EL DIA DE LA AMISTAD EN ARGENTINA

A pesar del mito generalizado que los liberales pensamos nada más que términos de vicios materiales o dinero, la amistad fue un gran principio moral de los filósofos morales del siglo XVIII.

Adam Smith creía que el hombre no nace con altos valores morales, sino que más bien los adopta como una manera de satisfacer su necesidad ilimitada de contactos sociales, lo que a cambio requería el desarrollo de la confianza para sobrevivir en una comunidad orientada hacia el comercio. Para Smith, éste y los mercados libres fomentan una conducta moral, promoviendo la sociabilidad y enfatizando los elementos esenciales de la llamada “Regla de Oro”: “haz a los demás lo que te gustaría que te hagan a tí”.

Edmund Burke pensaba que “el lado oscuro de nuestros sentimientos no es mitigado por la razón pura, sino por los sentimientos más benévolos. No podemos ser juzgados simplemente por nuestros vicios, ya que podemos ser disuadidos de satisfacerlos, a través de la confianza y el amor que se desarrolla entre los vecinos, de los hábitos profundamente arraigados de orden y paz, y el orgullo hacia nuestra comunidad o país”.

En la actualidad, en Argentina, una muestra más de la bipolaridad de nuestra sociedad lo testimonia que siendo una de las más antinorteamericanas del continente, muchos veranean y tienen residencia en Miami además de festejar el “Día del Amigo”, por el recuerdo de la llegada del primer hombre -o sea, la expedición norteamericana Apolo XI- a la Luna en 1969. Se empezó a celebrar en la también denostada década de los noventa pero llegó para quedarse definitivamente, sobre todo, gracias a las redes sociales virtuales, por lo que las noches del 20 de julio suelen estar repletos los restaurantes y bares con multitudes de “amigos”, en realidad, compañeros de trabajo, conocidos ocasionalmente, “contactos” de Facebook, etc.

Como no comparto ni el culto a la amistad un tanto banal que supuestamente hacen los argentinos ni las celebraciones artificiales, por este medio, “mi medio”, le rendiré un pequeño homenaje a mis diversos y variados amigos de la vida, a lo largo de estos 53 años, algunos de los cuales los disfruté en la primera mitad de la vida, en mi infancia y adolescencia, amigos del colegio, como los rosarinos Héctor Fabián Delprato y Marcelo Raúl Tacconi, el jujeño Oscar Cisneros, en la Universidad, el sanjuanino Marcelo Raúl Fretes, Julio De Hoop y Gustavo Angel Rufach (oriundo de Peyrano) y, trascendiendo la vida escolar, la práctica del tenis o paddle y a lo largo del tiempo, más allá de la distancia geográfica, Germán Lucini (nacido en Cepeda), que vive con su querida familia en Europa. En Córdoba, en estas dos últimas décadas, gracias a mi trabajo, Dante La Rocca Martín, me ha acompañado en estos años recientes, junto con Juan Iribas, mi compañero de desventuras con el tenis.

Con todos ellos, más otros con mayor irregularidad, circunstancialmente, como Daniel Orazi, Gastón Leroux, Javier Fernández, Christian Saint Germain, Oscar “Pipo” Laudanno, David Pisceri, Guillermo Travella, Jorge Gómez, Edgardo Vega, Mario Hallberg, Sergio Dalmasso, Jorge Galíndez, Fabiana Suárez, Silvina Irusta -para desmentir a aquellos que creen imposible la amistad con el género opuesto-, Juan Romeo Benzo, Ricardo Castro, Jorge Méndez, Javier Bueno, Santiago Bueno, Gustavo Forgione, Eduardo Moggia, Darío Mengucci -mi profesor de tenis-, Gabriel Fernández Gasalla, Ricardo Ymenzon, Rodolfo Artola, los santafesinos (de la capital)  Gastón Subirá y Rolando Pocovi -hoy en Rusia-, Paul Capriotti -en España-, Adrián Zicari -en Francia-, hasta ex jefes como Roberto Villavicencio, Juan Manuel Villarruel y Gerardo Bongiovanni, ex alumnos como Leonel Garat, Jorge Durbano, Luis Ferraro, Nicolás Dold Sierra (que nos dejó este año, muy joven), etc.

No importan tanto las coincidencias, tampoco las circunstancias, ni siquiera la continuidad. Ya sea en la escuela, la Facultad, el club, el deporte, viajes, la política, el trabajo, hubo largos momentos en los que estuvieron, pude pensar en voz alta con ellos, disfruté de su compañía, todos me ayudaron a transitar esta vida, con una sonrisa, todos ellos en épocas donde prevalecía el “cara a cara”, sin mediar las redes sociales. Aún con peleas o conflictos coyunturales o desacuerdos puntuales, aún separados por la distancia, algunos más recientes, otros más antiguos, más jóvenes o viejos, están y estaban afectivamente presentes, todos me llevaron por “buenos caminos” y eso es lo importante.

No tengo temor a afirmar que la amistad es una gran institución funcional a la vida humana, eminentemente gregaria, incluso mucho más que la familia. Son vínculos que uno eligió y elige, que obran como una red de apoyo transitorio o permanente, pero de enorme utilidad para afrontar mejor la infancia, la edad adulta y la longevidad. Los costos de vivir en familia, con afectos que uno no escoge o, la misma soledad, pueden compensarse con la presencia de la amistad. Estoy absolutamente seguro que Robinson Crusoe no hubiera sobrevivido en su isla, sin su nuevo amigo “Viernes”, como tampoco Robin Hood hubiera atravesado su vida aventurera sin sonreír con las peripecias de Littlejohn y el fraile Tuck.

Por eso, hoy, a sabiendas que el reencuentro está a la vuelta de la esquina y, aunque no pueda brindar con ellos personal ni físicamente: larga salud a todos ellos!!!

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva. http://consultoriayanalisisrrii.blogspot.com.ar/ https://twitter.com/marceloomontes
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