LA FELICIDAD DE UN NIÑO -O EL COMIENZO DE LA ERA MARADONA-

El martes 10, Argentina puede quedar afuera del Mundial de Fútbol de Rusia 2018, si no tiene un buen resultado (ganar o empatar) y si alguno de sus “hermanos” latinoamericanos no la ayudan con sus finales respectivas. Eso significaría el cierre de un largo ciclo desde 1970, en el que el país estuvo participando siempre en los Mundiales, ganando dos de ellos, siendo subcampeón en otros dos y habiéndose destacado en varios de ellos, como candidato previo. Sin embargo, esa racha tan positiva,  no obstante su declive económico notorio a lo largo de décadas y que pocos países han logrado, está asociado a varios nombres rutilantes, pero sobre todo, a uno, Diego Armando Maradona, “el mejor jugador de todos los tiempos”, “el mejor jugador del siglo” y “el mejor jugador de toda la historia de los Mundiales”.

En el mundo nos conocen por él, hasta podría decirse que el fenómeno Barcelona empezó cuando él fue contratado por el club catalán y ni hablar de Boca Juniors, el club argentino que lo catapultó a la fama global, el insignificante Nápoli (italiano meridional) al que hizo campeonar y el más minúsculo, Argentinos Juniors, una entidad barrial de Buenos Aires, donde debutara profesionalmente y al que hizo subcampeonar. Todos saben de sus éxitos, de sus goles, de su carrera, pero hoy los más jóvenes, lo identifican por sus peleas de la vida, con drogas, el fisco, mujeres, hijos (reconocidos o no) y ex managers, de sus declaraciones siempre polémicas, con sus variados posicionamientos políticos, con su manifiesta incapacidad para lidiar de modo razonable con la fama, aunque pocos conocen sus orígenes y cómo fue posible, que a partir de ellos, tan adversos, él llegara tan lejos. Porque en efecto, quien hoy vive en Dubai, con ex esposas y amantes, con hijos aquí y allá, con una vida cuasi fastuosa,  ganando petrodólares, dirigiendo un equipo mediocre de una liga más que discreta, empezó su vida en una tal Villa Fiorito, un poblado pobre aunque digno, en la localidad de Lomas de Zamora, en el sur del Gran Buenos Aires, un 30 de octubre de 1960.

De sangre gallega, croata e indígena, era el quinto (y primer varón) de 8 hermanos, viviendo con sus padres y abuela, hacinados en una casa muy humilde. Desde pequeño podía exhibir su talento con los pies, en los “potreros” de su barrio, a pesar de que en su casa, dicho por él mismo, “se comía cuando podía” -lección primera para quienes hoy en el mundo, son tan compasivos y complacientes con la pobreza-. Su padre que jamás se quejó de la “exclusión”, ni siquiera conocía ese término, se encargaba de llevar al pequeño en bus, a entrenar y jugar los más de 150 partidos (136 invictos) que jugaría su equipo de inferiores de su primer club (Asociación Atlética Argentinos Juniors), los “Cebollitas”, un conjunto de niños felices que jugaban al fútbol deleitándose a pesar de sus orígenes sociales marginales y a contramano del estilo futbolístico imperante en la época, el famoso “cattenaccio” italiano, tan proclive a la preocupación por obstruir al oponente y no en desplegar  el talento propio. Sugiero mirar respecto a esta infancia poco conocida de Maradona, un programa de TV española, llamado Informe Robinson -Michael Robinson es un jugador británico de los años ochenta que jugó y se encariñó con España y se radicó allí-.

De todos esos niños, sólo llegó a la fama, uno, Dieguito Armando, lo cual también demuestra su temple y fuerza de carácter en tiempos donde los niños aún teniendo muchas más posibilidades contextuales que el “10”, se muestran poco predispuestos a esforzarse y triunfar. El mismo temple que demostraría, en plena amargura en ocasión de la decisión del DT César Luis Menotti, una especie de padre alterno para Maradona, al excluirlo insólitamente, de la lista de buena fe de seleccionados para el Mundial 1978, con apenas 17 años. Por último, la importancia de quienes rodearon a Maradona, algunos adultos, como sus técnicos de inferiores, sus amigos, su “hermano del alma”, como el joven de sangre polaca-judía y hábil para los negocios, Jorge Cyszterpiller, con una discapacidad notoria en una de sus piernas pero que se complementaba y lo quería genuinamente, una especie de “otro yo” de Diego, que lo aconsejaría en sus primeros contratos, con el propio Argentinos Juniors y luego, con Boca.

Su manager era la contracara de Maradona, un jugador completo, por donde se lo mire. Dominio en ambas piernas, aunque con una zurda mágica, gran despliegue físico, de toda la cancha, jugaba de 10, pero nunca estacionado en un sector ni siquiera displicente o “lagunero” como muchos jugadores talentosos argentinos, por el contrario, aguerrido, batallador, sabía distribuir su fuerza combinada con su inagotable técnica, soportaba las marcas más insolitas aunque haya perdido con algunos pocos -por ejemplo, el peruano Reyna en 1985 y el italiano Gentile en 1982-, era goleador nato, pateaba magistralmente los tiros libres y corners además de contar con “ojos en la nuca”, para intuir la ubicación de sus compañeros y distribuir pases-gol a los Ramón Díaz, Morete, Caniggia, el brasileño Careca, quienes les deben muchos de sus goles en sus respectivas trayectorias.

Esos fueron los cimientos de un Grande como Maradona, un contemporáneo de uno de los períodos más nefastos y más tristes de la historia política y económica argentina (la violencia de los años setenta, las maxidevaluaciones, la hiperinflación, la dictadura militar). Sin embargo, sus años felices transcurrirían entre 1974 y 1981, en “ésa”, “nuestra” y “su” Argentina, debutando con apenas 15 años, el 20 de octubre de 1976 contra Talleres de Córdoba -donde la primera pelota que tocó fue un “caño” al mediocampista cordobés Cabrera- en el estadio del barrio porteño de La Paternal, donde ya deleitaba a multitudes como alcanzapelotas en los entretiempos de los partidos y donde convertiría una gran cantidad de goles mágicos, conduciendo a las primeras hazañas a su pequeño club, hoy devenido en “semillero del mundo” -post Maradona, pasaron por allí Borghi, Cambiasso, Riquelme, Sorín, Redondo, Batista, Biglia, Coloccini, Cagna, Corsi, entre otras grandes figuras-. Aquellos años lo fueron también de su progreso personal, comprándose su primera casa, donde, con la que generosidad típica de Maradona a lo largo de su vida, beneficiando a quienes también luego lo estafarían, hizo vivir a sus padres y cerca de ellos, compró departamentos para sus hermanos, como si fuera un verdadero clan. Para no olvidarnos de su primera novia, Claudia Villafañe, otra chica de barrio, de su misma edad, con la que se conocería en 1977 durante un entrenamiento y sería su primera esposa y madre de sus dos hijas, Dalma y Gianina.

En 1979, luego del debut internacional en la red de Maradona, en Hampden Park (Glasgow), en un 3 a 1 contra la Escocia de Dalglish y Jordan -observar el video-, sobrevendría el primer Mundial de fútbol, ganado por el genio del fútbol mundial, el Juvenil Sub-20 de Tokio en Japón, el segundo de la historia, cuando los alumnos adolescentes como yo en esa época, mirábamos sus partidos y goles en los televisores colocados en los colegios a las 7 u 8 de la mañana, festejando los éxitos de un equipo extraordinario, brillante, contundente, imbatible como aquél, donde brillaron entre otros, Ramón Díaz (de dificultosa convivencia personal con Maradona, a pesar de su enorme simbiosis como dupla futbolística), el “Pichi” Escudero, Gabriel Calderón, Juan Barbas, Juan Simón, Juan José Meza, Osvaldo Rinaldi, Rubén Rossi (el enorme zaguero central de las inferiores de mi adorado Colón de Santa Fe y mejor entrenador de inferiores como gran buscador de talentos) y otros más. Hay que recordar que a ese Mundial Juvenil, Argentina accedió clasificando ganándole a Ecuador 5 a 1 en la primera ronda pero sobre todo, con el último respiro, a Brasil, 1 a 0, con un penal “inventado” por Maradona, en una de sus tantas picardías toleradas por los árbitros del mundo.

Años más tarde, vendría el Boca campeón de 1981 -donde conviviría con su ex archirrival Hugo Gatti-, los grandes partidos en la Selección Mayor, muchos imborrables como un 5 a 1 como visitante contra Austria  y otro 5 a 1 a Hungría en el Mundial de España 1982 y hasta la derrota, pero con “apilada” de rivales al estilo del gran gol de 1986 en México, revolcando a Clemence -y no a Shilton-, en un 3 a 1 de la Inglaterra de Trevor Francis y David Johnson, en el propio Estadio mítico de Wembley, en mayo de 1980.

No alcanzarían las páginas para rememorar los hitos de Maradona: su fantástica recuperación física tras la vergonzosa lesión del vasco Andoni Goicochea (Athletic Bilbao), jugando para el Barsa; sus duelos (ganados) contra el gigante francés Michel Platini, entonces en la Juventus de Turín (Italia), desde el humilde Nápoli, al que Maradona convirtió en campeón no sólo italiano, sino europeo, algo apoteótico de mayor trascendencia que un separatismo del sur de la Península; su Mundial de 1990, en inferioridad física, en un pie, pero dándole un pase bárbaro a Caniggia para eliminar a Brasil en octavos de final; sus regresos al Sevilla y al Boca del -varios años más tarde Presidente argentino- Mauricio Macri, el día de su cumpleaños en 1995, contra Colón, en el gran duelo verbal contra el “Huevo” Julio César Toresani  en la Bombonera-, su epílogo en Newell´s de Rosario, cuando emergía un niño llamado Leonel Messi.

Por todo esto, y mucho más, vale la penar celebrar en vida, a este héroe del fútbol argentino y mundial. Porque él, con su típica postura de “compadrito” altanero que erguía su pecho y se persignaba apenas pisaba el césped de una cancha, sabía superar desafíos una y otra vez, no temía a nadie, peleaba con los más grandes de su época y se imponía sobre ellos, no dudaba en ponerse sus equipos al hombro, por más inferiores lo fueran a priori, tenía verdadera hambre (literal y de gloria) y lograba sus objetivos, por más lejanos que parecieran.

Tal vez, sea necesario que el país donde nació y al que ama Maradona de modo enfermizo, vuelva a creer en esos valores, los que ostentó Diego por aquellos años de esplendor personal y deportivo, los mismos cuando era un niño y soñaba con jugar un Mundial, mientras por las noches, levantaba y hacía jueguitos con huevos en sus pies, en la casa de uno de sus compañeros “Cebollitas”. Tal vez, quién lo sabe, en homenaje a la rica historia del fútbol argentino e imbuido de ese espíritu, aunque él ya no esté en la cancha, a sabiendas de que lo sufrirá en silencio, desde Dubai por TV, este martes 10, la Selección pueda torcer su penosa historia reciente, donde no le puede ganar a Bolivia, Venezuela ni Perú, en la altura de Quito, la capital de Ecuador.

Porque, la verdad es que él no se merece que su era termine así, marginados de un Mundial.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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