UN DIA ESPECIAL: JOHN LOCKE Y JUAN BAUTISTA ALBERDI

Hoy nacieron dos pilares básicos del liberalismo: uno, el Padre del anglosajón, John Locke y otro, el Padre del vernáculo, Juan Bautista Alberdi. Parece mentira -o no tanto- que el segundo haya sido invisibilizado tanto en la educación formal secundaria como en la universitaria, incluyendo en las Facultades de Derecho del país. Tal vez, es la mejor demostración, cabal, de por qué nuestra Argentina ingresó en un cono de sombra. Porque soy un convencido de que las ideas -y no lo intereses- mueven el mundo y en el caso argentino, han sido las grandes responsables del ascenso argentino entre 1853 y 1930 y de la misma decadencia entre esa fecha y la actualidad.

Pero una vez más, cuando pareciera que estamos tocando fondo, en medio de la cuarentena más larga del mundo, en un momento histórico bisagra, decisivo, en el que por primera vez en 37 años de democracia, se han violado como nunca antes las libertades individuales bajo un estado de sitio que no se ha declarado formalmente, por la cobardía del actual Presidente Fernández; se ha anulado prácticamente, el escaso federalismo que teníamos desde el primer tramo del siglo XX y finalmente, se está cometiendo un verdadero genocidio educativo al postergar el regreso a clases presenciales, en los tres niveles (primario, secundario y universitario), la necesidad de retomar el pensamiento de Alberdi es más que ineludible.

Biográficamente, Alberdi nació en San Miguel de Tucumán, en 1810, precisamente el año de la Revolución de Mayo, algo que podría ser considerado con una carga simbólica especial, dado que ejerce el rol que en el gran país del Norte (Estados Unidos), desempeñaron varios prohombres, como Jefferson, Hamilton, Jay y Adams, entre otros. Su vida, no estuvo exenta de vicisitudes: se crió huérfano de madre, la reemplazó su padre y en parte, su hermano, era débil de salud, de contextura física muy delgado, sufrió cierto bullying por parte de sus profesores del Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, donde fue a estudiar y su carrera de Abogacía -precisamente en honor a su nacimiento, se celebra del Día alusivo de la profesión en Argentina aunque se lo ignore en términos académicos- no pudo terminarla en la Universidad de Buenos Aires, quiso terminarla en Córdoba, en función del hostigamiento de la era rosista y como no quiso jurar fidelidad al régimen, la finalizó en la república vecina del Uruguay. En el interín, formó parte de la gloriosa Generación del ’37, a la que asistió movido por su pasión literaria, pero sobre todo, por su talento musical, porque era un eximio pianista. En gran medida, Alberdi llega ahí por consejo médico, para poder “respirar” un aire diferente al académico que aparentemente lo asfixiaba. Cabe destacar un gran detalle: Alberdi en ese grupo, firmaba como “Figarillo”, en la dirección de la Revista “La Moda”.

Es que Alberdi siempre buscó los márgenes, intentando lograr la famosa “ventana de Overton”: estoy convencido que ésa es la mejor manera de aspirar a la libertad. En plena etapa autoritaria de la Mazorca, el ya agotado Alberdi se exiliaría en Uruguay y luego, en Chile, donde recibiría la gran noticia del triunfo del General Urquiza quien rompería lanzas con Rosas en su famoso “Pronunciamiento” en 1852.

En muy poco tiempo, con una rapidez admirable, el creativo pero metódico Alberdi, le escribiría desde el país trasandino, las “Bases” para la nueva organización del país, aunque después aceptaría un rol de embajador plenitpotenciario itinerante. Con él, viajaría a España, que aceptaría por fin, gracias a la gestión del tucumano, la independencia argentina; la Santa Sede, que podría digerir la libertad de cultos del nuevo país en tránsito de ordenamiento institucional y finalmente, Gran Bretaña, donde visitara al propio Rosas, quien con un burdo idioma inglés, le expresaría su gratitud a su vencedor Urquiza, quien lo financiaba desde Paraná, la capital de la Confederación Argentina.

Sería la derrota de Urquiza en Pavón, la que le generaría el encono acendrado de Mitre primero y Sarmiento después, el mismo que lo haría objeto de diatribas en el famoso debate vía Cartas Quillotanas, ya desde Chile. En Valparaíso, Alberdi tiene una famosa estatua mirando al Océano Pacífico pero además, pidió que un emprendedor industrial norteamericano llamado William Ebenezer Wheelwright – a quien un pueblito insignificante del sur de Santa Fe, también le debe su nombre-, fuera reconocido con una similar, dada su encomiable vocación ferroviaria y transportista marítima en toda América del Sur (Argentina, Chile, Perú y Ecuador).

Por fin retornaría en 1879, para ser diputado nacional y Vicepresidente de la Cámara pero esta vez, la política misma lo defradudaría. Volvería a irse en 1881, para ya no regresar y morir cerca de París en 1884.

Hoy, nos sentimos obligados a pagar nuestra deuda moral con él, bajo el “paraguas” de la Fundación Vanguardia, comprometida con la difusión de los valores del civismo activo y una ciudadanía liberal comprometida, junto al Concejal Juan Romeo Benzo (UCR, Juntos por el Cambio) y otros amigos, todos republicanos de pura cepa, aunque militemos en diferentes espacio opositores al oficialismo local. Villa María, en el centro del país, la tercera ciudad de la Provincia de Córdoba, hacía muchísimo tiempo que no le rendía homenaje, al igual que toda la Argentina, excepto en los ceánculos intelectuales liberales. Tuvimos que caer tan bajo y que nuestras libertades estén en peligro de ser eliminadas, para poder rescatar como nunca, la figura del genial alberdiano. Ojalá, su luz nos guíe en el camino de la recuperación democrática porque la sociedad argentina, igual que en el siglo XIX, no tiene hambre, sino sed de educación. Cuando muchos piensan en emigrar a Uruguay, como él, en plena dictadura rosista, esperemos que no sea tarde.

 

“CAPITAN DE MAR Y DE GUERRA”: DE SUDAMERICA

LA GENERACION DEL ’37: ALBERDI

SALUD Y ECONOMIA

Pocos conocen que hace exactamente 27 años empecé a transitar el camino del estudio y análisis de la Economía y Gestión de la Salud, una subdisciplina de la Economía que indaga sistemáticamente sobre las interrelaciones entre el status de salud de una población determinada y la actividad económica, sin dejar de observar la organización institucional que influye sobre la conducta de los actores de un subsistema sanitario. Esto demuestra que, a diferencia de lo que afirma a menudo el Presidente Alberto Fernández por estas horas en el sentido de que “entre la economía y la salud” elige la segunda, justificando así su decisión de “sugerir” -al borde de imponer- la cuarentena nacional durante 3 semanas – o más- ante la inminencia de un contagio masivo por coronavirus que haría colapsar el sistema asistencial argentino, la economía y la salud no tienen por qué ser analizadas en términos de oposición binaria, sino que bien pueden complementarse.

Hay que destacar que la Economía y las Ciencias de la Salud tienen mucho más en común de lo que muchos detractores de ambos bandos, se encargan de socavar. Ambas son disciplinas positivistas, con claros objetos de estudio, con métodos rigurosos, que suelen apegarse a las estadísticas y favorecen la precisión de sus estimaciones, de utilidad para la toma de decisiones. Tal vez, la única gran diferencia es que en la Economía rige, como en ninguna otra, el principio de la escasez mientras que para la Medicina, hay una mayor inclinación a preocuparse por las necesidades ilimitadas de los humanos sin tener la misma actitud frente a los recursos.

A propósito de ello, será ilustrativo qué conclusiones pude haber extraído, tras un breve paso por la Fundación Libertad de Rosario (1989-1993), de aquella lejana experiencia profesional que duró desde aquel año hasta mi desvinculación de la Asociación de Clínicas, Sanatorios y Hospitales Privados de la Ciudad de Rosario en 2001, incluyendo una formación anual en gestión de recursos humanos en la Universidad Diego Portales, en 1995, en Chile, donde me tocó estudiar, financiado por el Grupo Villavicencio, el innovador pero polémico sistema Isapre. Mucho de lo que aquí comentaré, tiene una estrecha relación y por ende, vigencia, respecto al actual momento que vivimos, en torno a la “guerra” declarada contra el COVID19.

Fundación Libertad de Rosario, Foro de Salud, 2013.

La principal motivación que me guió para trabajar durante 8 años en un sector laboral hegemonizado por médicos, con todo lo que ello supone, tenía relación con mi presunción de que “la salud pública” no necesariamente mejora por el crecimiento de recursos y que muchos de sus resultados estaban vinculados con comportamientos individuales y reglas de juego que sí direccionaban positiva o negativamente a los actores.

Claramente, mi visión debía inscribirse a un debate histórico abierto entre sanitaristas y economistas. En el primer grupo, entre otros, lucía el actual Ministro de Salud de Fernández, Ginés González García (GGG), con su naciente Instituto Isalud -hoy Universidad privada-, con el apoyo de médicos públicos -casi todos, con doble empleo en el sector público-, profesores de las carreras de Medicina del país y por supuesto, paramédicos. En el segundo grupo, se alineaban economistas ajenos al sector salud, ocupados en think tanks como FIEL, Fundación Mediterránea-IERAL e IDESA, totalmente incomprendidos por el “mainstream” y quienes manejaban históricamente la organización institucional de la salud argentina. Mónica Panadeiros, Jorge Colina, Roberto Tafani, Osvaldo Giordano -hoy Ministro de Finanzas de la Provincia de Córdoba, entre otros, fueron algunos de los exponentes de ese importante conjunto de académicos que realizaron investigaciones pioneras en aquel campo.

Cabe destacar que aliados o rivales de los sanitaristas, aparecían los sindicalistas. Hay 4 modelos de organización de salud en el mundo: estatal y gratuita como el National Health Service británico, Canadá y media Europa, entre otros Italia y España, con gasto público per cápita inferior al promedio mundial, nula libre elección y resultados de health status mediocres; como opuesto, el privado, basado en seguros privados y actuariales de salud, vigente en Estados Unidos como país federal, con tecnología de punta y profesionalismo de primer nivel y el subsistema Isapre en Chile; una gran variedad de países en el medio, con sectores estatales y corporativos (ONGs), en desmedro de la medicina privada y, Argentina, el único país en el mundo donde hay una enorme fragmentación institucional: hospitales públicos, medicina privada diferente a la norteamericana y chilena pero sobre todo y ésa es su originalidad, un subsector financiado por los trabajadores formales y dirigido por sindicatos -y sindicalistas multimillonarios-, sin ningún control estatal válido.

Cuando el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), sobre todo en su segundo mandato, bajo el liderazgo de Domingo Cavallo, su Ministro de Economía, pretendió encarar una reforma integral del sector salud, a los fines de rediseñar su organización, para hacerla más compatible con el modelo general que se intentaba aplicar, al estilo del ejecutado en Chile antes, aunque conservando algunas características de nuestro esquema autóctono, prácticamente no tuvo aliados y por lo tanto, su intento quedó condenado al fracaso. Apenas algunos técnicos e intelectuales se pusieron al frente de la formulación y ejecución de las políticas propuestas, con Cavallo como ariete, en un gobierno como el de Menem, al que también apoyaban los sindicalistas, pero incómodos y solapadamente enemigos de las primeras.

Es que la reforma de salud, la tercera en discordia, tras el éxito de la previsional (AFJP) y la de accidentes de trabajo (ART), apuntaba al corazón de la “caja” que financiaba a los gremialistas desde el “onganiato” militar (1966-1970): de allí su férrea oposición, a la que se sumaron médicos empleadores de prestadores privados, insuficientemente convencidos de las bondades del nuevo modelo y muy recelosos de la entrada de bancos y compañías de seguros al mercado de la salud. Todo el esquema propuesto por Cavallo, lejos de suponer un adelgazamiento del sistema, implicaba una eficientización, una transparencia inédita e incluso mayor cobertura, más auténtica que la histórica, además de direccionar fondos públicos a la demanda y no a la oferta, pero todo ello obligaba a una fuerte y poco deseable reacomodamiento de todos los actores, sobre todo en términos de gestión, calidad y evaluación ex post.

En esa instancia, entonces, quedó demostrado que uno de los sectores laborales más refractarios a toda reforma institucional, es el de salud, junto con el educativo. Tal conservadorismo no tiene relación con un buen desempeño, ni siquiera la solidaridad que decía y dice ofrecer el sistema. Por el contrario, insume muchísimos recursos y los resultados son muy mediocres, con tendencia a empeorar: enfermedades infectocontagiosas que reaparecen como el sarampión, otras nuevas como el dengue, que ilustran sobre lo mal que se trabaja en términos epidemiológicos; corrupción en todos los niveles -el seguro de jubilados (PAMI) es el ejemplo más demostrativo-; desigualdad notoria en el consumo médico y acceso a recursos -sobran galenos y aparatología en algunas regiones y escasean en otras-; el sistema no fomenta conductas saludables en la población: ha crecido la mal nutrición y la obesidad, más allá del hambre puntual que puede aquejar a alguna franja de la población en algunos conurbanos (Buenos Aires, Chaco, Formosa).

No obstante ello, de manera autista, GGG solía remarcar -como hoy- que el argentino es “un modelo en el mundo” -lo cual puede ser cierto en términos temporales y parciales -geográfica y tecnológicamente- y dependiendo de qué y dónde hablemos- y que todos sus problemas se remitían a un indeseado protagonismo médico y un exceso de consumo de fármacos, por parte de nuestra población, en función de la naturaleza oligopólica de la industria farmacéutica, donde compiten la nacional -afín a GGG- y la extranjera (norteamericana y británica). Ese fue su gran “caballito de batalla” -sin que nada científicamente lo corroborase- que lo prestigió ante sus pares y políticos (peronistas y radicales) para mantenerse en el candelero durante 3 décadas.

Estos antecedentes y su actitud soberbia explican en gran medida, la subestimación con que el propio Ministro tomó el caso del coronavirus: a fines de enero pasado, negó que la enfermedad llegaría a Argentina y ahora, influye sobre Fernández como nadie en el gabinete para que prorrogue la cuarentena obligatoria, porque teme que el número de contagios tarde o temprano haga explotar el sistema de salud que él siempre se negó a reformar en serio. Lo hace sin medir las consecuencias económicas pero también las sanitarias de semejante paro productivo y comercial: depresión por el encierro y eventual desempleo, fobias varias, violencia doméstica, trastornos por convivencia con niños y pareja, sedentarismo, etc. En una población psicoanalizada en exceso como la argentina, en condiciones “normales”, las sugerencias de GGG suponen un agravamiento de toda la situación y una enorme regresión en el “health status” de la ciudadanía.

Claro, por el contrario, debiera razonar que esta batalla puede empatarse al menos si se hace lo que nunca se intentó siquiera: que ese “elefante” sanitario que funcionó siempre fragmentadamente, sin coordinación institucional alguna, empiece a actuar con una racionalidad planificatoria de la gran cantidad de recursos -no insuficientes- con los que cuenta, que lo ponga al servicio de la salud pública. Así Fernández se dará cuenta que economía y salud van de la mano, no enfrentadas.

Máxime al gobernar un país donde el 40 % del mercado laboral se halla en la informalidad y la mitad de la población, sobre todo, niños, vive en situación de pobreza e indigencia. Para ellos, la economía no puede esperar y su propia salud depende de ella. Acaso sólo una propuesta sistémica que apuntale un proyecto de largo plazo orientado a maximizar este valioso capital humano, hoy marginado y excluido y donde la libertad de opciones, con un marco institucional estatal que las regule sin asfixiarlas, garantizando equidad, pueda devolverles la dignidad y oportunidades que ninguna cuarentena obligatoria les facilita.

LA FIEBRE DE LA AMPLITUD

Macri y CFK son simétricos en el fondo y hasta, muy predecibles. En más de una ocasión, han jugado a adoptar medidas o tomar decisiones similares aunque antagónicas siendo el gran desvelo de ambos, intentar sorprender al adversario. En las últimas semanas, han desnudado otra vez, tales intenciones con las maniobras que han ejecutado, aunque descarto que hayan sido fruto de un planeamiento excesivo y por el contrario, más bien, producto de sus respectivos impulsos personales. En efecto, aunque uno pretenda recrear el 1995 de Carlos Menem y el otro, el 2007 de los Kirchner, tanto Miguel Angel Pichetto (MAP) como candidato a Vice de Macri y Alberto Fernández (AF), como “candidato a Presidente” (sic) de CFK, lejos de ser producto de la racionalidad y el cálculo mensurado, son más que nada, resultado de la desmesura y la desesperación por no perder -poder-.

Después de entretenernos -y agobiarnos- durante largos 4 años con una grieta ficticia, alentando a sus correspondientes “tribus” sectarias pero minoritarias, haciéndonos perder un tiempo precioso en términos de gestión macroeconómica y madurez política, han privilegiado por fin, escoger el camino de la moderación y el centrismo. Ahora que ambos se han percatado que ninguno de ellos le puede ganar al otro, con las recetas del manual duranbarbista ni con el “Frepasito tardío”, salen urgidos, aunque las disfracen de maniobras inteligentes y racionales, obsesionándose por leer y copiar las experiencias de la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile o el Frente Amplio en Uruguay. Los “instrumentos” son MAP y AF, las versiones criollas de Edgardo Boeninger Kausel y Julio María Sanguinetti, respectivamente, para graficar de una manera elocuente, tamaño roles y jugadores cruciales en el complejo entramado político de los países más -institucionalmente- “europeos de América Latina.

El problema, les recordaría a Mauricio y Cristina, es que en tales países, los partidos políticos existían y existen y aquí no, tras el cataclismo del 2001 y el Pacto de Olivos de 1994, por lo que tal coalicionismo, necesidad de acuerdos y vocación por el centro para eliminar toda grieta, se construyeron en nuestros países hermanos sobre aquellas bases sólidas y no sobre arena como en Argentina. Tampoco fue la conveniencia y mezquindad de ganar una elección evitando un ballotage, lo que persiguieron aquellos actores estadistas extranjeros: fue encarrilar primero y acabar luego, con durísimas transiciones postmilitares. Probablemente, la resistencia y cerrazón derivada de un falso principismo y la flexibilidad posterior para negociar y alcanzar consensos son meras etapas (ineludibles, irremediables pero necesarias) de un largo proceso político por quebrar y derrotar pacíficamente un bloque hegemónico, de dureza autoritaria.

Pero la grieta argentina, lejos de operar en tal contexto, se construyó desde el marketing ante la orfandad de ideas y pobreza del debate de la elite nacional, por lo que jamás se requirió construir otra mayoría que haga del diálogo, su principal sustancia. Paradójico es que el gran acuerdo Perón-Balbín se haya pergeñado cerca de la muerte de ambos y que el Pacto de Olivos lo haya sido con el exclusivo e inocultable propósito de asegurarle a Menem su reelección y a los radicales, la oposición sistémica. Existe una altísima correlación entre el egoísmo puro y cortoplacismo de la clase política -deshonesta, tránsfuga y volátil- y una sociedad civil manipulable y cómplice.

Aunque por razones diferentes -en el caso de Macri, mala praxis macroconómica y asegurar gobernabilidad ante el más de una vez despreciado “círculo rojo” y en el de CFK, para ganar impunidad y no pagar costos políticos de concesiones que traicionarían a sus feligreses -, tampoco deja de sorprender que la necesidad de moderación de ambos, se logre con sendos operadores políticos, sin votos propios, como MAP y AF. Nunca en 36 años de democracia argentina, con la excepción de Zanini, en la fórmula de Scioli, tales “monjes negros “, quedaron tan expuestos en la faz pública. O la gobernabilidad a posteriori de noviembre, es tan clave para ganar votos o para seducir al establishment que financie las campañas o, los moderadores son los operadores o no se entiende muy bien estas “jugadas maestras”. En cualquier caso, hay que recurrir a figuras peronistas, porque según parece y a pesar de que el peronismo como partido esté herido de muerte, como dice Durán Barba, tal identidad sigue siendo útil para hacerle más edulcorado a los argentinos, el tránsito tardío al capitalismo moderno.

Claro, es la misma identidad que condujo al evidente fracaso económico de décadas -5 o 7 da igual-, el mismo que tal vez ahora obra como estímulo, una vez más, para demostrar el “Teorema de Baglini”. Del lado del Presidente, ir a buscar a Pichetto para resucitar -la castigada por Marcos Peña- “pata peronista” del PRO, embrionaria en 2003, aquélla que ayudó a crear Macri con el colombiano De Narváez (ex dueño de Casa Tía) en la Fundación Creer y Crecer o la triunfadora de hace una década, sobre el propio Néstor Kirchner en las parlamentarias bonaerenses, bajo el paraguas de la Unión-Pro junto al citado “Colorado” y al otro “saltimbanqui” Felipe Solá, como del lado de CFK, rogarle a Fernández, para recrear el 2005 de la transvesalidad, es el reconocimiento más palpable y patético de una dirigencia política que va y viene a los mismos lugares comunes: el ya célebre “ciclo político político argentino”, que tanto Manuel Mora y Araujo, Pierre Ostiguy y tantos otros, se aburrieron de describir. Le advierto a ellos que por más que Pichetto extremice su lenguaje, con frases maccarthistas, xenofóbicas o de “mano dura”, intentando “bolsonorisarse” para captar votos extremos y Fernández se “corbinice” como un hippie viejo atractivo para los jóvenes, lo único que hacen es desnudar la pobreza de ideas y la funcionalidad a sus dos “Príncipes”.


Cualquiera sea el estímulo o detonador, ojalá los vaya convenciendo a ambos principales actores de la decadente película argentina actual, a medida que adquieran conciencia que sus “brillantes” movimientos tácticos también hallan límites, incluyendo favorecer a toda otra “tercera vía” por la que compiten Lavagna, Espert o la izquierda, que la acuciante realidad, se impone, por encima de los recurrentes artilugios de toda especie, con los que se obstinan en embaucarnos.

La Opinión de A. Malamud

La Opinión de Zuleta Puceiro

El triunfo del ala política del gobierno

RECORRIENDO EL PERU DEL DAKAR 2019

Desde que hace más de un lustro conocí Perú, no me canso de disfrutarlo cuando lo recorro. Su gran geografía, variada, diversa, contrastante, sobre la que ya escribí en otras ocasiones en este sitio, no dejan de deslumbrar o conmover al visitante ocasional. Como los corredores de esta última edición de la famosa competencia Rally Dakar, que se disputa todos los años en enero, ya en Sudamérica, debido a la profunda inestabilidad política que sufre África, su continente original, seguramente lo han vivenciado en estas últimas semanas. Han conocido las dunas interminables, las tierras secas cuasi lunares del país, sus sierras, sus costas allende el Océano Pacífico, con playas vírgenes, sólo tocadas por la naturaleza.

Independientemente de los comentarios que puedan hacerse por la organización exclusiva de semejante evento de envergadura mundial, a cargo del país incaico y si estuvo o no a su altura, incluso los debates sempiternos en las redes sociales, entre chilenos y peruanos burlándose mutuamente de la capacidad deportiva y hasta cultural de ambos países “hermanos” -separados de modo trágico desde el siglo XIX por la Guerra del Pacífico-, está claro que holandeses, rusos, españoles, checos, polacos, australianos, franceses, británicos, bielorrusos y todos aquellos otros extranjeros que compitieron en el Dakar, se llevarán un recuerdo imborrable de este Perú 2019.

Es que detrás de la innumerable cantidad de sentimientos que aquellos audaces corredores experimentaron a lo largo de dos semanas, ya sea, alegría, ansiedad, frustración, desazón, desesperanza, desencanto, tensión, etc., había un paisaje apropiado, listo para cobijar tales emociones. En su rica fisonomía, a pesar de que el Dakar sólo recorrió un cuarto de la misma, Perú ofrece un suelo y una naturaleza agreste, salvaje, hostil para la vida humana: así la vivimos en carne propia en cada uno de nuestros viajes inolvidables.

En estos videos, podrán apreciar parte de esa belleza. Tales imágenes nos ahorrarán las palabras.

 

ARGENTINA Y SU PROLONGADA AGONIA FUTBOLISTICA

En Nizhny Novgórod, la Croacia de Modric y Rakitic -la única pareja valiosa que tiene dicha Selección-, le acaba de propinar una de las peores derrotas que se recuerden de las últimas décadas en un Mundial de fútbol, a nuestra escuadra nacional argentina.En un día 21 de junio, fecha en la que nunca había perdido ni le habían convertido un gol, los tres goles croatas, uno de los cuales, fue un “blooper” del discutido arquero que el técnico Jorge Sampaoli llevó como titular, por “su manejo con los pies”, fueron un mazazo al mentón de un rival, anímicamente muy frágil, con su megaestrella Leonel Messi, deambulando fastidiado en la cancha.

Desde 1974, en Alemania, Argentina no tenía tan pésimo comienzo de primera ronda, con un sólo punto, habiendo empatado con la debutante Islandia. Ahora, ha quedado al borde de la eliminación, dependiendo de resultados ajenos y diferencias de gol.

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DANTE CAPUTO: EL PRIMER CANCILLER DE LA TRANSICION DEMOCRATICA

Hoy falleció este sociólogo argentino formado en La Sorbonne, Francia, quien se constituyera en el Canciller del primer gobierno radical que emergió en la recuperación democrática argentina de 1983 a 1989. El entonces Presidente Raúl Alfonsín lo tuvo como funcionario, asesor y amigo y tras haber liderado el cuerpo diplomático nacional, dedicó su vida pública a representar a su país, en organismos multilaterales como la OEA, de la que fuera su Secretario de Asuntos Políticos -hoy lo recordó el uruguayo Luis Almagro, su actual Secretario General-, además de haber participado del Grupo de Contadora que mediara en la crisis centroamericana de los años ochenta.

Dotado de una gran templanza para los aciagos momentos que le tocó vivir, Caputo era una persona lúcida, intelectual -tal vez el último que pasó al frente del Palacio San Martín-, pero también un político, y en ese carácter, se ganó la confianza de Alfonsín pero también de todo el partido radical -y de su adoptivo socialista-popular en 1998-, a quienes les hizo llegar su voz serena hasta su último momento en vida, porque trabajó para poder vivir: jamás se enriqueció con la función pública, a diferencia de tantos dirigentes de la naciente democracia argentina. Siguió siendo siempre el porteño, orgulloso oriundo de Villa Urquiza, tanguero y fan de Messi. Continúe leyendo

ANIVERSARIO 208 DEL EJERCITO ARGENTINO

Las primeras películas que vi en mi vida fueron tres militares: “El Santo de la Espada”, protagonizado po el gran actor argentino Alfredo Alcón, en homenaje al General José San Martín; “Bajo el signo de la Patria” con el actor español Ignacio Quiroz, personificando a Manuel Belgrano y, “Güemes: la tierra en armas”, también con Alcón como figura central. Desde pequeño, me encantaba a ir a los desfiles militares, escuchar la Fanfarria “Alto Perú” del Regimiento Granaderos a Caballo, ver a los Patricios y escuchar su Banda “Tambor de Tacuarí”.

Precisamente, fue este último regimiento el primero creado por el Decreto inicial de la Junta Revolucionaria de Mayo, un 29 de mayo de 1810, apenas cuatro días después del estallido de la Revolución en Buenos Aires. De allí en más, se tiñó de gloria en los campos de batalla de Suipacha, en Paraguay, Tucumán y Salta, bajo el mando de Antonio González Balcarce y el propio Manuel Belgrano. Luego, con el fracaso de retomar el Alto Perú, “la posta” la tomó nuestro regimiento afrancesado, pero de caballería, una innovación respecto a Europa: los Granaderos. San Martín, Las Heras, Alvear, Lavalle, lo llevaron a cruzar los Andés: fue una locura pero también una epopeya. Liberaron de los españoles, Chile y Perú y volvieron tras una campaña militar exitosísima.

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