por su vida privada desordenada, pero que jugaba al igual que Best, con su casaca fuera del pantalón, con sus medias bajas, como si desplegara toda su desfachatez en todo el césped de la cancha.

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LA FELICIDAD DE UN NIÑO -O EL COMIENZO DE LA ERA MARADONA-

El martes 10, Argentina puede quedar afuera del Mundial de Fútbol de Rusia 2018, si no tiene un buen resultado (ganar o empatar) y si alguno de sus “hermanos” latinoamericanos no la ayudan con sus finales respectivas. Eso significaría el cierre de un largo ciclo desde 1970, en el que el país estuvo participando siempre en los Mundiales, ganando dos de ellos, siendo subcampeón en otros dos y habiéndose destacado en varios de ellos, como candidato previo. Sin embargo, esa racha tan positiva,  no obstante su declive económico notorio a lo largo de décadas y que pocos países han logrado, está asociado a varios nombres rutilantes, pero sobre todo, a uno, Diego Armando Maradona, “el mejor jugador de todos los tiempos”, “el mejor jugador del siglo” y “el mejor jugador de toda la historia de los Mundiales”.

En el mundo nos conocen por él, hasta podría decirse que el fenómeno Barcelona empezó cuando él fue contratado por el club catalán y ni hablar de Boca Juniors, el club argentino que lo catapultó a la fama global, el insignificante Nápoli (italiano meridional) al que hizo campeonar y el más minúsculo, Argentinos Juniors, una entidad barrial de Buenos Aires, donde debutara profesionalmente y al que hizo subcampeonar. Todos saben de sus éxitos, de sus goles, de su carrera, pero hoy los más jóvenes, lo identifican por sus peleas de la vida, con drogas, el fisco, mujeres, hijos (reconocidos o no) y ex managers, de sus declaraciones siempre polémicas, con sus variados posicionamientos políticos, con su manifiesta incapacidad para lidiar de modo razonable con la fama, aunque pocos conocen sus orígenes y cómo fue posible, que a partir de ellos, tan adversos, él llegara tan lejos. Porque en efecto, quien hoy vive en Dubai, con ex esposas y amantes, con hijos aquí y allá, con una vida cuasi fastuosa,  ganando petrodólares, dirigiendo un equipo mediocre de una liga más que discreta, empezó su vida en una tal Villa Fiorito, un poblado pobre aunque digno, en la localidad de Lomas de Zamora, en el sur del Gran Buenos Aires, un 30 de octubre de 1960.

De sangre gallega, croata e indígena, era el quinto (y primer varón) de 8 hermanos, viviendo con sus padres y abuela, hacinados en una casa muy humilde. Desde pequeño podía exhibir su talento con los pies, en los “potreros” de su barrio, a pesar de que en su casa, dicho por él mismo, “se comía cuando podía” -lección primera para quienes hoy en el mundo, son tan compasivos y complacientes con la pobreza-. Su padre que jamás se quejó de la “exclusión”, ni siquiera conocía ese término, se encargaba de llevar al pequeño en bus, a entrenar y jugar los más de 150 partidos (136 invictos) que jugaría su equipo de inferiores de su primer club (Asociación Atlética Argentinos Juniors), los “Cebollitas”, un conjunto de niños felices que jugaban al fútbol deleitándose a pesar de sus orígenes sociales marginales y a contramano del estilo futbolístico imperante en la época, el famoso “cattenaccio” italiano, tan proclive a la preocupación por obstruir al oponente y no en desplegar  el talento propio. Sugiero mirar respecto a esta infancia poco conocida de Maradona, un programa de TV española, llamado Informe Robinson -Michael Robinson es un jugador británico de los años ochenta que jugó y se encariñó con España y se radicó allí-.

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JUNIO: UN MES SIEMPRE ESPECIAL PARA LOS ARGENTINOS

El sexto mes del año tiene un significado particular para los argentinos. no porque sea el de su independencia, que es en cada julio o el de su tan especial “revolución” que no lo fue, en cada mayo. En cambio, junio es el mes de su Bandera celeste y blanca, la misma del color del cielo, aunque no porque haya sido izada en algún  junio del siglo XIX, si no, en honor a su creador, Manuel Belgrano. Este fue un versátil político, abogado y militar, quien murió un día 20, de este mes, pero del año 1820, en una jornada muy especial, donde llegaron a coexistir tres gobernadores en la región más importante del país, que se acababa de independizar de España pero que ya empezaba a mostrar un desorden crónico.

No obstante, junio también es un mes de Mundiales de fútbol, cada cuatro años, y desde 1974, ininterrumpidamente, casi como si fuera una liturgia más importante que la católica, los argentinos se ubican en las pantallas de sus televisores y ven los partidos de su Selección clasificada a los 11 que han habido en diferentes países del mundo desde aquél año. También cientos de miles, los que pueden, por sus ingresos económicos, suelen viajar a las diferentes sedes de cada Mundial, en cualquiera de los continentes donde se haya jugado. Es que en 4 (cuatro) de esos 11 (once) torneos ecuménicos, Argentina fue protagonista especial: ganó en 2 (1978 en su casa y 1986 en México) y fue subcampeona en otros 2 (1990 en Italia y 2014 en Brasil).

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