EL PRIMER FRACASO LIBERAL EN RUSIA

Además de tener la superficie más grande del mundo, Rusia ha tenido una historia milenaria llena de cataclismos políticos que pocos países pueden siquiera emular.  Si bien hoy puede disfrutar apenas de 29 años de continuidad democrática (iliberal) pero democrática al fin, se trata de un muy breve período aún de su rica evolución. Ella ha sido rica pero en despotismos, algo que llamó la atención de Tocqueville y muchos europeos, que siempre la consideraron “salvaje” y “atrasada” por no seguir la trayectoria “normal” de los presuntuosos europeos. En diez centurias, Rusia ha vivido un Imperio zarista fuerte, cruel y expansivo, además de invasiones a su territorio, magnicidios y revoluciones con efectos sociales de gran magnitud. Lo que no ha tenido paradójicamente, es alguna experiencia que se precie de liberal o constitucional, al estilo de la anglosajona.

Sin embargo, en ese pobre derrotero institucional, pocos saben que a un siglo prácticamente de la tristemente célebre Revolución Bolchevique, de la que se cumplieron cien años hace apenas un trienio, se llevó a cabo otra revolución, pero de carácter liberal. La misma denominada “decembrista” porque se produjo en diciembre de 1825, fue protagonizada por oficiales del ejército zarista, aristócratas, que sorprendidos gratamente con las libertades civiles observadas durante su periplo en suelo francés, al ocupar dicho país, en ocasión de la caída de Napoleón Bonaparte, una década antes, pretendieron llevar adelante esa idea de cambio político, es decir, una Constitución liberal, una monarquía parlamentaria y la instauración del sufragio universal, en la propia Rusia autocrática y cristiana-ortodoxa de la familia Romanov.

Lo hacían motivados en principio por el propio Zar Alejandro I, el tercero de los Zares llamados “modernizadores” (tras Pedro el Grande y Catalina la Grande) quien los había ilusionado respecto a una posible sucesión en su hermano, el Príncipe Constantino. Este -de inclinación liberal-, a la sazón, se hallaba al frente del Zarato de Polonia -nación católica a la que Alejandro sí le había dado cierta autonomía inexistente en su propio país-. Pero la imprevista muerte de Alejandro, ante el casamiento de Constantino con una aristócrata polaca, que lo invalidaba como posible Zar, terminó depositando en el poder a Nicolás I, quien tenía una idea sustancialmente diferente a la de su padre y su tío, o sea, mantener una férrea autocracia sin cambio alguno.

El 26 de diciembre de 1825, en San Petersburgo, la revolución se produce, en función de tales expectativas y va cobrando vigor con los días a medida que los rebeldes se enteran del cambio, interpretado como una especie de usurpación del poder por parte de Nicolás, un joven débil de carácter, permanentemente temeroso y afecto a veleidades militaristas, como jugar a la formación de ejércitos, desde niño. El sofocaría la asonada hasta con cañonazos sobre los 3.000 oficiales y soldados rebeldes, incluso bombardeando el Río Neva congelado para que mueran ahogados. Salvo los cinco cabecillas que serían condenados a la horca, los demás decembristas (en ruso, Декабристы) serían penados con varios años de trabajos forzados en la lejana y fría Siberia, acompañados de sus valerosas esposas e hijos, sobre quienes se construyó una mítica historia.

Así tristemente terminaría aquella revolución genuinamente liberal rusa, cuya historia, poco conocida, sería difundida en una película reciente estrenada en 2019, llamada “Unión de la Salvación” (en ruso, Союз спасения), en honor a la logia secreta masónica de inspiración liberal española, creada en 1818, que conducirían Serguei Ivanovich Muravyov-Apóstol (en ruso,  Сергéй Иванович Муравьев-Апостол), Mikhail Pávlovich Bestúzhev-Ryumin (en ruso, Михаил Павлович Бестужев-Рюмин), Piotr Grigoryevich Kakhovsky (en ruso,  Пётр Григорьевич Каховский),  Pavel Ivánovich Pestel (en ruso, Павел Иванович Пестель) y Kondraty Fiodorovich Ryleyev (en ruso, Кондратий Фёдорович Рылеев) -el intelectual y poeta del grupo-, los cinco líderes de la rebelión, a la postre castigados con la máxima pena por el propio Zar Nicolás I.

Es contrafáctico pero si aquellos valientes oficiales aristócratas rusos hubieran triunfado aquellos días en San Petersburgo, Rusia se hubiera evitado el asesinato de Alejandro II (hijo de Nicolás I), las absurdas guerras de Crimea y la naval japonesa, el asesinato de Stolypin y con seguridad, la Revolución Bolchevique de 1917 -contra Nicolás II, bisnieto paterno de Nicolás I-. Demasiado dolor, sufrimiento, pesar, porque de haber tenido éxito, los Muravyov y Pestel pudieron haber ensayado un camino más moderado hacia una monarquía constitucional capaz de asegurar por primera vez, los derechos y las garantías individuales de los rusos, algo inédito en la historia de dicho país.

Hasta enero de 1992. Ni más ni menos. Como también soñó el genial poeta Aleksandr Pushkin, quien inspiró aquella revuelta, aunque el Zar Nicolás I omitió castigarlo -al menos de modo oficial- dada su enorme popularidad.

HISTORICO TRIUNFO DEL RUGBY ARGENTINO

Cada vez que ocurren o lo ameritan, suelo escribir de las páginas de gloria del deporte argentino en este sitio. Hoy, la selección argentina de rugby más conocida con el nombre de “Los Pumas” escribió su página más dorada, al derrotar por primera vez en su rica y larga historia a la selección neozelandesa, célebre como los “All Blacks”, sin duda, la mejor del mundo desde hace ya tiempo. El resultado, una anécdota, 25 a 15, se concretó en suelo australiano, más precisamente en Sydney, en el marco de un Torneo TriNations o Tres Naciones, dada la deserción de Sudáfrica (los famosos “Springbooks”).

Al igual que el tenis que me encanta y el polo que le gustaba a mi padre, el rugby fue siempre un deporte de elite en Argentina. Yo lo conocí gracias a los comentarios de mis hermanas mayores, cuyos amigas o compañeras tenían conocidos varones que podían practicarlo. Lo mismo me ocurrió una vez que nos radicamos en Rosario y yo empecé a asistir al Colegio Sagrado Corazón. Este era un colegio donde el rugby era el deporte preferido de las sucesivas camadas, tenía un equipo propio, de camiseta blanquinegra de franjas horizontales y muchos de mis propios compañeros y hasta amigos lo jugaban cada sábado o domingo. Yo simplemente lo descarté por mi contextura física y apenas crucé a la etapa de mi adolescencia, me dediqué al tenis, más apropiado a mi estructura ósea y muscular, incluyendo la curación del asma que me tuvo a mal traer durante mi infancia, sobre todo en Santa Fe.

Ya en los últimos años del secundario, hasta logré jugarlo con entusiasmo, aunque como hobby y esporádicamente. En el Campo de Deportes del Colegio, sobre la Avenida Ovidio Lagos, me familiaricé con la técnica de correr y llevar la pelota ovalada y traspasarla, toda una verdadera ciencia, además de lograr eludir los tackles rivales. Finalmente, los fines de semana, ya socio del Club Gimnasia y Esgrima, en el Parque Independencia, no desaprovechaba con mi amigo Germán Lucini, incluso alguna vez mi prima Ester Festinger en Santa Fe, en asistir a algunos partidos de la Liga Rosarina o la Santafesina, pero para ver chicas agraciadas, que eran las habitués flirteando con los musculosos del deporte. En 1994, en oportunidad de asesorar al Doctor Roberto L. Villavicencio en el Ministerio de Salud de la Provincia de Santa Fe, conocí al Dr. José Luis Imhoff, el entonces jefe de la cartera, quien fue Puma y asistente técnico de “Los Pumas” en 1978 y entre 1995 y 1999.

En realidad, me impactó como deporte cuando el 16 de octubre de 1976, vi cómo en Cardiff, Gales le ganaba en el último minuto a “Los Pumas”, a pesar de que éstos habían desarrollado una defensa impecable con una eficacia contragolpeadora increíble, con Arturo Rodríguez Jurado (tempranamente desgarrado), Alejandro Tavaglini, Gonzalo Beccar Varela y Martín Sansot como estandartes. Ese partido y muchos otros que seguí luego, me fueron identificando con la garra de “Los Pumas” y ese pateador formidable que tenían, el gran capitán Hugo Porta, quien luego, al retirarse, sería nada menos que Embajador argentino en la Sudáfrica en transición democrática de Nelson Mandela.

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EL DIA QUE LA F1 NOS HIZO EMOCIONAR

Desde 2018 que la F1 no nos daba espectáculos más o menos dignos. El dominio de Mercedes Benz y Lewsi Hamilton era abrumador y Ferrari se hunde en el fondo. Salvo el holandés Max Verstappen, nadie les daba pelea. Hoy en una Monza semivacía, con Vettel más filántropo que piloto, regalando sus ingresos para financiar a 200 médicos y paramédicos del Servicio de Salud del Ejército italiano, homenajeados por su encomiable labor en la lucha contra la pandemia, ganó por primera vez el francés Pierre Gasly, en un AlphaTauri (ex Toro Rosso), una marca del final del pelotón, que no triunfaba desde 2008, también con Vettel.

La carrera fue tremenda porque tras el accidente de Leclerc, Hamilton fue sancionado con 10 segundos por lo que quedó fuera de competencia por el primer lugar ya a la mitad. Eso facilitó una pelea más pareja entre Gasly, Bottas y los Mc Laren de Sainz (hijo) y Norris, con un buen tercer lugar a cargo del canadiense Stroll. El español también ilusionó a todos en la Península Ibérica con su primer triunfo pero tuvo que contentarse con el segundo lugar, llegando a pocos metros de Gasly, en un Mc Laren que no gana desde 2012.

Así, la F1 nos regaló hoy, una mañana (o tarde) de grandes emociones, con un podio joven que anticipa recambio de pilotos, donde por fin, se volvió a escuchar la Marsellesa, luego de muchos años sin un francés ganador y donde se despidió el equipo Williams, una empresa familiar donde Claire, sustituyó a su padre Frank, hacedor de tantos éxitos, campeones y subcampeones, como nuestro “Lole” Reutemann. Ojalá se repita más a menudo hasta el fin de este año tan anormal por el Covid19.

UNA “BALA PERDIDA” DE ORIGEN FRANCES

Desde “Contacto en Francia” y aún pasando por los “Ríos de color púrpura”, no me veía gratamente sorprendido como con el estreno de Netflix -al que no adoro como la mayoría- del 19 de junio pasado.

Se trata de “Balle perdue” (en francés) o “Lost bullet” (en inglés) o “Bala perdida”, un film policial que tiene todos los aditamentos – y más- para ser la revelación del año, por su guión, su fotografía, efectos especiales y una actuación convincente de sus protagonistas como Alban Lenoir en el papel del ex convicto y mecánico Lino, Nicolás Duvachelle como el oficial corrupto ligado a narcos y la morena Stéfi Celma, como la compañera del primero.

Dirigida por Guillaume Pierret, ya ha batido todos los récords en la teleaudiencia europea y va camino a ser la competencia de “Rápido y furioso” pero en versión del Viejo Mundo. Cabe subrayar que está ambientada en hermosos paisajes de la región de Sète, cerca de Montpellier, al sur de Francia. Auspician dos productos típicamente galos, como Renault y Carrefour pero bueno, la perfección no existe. A no perdérsela.

Trailer en versión anglosajona:

Trailer en versión francesa:

LA GUERRA DE CANADA DESDE OTRO ANGULO

Generalmente leemos y vemos la historia y cine tanto el período colonial como la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra, Francia, los colonos británicos e indios de América del Norte, jugando a favor de una u otra de aquellas potencias, a través de los ojos anglosajones. Por varias razones, aunque con seguridad, por no reabrir la vieja herida de haber perdido históricamente un vasto territorio tan valioso, la colonización francesa se ha invisibilizado y con ella, el conflicto citado pero también la propia aventura de cientos o miles de franceses que buscaron explorar, congeniar e intercambiar incluso integrarse con los nativos de la región.

Hay numerosas obras literarias y fílmicas sobre los exploradores colonos de origen británico pero muy pocas sobre sus equivalentes canadienses-franceses, llamados “coureurs de bois” (traducido al español, corredores de los bosques). Pero no sólo ellos eran novedosos y originales, sino particularmente su contexto. Muchas veces, las potencias suelen actuar con algunas colonias, de manera diferente a la que se plantean en el plano doméstico o respecto a otras colonias bajo su propio dominio. Concretamente, por ejemplo,Gran Bretaña no aplicó las mismas reglas de juego en Australia a la que exploró con la Marina Británica y pobló luego con presidiarios, que en la India, donde fue más concesiva en términos de tolerancia étnica y religiosa, porque sabía que podía tener mayor resistencia para terminar en las colonias de América del Norte, con quienes fue indiferente, hasta que tardíamente, valoró su relevancia estratégica pero sobre todo, fiscal.

Tal reflexión cabe también para Francia. No necesariamente, su centralismo o unitarismo además de la escasa tolerancia hacia los derechos individuales y libertades cívicas, incluyendo la religiosa, fueron exportados de modo taxativo, hacia sus territorios dependientes en América del Norte, sino muy por el contrario. Aquí en este punto, quizás, la más coherente fue la intervención de nuestra “Madre Patria”: en efecto, como lo ha demostrado acabadamente José Ignacio García Hamilton, España sí aplicó su misma visión e institucionalidad rígida en sus virreinatos centro y sudamericanos.

Volviendo a lo que luego sería llamado “Canadá”. la “Nueva Francia” (traducida al francés, La Nouvelle France), es decir, el territorio de las colonias francesas en América del Norte, fue un experimento social muy interesante como tan poco conocido.

Primero, hay que dimensionar su alcance físico, nada desdeñable. Desde el segundo viaje de Jacques Cartier en 1534, Francia reclamó para sí, el amplio territorio a lo largo del Río San Lorenzo hasta el Delta del Río Missisipi, pasando por el valle de Ohio. No sólo contenía a Quebec, la ciudad fundada por Samuel Champlain en 1608 y la más poblada de la región, sino también la Bahía de Hudson al norte, la Louisiana (con capital en Nueva Orleans, fundada en 1718) y hasta el llamado Pays d’en Haut, que abarcaba el norte de Michigan (por ejemplo, la actual Detroit) y el norte de Wiscounsin (la actual Green Bay). Es fácil de deducir, que Francia perdería todo con el resultado de la guerra antes citada y la independencia posterior de las colonias británicas.

Luego, el capítulo político y administrativo, o sea, el tipo de gobernanza que los galos aplicaron allí. Francia tenía un gobernador y un intendente llamado “la main du roi“, que eran los representantes del Rey francés en la Nueva Francia, a la manera de los Virreinatos borbónicos en América española y así, la autoridad de Quebec, incluyendo su periferia (con unos 8.000 habitantes en total) no podía intervenir en la Lousiana ni viceversa. Cada una de las cinco colonias (“Canadá” -luego denominada Quebec por los británicos-, Acadia, Bahía de Hudson, Terranova y la Louisiana), tenía su propia administración.

Un aspecto central es el social o societal, incluyendo el religioso y el  interétnico. Las colonias francesas eran total y únicamente católicas, porque no se permitió emigración protestante alguna. Respecto a los aborígenes, los que ocupaban el territorio luego reclamado por los franceses, eran los algonquinos, los hurones y los iroqueses, estos últimos organizados en una Confederación tan novedosa como liberal. Cartier prefería una relación amistosa con los indios pero al intervenir en una reyerta especial entre la primera tribu y la tercera nombrada, terciando en favor de los algonquinos, Francia se ganó el odio acérrimo y definitivo de los interesantes iroqueses, que los aliaría a los ingleses y ello sellaría el destino de la guerra que luego los enfrentaría a todos.

Finalmente, vuelvo a ciertos protagonistas de esta historia, que había mencionado al inicio de esta reflexión: los exploradores. El sueño de Champlain, un visionario de la expansión hacia el oeste, porque ambicionaba que la bandera francesa llegue hasta la costa del Océano Pacífico, algo que recién se plasmaría en el siglo XIX, pero por parte de los norteamericanos, sería continuado por otros exploradores, entre otros, curas jesuitas.

Claro, ello contradecía el objetivo por ejemplo, del Ministro francés Colbert, quien solía repetir que en la Nueva Francia abundaban los frailes y faltaban granjeros. En 1683 cuando muere aquel famoso funcionario progresista, la población colona se había triplicado hasta los 10.000 habitantes.

Ese fue el momento de furor para el surgimiento de los coureurs de bois, es decir, los aventureros que se animaban a surcar más allá de la civilización, bosques, montañas, ríos y lagos, en busca de una vida muy liberal, plenamente natural, en armonía con el medio ambiente. La cercanía con tanta naturaleza rica y diversa, invitaba a su exploración, incluyendo la imitación de las formas de vida de los aborígenes, sin mayores formalidades, una vida sexual sin tabúes ni reglas, etc. Cabe subrayar que al tratarse de jóvenes en su mayoría solteros, podían darse ciertos privilegios en sus relaciones con las mujeres indias, que contrastaban fuertemente con el carácter puritano y conservador de las familias de colonos religiosos de la América anglófona. Si bien el comercio de pieles fue el detonador de tal explosión de los coureurs de bois, su papel en un esquema de diálogo y fraternización de civilizaciones, buscado por Colbert, algo que no se persiguió por ejemplo, en las colonias británicas y mucho menos en las españolas, fue clave en la colonización francesa.

Es interesante subrayar que los coureurs de bois eran una especie de actores del libre mercado, porque su papel como colonos busca-fortunas, abandonando la agricultura y comerciando pieles, muchas veces a cambio de alcohol, rompía el molde administrativo diseñado por las autoridades francesas. Si bien, con el tiempo, éstas lograron regular la actividad de aquellos aventureros, Montreal debe, en gran medida, su primera gran evolución comercial, gracias a la labor de ellos.

Una película, “Battle of The Brave” (conocida en español como “Tierra de pasiones”), estrenada en 2004, con la gran actuación del francorruso Gerard Depardieu, mezcla una historia de guerra y romance, ambientada en la Quebec del siglo XVIII, atravesada por el conflicto entre británicos y franceses, donde la indiferencia de los primeros y la corrupción de los segundos, interferiría en el intenso amor entre un aventurero (Francois le Gardeur) y una joven y bella colona (Marie-Loup Carignan), no sin dejar de mencionar el perverso y triste papel de un cura católico (el Padre Thomas Blondeau) en tal situación.

Una vez más, el cine refleja como pocos artes, el drama de aquellos aventureros que se atrevieron a desafiar las reglas impuestas por la sociedad, en un contexto de disputa geopolítica entre potencias ajenas al suelo que los vio prosperar y amar. Aquí, el cierre con fragmentos de la película citada, con la banda sonora a cargo de la sublime voz de la cantante canadiense Celine Dion.

Gracias al Profesor Pierre Ostiguy, canadiense de origen, por hacerme conocer de la existencia de los coureurs de bois. El fue quien me hizo varias acotaciones respecto a este escrito, como por ejemplo, que paradójicamente, la Guerra de Siete Años fue iniciada por un oscuro oficial al servicio del Ejército británico, llamado George Washington, quien les disparó a franceses y franco-canadienses en las cercanías de Fort Duquesne, hoy Pittsburgh.

También el Profesor Ostiguy, me sugirió otra película “Manto negro” (1991), en la que se describe la vida de un cura jesuita, el Padre Laforgue, interesado en estudiar y evangelizar a los indios hurones, aunque para ello, en misión protegida por Champlain, acompañado por indios algonquinos, deberá surcar tierras, bosques y lagos dominados por los violentos y despiadados iroqueses.

EL LEGADO LIBERAL DE ARMANDO RIBAS

“1917”

La pandemia del Covid-19 detuvo el tiempo pero antes de ella, apenas estrenada en diciembre de 2019 y ya candidateada aunque injustamente perdidosa al máximo Oscar, la película de Sam Mendes, “1917”, puede ilustrarnos acerca de valores aún vigentes como el instinto de supervivencia y el sentido de lealtad.

Aunque a priori pareciera un típico film bélico, una versión inglesa de “Rescatando al soldado Ryan” o, una mirada un tanto maniqueísta, en una nueva exaltación al estilo “Dunkerque” del heroísmo inglés versus la crueldad alemana, ésta es una joya del cine por su especial sentido estético: su fotografía y recursos técnicos al servicio de ella, son admirables.

De hecho, este homenaje del director a su propio abuelo, nacido en Trinidad y Tobago pero que participó como soldado alistado en el ejército británico en la Primera Guerra Mundial, contándole este tipo de historias que inspiraron a su nieto más tarde, para llevarlas al cine, ganó tres estatuillas de las 10 para las que fue nominada, vinculadas con “mejor mezcla de sonido”, “mejor fotografía”y “mejores efectos visuales”.

La película fue protagonizada por dos jóvenes casi “Millennials” pero estuvieron acompañados por grandes de la actuación, todos británicos como Colin Firth, Mark Strong y Benedict Cumberbatch, quien ya nos había regocijado con su brillante actuación en “Código Enigma”, personificando al genial Alan Turing.

La historia está ambientada en el norte de Francia, más exactamente en los alrededores de la localidad de Écoust-Saint-Mein, en el Departamento Paso de Calais, en la Región Hauts-de-France.