«TOMA Y HACELO»

El 19 de diciembre de 1970, teniendo 6 añitos, en los brazos de mi viejo que me hizo hincha «sabalero», vi la goleada de Colón de Santa Fe contra Almirante Brown, 5 a 2, tan decisivo, para salvar la categoría de Primera División que había logrado un lustro antes.

Hoy, 55 años después, contra el mismo rival, ya en la segunda categoría, tras un año y medio, habiendo salido campeón de Primera hace cuatro años, pero perdiendo un promedio de 16 partidos al año, desde 2014, con un permanente deambular de técnicos, sin rumbo, sin equipo, habiendo echado a su director  deportivo luego de un semestre de mala experimentación y con su estadio al borde de la suspensión por disturbios de su propia furiosa hinchada, Colón se jugaba más que la vida.

Tras los noventa minutos, el regreso de Luis Miguel «Pulga» Rodríguez, artífice del campeonato logrado en San Juan 2021, tal vez haya marcado una bisagra. No sabemos si en las diez fechas que quedan para el final del Nacional B Edición 2025, verá a Colón clasificado para las instancias finales y soñar con el ascenso, pero quizás su jugada de hoy, habilitando mediante una pelota muy precisa en un corner, al autor del gol que desniveló el tanteador, Federico Jourdan. haya marcado un antes y un después de una pésima racha de 15 partidos, donde el club de mis amores ganó apenas dos y perdió 11, los 5 últimos de modo consecutivo, de las peores, en las últimas décadas.

Ojalá, el liderazgo -y la inteligencia con la que juega- el tucumano nacido en la pequeña Simoca, al borde de su retiro, sean tan relevantes como lo fueron a la hora de posicionar a Colón entre los grandes de Argentina y Sudamérica, como necesarios en estas horas para torcer la historia. Los líderes sirven para ello.

UN DIA ESPECIAL: JOHN LOCKE Y JUAN BAUTISTA ALBERDI

Hoy nacieron dos pilares básicos del liberalismo: uno, el Padre del anglosajón, John Locke y otro, el Padre del vernáculo, Juan Bautista Alberdi. Parece mentira -o no tanto- que el segundo haya sido invisibilizado tanto en la educación formal secundaria como en la universitaria, incluyendo en las Facultades de Derecho del país. Tal vez, es la mejor demostración, cabal, de por qué nuestra Argentina ingresó en un cono de sombra. Porque soy un convencido de que las ideas -y no lo intereses- mueven el mundo y en el caso argentino, han sido las grandes responsables del ascenso argentino entre 1853 y 1930 y de la misma decadencia entre esa fecha y la actualidad.

Pero una vez más, cuando pareciera que estamos tocando fondo, en medio de la cuarentena más larga del mundo, en un momento histórico bisagra, decisivo, en el que por primera vez en 37 años de democracia, se han violado como nunca antes las libertades individuales bajo un estado de sitio que no se ha declarado formalmente, por la cobardía del actual Presidente Fernández; se ha anulado prácticamente, el escaso federalismo que teníamos desde el primer tramo del siglo XX y finalmente, se está cometiendo un verdadero genocidio educativo al postergar el regreso a clases presenciales, en los tres niveles (primario, secundario y universitario), la necesidad de retomar el pensamiento de Alberdi es más que ineludible.

Biográficamente, Alberdi nació en San Miguel de Tucumán, en 1810, precisamente el año de la Revolución de Mayo, algo que podría ser considerado con una carga simbólica especial, dado que ejerce el rol que en el gran país del Norte (Estados Unidos), desempeñaron varios prohombres, como Jefferson, Hamilton, Jay y Adams, entre otros. Su vida, no estuvo exenta de vicisitudes: se crió huérfano de madre, la reemplazó su padre y en parte, su hermano, era débil de salud, de contextura física muy delgado, sufrió cierto bullying por parte de sus profesores del Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires, donde fue a estudiar y su carrera de Abogacía -precisamente en honor a su nacimiento, se celebra del Día alusivo de la profesión en Argentina aunque se lo ignore en términos académicos- no pudo terminarla en la Universidad de Buenos Aires, quiso terminarla en Córdoba, en función del hostigamiento de la era rosista y como no quiso jurar fidelidad al régimen, la finalizó en la república vecina del Uruguay. En el interín, formó parte de la gloriosa Generación del ’37, a la que asistió movido por su pasión literaria, pero sobre todo, por su talento musical, porque era un eximio pianista. En gran medida, Alberdi llega ahí por consejo médico, para poder «respirar» un aire diferente al académico que aparentemente lo asfixiaba. Cabe destacar un gran detalle: Alberdi en ese grupo, firmaba como «Figarillo», en la dirección de la Revista «La Moda».

Es que Alberdi siempre buscó los márgenes, intentando lograr la famosa «ventana de Overton»: estoy convencido que ésa es la mejor manera de aspirar a la libertad. En plena etapa autoritaria de la Mazorca, el ya agotado Alberdi se exiliaría en Uruguay y luego, en Chile, donde recibiría la gran noticia del triunfo del General Urquiza quien rompería lanzas con Rosas en su famoso «Pronunciamiento» en 1852.

En muy poco tiempo, con una rapidez admirable, el creativo pero metódico Alberdi, le escribiría desde el país trasandino, las «Bases» para la nueva organización del país, aunque después aceptaría un rol de embajador plenitpotenciario itinerante. Con él, viajaría a España, que aceptaría por fin, gracias a la gestión del tucumano, la independencia argentina; la Santa Sede, que podría digerir la libertad de cultos del nuevo país en tránsito de ordenamiento institucional y finalmente, Gran Bretaña, donde visitara al propio Rosas, quien con un burdo idioma inglés, le expresaría su gratitud a su vencedor Urquiza, quien lo financiaba desde Paraná, la capital de la Confederación Argentina.

Sería la derrota de Urquiza en Pavón, la que le generaría el encono acendrado de Mitre primero y Sarmiento después, el mismo que lo haría objeto de diatribas en el famoso debate vía Cartas Quillotanas, ya desde Chile. En Valparaíso, Alberdi tiene una famosa estatua mirando al Océano Pacífico pero además, pidió que un emprendedor industrial norteamericano llamado William Ebenezer Wheelwright – a quien un pueblito insignificante del sur de Santa Fe, también le debe su nombre-, fuera reconocido con una similar, dada su encomiable vocación ferroviaria y transportista marítima en toda América del Sur (Argentina, Chile, Perú y Ecuador).

Por fin retornaría en 1879, para ser diputado nacional y Vicepresidente de la Cámara pero esta vez, la política misma lo defradudaría. Volvería a irse en 1881, para ya no regresar y morir cerca de París en 1884.

Hoy, nos sentimos obligados a pagar nuestra deuda moral con él, bajo el «paraguas» de la Fundación Vanguardia, comprometida con la difusión de los valores del civismo activo y una ciudadanía liberal comprometida, junto al Concejal Juan Romeo Benzo (UCR, Juntos por el Cambio) y otros amigos, todos republicanos de pura cepa, aunque militemos en diferentes espacio opositores al oficialismo local. Villa María, en el centro del país, la tercera ciudad de la Provincia de Córdoba, hacía muchísimo tiempo que no le rendía homenaje, al igual que toda la Argentina, excepto en los ceánculos intelectuales liberales. Tuvimos que caer tan bajo y que nuestras libertades estén en peligro de ser eliminadas, para poder rescatar como nunca, la figura del genial alberdiano. Ojalá, su luz nos guíe en el camino de la recuperación democrática porque la sociedad argentina, igual que en el siglo XIX, no tiene hambre, sino sed de educación. Cuando muchos piensan en emigrar a Uruguay, como él, en plena dictadura rosista, esperemos que no sea tarde.