DE CLANES Y “SASSENACHS”

Puede que la causa que admire y me permita indagar acerca de la vida de esos pueblos (escoceses y rusos) tenga alguna relación con esa resiliencia respecto a la vida medieval. En efecto, a diferencia de buena parte del resto de Europa, salvo italianos y alemanes, Escocia y Rusia descubrieron y vivieron tardíamente la Edad Moderna, a la que arribaron, cruentamente, una a través de una batalla perdida (Culloden Moor) y la otra, a través de la Revolución Bolchevique, aunque tal vez, el antecedente de la liberación de la servidumbre decretada por el Zar Alejandro II en 1861, podría también ser considerada esa bisagra entre una era y la otra.

Outlander” (2014-2020) la serie de la norteamericana de origen latino, Diana Gabaldón, es muy interesante porque refleja el amor eterno a través del tiempo (siglos XVIII y XX) entre una dama inglesa (o “sassenach“, el calificativo despectivo en idioma gaélico con que se referían los escoceses a los forasteros ingleses) y un joven montañés guerrero y romántico de las Tierras Altas (Highlands), pero sobre todo, porque describe mejor que ninguna película hasta el momento, aquella transformación social en la que fenecía un mundo y advenía otro.

Por ejemplo, el capítulo V llamado “Rent refleja tales vicisitudes. En algún momento, parte del clan MacKenzie, liderado por Dougal, warchief y hermano de Colum el terrateniente  y tío de James (Jamie) Fraser, el protagonista de la serie, cuya cabeza tiene precio impuesto por los británicos, por agredir a un “Red Coat” (soldado “casaca roja”) se desplaza hacia las tierras bajo dominio de Colun, para cobrar la renta en dinero y especie (por ejemplo, animales) que los habitantes de ellas, les cedían cada temporada, a cambio de se seguridad. Esa era la forma de vida habitual por aquél tiempo (1743) en aquellas regiones de Europa, mientras los escoceses dependían de los ingleses, bajo el Acta de Unión de 1707, no obstante, habiéndose rebelado ya dos veces desde 1715.

La serie en ese capítulo V, mostraría cómo esa recaudación a cargo de Dougal, tenía un doble perfil: por un lado, implicaba, con la asistencia de un veterano abogado (Ned Gowan) formado en la Universidad de Edimburgo, pero ansioso por nuevas aventuras, engrosar las alforjas de su hermano, a cambio de su protección y vigilancia de esas aldeas y villorrios pastoriles, pero por el otro, era para su propio pecunio individual -y la de su banda-. En efecto, Dougal usaba a su propio sobrino con su espalda llena de cicatrices profundas debido a los latigazos de los “Red Coats” enfrente de su propia hermana, quien fuera violada por un oficial a posteriori, para sensibilizar a los campesinos que así, aportarían a aquel tesoro común. Sin embargo, luego, se descubriría que los escoceses no eran vulgares ladrones, sino que ese fondo encubierto, tenía intenciones políticas ocultas: financiar la causa jacobita, es decir, el regreso de un Rey Estuardo a la Corona británica -después de 1688-.

En aquel contexto, como queda dicho, los líderes de los clanes como los MacKenzie y los Fraser, mantenían sus dominios conduciendo a miles de siervos y sus familias, como verdaderos señores feudales, aún con demasiados recelos y reyertas entre ellos, mientras buena parte de aquellas familias apenas tenían para comer y vestirse. El robo era muy común por aquellos días pero también era habitual que los propios guardias del terrateniente, que lo “protegían” a su vez, de los soldados ingleses, abusaran de esposas e hijas de los siervos o extorsionaran a sus propios protegidos, máxime si ansiaban cobrar las recompensas por delatar ante las autoridades británicas, a quienes habían cometido algún delito en esos feudos.

Hablando de mujeres, la vida para ellas, era miserable. Solían ocupar un rol absolutamente secundario, sin ninguna formación, salvo que agradaran y enamoraran a algún caballero, de lo contrario quedarían sometidas a la hostil forma de vida en el campo, criando cerdos y gallinas y lavando ropa, con la orina de ellas mismas, para facilitar que la suciedad se desprendiera más fácilmente. Los jefes de los clanes accedían a las más jóvenes, aunque era muy usual, mantener parejas paralelas con quienes tenían hijos bastardos.

Los hombres cazaban, cuidaban y amansaban caballos en los establos, como lo hacía el joven Jamie  pero también bebían a raudales, máxime considerando las inclemencias de un clima hostil, frío y húmedo y caso nunca soleado.

Pero claro, la vida clánica tenía otros componentes tal vez hoy, dignos de nostalgia. El honor ocupaba un rango muy especial. Como muestra “Outlander“, los escoceses eran rudos y muy pendencieros, pero en numerosas ocasiones, eran capaces de pelear o sacrificarse con la tortura vía latigazos en la espalda, por defender el honor de una mujer, si alguien osaba llamarla “prostituta”. Lo mismo ocurría con las relaciones sexuales. No era raro que un hombre, como lo hizo Jamie Fraser, con la propia Claire Beauchamp Randall (la otra protagonista), se instalara toda una noche, aguardando semidespierto aún cansado, en la puerta de la habitación de una mujer, sólo para custodiarla de eventuales ataques de otros montañeses borrachos. Jamie llegó al extremo de dejarse violar por el oficial inglés “Black Jack” Randall en la cárcel para que éste libere a Claire.

Asimismo, los escoceses podían ser caballeros pero ello no impedía que fueran también apasionados y guerreros. O quizás al revés: el hecho de que fueran tan salvajes, a los ojos del resto de los europeos, sobre todo, los presumidos ingleses, los convertía en galantes y corteses.

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SOBRE CARLOS ESCUDE

Esperemos que sea una estela del 2020 y no la continuidad nefasta. Una mala noticia para el mundo académico de las #RRII en #Argentina y por qué no el mundo. El pasado sábado 2 de enero, me informaron colegas de la #UNVM, que se nos fue el polémico pero siempre original CARLOS #ESCUDE. A quien invitamos a un webinar fallido por razones de Covid19, el 29 de setiembre pasado. Una gran pérdida.

El afamado escritor peruano y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa,  presidente honorario de la FIL, ya había criticado, desde una posición liberal, la crueldad y violencia del Estado de Israel, desde tiempos de Ariel Sharon -recuérdese la matanza de refugiados en Sabra y Shatila, con la excusa de que había células terroristas palestinas ocultas allí- y ni hablar, bajo el dominio hegemónico de Benjamin Netanyahu.

Pero quien fue más allá en su crítica, fue el heterodoxo pero brillante y original académico en Relaciones Internacionales, Carlos Escudé. Su opinión me parece  mucho más válida que la de Vargas Llosa, porque se convirtió a la religión judía en la última fase de su vida. Más allá de sus cambios o afinidades ideológico-partidarias (sucesivamente, progresismo, liberalismo, menemismo, kirchnerismo), Escudé tuvo una actitud crítica con ciertas decisiones autoritarias y confrontativas de Israel en las últimas dos décadas, sobre todo, con su política de colonización de territorios, además de exculpar a Irán en relación a los atentados de Buenos Aires, en los años noventa.

Esa fue una de sus tantas originalidades e innovaciones. Aún siendo judío, Escudé era libre de opinar lo que quería y lo hizo. Pero lo mismo puede decirse cuando le tocó a través de su tesis doctoral, estudiando en los propios Estados Unidos, como pocos argentinos en esa época, en la Universidad de Yale, fundamentar cómo aquel país y Gran Bretaña fueron grandes responsables de la marcada declinación argentina, a partir del castigo que recibiera nuestro país, por mantenerse neutral hasta el final de la II Guerra Mundial.

Un impacto menor aunque no sobre mí, causó con su genial libro “Patología del nacionalismo” donde desnudó el proyecto educativo argentino de enseñar la historia y la geografía del país, a lo largo de décadas, sobre la base de la victimización nacional, mediante la pérdida consuetudinaria de territorios a favor de nuestros vecinos (Brasil, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Chile). Escudé demostraría más bien, el producto contrario: a través de una minuciosa investigación histórica, Escudé fundamentó cómo los perdidosos fueron los otros países, no el nuestro, lo cual explica la envidia y el resentimiento de algunos de sus pueblos, como el chileno.

Escudé tiene otros méritos no menos relevantes, en su propia trayectoria académica. No sólo que retornó a su país, pudiendo quedarse en Estados Unidos, sino que siendo parte integrante del sistema académico investigativo nacional (CONICET), logró construir una teoría propia de la autonomía nacional en política exterior (el “realismo periférico”). Intentó aplicarla bajo el mandato de Guido Di Tella como Canciller de Carlos Menem (1989-1995-1999) aunque ya en el llano, tuvo que explicar una y otra vez, a sus colegas, cuánto,  cómo y bajo qué márgenes políticos, pudo hacerlo.

Inquieto y visionario, en el año 2006, pude verlo dar su conferencia en el CEA de la UNC, en Córdoba Capital, explicando cómo Argentina debía ya plantearse una relación comercial y estratégica privilegiada con China. Ello explica en parte su cierta simpatía coyuntural con el kirchnerismo (2003-2007-2011-2015).

Como pocos, Escudé, que además era generoso, porque toda su producción académica está accesible en Internet, me enseñó el camino. Se puede ser cientista social, con convicciones propias, pero sin aferrarse a dogmas e intentando siempre quebrar consensos, corriendo los límites de la verdad. Hasta la cuarentena misma para luchar contra el Covid-19, lo movilizó a escribir sobre la pandemia, presentando algunas reflexiones sobre la “nueva normalidad”, con alguna ilusión o expectativa humanística al respecto y hasta me animé a participar de tal debate, viendo cómo el resto de los invitados lo respetaban. Incluso militó en la calle, con cacerola en mano, contra la decisión del alcalde porteño Rodríguez Larreta de encerrar a los vecinos ancianos, para evitar sus contagios, en nombre de la lucha contra el Covid. La misma pandemia que el sábado pasado nos lo arrebató.

QEPD Carlos Escudé.

MI MIRADA POLITICA SOBRE LA ARGENTINA DE HOY

TE VAMOS A EXTRAÑAR “VENGADORA”

Sutil, inteligente, bella, divertida, discreta, elegante, seductora. Tan pequeño y sabía apreciar semejantes dotes en una mujer. Claro, Diana Rigg (alias la Señora Emma Peel) hacía una pareja perfecta con Patrick MacNee (alias John Steed), el hombre del sombrero bombín y el paraguas. Con tan poco, podía imaginar la forma de vida inglesa, el clima húmedo, el binomio de los buenos y los malos, pero sobre todo, la elegancia, la delicadeza, el buen gusto, el aire de “bon vivant” de ambos brillantes actores británicos.

Por eso, cuando hoy ella nos dejó, a la edad de unos jóvenes 82 años, una lágrima recorrió mi mejilla, pero también una sonrisa. Era un ícono feminista (en tiempos de no feminismo) pero fue quizás, la primera mujer de la que me enamoré perdidamente, aún en una pantalla de TV y siendo un niño absolutamente inocente. Ojalá esté “jugando al gato y al ratón” con Patrick MacNee (fallecido en 2015), allá, en algún lugar que los cobije, con ese humor sarcástico, esa sagacidad, ese formalismo que tanto los caracterizaba a ambos.

Recordando esa Gran Bretaña bella, aristocrática, que parece entrar en un ocaso definitivo.

 

INTELECTUALES: UNA CUESTION DE COMPROMISO

Cuando hoy leía la noticia de que, luego de una década, los integrantes de “Carta Abierta” decidían cerrarla, porque se había acabado la “resistencia” al gobierno de Macri que mañana termina, no dudé en recordar el papel de otros dos intelectuales de otro tiempo y lugar, que contrastan notoriamente con la actitud de aquéllos. Mientras los argentinos citados, adoptan antes que nada, el rol de “militantes”, los dos que mencionaré, cada uno bajo las circunstancias que les tocó vivir, asumieron compromisos manifiestos, con sus convicciones o saberes primero, con sus sociedades o sus países o el mismo mundo después, aunque no necesariamente con sus gobiernos. Es más, hasta podría decirse que tuvieron una enorme valentía, porque además de enemistarse o ser incomprendidos por muchos de sus pares, también se convirtieron en enemigos de esos gobiernos que alguna vez dijeron cobijarlos.

Los casos que quiero recordar, son los de Alan Turing (1912-1954) y Hannah Arendt (1906-1975).

Turing era inglés, matemático, criptógrafo, profesor universitario del King´s College de Cambridge, maratonista y hasta precursor de la informática y la inteligencia artificial moderna. Ayudó a descifrar el Código Enigma, el mismo que usaban los alemanes durante la II Guerra Mundial, con el fin de coordinar toda su logística armamentística y movimientos de conquista de Europa y Africa. Con su equipo de talentosos como él, en el sur de las Islas, en Blechley Park, con infinita paciencia y en el mayor secretismo incluso varias décadas más tarde del final del conflicto, durante dos años diseñó una máquina capaz de lograr aquel objetivo, evitando así la continuación de la guerra por dos años a tres años y salvando de esa manera, entre 14 a 21 millones de vidas adicionales a las que hubo.

No fue el nacionalismo hoy tan de moda en el Reino Unido del “Brexit” de Johnson ni la retribución a Churchill, quien lo apoyaría incondicionalmente, sino la vanidad, el orgullo y en todo caso, el amor a su precoz pareja masculina (Christopher Morcom), los que motivaron a Turing para tal hazaña. Precisamente, enterado el gobierno británico de tal condición de homosexual, lo castigó con dureza, a la castración química y en tal circunstancia de humillación y desamparo, Turing, con apenas 41 años cumplidos, podría haberse suicidado, algo que no resulta totalmente claro aún.

El ejemplo de Hannah Arendt es aún más indignante por las críticas que recibió. Hannoveriana, de origen judío (por adopción), habiéndose criado en Köenigsberg (hoy la rusa Kaliningrado), la ciudad de Immanuel Kant -el padre del “imperativo categórico”- había sufrido en carne propia, el horror de la persecución nazi en el comienzo del régimen pero sobre todo, de los colaboracionistas franceses, logrando escapar milagrosamente a Estados Unidos. En mayo de 1960, cuando el Mossad israelí detuvo “ilegalmente” al “carnicero” nazi Adolf Eichmann -en suelo argentino donde vivió como “un buen vecino”- y lo condujo a un juicio en Tel Aviv, Arendt le reclamó al New Yorker, que la contrate como corresponsal para ser testigo periodística de semejante suceso. Quería estudiar el comportamiento y la declaración de Eichmann. Llegó a la conclusión que el genocida no era un monstruo ni un demonio como pretendía mostrar el lobby judío para victimizar una vez más al “pueblo elegido”. Había actuado según una cadena de mandos, una verdadera división del trabajo, donde cada uno de los engranajes cumplía con su tarea, él, uno más, bajo la jefatura del temible Doctor Mengele. Arendt brillantemente expondría esta secuencia bajo el concepto de “la banalidad del mal”.

Por ello, Arendt fue denostada por los lectores del New Yorker, pero también por la mayoría de los cuerpos académicos de la Universidad de Princeton (1959-1963), la Universidad de Chicago (1963-1967) y la New School of Social Research de New York (1967-1975) donde trabajó y sobre todo, por sus amigos, muchos de ellos judíos sobrevivientes e intelectuales como ella. Incluso el propio Estado de Israel la atacó y agravió, a ella que había sido una sionista desde el inicio. Apenas fue defendida por el editor William Shawn y sobre todo, su tercer marido, el profesor de Filosofía, Heinrich Blücher-como antes con Turing, su “esposa por contrato”, Joan Clarke-.

Arendt creía firmemente en la relevancia de la voluntad individual, incluso para elegir en situaciones extremas como las que impone un régimen totalitario. Por eso, no escatimó críticas a los “consejos judíos” que colaboraron con los nazis, en los campos de concentración, escogiendo previamente a los prisioneros, para salvarlos o no en las cámaras de gas, aunque fuera “políticamente incorrecto” para su época. Justificar el juicio y la condena a Eichmann, no significaba que no se pudiera entender la lógica de su accionar pero a su vez, también, desnudar la conducta cómplice de los líderes de su propio credo, tan aberrante en términos morales, como la de aquel burócrata que todas las noches dormía con su familia, después de jornadas criminales enteras.

Los casos citados demuestran que cuando un intelectual descubre, racionaliza o simplemente piensa, porque ésa es su principal razón de ser (o pasión), sin terceras intenciones, llegando a conclusiones no necesariamente complacientes con alguien, una catarata de diatribas seguramente recibirá, al extremo de terminar con las vidas de los involucrados. Turing no soportó la presión o tal vez, la soledad sin su amado; Arendt siguió viviendo pero en una suerte de ostracismo o vacío del establishment académico, aún cuando ella siguió defendiendo sus posturas con hidalguía pero sobre todo, valentía. Pero ambos, tildados injustamente de soberbios o vanidosos, eran espíritus inquietos, a quienes les llamaba la atención lo que al común de los mortales, no les atrae: en el caso de Turing, con una enorme dificultad desde pequeño para comunicarse oralmente, con los demás, la criptografía era una fórmula adecuada para disimular tal carencia.

Quizás esos valores escaseen hoy en todo el mundo. Hay demasiada complacencia con el poder de turno, demasiado interés profesional, demasiada vocación de arribismo, cero convicción, cero compromiso con la verdad, cero principismo. El mejor homenaje que les podemos hacer a los Turing y a los Arendt y a tantos “incómodos”, “curiosos”, “locos” o “anormales”que se jugaron la vida por el arte de pensar muy diferente, tanto en sociedades “libres” -en el caso de ambos- como en totalitarias o autoritarias -muchos otros-, es no renunciar jamás a nuestras convicciones, a nuestras ideas, a nuestras presunciones, a nuestros descubrimientos, incluso aunque parezcan caprichos. Es la única manera de sacudir la modorra, el letargo, la levedad en los que se mueven las nuevas generaciones, sólo habituadas a la pasividad y comodidad que le imponen las tecnologías en continua evolución, lo cual las convierte en fáciles presas para el poder.

Algunos, como los ex “Carta Abierta” ya han renunciado a tales propósitos.

“THE IMITATION GAME” (2014)

“HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL” (2012)


“REMAKES” BRITANICAS COMO BALADAS ROMANTICAS

Tanto el cantante londinense (aunque hijo de escocés) Rod Stewart como el también inglés Bryan Ferry deben su fama a grandes éxitos tanto en singles como álbumes de la genial década del ochenta. Sin embargo, a medida que los años fueron pasando para sus carreras artístico-profesionales, fueron evolucionando hacia la difusión de canciones de ritmo más lento, cuando no, más bien de tono romántico.

Aquí seleccionamos tres de ellas, dos a cargo de un mismo solista.

En el caso de Stewart (74 años de edad), la canción “Still the same”, es su versión de la melodía del mismo nombre que compuso por primera vez en 1978, el norteamericano de género “country”, Bob Seger (74 años), el mismo de “Against the wind” (1980).

Letra (lyrics):

You always won, everytime you placed a bet
You’re still damn good, no one’s gotten to you yet
Everytime they were sure they had you caught
You were quicker than they thought
You’d just turn your back and walk
You always said, the cards would never do you wrong
The trick you said was never play the game too long
A gambler’s share, the only risk that you would take
The only loss you could forsake
The only bluff you couldn’t fake

And you’re still the same
I caught up with you yesterday
Moving game to game
No one standing in your way
Turning on the charm
Long enough to get you by
You’re still the same
You still aim high

There you stood, everybody watched you play
I just turned and walked away
I had nothing left to say

‘Cause you’re still the same
You’re still the same
Moving game to game
Some thlngs never change
You’re still the same

En cambio, Ferry (73 años de edad), quien se hizo muy célebre por su gran canción “Slave to love” (1985) en la banda sonora de la recordada película de alto volumen erótico (para la época) “Nueve semanas y media” (1986), pudo reproducir con su particular estilo de barítono glamoroso, la famosa canción de John Lennon -junto a su esposa Yoko Ono-, “Jeaulous guy”.

Letra (lyrics):

I was dreaming of the past
And my heart was beating fast
I began to lose control
I began to lose control
I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry

Oh my I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guyI was feeling insecure
You might not love me anymore
I was shivering inside
I was shivering inside
Oh I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry
Oh my I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guy

I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry
Oh my I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guyI was trying to catch your eyes
Thought that you was trying to hide
I was swallowing my pain
I was swallowing my pain
I didn’t mean to hurt you


I’m sorry that I made you cry
Oh no I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guy
Watch out baby I’m just a jealous guy
Look out baby I’m just a jealous guy

También aquí vamos a sumar un excelente single llamado “Johnny y Mary”, que antes que Ferry, difundió el también inglés Robert Palmer, fallecido de un infarto de miocardio, a la edad de 54 años en 2003, en <París. La particularidad de esta versión es que cuenta con la musicalización del DJ noruego Todd Terje.


Letra (lyrics):

Johnny’s always running around
Trying to find certainty
He needs all the world to confirm
That he ain’t lonely Mary counts the walls
Knows he tires easily


Johnny thinks the world would be right
If it could buy truth from him
Mary says he changes his mind
More than a woman
But she made her bed
Even when the chance was slim


Johnny says he’s willing to learn
When he decides he’s a fool
Johnny says he’ll live anywhere
When he earns time to Mary combs her hair
Says she should be used to it


Mary always hedges her bets
She never knows what to think
She says that he still acts like he’s
Being discovered
Scared that he’ll be caught
Without a second thought
Running around

Johnny feels he’s wasting his breath
Trying to talk sense to her
Mary says he’s lacking a real
Sense of proportion
So she combs her hair
Knows he tires easily


Johnny’s always running around
Trying to find certainty
He needs all the world to confirm
That he ain’t lonely
Mary counts the walls
Says she should be used to it
Johnny’s always running around
Running around

Cabe recordar que el británico antes de emprender su carrera solista formó parte de la banda de punk-rock, “Roxy Music”, con quienes puso en los primeros lugares de los rankings musicales, a “More than this”, la misma que cobró fama tardía en la película “Perdidos en Tokio” (2003), en la que una joven Scarlett Johansson coprotagonizaría con el veterano Bill Murray.

LA PRISION DE LOS REYES

Europa, siglo XVIII, sí, el mismo llamado de “la Ilustración” o de “las Luces”, en el cual, se suponía, sobre todo, a partir de la Revolución Francesa, la razón humana se impondría sobre la religión y la superchería. A la luz del siglo XXI en el que vivimos, se supone que hemos involucionado un poco, no?, sobre todo, para los neohegelianos que piensan la vida y el mundo en términos teleológicos.

Vuelvo al contexto. Aquel fue el primer siglo de la historia de la humanidad, en el que comenzaba a ser incómodo nacer y mantenerse como rey. Tras la Revolución Inglesa instaurando la especial “república” (o dictadura parlamentaria) de Oliver Cromwell (1599-1658) y la Gloriosa Revolución de 1688 que depositó en el trono británico, a un príncipe holandés (Guillermo de Orange, luego Guillermo III) y su esposa María (luego María II), lenta pero inexorablemente, empezaría a prevalecer el axioma de “el rey reina pero no gobierna”. Una verdadera crisis de identidad sobrevolaría las cortes europeas, empezando por la propia inglesa.

No en vano, tres historias, recogidas por el cine, ilustrarían las enfermedades, los pesares, las depresiones y hasta las desventuras y/o desdichas de tres monarcas: la inglesa Ana (la primera como tal de la Gran Bretaña unificada), el inglés Jorge III y el danés Cristián VII.

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TRIBUTO A “JASON KING”

Independientemente de si se llamaba Peter Wyngarde o según si nació en Francia, el mismo día que mi padre, un 23 de agosto, pero de 1927, este actor británico, de vida licenciosa, guarda un especial recuerdo para mí, por su actuación en otra de mis series favoritas, “Departamento S”. Allí personificaba a “Jason King”, un novelista excéntrico y hedonista, de historias policiales, que solía trabajar en una unidad especial de Interpol, con otros tres compañeros -uno de ellos era el personaje del americano Joel Fabiani-, en la dilucidación de las mismas.

El género de la novela policial siempre ejerció un particular atractivo durante mi infancia y adolescencia, no sólo por Sherlock Holmes y Agatha Christie, sino, originariamente por este personaje de la serie británica aludida, que tuvo una vida efímera (1969-1970) y con el nombre del propio “Jason King” (1971-1972). Tan poca presencia televisiva provocó una gran influencia, incluso en la propia cinematografía inglesa, cuando muchos años después, Mike Myers reconoció la gravitación de “Jason King” en su personaje de la película “Austin Powers”.

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