UNO MAS (Y VAN…)

Esta semana, Javier Milei viajó nuevamente al exterior, particularmente Estados Unidos, pronto lo hará a España, aunque con finalidades que poco o nada tienen relación con su gestión de gobierno. Volvieron así las hipótesis periodísticas en torno a cuan cómodo o comprometido se halla con su gobierno. Ya sea porque puntualmente la marcha universitaria del martes 23 de abril le puso un límite, o porque las presiones y locura que supone gobernar un país tan bipolar y ciclotímico como la Argentina, terminan siendo insoportables, el flamante Presidente no parece encontrar el sosiego que ansía tener por ejemplo, cuando se retire: «estar con sus seres de cuatro patas». Al mismo tiempo, sí parece «estar en su salsa» cuando da conferencias anodinas sobre sus formas (abstractas) de entender la economía o aspectos morales como la bondad o la virtud empresaria, que le preocupan tanto. Mientras tanto, el 63 % de los cargos estatales no han sido ocupados, las reuniones de gabinete las preside su hermana Karina y el consenso pragmático logrado con vocación artesanal por su Ministro del Interior, el «todoterreno» Guillermo Francos. Es decir, Milei no gobierna. Tampoco le interesa.

Podría decirse que su propia filosofía anarco-capitalista, en contra de esa «organización criminal» -como él mismo la denomina- que es el Estado, influye para respaldar aquel comportamiento. Pero si fuera así, hubiera actuado desde el primer día en tal sentido. Quien tiene la vocación y convicción verdaderas para aniquilar al Estado lo hace desde el primer día, actuando en consecuencia, no sólo para destruir o bloquear sino para forjar algo nuevo o inédito. No alguien que se convierte en «pragmático» tras 4 meses, ni siquiera cuenta con una sóla ley en ese período o quien se dedica obsesivamente a multiplicar «likes» en la red social «X» o busca con desenfreno, «reconocimiento internacional», aún a costa de papelones por sus balbuceos en sus entrevistas con periodistas no guionados.

Pero mirando hacia atrás, Milei no es la excepción y eso es lo preocupante. A la hora de revisar el pasado, la lista de Presidentes que no se sienten a gusto, «presidiendo», termina siendo larga. Alberto Fernández estuvo en la Casa Rosada, porque lo instaló tal vez, contra su voluntad, Cristina Fernández. Macri pasó por allí empujado por su propio desafío a Franco, su padre. CFK le dio el gusto a su marido Néstor y éste a Duhalde, siendo tal vez el último Presidente que realmente «disfrutó el poder», aunque éste lo llevó a su propia muerte.

En un régimen presidencialista, Presidentes que no quieren presidir sinceramente, afecta el propio pilar básico de aquél. Para una sociedad que necesita ser gobernada, como solía decir Manuel Mora y Araujo, es un gran detalle. Sobre todo, si no se pretende seguir perdiendo tiempo valioso que consuma generaciones enteras y se elucubren las más varias teorías o estrategias para sacárnoslos de encima antes de que terminen sus respectivos mandatos (sin pena ni gloria).

EL LEGADO LIBERAL DE ARMANDO RIBAS

TRIBUTO A MANUEL MORA Y ARAUJO

Tal vez, la respete a la Sociología -la disciplina que eligió estudiar mi hija-, gracias a Alexis de Tocqueville y a dos argentinos, José Luis de Imaz y Manuel Mora y Araujo. Pero de éste, que nos acaba de dejar a sus 79 años de vida, rescato otras virtudes y creencias que me legó apenas lo conocí en los años ochenta, más exactamente en 1984, cuando vino por primera vez a Rosario, traído por la Fundación Libertad. He aquí el detalle.

En los años sesenta, Mora y Araujo, quien se desempeñaba en la Fundación Bariloche, era un sociólogo marxista, que creía en la teoría de la dependencia de Cardoso y Faletto pero cuando viajó a Inglaterra junto a los historiadores Ezequiel Gallo y Oscar Cornblit, su mirada intelectual cambió rotundamente. Allí, en Sussex, conoció al genial epistemólogo austríaco Karl Popper y también a Friedrich Von Hayek y eso llevó a los tres a modificar sus miradas históricas y sociológicas de manera completa.

Cuando retornó a la Argentina, le tocó explicar en un brillante artículo publicado en la Revista «Desarrollo Económico» del IDES de 1982, por qué nuestro país era un «modelo» de anormalidad de postguerra: el famoso ciclo político argentino de más de 5 décadas, donde los civiles fracasaban pero también lo hacían los militares, a diferencia de otros casos postautoritarios exitosos como Corea del Sur, Taiwan y Chile. El «fracaso» era una sociedad improductiva, con una inflación alta y crónica y una inestabilidad política estructural, donde la típica explicación del antagonismo peronismo-antiperonismo ya no tenía validez, tampoco la responsabilidad exclusiva del llamado populismo (versus los militars supuestamente proliberales y oligárquicos) pero menos la poseían otras miradas, como la propia de Mora en su juventud, es decir, la dependencia de terceras potencias. La variable institucional era «la madre de todas las explicaciones» según Mora, apoyándose nada más ni nada menos, que en la sabiduría de la Ilustración Escocesa, que todavía hoy el 90 % de la intelectualidad social argentina ignora que existe.

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