CUANDO ESCOCIA VOLVIO EN VIENA

Continuando con su remontada de varios meses, luego de romper el maleficio de 23 años sin participar de ningún torneo relevante a nivel internacional contra Serbia clasificando a la Euro 2020, anoche en Viena, la Selección Nacional de Escocia volvió al triunfo de visitante, al triunfar 1 a 0 con gol de penal de Lyndon Dykes, sobre Austria. Si bien la reciente participación de los escoceses en el tramo final de la Eurocopa, no fue precisamente positivo, dado que perdió dos de los tres partidos que jugó, incluso jugando aquellos como local en Hampden Park, aunque empatara de visitante con el subcampeón de dicho certamen, el archirrival Inglaterra, la victoria de ayer los catapulta al segundo lugar de su zona respectiva, posicionándolos de manera inmejorable para clasificarse al menos para el repechaje para la Copa Mundial de Qatar 2022, lo cual rompería otro karma, el de no participar en un campeonato internacional desde Francia 1998.

Sin duda, el hecho de contar con un combinado en el que se destacan grandes jugadores que participan en la Premier League u otros torneos prestigiosos de Europa, como Andy Robertson, Scott Mc Tominay, Kieran Tiernay y James Mc Ginn, más el valioso aporte del jugador del Celtic local, Ryan Christie, ha hecho que la actual sea considerada la mejor de todas las escuadras nacionales escocesas de las últimas dos décadas y media. Aún contando con un DT como Steve Clarke, un técnico ultradefensivo que no es mejor que otros ex técnicos, como el alemán Bertie Vogts o los ex seleccionados Alex Mc Leish y Gordon Strachan, pero que sí logró reacomodar al equipo desde atrás para delante, Escocia, un país amante del balompié, que en los últimos años, por variadas circunstancias, vio descender el entusiasmo de los niños -aunque no de las niñas- por practicar fútbol, va por la hazaña de participar al menos, ingresando “por la ventana” al máximo certamen ecuménico mundial del año próximo.

Viena fue escenario de la victoria escocesa y el Estadio Olímpico llamado Ernst Happel -en honor al ex gran jugador y ex seleccionador austríaco y holandés que estuvo en el Mundial de Argentina 1978, siendo subcampeón-, cobijó en plena era postpandemia, a los hinchas escoceses que gozaron como pocas veces y los locales, que le reprocharon al final del partido, la derrota a sus jugadores, con el moreno defensor, de origen filipino-nigeriano David Alaba a la cabeza, poniendo a Austria, al contrario de Escocia, al borde de una nueva eliminación, también tras más de dos décadas de ocaso futbolístico -de un país que disfruta de practicar el esquí o la F1, pero no del balompié-.

Hace unas semanas atrás, pude disfrutar de visitar el Estadio Happel (ex Prater), reservado para vacunaciones y testeos contra el Covid-19, de gente que concurría con sus autos y motos, pero donde ganaron ayer los escoceses y donde, en un hecho histórico, que me llenó de emoción, jugara Diego Armando Maradona en 1980 para nuestra Selección, marcando un hat-trick, en una goleada sobre los austríacos, 5 a 1.

Aquí les dejo las fotos del Estadio.

SANGRE DE MI SANGRE

Así se llama un capítulo de la temporada cuarta de la  galardonada serie “Outlander” que aquí ya hemos comentado anteriormente, sobre todo en su parte primera, que se desarrolla en mayoritariamente en continente europeo (Francia, Inglaterra y sobre todo, Escocia, entre 1743 y 1768). Pero ese capítulo citado ya forma parte de la segunda etapa del gran amor incondicional y eterno del highlander Jamie y la curandera Claire.

Producto de un naufragio que casi los ahoga, llegan a las costas de las colonias americanas -más exactamente, Carolina del Norte-, donde abandonando su pretensión de volver a la isla natal del primero, resuelven hacer una nueva vida, como muchos escoceses. Jamie se transformaría en un hacendado civilizado e indultado por los ingleses y ella, devendría en una agricultora y cirujana.

Casi toda la trama de este segunda parte, ya no los tiene a ellos como protagonistas, sino a sus hijos. Por un lado, William, el joven criado desde 1758, por Lord Grey, el aristócrata y ex oficial británico y gobernador de Jamaica, homosexual, enamorado perdidamente de Jamie, viudo de la amiga (Isobel) de la ex amante (Geneva) del escocés, quien había muerto apenas tras engendrar al “pequeño Willie”. Tras una década, Lord Grey junto a William, irían a visitar a Jamie y Claire en su cabaña del Cerro Fraser.

Por el otro, Brianna, queriendo evitar la muerte de sus padres, atravesaría las piedras en Craig Na Dun y luego de un azaroso viaje desde Europa a América, por fin los hallaría en Wilmington, tras un emotivo encuentro. El destino la uniría con su padre natural: ambos fueron violados, él por Jonathan Randall en prisión y ella por un pirata irlandés, Stephen Bonnet.

El nexo de ambos, tanto de William como Brianna, aún sin conocerse, aún teniendo padres adoptivos (Lord Grey como Jack Randall, respectivamente), cuya honestidad, bondad y desinterés, no puede ser puestas en duda, era la sangre. Ambos, a pesar de no verlo en más de dos décadas, no sólo compartían los aspectos biológicos de su padre, sino, lo más importante, tenían el carácter de Jamie: su terquedad, su nobleza, su orgullo, su frontalidad.

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DE CLANES Y “SASSENACHS”

Puede que la causa que admire y me permita indagar acerca de la vida de esos pueblos (escoceses y rusos) tenga alguna relación con esa resiliencia respecto a la vida medieval. En efecto, a diferencia de buena parte del resto de Europa, salvo italianos y alemanes, Escocia y Rusia descubrieron y vivieron tardíamente la Edad Moderna, a la que arribaron, cruentamente, una a través de una batalla perdida (Culloden Moor) y la otra, a través de la Revolución Bolchevique, aunque tal vez, el antecedente de la liberación de la servidumbre decretada por el Zar Alejandro II en 1861, podría también ser considerada esa bisagra entre una era y la otra.

Outlander” (2014-2020) la serie de la norteamericana de origen latino, Diana Gabaldón, es muy interesante porque refleja el amor eterno a través del tiempo (siglos XVIII y XX) entre una dama inglesa (o “sassenach“, el calificativo despectivo en idioma gaélico con que se referían los escoceses a los forasteros ingleses) y un joven montañés guerrero y romántico de las Tierras Altas (Highlands), pero sobre todo, porque describe mejor que ninguna película hasta el momento, aquella transformación social en la que fenecía un mundo y advenía otro.

Por ejemplo, el capítulo V llamado “Rent refleja tales vicisitudes. En algún momento, parte del clan MacKenzie, liderado por Dougal, warchief y hermano de Colum el terrateniente  y tío de James (Jamie) Fraser, el protagonista de la serie, cuya cabeza tiene precio impuesto por los británicos, por agredir a un “Red Coat” (soldado “casaca roja”) se desplaza hacia las tierras bajo dominio de Colun, para cobrar la renta en dinero y especie (por ejemplo, animales) que los habitantes de ellas, les cedían cada temporada, a cambio de se seguridad. Esa era la forma de vida habitual por aquél tiempo (1743) en aquellas regiones de Europa, mientras los escoceses dependían de los ingleses, bajo el Acta de Unión de 1707, no obstante, habiéndose rebelado ya dos veces desde 1715.

La serie en ese capítulo V, mostraría cómo esa recaudación a cargo de Dougal, tenía un doble perfil: por un lado, implicaba, con la asistencia de un veterano abogado (Ned Gowan) formado en la Universidad de Edimburgo, pero ansioso por nuevas aventuras, engrosar las alforjas de su hermano, a cambio de su protección y vigilancia de esas aldeas y villorrios pastoriles, pero por el otro, era para su propio pecunio individual -y la de su banda-. En efecto, Dougal usaba a su propio sobrino con su espalda llena de cicatrices profundas debido a los latigazos de los “Red Coats” enfrente de su propia hermana, quien fuera violada por un oficial a posteriori, para sensibilizar a los campesinos que así, aportarían a aquel tesoro común. Sin embargo, luego, se descubriría que los escoceses no eran vulgares ladrones, sino que ese fondo encubierto, tenía intenciones políticas ocultas: financiar la causa jacobita, es decir, el regreso de un Rey Estuardo a la Corona británica -después de 1688-.

En aquel contexto, como queda dicho, los líderes de los clanes como los MacKenzie y los Fraser, mantenían sus dominios conduciendo a miles de siervos y sus familias, como verdaderos señores feudales, aún con demasiados recelos y reyertas entre ellos, mientras buena parte de aquellas familias apenas tenían para comer y vestirse. El robo era muy común por aquellos días pero también era habitual que los propios guardias del terrateniente, que lo “protegían” a su vez, de los soldados ingleses, abusaran de esposas e hijas de los siervos o extorsionaran a sus propios protegidos, máxime si ansiaban cobrar las recompensas por delatar ante las autoridades británicas, a quienes habían cometido algún delito en esos feudos.

Hablando de mujeres, la vida para ellas, era miserable. Solían ocupar un rol absolutamente secundario, sin ninguna formación, salvo que agradaran y enamoraran a algún caballero, de lo contrario quedarían sometidas a la hostil forma de vida en el campo, criando cerdos y gallinas y lavando ropa, con la orina de ellas mismas, para facilitar que la suciedad se desprendiera más fácilmente. Los jefes de los clanes accedían a las más jóvenes, aunque era muy usual, mantener parejas paralelas con quienes tenían hijos bastardos.

Los hombres cazaban, cuidaban y amansaban caballos en los establos, como lo hacía el joven Jamie  pero también bebían a raudales, máxime considerando las inclemencias de un clima hostil, frío y húmedo y caso nunca soleado.

Pero claro, la vida clánica tenía otros componentes tal vez hoy, dignos de nostalgia. El honor ocupaba un rango muy especial. Como muestra “Outlander“, los escoceses eran rudos y muy pendencieros, pero en numerosas ocasiones, eran capaces de pelear o sacrificarse con la tortura vía latigazos en la espalda, por defender el honor de una mujer, si alguien osaba llamarla “prostituta”. Lo mismo ocurría con las relaciones sexuales. No era raro que un hombre, como lo hizo Jamie Fraser, con la propia Claire Beauchamp Randall (la otra protagonista), se instalara toda una noche, aguardando semidespierto aún cansado, en la puerta de la habitación de una mujer, sólo para custodiarla de eventuales ataques de otros montañeses borrachos. Jamie llegó al extremo de dejarse violar por el oficial inglés “Black Jack” Randall en la cárcel para que éste libere a Claire.

Asimismo, los escoceses podían ser caballeros pero ello no impedía que fueran también apasionados y guerreros. O quizás al revés: el hecho de que fueran tan salvajes, a los ojos del resto de los europeos, sobre todo, los presumidos ingleses, los convertía en galantes y corteses.

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HISTORICO TRIUNFO DEL RUGBY ARGENTINO

Cada vez que ocurren o lo ameritan, suelo escribir de las páginas de gloria del deporte argentino en este sitio. Hoy, la selección argentina de rugby más conocida con el nombre de “Los Pumas” escribió su página más dorada, al derrotar por primera vez en su rica y larga historia a la selección neozelandesa, célebre como los “All Blacks”, sin duda, la mejor del mundo desde hace ya tiempo. El resultado, una anécdota, 25 a 15, se concretó en suelo australiano, más precisamente en Sydney, en el marco de un Torneo TriNations o Tres Naciones, dada la deserción de Sudáfrica (los famosos “Springbooks”).

Al igual que el tenis que me encanta y el polo que le gustaba a mi padre, el rugby fue siempre un deporte de elite en Argentina. Yo lo conocí gracias a los comentarios de mis hermanas mayores, cuyos amigas o compañeras tenían conocidos varones que podían practicarlo. Lo mismo me ocurrió una vez que nos radicamos en Rosario y yo empecé a asistir al Colegio Sagrado Corazón. Este era un colegio donde el rugby era el deporte preferido de las sucesivas camadas, tenía un equipo propio, de camiseta blanquinegra de franjas horizontales y muchos de mis propios compañeros y hasta amigos lo jugaban cada sábado o domingo. Yo simplemente lo descarté por mi contextura física y apenas crucé a la etapa de mi adolescencia, me dediqué al tenis, más apropiado a mi estructura ósea y muscular, incluyendo la curación del asma que me tuvo a mal traer durante mi infancia, sobre todo en Santa Fe.

Ya en los últimos años del secundario, hasta logré jugarlo con entusiasmo, aunque como hobby y esporádicamente. En el Campo de Deportes del Colegio, sobre la Avenida Ovidio Lagos, me familiaricé con la técnica de correr y llevar la pelota ovalada y traspasarla, toda una verdadera ciencia, además de lograr eludir los tackles rivales. Finalmente, los fines de semana, ya socio del Club Gimnasia y Esgrima, en el Parque Independencia, no desaprovechaba con mi amigo Germán Lucini, incluso alguna vez mi prima Ester Festinger en Santa Fe, en asistir a algunos partidos de la Liga Rosarina o la Santafesina, pero para ver chicas agraciadas, que eran las habitués flirteando con los musculosos del deporte. En 1994, en oportunidad de asesorar al Doctor Roberto L. Villavicencio en el Ministerio de Salud de la Provincia de Santa Fe, conocí al Dr. José Luis Imhoff, el entonces jefe de la cartera, quien fue Puma y asistente técnico de “Los Pumas” en 1978 y entre 1995 y 1999.

En realidad, me impactó como deporte cuando el 16 de octubre de 1976, vi cómo en Cardiff, Gales le ganaba en el último minuto a “Los Pumas”, a pesar de que éstos habían desarrollado una defensa impecable con una eficacia contragolpeadora increíble, con Arturo Rodríguez Jurado (tempranamente desgarrado), Alejandro Tavaglini, Gonzalo Beccar Varela y Martín Sansot como estandartes. Ese partido y muchos otros que seguí luego, me fueron identificando con la garra de “Los Pumas” y ese pateador formidable que tenían, el gran capitán Hugo Porta, quien luego, al retirarse, sería nada menos que Embajador argentino en la Sudáfrica en transición democrática de Nelson Mandela.

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EL “OTRO ADAM SMITH”

Hace 277 años, un 16 de junio de 1723, nacía en Kirkcaldy (Escocia), Adam Smith, economista, filósofo moral y profesor universitario, “padre de la Economía Moderna”, autor de “La riqueza de las naciones” (1776), una de las más grandes obras de su disciplina, célebre por su detallismo geográfico y histórico. Ese Adam Smith es bastante más conocido del que vamos a describir aquí brevemente.

Aquel Adam Smith era muy crítico tanto del mercantilismo como de la fisiocracia imperantes porque precisamente, en sus viajes por Europa, había comprobado cómo funcionaban los mercados y la relevancia de las instituciones jurídicas para que ellos prosperen, evitando prohibiciones o monopolios o la fe ciega en la posesión de recursos naturales. Ese Smith es bastante más difundido y criticado aún por los mismos liberales, como los austríacos, que cuestionan su teoría del valor trabajo en base a los costos de producción y no como ellos, que creen en una teoría subjetiva.

Pero Adam Smith también era un genial Profesor de Teología Moral, que escribió otras grandes obras como la “Teoría de los Sentimientos Morales” (1759)  y “Lecturas de Jurisprudencia” (1763), las cuales nos muestran otro Smith, uno humanista, preocupado por enfrentar la lógica imperante hasta la modernidad, impregnada de valores como la solidaridad cristiana pero también dudando de la propia fe racionalista de la era que le tocaba vivir. Es tan o más importante este “Smith moral” que el “”Smith economista”.

Porque este último arguye la superioridad y eficiencia para asignar recursos por parte del mercado, no porque crea que es perfecto, como muchos marxistas y keynesianos creen de él, ni tampoco porque sea un dogmático, sino porque pensaba que era el orden más compatible con la naturaleza humana, imperfecta, falible, a veces inteligente, a veces indolente. El mercado era la mejor opción entre la vida que ofreció durante siglos el Medioevo, esperando que de la caridad y el sacrificio humano, no vendría más que la autosuficiencia y aquella que parecía vislumbrar el racionalismo, el “hombre de sistema”, creyendo que un orden planificado centralmente, podía ofrecer la superación de la subsistencia colectiva.

El mercado era superior a ambos órdenes en la práctica porque sin partir de algún atributo especial exigible al hombre, ni de sus capacidades o incapacidades, sus talentos o sus falencias, sin requerir por ejemplo, de un espíritu solidario, de entrega generosa -de allí el error grave típico de atribuirle a Smith una prédica favorable al egoísmo-, podía ofrecer más bienes y servicios que ningún otro orden histórico anterior.

Esa virtud sistémica, sin un hombre con una sabiduría superior, que digite, controle o manipule a todos los demás,  sino una multitud de hombres que cooperan entre sí sin saberlo -ésa es la lógica de la tantas veces vilipendiada “mano invisible”-, es la que genera una abundancia enorme y ése fue el punto de inicio de la llamada “Revolución Industrial”.

Como demostrarían dos siglos después Douglass North y Robert Fogel, fue gracias a instituciones como el alambrado de campos y la aparición de la banca institucionalizada y el seguro, que la propiedad privada sería el artífice de ese enorme crecimiento de la riqueza que se generó en estos tres siglos -y con ella, la disminución de la pobreza global-.

Todo ello demuestra que aún en el “Smith economista”, hay un sustrato moral humano innegable. Hay una concepción del ser humano que no es precisamente egoísta como suele exagerarse entre sus detractores. Al contrario, Smith cree más en un hombre generoso, aún con los seres más alejados a su familia.

Ya en la “Teoría de los sentimientos morales”, el filósofo realiza un pormenorizada descripción del sentimiento de “la simpatía mutua”, un atributo importante a la hora por ejemplo, de ofrecer servicios o vender productos, clave en todo intercambio comercial. Como vemos, Smith habla de sentimientos, emociones, pasiones, en ello se identifica con la Ilustración Escocesa y se aleja del racionalismo francés de Rousseau, Voltaire y tantos otros, por cuya concepción humana, conocemos ese otro liberalismo más equívoco y tal vez, más distorsivo que que el escocés pero que lamentablemente, se difundió en América Latina. En Smith entonces, esa naturaleza humana diversa es la materia prima ideal y única compatible con el orden de mercado que a su vez, traía prosperidad.

Ojalá esta versión humanista de Smith sea más conocida de lo que lo fue hasta hoy en estas tierras para de esa manera entender mejor las claves de su lógica usada en “La riqueza de las naciones” y poder debatir mejor sin reduccionismos ni clichés, sobre los alcances y eficacia de los órdenes sociales sustentados en el gobierno limitado más las tres reglas de la estabilidad de la posesión, la transferencia por consentimiento y el mantenimiento de las promesas, como solía repetir su colega y amigo David Hume.

Invitado por el Dr. Walter Castro, tuve el honor de participar en un Liberty Fund Colloquium llamado “Adam Smith on Ethics and Economics” en la Ciudad de Mendoza, junto a grandes economistas y juristas de Argentina e Iberoamérica, entre los días 20 a 23 de noviembre de 2008, donde pude aprender de ellos, mucho más sobre esta señera figura central en el pensamiento filosófico y económico universal.

EL ULTIMO PENSADOR MODERNO DEL MUNDO ANTIGUO

Me fastidio -y angustio- cuando escucho a mis alumnos/as habituados/as en otras cátedras, a demonizar al “neoliberalismo” ignorando de qué se trata y mucho menos, cuáles son sus límites temporales e intelectuales con el liberalismo y ni hablar, con el socialismo. Mucho más monto en ira cuando a sabiendas de explotar la supuesta debilidad moral de la doctrina liberal –vis a vis el socialismo distribucionista-, esos mismos profesores/as suelen hacerles identificar de manera automática, liberalismo con egoísmo, atomismo, indiferencia social , aislamiento,  racionalismo frío y calculador, el llamado “individualismo falso” o “racionalismo ingenuo” -opuesto al crítico-, en términos de Friedrich Von Hayek y Karl Popper. Claro, no saben que la tradición liberal es rica y diversa y que por ejemplo, no conocen la existencia de un historiador escocés y contemporáneo a Adam Smith (1723-1790), formando parte de la misma escuela, que reivindicaba por un lado, la virtud cívica republicana vigente en la Antigüedad y por el otro, cuestionaba los males (no deseados) de la sociedad civil mercantil, típica del capitalismo, que sí acabaría apoyándose en una moral egoísta.

Supe de su vida por primera vez, vía el gran historiador argentino Ezequiel Gallo. Vivió en plena Edad Moderna, siendo testigo directo de la hegemonía militar de Gran Bretaña -una monarquía comercial en transición a la democracia-, cristalizada finalmente con la victoria sobre el Imperio napoléonico en Waterloo (1815). Capellán retirado del Ejército británico y luego profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Edimburgo, fue contemporáneo y formó parte de la llamada Ilustración Escocesa, que pensó la modernidad de una manera especial, sin depositar tanta fe ciega en la razón humana y sopesando el valor de la tradición.

Adam Ferguson (1723-1816) fue más allá y fue mucho más crítico de esa modernidad que sus colegas Adam Smith y David Hume, sin convertirse en un reaccionario. En efecto, cuestionó la mirada crítica de Hobbes de la barbarie o el mundo salvaje típico del estado de naturaleza pero también de la reivindicación naturalista de Rousseau, con su famosa frase reivindicatoria cuetionando a la sociedad y la civilización: “el hombre nace libre y por todos lados, aparece encadenado”. Ferguson se ubica en un punto equidistante y superior a ambos. Para el filósofo escocés, ya hay rasgos de sociabilidad y racionalidad en el mundo antiguo coexistiendo con la barbarie, en el propio mundo antiguo. Una vez más, a diferencia de Smith con su “simpatía” y “benevolencia”, el historiador escocés diría que es de un contexto de  agresión, violencia, odio, rencor, en suma, la guerra, que derivan virtudes como el honor, la caballerosidad, el patriotismo, el heroísmo, la valentía, la abnegación, la virilidad, la fortaleza, el desinterés, la adhesión a lo simbólico, la cortesía, la noble venganza, incluso otros, más personales, como el culto de la amistad y hasta la creatividad.

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MARIA ESTUARDO: LA REINA DE LOS ESCOCESES

Escocia es una nación que exigió recurrentemente ingentes sacrificios a quienes pretendieron reinarla, demandando incluso de la vida de terceros. Así como en el siglo XIV, el bravo y popular guerrero William Wallace debió pagar en el patíbulo inglés, la codicia y cobardía de los nobles de su propia amada patria, para que pronto, uno de ellos, Robert de Bruce, se animara a romper con Eduardo I (“Zanquilargo”), reinante en Londres, apenas unas centurias después, María Estuardo (Mary Stuart), también perdió la cabeza para que su hijo James, pueda unificar el trono, como Jacobo I y VI sobre ingleses y escoceses, respectivamente. En una nación, donde la pasión ha prevalecido a menudo sobre la razón, no podía ser de otro modo. La imprudencia, el capricho, la ambición, el orgullo y obviamente, el amor, han sido malos consejeros para una elite, incluyendo sus monarcas, que una y otra vez, cederían ante sus pares ingleses.

Paradójica ha sido siempre la historia de María Estuardo (1542-1587) y de su “hermana”, “prima” y archirrival, Isabel I Túdor (1533-1603).  No en vano, han habido infinidad de libros e historias llevadas al cine, retratando el fuerte contraste entre estas dos Reinas contemporáneas, la una y la otra. En las versiones cinematográficas de 1936 -protagonizada por Katherine Hepburn– y 1971 -con Vanessa Redgrave como actriz principal en oposición a una genial Glenda Jackson que actuaba como la reina inglesa-, por ejemplo, llamaban la atención, la vida “normal” de una (la católica María, casada, joven viuda y nuevamente casada y encinta con Lord Henry Darnley) versus la atribulada y desdichada de la segunda (la protestante Isabel, hija bastarda confinada por Enrique VIII, soltera empedernida, amante de amantes pero sobre todo, enferma de poder).

Apenas asomaba en el horizonte fílmico, algún rasgo opuesto, en términos morales. María, que sería santificada por la Iglesia Católica, era una mujer agradable, seductora, romántica, hasta con convicciones pero de carácter débil, frágil, impulsiva, incapaz de liderar a un pueblo y mucho menos, a dos. Todo ello la conduciría a un destino fatal, viuda dos veces y prisionera 18 años de su edad de 44. Isabel, por el contrario, con una infancia espantosa, rodeada de enemigos (internos y externos), se sobrepuso a tal derrotero, supo adaptarse al contexto adverso y finalmente, reinó 45 años, sacrificando su propia vida privada al Estado. Mientras una fue realmente “humana”, la otra debió omitir su propia naturaleza y el resultado está a la vista, sobre todo, dado el sitial de privilegio mundial al que llevó a Inglaterra, una isla pobre e inhabitable por siglos.

La recientemente estrenada película titulada “Mary, Queen of the Scots”(en español, “Las dos reinas”), protagonizada por las “pelirrojas” (jóvenes) Saoirse Ronan y Margot Robbie, se enmarca en un mundo y en un siglo de neto corte feminista, donde se discute -y reivindica- el papel de aquellas mujeres que lograron reinar en un mundo de hombres “crueles”, como lo afirmaba la propia Isabel, quien admite en uno de los pasajes del film, haberse transformado en uno más de ellos. Casi toda la película dirigida por otra mujer (Josie Rourke), gira en torno de ello.

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EL REGRESO DE HOLANDA Y ESCOCIA

A los primeros planos del fútbol europeo. Mis dos Selecciones favoritas, por diferentes historias pero con un denominador común: el buen trato del fútbol.

Holanda, por sus exitosos Mundiales, su gran Euro de 1988 y su fútbol total, con la que se ganó el fenomenal apodo de “la Naranja Mecánica”, además de ser la escuela del Barcelona. Lo logró de la mano del ex gran shoteador y defensor del gran club catalán, Ronald Koeman, que a diferencia de viejos antecedentes, prefiere sostener al equipo de atrás hacia adelante. Ayer, logró clasificar a la instancia de los “Final Four” de la UEFA Nations League, superando el karma alemán: ir perdiendo 2 a 0 y lograr empatar a la heroica, en los últimos minutos, jugando de visitante. Una Selección habituada a aflojar anímicamente en las instancias decisivas como finales, ayer demostró que puede también afrontar y enfrentar la adversidad y hasta superarla. Ya no están los Cruyff, los Sneijder, los Robben, los Gullit, los Van Basten. Pero está Frenkie De Jong, una suerte de especialista quirúrgico de los pases al gol (asistencias), un chico de 21 años que juega con un estilo y un dinamismo diferentes, está Virgil Van Dijk, el defensor negro pura potencia, está Memphis Depay, un enganche o mediapunta que bien puede competir con el belga Hazard por la elite del balompié del Viejo Continente. Por qué omitir a Matthijs De Ligt?, preguntarán algunos.

Escocia es diferente. En las Islas Británicas, en mi opinión, los escoceses son los que mejor juegan con la cabeza pero sobre todo los pies. Mejores que sus odiados primos, los ingleses y mucho más habilidosos que los galeses e irlandeses (del norte y del sur). Sin embargo, por indisciplina o desorden táctico, jamás pudieron plamar a nivel de elección, ese talento natural. Hace tiempo que no logra buenos resultados ni a nivel europeo (2003) ni en clasificaciones a un Mundial (1998), perdiendo esas posibilidades en lo últimos minutos de sus partidos definitorios. Esta noche, en el mítico Estadio Hampden Park, escenario de triunfos sobre la archirrival Inglaterra en el pasado, pudo quebrar a un clásico de la mitad de tabla europea, Israel, con quien había perdido en la ida en octubre en suelo hebreo. Lo hizo con su nueva estrella, James Forrest, un chico (grande) del Celtic Glasgow, habilidoso y atrevido, como aquellos Archie Gemmill, el “Colorado” Gordon Strachan o Gary Mc Allister de los setenta, ochenta y noventa, con algún gen latinoamericano perdido.  Pero al talento le agregó gol y se convirtió en el hat trick de la jornada. Tiene companía en otros jóvenes, como Ryan Fraser y Ryan Christie.

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INGLATERRA HACE HISTORIA EN RUSIA 2018

Cuatro de los catorce jugadores de la Selección de Inglaterra que le acaba de ganar a Suecia en Samara, la lejana Rusia, apenas habían nacido cuando en el Mundial de Italia en 1990, los “Three Lions” lograron su último pase a semifinales de una Copa ecuménica. Como condenada por el destino, desde el único y último campeonato jugado en su casa en 1966, la trayectoria inglesa en Eurocopas y Mundiales, no conocía otro destino que penurias. Incluso aquel logro de hace 28 años, fue menospreciado por una triste eliminación por penales, a manos del luego campeón, la Alemania de Beckenbauer.

Getty Images, UK.

Hoy, estos jóvenes jugadores emularon a los Peter Shilton, Stuart Pearce, Mark Wright, Chris Waddle, Paul Gascoigne, Trevor Steven, David Platt, Peter Beardsley y Gary Lineker de aquel lejano 1990 y volvieron a obtener el segundo pase de semifinales en un Mundial en 28 años. Hay que recordar que esta generación de los Jordan Pickford, Jordan Henderson, John Stones, Kieran Trippier, Dele Alli, Raheem Sterling, el gran goleador Harry Kane y el veterano Ashley Young, conducidos por el elegante Gareth Southgate como técnico, se forjó en seleccionados juveniles con copas mundiales Sub 17 y Sub 20 más buenas actuaciones en torneos europeos Sub 21 pero que en mayores, tuvo que hacerse cargo de una pesada herencia, reemplazando a dos generaciones sucesivas de la “vieja guardia” como David Seaman, John Terry, Tony Adams, Rio Ferdinand, Steven Gerrard, Frank Lampard, Paul Ince, David Beckham, Alan Shearer, Michael Owen, Wayne Rooney y tantos otros brillantes que no lo obtuvieron ningún triunfo significativo, soliendo quedar eliminados en instancias definitorias, casi siempre por penales. Como si “la nueva generación”, aún practicando un fútbol más ordenado y apegado a jugar el balón contra el piso pero convirtiendo sus goles a la vieja usanza -pelota parada y cabezazos-, continuara signada por el infortunio, Inglaterra ganó su grupo en la eliminatoria sobre Eslovaquia y el archirrival Escocia aunque penó empatando con ésta en el último minuto en  el Hampden Park de Glasgow, el mismo donde Maradona hiciera su primer gol para la Selección Argentina hace 39 años atrás.

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