LA PLAYA ITALIANA LLENA DE RUSOS: RIMINI

No son nada tontos los rusos para aprovechar las bondades de este mundo. No lo son para mantener a salvo sus capitales de la propia voracidad del Kremlin y entonces los refugiaban en Chipre, sí, en Chipre: hasta el 2013. Tampoco lo son para buscar negocios y entonces se van a Alemania, donde viven bien pero además emprenden todo lo que no pueden en su propio país. Ni siquiera se les escapa profesar su propia religión aún en un país católico: los vimos en Francia, más precisamente en Niza, donde llegó a morir uno de sus príncipes a fines del siglo XIX y entonces allí levantaron su iglesia ortodoxa en honor a él. Finalmente, no pierden su astucia para elegir playas. Van adonde hay mucho sol, mar y les hablan en su idioma: los egipcios, los turcos, los españoles en menor medida pero sobre todo los italianos -o inmigrantes que viven en Italia- los atienden a las mil maravillas y así, ellos se los retribuyen. Por ende, también los vimos por doquier en Rímini, la playa del Mar Adriático, cercana a Ancona y también a los circuitos de Imola –donde se mató Ayrton Senna– y Misano, donde s corría F2 en los ochenta.

Las fotos les interesan más.

Claro, cómo mencionar a Rímini y no recordar al gran cineasta italiano Federico Fellini, hijo dilecto de la ciudad. Allí filmó “Amarcord” en el Grand Hotel y hoy, hay innumerable cantidad de recordatorios de su figura en la villa turística. Inteligente, al igual que los rusos, para elegir y habitar esta bellísima ciudad marítima.

Puerto y playa.

Claro, Rímini también tiene un casco antiguo, que data del Imperio Romano y período posterior (Medioevo y Renacimiento).

Por la noche, en una Europa ya decadente, mucho alcohol y baile, por lo que ellos también están: brasileños y argentinos. Como no podía ser de otra manera.

Mientras tanto lejos del bullicio nocturno, nosotros elegíamos tranquilos la cena aunque la carne vacuna no tuviera la consistencia ni el sabor de estas pampas.

El pescado con ensalada sí era una delicia.

ni, sol, playa, mar y tranquilidad. Era lo necesario, luego del periplo balcánico.

ITALIA HACE BIEN AL CORAZON: BOLONIA

Luego de vivir días difíciles en la atmósfera siempre compleja de los Balcanes, el regreso a Italia siempre es bienvenido y máxime, si como en 2016, antes de conocer Maranello, el punto de encuentro era la medieval y universitaria ciudad de Bolonia, en el centro de la Península Itálica.

Aquí, las fotos de esa formidable ciudad, con famosa stazione centrale de trenes, tristemente célebre por el terrible atentado del grupo neofacista Ordine Nuovo, el 2 de agosto de 1980.

Es paradójico que tras haber salido de un lugar de guerras de hace dos décadas, llegásemos a un estación donde había un recordatorio de otro hecho de violencia de hace 3 decenios pero lo contrastante es la vitalidad actual de la estación: desde las 4 de la madrugada y como pocas ciudades europeas, se ve a gente levantada trabajando.

El mundo del tren.

En el bar, antes de partir, suena la música de Eros Ramazzotti pero también la de la interminable dupla musical de Al Bano Carrisi y su ex esposa, la norteamericana, nunca aceptada por los italianos, Romina Power, la hija del mítico actor hollywoodense Tyrone Power. Como si en Italia, sí fuera posible, alternar la violencia con el arte o la misma magia.

CUANDO “TODOS LO SABEN”, MENOS TU

La película española “Todos lo saben” (2018) es la excusa para escribir de cierta concepción cultural latina acerca de la familia, que bien puede ser no muy funcional a un orden social más productivo y ético. El film muestra de manera lenta y algo reiterativa, la actitud típica de una familia del interior español. Hay clima festivo, camaradería, hospitalidad, incluso mucha intimidad pero también la contracara, o, dirían algunos, la lógica consecuencia de “meter la narices donde no corresponde”, es decir, violar el respeto por los demás: traiciones, deslealtades, recelos, envidias. La trama, centrada en el secuestro de un pariente, más cercano de lo que se presumía, pone al descubierto todo tipo de intrigas que estuvieron latentes durante largo tiempo.

La película me permitió rememorar muchas reivindicaciones que se hicieron del familismo, esa mirada tan especial que se hace de la supremacía de la familia como núcleo de una sociedad, particularmente en Iberoamérica pero también en la Península Itálica. Cuando deportistas argentinos de la talla de Diego Maradona y “Ringo” Bonavena, pero también en la actualidad, la telenovela de los Icardi y los Nara, exaltaban y exaltan el papel de los padres, los esposos o las esposas, como verdaderos “caciques”, dueños de las vidas de sus parejas e hijos, lo cual puede trasladarse fácilmente al plano empresario -son muchas las empresas familiares tanto en España, Italia como en América Latina-, no parece haber forma posible y legítima de inclusión para aquellos extraños o lejanos que integran la sociedad pero se hallan fuera el ámbito del parentesco o la consanguinidad. El personaje de Darín en la película citada, pone de manifiesto lo dicho, con el agravante de que representa a un extranjero, lo cual denotaría cierta xenofobia en el guión.

En resumen, todo se circunscribe a la confianza. Como afirmó Francis Fukuyama en “Trust”, las sociedades más progresistas son las que se animan a confiar más en los que no son parientes. Construyen vínculos legales, asociativos, hasta financieros con los que están más allá del “batallón propio”, diría Burke. Eso les permite crecer y expandirse a lo largo del tiempo.

En los años noventa, yo mismo fui testigo directo durante cuatro años, trabajando para el Grupo Villavicencio (u Oroño), holding médico de la ciudad de Rosario, de evidente raigambre familiar, de la intrigas palaciegas entre hermanos, hijos, cuñados y yernos, que sin duda, distraían tiempo y recursos  en tan poderoso clan, retrasando su desarrollo empresarial y generando dudas acerca de su vigencia, más allá de la vida finita de sus fundadores.

En un conocido estudio en los años cincuenta, sobre las causas de la pobreza en el sur de Italia, Edward C. Banfield descubrió cierta “incapacidad de los lugareños para actuar conjuntamente en favor de cualquier objetivo que trascienda los intereses inmediatos de la familia nuclear”, y ello, porque la lealtad a la propia familia era el único valor aceptado por todos hasta el punto que imposibilitaba colaborar con cualquiera de otra familia.

Banfield denominó a este fenómeno, familismo amoral y atribuyó este singular ethos a una combinación de variables idiosincráticas. Su tesis desencadenó un extenso debate acerca de los requisitos culturales del desarrollo económico y las diferencias entre sociedades cerradas y abiertas y, pronto, este síndrome de familismo amoral fue también utilizado para explicar otros fenómenos como la Mafia o la Camorra pues basta con trasladar esa lealtad incondicional desde el núcleo familiar a la fratría masculina para encontrar el crimen organizado.

Según el español Emilio Lamo de Espinosa, efectivamente, esta singular ética se caracteriza al menos por tres normas, de indiscutible cumplimiento. En primer lugar, “cualquiera de los míos” puede hacer lo que sea (my country, right or wrong); siempre tendrá razón frente a los demás y merecerá -y tiene derecho a exigir- mi apoyo incondicional, al igual que él está dispuesto a darlo, sin condición alguna. En segundo lugar, “quien no está conmigo está contra mí”, pues no puede haber neutralidad, y así el mundo se divide en “buenos” (los míos) y perversos (los demás), que merecen reprobación generalizada. Finalmente, “quien ha estado conmigo no puede dejar de estarlo”; la omertá (ley del silencio o código de honor siciliano) no tiene marcha atrás pues la ruptura de este tipo de lealtades es, simplemente, traición que merece la máxima condena (eventualmente, la muerte).

Se ha discutido mucho cuál es el alcance de este flagelo. Pero lo que es probable es que una vez asimilado, puede trasladarse a cualquier grupo: mi religión, mi nación, mi partido político, mi sindicato, incluso mi “nuevo movimiento social”, todo ello, right or wrong. Son, por supuesto, lealtades perversas que una vez establecidas, exigen una entrega total, cerrando al grupo sobre sí mismo y acorazando a sus miembros. Pues en el extremo, se es sólo como miembro del grupo, que defiende la identidad total.

Habría que preguntarse si en Latinoamérica, no hemos pagado un precio demasiado elevado en términos de atraso, por mantener tan vigente este familismo amoral que la Europa meridional apenas disimula sólo por mantenerse en el espacio de la UE, Bruselas y Berlín.

Italia y el equilibrio de baja confianza

El decrecimiento demográfico de Europa del sur


LOCURA EN MONZA

El domingo 11 de setiembre de 1978, estando yo con mis padres en un barrio porteño donde vivía una familia amiga, fui testigo por TV, del mortal accidente que se llevara la vida del veloz piloto sueco Ronnie Peterson, a bordo de un Lotus, acabando con una riquísima historia de la marca británica de Colin Chapman, plagada de triunfos que sólo retornaría años después de la mano de Ayrton Senna y Kimi Raikkonen. Ese drama se vivió sobre la pista italiana de Monza, en el parque del mismo nombre, cerca de la majestuosa Villa Reale, sobre la salida de la recta principal, allí donde yo mismo pisaría el pasado domingo 2 de setiembre casi por casualidad, sin haberlo jamás previsto y hasta posaría al lado de una bandera de los pocos hinchas suecos que quedan, recordando aquel brillante pero desafortunado corredor.

Pero además de tal recordatorio triste, Monza, cuyo Grand Prix siempre se corre a inicios de cada setiembre, es sinónimo de otras circunstancias más excitantes. Por ejemplo, allí los autos remontan casi vuelo, a una velocidad promedio superior a los 300 km/h. Se trata además de la carrera más emocionante de la F1, dado que año tras años, cuando termina, cientos de miles de aficionados de todo el mundo, se lanzan junto a los tifosi italianos, mayoritariamente ferraristas, a su recta, para festejar el podio de los tres triunfadores. Por eso, cuando este año, me hice presente allí, sin pagar un euro, rodeado de otro medio millón de fanáticos, a los que vimos abuchear a Lewis Hamilton, el ganador más odiado de la historia y ovacionar a mi ídolo, Kimi Raikkonen, por su entrega y sacrificio para Ferrari y su compañero Vettel, siendo ésta su última carrera con el equipo del Cavallino Rampante, en tierras italianas, para terminar su carrera en el suizo Sauber, el mismo team que lo vio debutar hace 17 años.

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RENACIMIENTO EN ESTADO PURO: FIRENZE (FLORENCIA)

El Huracán “Florence” ha hecho conocer su furia y fama en las últimas semanas. Pero otra Florencia, la ciudad italiana, allí denominada Firenze, es mucho más célebre por su historia y legado al arte, mucho antes que un cataclismo de la naturaleza. En ocasión de nuestro último viaje, pudimos recorrerla y caminarla mucho más que hace dos años, donde sólo conocimos su estación de buses.

Florencia está en la región central de Italia, la bella Toscana, posee una población de 380.000 habitantes y una región metropolitana que la triplica, en 1,5 millones de habitantes. Somos testigos de ello, porque en la lejana Villa Constanza, el último punto del tranvía, además de recibir buses interurbanos a toda hora, aloja como una gigantesca cochera, a cientos de autos de gente que vive allí cerca, en “localidades-dormitorio”, fuera del ejido urbano de Firenze. Esta llegó a ser capital de Italia entre 1865 y 1871 pero su época de mayor esplendor fue durante el Renacimiento, en la segunda mitad del siglo XIV. Su centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1982​ y en él, se destacan obras medievales y renacentistas como la cúpula de Santa María del Fiore, el Ponte Vecchio, la Basílica de Santa Cruz, el Palazzo Vecchio y museos como los Uffizi, el Bargello o la Galería de la Academia, que acoge al famoso David de Miguel Ángel.

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FIUMICINO

Lejos de ser un karma innecesario, es un placer aguardar varias horas en un aeropuerto internacional, sobre todo, en espera de un ser amado, mi Ekaterina. Así terminé agosto, en Fiumicino, el centro aéreo neurálgico de Roma, aún cuando cuente también con Ciampino, de menor jerarquía y tamaño. Pienso que por Fiumicino, embarca el Papa Francisco, cada vez que entra o sale de la “Ciudad Eterna”, pero también han pasado obligatoriamente por allí, músicos y artistas italianos además de europeos, como así también deportistas y hombres de negocios y de la ciencia.

Cuántas veces habrá pasado Maradona por ejemplo, por Fiumicino de paso a Nápoli y recuerdo que la primera vez que escuché ese nombre en mi vida, yo tenía apenas 6 años, producto del triunfo del gran campeón santafesino y mundial de boxeo Carlos Monzón sobre el “campeoníssimo” italiano y mundial “Nino” Benvenutti, en la misma Roma, un 7 de noviembre de 1970.

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ALEKANDR GOLOVIN: EL MEJOR DEBUT MUNDIALISTA

22 años, es ruso, nació en Kaltán (ciudad de 25.000 habitantes), en la Siberia Occidental, juega de puntero izquierdo, pero puede ser mediapunta, allí es donde, más libremente se desenvuelve. Hoy, debutó en su primer match mundialista contra Arabia Saudita, dio dos asistencias, estuvo involucrado en cuatro goles y marcó al final, un golazo de tiro libre, con el que coronó la goleada de 5 a 0 y que se transformó en el primero de tiro libre en un partido inaugural de una Copa del Mundo. Junto a Denis Cheryshev y Artëm Dziuba, cuando ingresaron, contribuyó a formar una delantera efectiva y temible.

Aleksandr Serguievich Golovin (en ruso, Александр Сергеевич Головин). Anoten este nombre porque estoy seguro que está llamado a reescribirlo en la gran historia en el fútbol, seguramente ya no en el ruso, donde juega en el CSKA de Moscú, sino en el europeo, tal vez Italia.

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CHURCHILL: EL LIDER HACE LA DIFERENCIA

Mayo de 1940. El Primer Ministro británico Chamberlain, un pacifista e idealista a ultranza, dimite, aquejado de cáncer pero sobre todo, exhausto al no poder frenar el avance veloz, sorpresivo y devastador de las tropas alemanas de Hitler por el norte y centro de Europa. Habiendo caído Bélgica y Holanda, con una Francia casi al borde de su rendición y, con Berlín preparando un inminente ataque al archipiélago, a los británicos, desde el Rey, pasando por la mitad del Partido Conservador, al que pertenecía Chamberlain, les seducía la idea de una vez más, como buenos isleños, jugar mezquinamente y hacer la paz con Alemania, vía la mediación italiana, salvando su pequeño territorio sin importarle el destino del continente a merced de los nazis. El destino quiso que el hombre destinado a evitarlo fuera un tal Winston Leonard Spencer Churchill. Hijo de un político aristócrata -descendiente de los duques de Marlborough-, Churchill, quien había peleado contra los bóers en Sudáfrica y los alemanes en la I Guerra Mundial y había traicionado a liberales y conservadores por igual, fue ungido a regañadientes por su propio Partido, a partir de las dudas del cuarto hijo del Vizconde de Halifax y del propio Rey Jorge VI, que tampoco le perdonaba haber desaprobado la abdicación de su hermano Eduardo VIII para casarse con la plebeya americana Wallis Simpson en 1936.

Nadie confiaba en Churchill. Era un alcohólico empedernido, desayunaba y se iba a dormir con whisky, almorzaba y cenaba con champagne y fumaba tantos habanos que su fiel y suave esposa apenas soportaba financiar sus cuantiosas deudas causadas por los vicios. Todos dudaban de su sano juicio y temían por las consecuencias funestas de sus actos. Con alguna razonabilidad, porque había tomado decisiones insensatas en más de una ocasión cuando tuvo responsabilidades políticas en el pasado, particularmente, como Primer Lord del Almirantazgo, en el desastre de Gallípoli a manos de las fuerzas turcas en 1915. Indómito, irascible, hasta inicialmente maltratador de sus cercanos, sin el don de la templanza, Churchill reconocía la herencia de un padre abandónico (Lord Randolph Churchill) y una madre glamorosa y “demasiado amada”: había sido un niño criado en internados escolares elitistas donde ya se destacaba por ser díscolo e independiente. Pero claro, en una situación así, como la que vivía Inglaterra ante el acoso de Hitler, sólo alguien con tales rasgos de personalidad, ya sea, un loco, un insensato o un audaz, era capaz de tomar el poder y enfrentar al maniático germánico: Churchill reunía los tres “atributos”. Había cumplido con su sueño de toda la vida: ser Primer Ministro. Tal vez, tarde, a una edad no prevista, en el momento más oscuro de la historia de su nación, al borde de la capitulación, aunque no estaba dispuesto a desaprovechar la ocasión.

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ARRIVEDERCI ITALIA

Estuvieron presentes en todos los Mundiales, menos en (1930 en Uruguay y 1958 en Suecia). Ahora se sumará en este pequeño trío de fracasos, Rusia 2018. Fueron campeones en cuatro de ellos -antes de la II Guerra, en 1934, como locales; 1938 en Francia y ya, en períodos recientes en España en 1982 y, en Alemania en 2006-.

Sin embargo, a pesar de este importante historial a favor, no recuerdo una sóla vez que haya vivido un sólo equipo italiano jugando más o menos vistosamente al fútbol. Tras el religioso “catenaccio” que impusieron sus seleccionadores en los años sesenta y setenta, incluso los ochenta, aún cuando ganaron el Mundial de España, con una marca férrea, como la de Gentile sobre Maradona y los contraataques de Paolo Rossi, más alguna pincelada de Antognoni, lo de Italia nunca desentonó con semejante forma de entender este deporte.

Siempre pressing, siempre marca asfixiante, siempre pelotazo, siempre especulación, siempre apostar todo a definición a penales, siempre contraataques bien urdidos, ésa fue siempre la manera de jugar de Italia, pudiendo -y ésta es una hipótesis que nunca pude corroborar-, hacerlo de otra manera. Pasaron los Bearzot, los Vicini, los Maldini, los Lippi, los Donadoni, los Prandelli, los Conte y los Ventura, pero la filosofía del antifútbol se impuso en Italia y no pudieron hacer nada los Baggio, los Pirlo, los Totti, los Montella, sus grandes jugadores históricos talentosos para superar esa imagen de una “Nazionale” fuerte en defensa y pobre en ataque, a pesar de tener grandes diez como los nombrados y hasta centrodelanteros goleadores, como Serena, Altobelli, Bettega, Inzaghi, etc.

Por eso, cuando hoy, más allá de lamentar la ausencia de ese gran arquero legendario y veterano de tantas lides, que es Gianluigi Buffon, Suecia eliminó a Italia, en el propio y mítico Estadio de San Siro de Milán, mi sentimiento fue el opuesto al vivido con la eliminación holandesa. Si Holanda representa el fútbol en estado puro, Italia es la antítesis  y su ausencia en Rusia 2018, estimo, nadie la echará de menos. Tal vez, este mazazo futbolístico, haga recapacitar a los “azzurri” que al fútbol se juega jugando y no, defenestrándolo o maltratando a la pelota. Ojalá sea el inicio de otro ciclo histórico, muy diferente al anterior.

 

PRIMAVERA: DESDE LA MUSICA CLASICA

La estación primaveral en el Hemisferio Sur comienza cada 21 de setiembre (este año, exactamente el 22) y culmina con el inicio de un verano fulgurante, todos los 21 de diciembre, orillando las Fiestas cristianas de Fin de Año – Navidad y Año Nuevo-.

Es hora de homenajear esta estación, en la que yo nací y con la cual me siento más a gusto, aunque durante mi infancia, me trajo trastornos alérgicos que sólo pude superar con el mero transcurso del tiempo. Se trata de la más romántica del año, con el crecimiento de las plantas, los árboles, las flores y el césped, que soportaron los cada vez menos duros inviernos y esta vez, le ofreceremos nuestro tributo a través de la música clásica, propicia para el relax y la meditación, tan de moda en estos tiempos postmodernos.

En plena modernidad, el italiano Antonio Lucio Vivaldi, nacido en Venecia en 1678 y fallecido en Viena, en julio de 1741, en pleno maravilloso siglo XVIII, fue un verdadero genio innovador musical, exponente de la música barroca, que compuso cerca de 800 obras, que inspiró nada más ni nada menos que a Johann Sebastian Bach y que con su famosa serie de conciertos para violín y orquesta, llamada  “Las Cuatro Estaciones”, le dedicó en 1726, estos sones de violín a nuestra querida primavera.

Un detalle poco conocido de Vivaldi es que era sacerdote y fue ordenado como tal a los 25 años de edad. Tuvo sin embargo, una vida un tanto licenciosa y era un despilfarrador nato del cuantioso dinero que cobró como empresario teatral de ópera, muriendo en la pobreza en la capital austríaca.