ENCERRADOS

Ya se habían filmado al menos, una veintena de películas sobre la caída, condena y muerte de los últimos Reyes de Francia entre 1789 y 1793. Recuerdo la ¨Dantón¨ del polaco Wajda en 1983, la aquí ya descrita ¨Historia de una revolución¨ en 1989 y más recientemente, ¨María Antonieta¨, de Sofia Ford Coppola, en 2006. Ellas más otras contextualizaron esos trágicos años para los franceses, incluyendo la de los Reyes, desde que fueron desalojados de Versalles en octubre de 1789, recluidos en Las Tullerías primero, huyendo y siendo detenidos en Varennes en julio de 1791 para, finalmente, terminar sus días en la prisión del Temple hasta octubre de 1793.

Sin embargo, cuando vi ayer la estrenada en 2024,¨Le déluge¨, o sea, la versión italiana de ¨El diluvio¨, tal vez, recordando la famosa frase profética de Luis XIV, el ¨Rey Sol¨, abuelo del monarca luego condenado a muerte -por un voto, el de su primo Felipe Igualdad– y guillotinado  el 21 de enero de 1793,  quedé profundamente conmovido por la forma en cómo afrontaron los desafortunados reyes aquella privación de la ¨libertad¨.

Una ¨libertad¨ que una vez más, cuando se trata de los sujetos de toda monarquia, jamás conocieron, sobre todo, por el peso de sus roles -una verdadera ¨jaula¨-. En aquellos duros meses, posteriores a la pérdida lamentable de dos de sus cuatro hijos, Sofía, antes del año de vida y Luis Carlos, por tuberculosis,  a los siete años, pudieron finalmente tomar contacto con un pueblo al que conocían apenas a través de las cortinas de los carruajes. Aún sufriendo humillación y hambre, tuvieron el temple necesario para afrontarlos.

Pudieron conversar con sus guardias y hasta en el caso de María Antonieta, intimaron con alguno de ellos, con el fin de lograr mejores condiciones de hábitat para sus hijos. Durmieron en el piso en colchones usados y hasta comieron sin cubiertos. No sin antes, el ahora ¨ciudadano Luis Capeto¨, tuvo tiempo de jugar a la pelota a paleta con su hijo y hasta leerle día a día, cada uno de los 1500 libros de la Biblioteca de los Caballeros de Malta.

No hay justificación alguna para semejante despotismo que condujera a Francia a tal desdicha, Pero tampoco tiene sentido, salvo a modo de lección histórica, que semejante pareja que ni siquiera se permitía convivir ni vivir como adultos, porque se trataba de dos párvulos inocentes pero desgraciados, haya sufrido tal magnitud y variedad de tormentos.

La excusa de haber expuesto a Francia a la guerra civil, incluyendo el enfrentamiento con media Europa dinástica, tampoco tuvo asidero, porque la sangre de muchos se derramó igual y el ¨Terror¨ de Robespierre y Saint Just, no detuvo su marcha, a pesar del doble regicidio.

Pagar los crímenes de sus antecesores fue la condena para aquéllos y el mismo pueblo que tras casi tres siglos, bajo un formato republicano todavía trata de hallar su destino de modo pacífico, en aquella ocasión, exigió a sus verdugos, bajar la guillotina sobre sus cabezas.

Una de las cuales pertenecía a un Luis que se arrepintió de sus pecados, perdonó a sus enemigos y se encomendó a Dios hasta el último instante.

JACOB COXON -OR TERMINATOR III-

«I resigned from Anthropic today. I spent the last three years doing pretraining research at both OpenAI and Anthropic. Neither company is acting responsibly. They are racing straight to self-improving superintelligence and gambling with our lives
Do not underestimate the power of this technology. These will soon be superhuman systems that can hack anything, revolutionize any field overnight, and acquire real power and resources. We have all witnessed the progress in each of these domains, and progress is not slowing.
The people building AI earnestly believe that it could kill us all by the end of the decade. This is not a marketing stunt. If anything, many executives and senior researchers will couch their phrasing in the press to sound sensible – but I hear the same people express fear privately. No other human activity poses this level of danger.
A common response is “if they truly believe this, why are they still building it?” At OpenAI, many have not deeply internalized the civilizational stakes. At Anthropic, the stakes are well-understood, but they are locked in a race to get there first – they believe no one else will act responsibly, so they must do it themselves, despite the risk.
Accepting this race and entering the “endgame” is a hubristic gamble that should not be launched from a private company’s Slack. Attempting to speedrun alignment should require extraordinary confidence that there are no better trajectories available.
I am optimistic about the potential for coordination. Warning shots like the Hugging Face attack have made pacing agreements between U.S. labs more viable. I don’t feel like we’re on track to prevent a global race, which may require costly actions such as a temporary ban on improving model capabilities.
If you are a lab researcher, I urge you to consider what the next few years will actually feel like. Do you want to kick off a superintelligent RL run without a rigorous understanding of its mind? Should you put your head down because “it’s happening anyway” – or take this moment to call for different conditions?»

AFINIDAD ENTRE DOS GRANDES LIDERES

Uno era norteamericano, el otro, francés. Uno nació y vivió en el siglo XVIII, el otro más tarde pero prevaleció en la primera parte del XIX. Pero ambos fueron criados sin la imagen de un padre, pelearon contra el mismo enemigo europeo y sobre todo, lucharon contra sus propios demonios sociales, es decir, la falta de status social.

En efecto, ambos, George Washington como Napoleón Bonaparte, de ellos se trata, tuvieron enormes dificultades y obstáculos para llegar al pináculo del poder, por no pertenecer a clases privilegiadas en dos sociedades, donde la alcurnia o la sangre, definían aún la ubicación de cada uno en la pirámide social, hacia arriba o hacia abajo.  En un caso, ser hijo de madre soltera, cuasi huérfano, colono granjero, educado informalmente por su medio hermano en las lecturas de clásicos. En el segundo, si bien el padre de Napoleón era noble y representante de Córcega en la corte de Luis XVI, precisamente esa condición de corso del futuro líder francés y sus siete hermanos,  los excluía en términos sociales. Por eso, la opción de la carrera militar fue la única salida para quebrar aquella inercia, que sufrieron tanto Washington como Napoleón.

Dos filmes, estrenados uno el año pasado, con Napoleón protagonizado por el ya veterano Joaquin Phoenix, el mismo de «Gladiador»y el otro, hace semanas, con Washington personificado por una joven promesa del cine, el británico William Franklyn-Miller, fueron genuinas interpretaciones acerca de las vidas de ambos líderes, aunque tal vez, haciendo demasiado hincapié en circunstancias especiales de sus biografías, como la influencia de su ex esposa Josefina en la vida del francés o la de su medio hermano Lawrence, en el ejemplo del virginiano.

Lo que sí queda claro también en ambas películas aunque con participaciones menores, es el rol primigenio en la crianza de ambas personalidades, de las respectivas madres, Mary Ball Washington y María Letizia Ramolino.

Ambas los ayudaron a vivir de manera estoica, forjar el carácter y temple, perseverar en la adversidad y no dejar de creer en las ambiciones que se propusieron. 

QUE NOS PASO? O NOS HICIERON PASAR?

Me marcó para siempre el extraordinario libro «Qué nos pasa a los argentinos?» escrito en 1984, publicado por el gran sociólogo Manuel Mora y Araujo, sobre la base de un no menos brillante artículo «El ciclo político argentino» presentado en un Congreso en Brasil y difundido por la Revista Desarrollo Económico, del IDES, que congregara a una pléyade de economistas y sociólogos sin igual de los setenta y ochenta que se quedaron en el país después del nefasto «onganiato», Ambos textos, sobre todo, el primero, me brindaría una imagen equilibrada, lejos de pasiones absurdas pero también esquemas intelectuales demasiado simplistas acerca de por qué la Argentina, una verdadera promesa a nivel mundial, permanecía en el mismo lugar, a pesar de haber rozado «el paraíso».

Ahora bien, en el presente me falta encontrar un libro que describa por qué caímos tan bajo en las ultimas cuatro décadas, o sea, desde la lectura de aquellos textos hasta aquí. O, tal vez, en realidad, todo es cuestión de cómo se lo mire -y quién lo mire-

Porque aunque yo haya vivenciado como tal vez mis padres no lo hicieron, crisis de la envergadura de la del 2001 y sus consecuencias negativas- recuerdo mi horror al ver los primeros cartoneros en un viaje a Rosario en 2003 y el impacto al contrastar con la pujanza de la ciudad que nos permitió emigrar allí desde Santa Fe apenas 23 años antes-, probablemente se estaban escribiendo allí páginas de cierta continuidad con el pasado histórico que nunca debió ser idealizado ni por los Mora y Araujo ni ahora por Milei, sus aliados y muchos de sus votantes.

Quizás Argentina estuvo entre los primeros lugares del mundo por sus tasas de crecimiento a fines del siglo XIX pero lo hizo al compás de un mundo que también ascendía. Es posible que Yrigoyen y Perón no eran populistas ni demagogos sino estadíos en la trayectoria de un país con luces y sombras, pero en paz, donde se hacían caminos, políticas para los más pobres, había movilidad social ascendente, etc., mientras el mundo ardía dos veces en dos décadas. Si eso, envidiable por aquellos tiempos, por países de la Europa meridional,  era acompañado o no por índices de productividad laboral acordes, bueno, es cuestión de mediciones que no dejan de ser poco o nada neutrales. Si el liderazgo siempre necesario de las clases altas declinó al ritmo de un país que también fue castigado externamente como demostrara Carlos Escudé en su tesis doctoral escrita desde los Estados Unidos post desclasificación de documentos oficiales de la II Guerra, tampoco es de sorprender porque todos los liderazgos sociales sufren vaivenes, como resulta palpable ahora en la Europa de Postguerra Fría. En fin, hasta la inestabilidad política traducida en los sucesivos golpes militares podría ser explicada por la disfuncionalidad de un esquema capitalista periférico sui generis o, simplemente, como demuestra hoy el caso peruano, por la propia inercia cívico-militar, que luego, post 1983, sería «solucionada» al menos en ese aspecto -no en otros- de modo «satisfactorio».

Lo que queda por verse es si Argentina con el menemismo, el kirchnerismo y antikirchnerismo -o macri-mileismo– reproduce todavía continuidades con aquel pasado o es tan disruptivo como parecía ser. Me da la impresión que todo sigue siendo una apariencia. Ni los K se atrevieron a hacer ni la cuarta parte que hiciera Fidel Castro y no sé si haría Myriam Bregman aquí, cuando realmente sí son necesarias tanto una buena reforma agraria como una impositiva -no regresiva- ni los de «la vereda de enfrente» con personajes nefastos y desleales como la ex montonera Bullrich, el ex «barrabrava» Ritondo y tantos otros, son verdaderos «republicanos». Tiendo a creer hoy, como nunca antes, sin ser conspiranoide, que ambos «relatos» han sido artificiales para encubrir operaciones de connacionales de ambos lados de la mal llamada «grieta» con intereses foráneos que les permitieron alternarse en el poder, manteniendo una elite privilegiada pero a la vez, intelectualmente mediocre, sentimentalmente egoísta y vergonzosamente antipatriótica.

Claro, a partir de la innecesaria crisis del campo en marzo de 2008, se desmadró todo y empezó otro ciclo que fue descendente siguiendo la lógica del fin de las commodities. Ese descenso, por ende, causado por responsables con nombre y apellido, no se soluciona con ajuste mágico y doloroso a lo Milei, conduciéndonos, no «al paraíso perdido» sino a «un infierno desconocido», sino con un cambio de paradigma que contenga lo mejor de nuestro pasado y nos entregue la esperanza de un futuro mucho mejor. 

Concluyo entonces que Argentina está siempre en el mismo lugar. En 1984, en 2008 y en 2026. Ello, lejos de implicar resignarse, permite soñar con UN CAMINO CONSENSUADO PERO SOLO CON QUIENES AMEN ESTA PATRIA, probablemente vía otra vez el peronismo, para acompañar a un mundo postoccidental que Mora y Araujo y Escudé entre otros, no vieron pero sí se permitían entrever. «Argentinos a las cosas», repetiría Ortega y Gasset desde 1939.

HUNGRIA: CAMBIO O GATOPARDISMO?

La derrota electoral de Viktor Orban, el gran aliado europeo de Donald Trump, tras 16 años en el poder en Hungría, el pasado domingo, no significa necesariamente un gran cambio político-institucional de envergadura. Dependerá en gran medida del nuevo líder Peter Magyar, ex orbanista hasta hace un bienio, devenido en nuevo Primer Ministro.

Como buena parte de la elite y medios europeos hablan de este evento, por estos días, dada la relevancia del mismo en función de las relaciones de la UE con Trump y el futuro de la guerra en Ucrania, la TV francesa una vez más, me entrevistó, debate mediante con el profesor italiano y especialista en ultraderechas globales, Steven Forti, acerca del impacto político del resultado de los comicios húngaros.

 

AL BORDE DE UNA TRAMPA MORTAL

Por sobreestimación de las fuerzas o capacidades propias y por el contrario, subestimación de las rivales, muchos desastres han padecido las potencias del mundo a lo largo del tiempo. En tiempos recientes, Gallipoli fue el padecimiento que padecieron los británicos, en particular Churchill, cuando quisieron sorprender y terminaron sorprendidos por los turco-otomanos. En la II Guerra Mundial, los aliados volvieron a ceder a la tentación de la vanidad, y quisieron apurar vía la «Operación Market Garden»,  la caída del III Reich en setiembre de 1944, siendo frenados por las fuerzas alemanas. Como corolario, los fiascos de Afganistán e Irak en los 2000, depositando a este último país al lado de sus hermanos shiitas de Irán hoy, no parecen haber sido lecciones aprendidas por los norteamericanos.

Porque una vez más, tras un mes de bombardeos masivos incluyendo decapitación del régimen de Teherán, EEUU e Israel se niegan a aceptar que contraataques puntuales con drones de 2500 dólares y misiles balísticos ocultados de modo subterráneo tras décadas de bloqueo y embargos, fueran tanto o más eficaces y hasta letales, sobre Tel Aviv y Haifa pero también sobre quince países más. Ocho de ellos, en el Golfo Pérsico, contenían veintisiete bases militares americanas, trece de las cuales hoy están totalmente destruidas, inhabitables  e inoperables.

Heridos, doloridos, con sed de venganza pero sobre todo orgullo nacional, los iraníes, rindiendo honor a su pasado persa, no sólo han replicado, sino que además esperan ansiosos con más de un millón de reservistas, cualquier ultimátum y ataque para reabrir el Estrecho de Ormuz, tan vital para el transporte y comercio mundial, de petróleo, gas, pero también de fertilizantes, aluminio, helio y cualquier otro material básico para los semiconductores que por ejemplo, necesita Taiwan.

Si Netanyahu insiste sobre Trump en la necesidad de atacar por vía terrestre a territorio iraní, en estos próximos días, antes del 6 de abril, los fantasmas de los desastres recordados aquí, reaparecerán. No habrá forma de explicar a diestra y siniestra cómo y por qué se enviará a la muerte, a 5.000 Marines y fuerzas especiales, en un túnel de fuego y metralla que el final político de aquellos líderes, nada preparados para afrontar semejante derrota.

Además, como si esto fuera poco, si la prolongación de la guerra -conduciendo al fracaso norteamericano-israelí-, pone en jaque a la economía mundial, temiendo los analistas una crisis recesiva mucho peor que la del Covid 19, sólo puedo esperar que paradójicamente Xi Jinping, Putin y los mediocres líderes europeos, todos sentados en una cómoda platea mundial, le pidan por favor a Trump y Netanyahu que detengan esta locura iniciada el último fin de semana de febrero.

SOBRE LA AVENTURA DE TRUMP Y NETANYAHU EN IRAN

Desde el sábado 28 de febrero, el mundo se halla en ascuas tras el nuevo operativo norteamericano-israelí sobre territorio iraní. Dos reportajes en la TV y radio santafesinas, sintetizan mi postura respecto a ;a dinámica especial de tales acontecimientos.