SEMANA DE SORPRESAS (DESAGRADABLES) EN ARGENTINA

Hace menos de una semana, no esperábamos el desenlace de ésta. Tampoco preveíamos el resultado tan abultado en contra del kirchnerismo, ni siquiera su derrota en Provincia de Buenos Aires. Todo lo cual demuestra una vez más que en Argentina resulta imposible aburrirse porque la vertiginosidad de las sorpresas es enorme, no obstante que luego del paseo por la montaña rusa que supone,  volvemos al mismo lugar. Cada momento a la manera de un ciclo perverso, parece reproducir las condiciones previas, acelerando el proceso de autodestrucción, aunque ésta nunca llegue.

En efecto, el gobierno de Alberto Fernández, estaba al borde de la hiperinflación de 1989, pero podía ganar pírricamente como en 2007, terminó siendo derrotado como en 2009, 2013, 2015 y 2017 y aún así, cree ahora que puede recuperarse una vez más, como en 2011 y 2019, por eso recrea insólitamente, un gabinete que se parece a 2014. La respuesta es siempre la misma: a la manera de un suicida, redoblar la apuesta, incrementando la radicalidad del fenómeno. La sociedad misma ha malcriado a la elite kirchnerista: le ha dado una y otra vez, oportunidades.

Primero, cabe un minianálisis de la derrota y su magnitud. El gobierno sufrió una “paliza” similar a la que sufriera #Macri en agosto de 2019. #Populismo sin dólares y cuarentena irracional fueron el combo para que perdieran hasta los propios: los pobres y los jóvenes, clientela especial k desde siempre, huyeron a filas renovadas, como por ejemplo, las de Javier Milei en CABA. El encierro feroz de la cuarentena, el daño a la economía privada y la indignidad de la ayuda estatal, hicieron el resto, para que por ejemplo, medio millón de matanceros no concurran siquiera a votar. La oposición no ofreció nada novedoso, incluso en regiones enteras, como en Córdoba, el esfuerzo que hizo para ganar, fue mínimo: sólo ofreció listas competitivas en todo el país y triunfó, sobre la base de la pérdida de casi 4 millones de votos respecto a dos años antes.

Tras el shock, el dilema que enfrentaba el gobierno el pasado lunes, pasaba por cómo asimilar la derrota, interpretarla y luego actuar en función de ella, considerando que quedaban dos meses para la elección parlamentaria de noviembre y dos años para terminar el mandato, con una elección intermedia con efectos destructivos. “Dilema” porque racionalmente, no se soluciona cortando algunas cabezas y radicalizando más pero tampoco devaluando o arreglando con el #FMI. El primer camino conduce a un desastre general -como bien advierte uno de los “delegados” del Papa Francisco -el Arzobispo de La Plata, “Tucho” Fernández- y el segundo trayecto, lleva a una derrota peor que la del domingo. “Están en el horno”, se regodeaban en la oposición, nada motivada para ayudarlos en tal trance ante una instancia potencial de dialoguismo y sólo el disfraz de CFK como “corderito”, al estilo del “efecto viudez” de 2010, podría salvarlos. Pero tampoco sonaba creíble esa jugada.

Les reconozco su pusieron la cara -para la foto- pero la pusieron.

Quedaba por verse la actitud del #peronismo -o los #gobernadores– que no pusieron todo lo que había que poner, oliendo derrota, los acompañarían sólo hasta la puerta del cementerio. Pero al mismo tiempo, todos, sin excepción saben que #divididos, no tendrán rumbo alguno, excepto al abismo.Hoy, en la cumbre de La Rioja, estarán los gobernadores “fondos nacionales-dependientes”, es decir la llamada “Liga del Norte”, pero no así los de las Provincias más ricas, como Santa Fe y Córdoba, a quienes no convence un gobierno de clara raíz capitalina-bonaerense.

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MENEM: EL ESPEJO DONDE NO QUEREMOS MIRARNOS LOS ARGENTINOS

“Depende del prisma con el que se lo mire”. Se trata del juego de las interpretaciones y no tanto de los balances que se precian de racionales, que hacen los terceros, cercanos o no, cuando uno muere.

Hace algo más de 17 años, cuando falleció mi “viejo”, un hombre que supo vivir y disfrutar de la vida, pero que engañó a mi madre durante 15, ante su ceguera y la nuestra como hijos, descubrí que todos sus amigos., incluyendo los que no conocía yo, sabían perfectamente hasta lujos de detalles de mi vida. Allí me di cuenta no sólo que “no hay peor ciego que quien no quiere ver” sino que, haciendo una interpretación más que idiosincrática de la Argentina, la mentira está incorporada en nuestro ADN. Nos mienten y nos encanta que nos mientan. Eso conduce a una conducta rayana a la esquizofrenia, tal vez cercana a la de muchos países de Europa Oriental, la propia Rusia y sus vecinos cercanos, donde imperó el “socialismo real”: durante décadas, imperó la mentira oficial del “hacemos que trabajamos y ellos hacen que nos pagan”. Aquí no hubo ejercicio de falsedad oficial y sistemático -tal vez el más cercano a ello, fue la cobertura de la guerra de Malvinas o la negación de las violaciones de los DDHH, bajo una dictadura- pero nos habituamos, incluyendo bajo la democracia, tal vez, a modo de elusión de una realidad decadente -codearnos con las grandes potencias y luego descender al infierno-, a vivir hipócritamente.

El mismo cinismo que vemos en estas horas en ocasión de otro entierro, el de Carlos Menem. Otro hombre que supo disfrutar del poder, de los buenos y malos momentos, de la farándula, de las mujeres, en fin, del mundo. Como mi padre. No en vano, Menem murió un día como el de ayer, en pleno carnaval, porque su vida era así, simpática, atractiva, prácticamente una fiesta, incluyendo peripecias graves como su prisión en Las Lomitas o la muerte de su hijo Carlos Junior -que lo shockeó, sin dudas-.

Un personaje que hoy, es reconocido como “un buen adversario” o todo “un caballero”, por Jorge Lanata, el periodista otrora progresista, por no decir marxista, ahora republicano y social-liberal, que fundó un Diario -Página 12-, financiado con el secuestro de los hermanos Born, desde el cual destrozaba la política económica pro-mercado de Menem -la única transformadora aunque parcial, en décadas- y la manchaba de toda denuncia de corrupción que se le ocurriera, algo que hasta en estas horas, defiende por su “razonabilidad”. Subrayo que en el menemismo, excepto en su ocaso (caso Yabrán y crimen de Cabezas), absoluta libertad de prensa, por lo que los Lanata, los Castro, los Verbitsky, pudieron criticar abiertamente a quien estaba intentando transformar a la Argentina, con un gran apoyo en votos, por primera vez en tantas décadas.

Un ex Presidente peronista que ya no está, pero que es homenajeado con un velorio oficial, en el mismo Congreso de la Nación, por la cúpula oficial del kirchnerismo, una agrupación -ni siquiera partido-, que es manifiestamente antiperonista y sobre todo, antimenemista, más allá de que tanto Néstor Kirchner como CFK defendieron las privatizaciones de los noventa, porque claro, la renta petrolera produce milagros como ése: que dos conspicuos pragmáticos y materialistas, disfrazados de progresistas, justifiquen por ejemplo, una YPF privada y años más tarde, cuan interesante ejercicio “travesti”, fundamenten las razones de su estatización.

O que, Duhalde y muchos radicales, que contribuyeron al derrumbe de la Convertibilidad por venganza y orgullo perdido, respectivamente, ahora “se pavonean” en los canales de TV y radios, llenando de loas y alabanzas al supuesto “gran estadista” de las últimas décadas. Como si hoy viviéramos en el “Primer Mundo” que prometió.

O que, para no cuestionar sólo a los peronistas y los K, mi propio partido -la UCEDE- rinda un tributo póstumo a quien, mintiéndole a su propio electorado justicialista, nos sobornó a los liberales y robó nuestras banderas, algo de lo que tardamos en levantarnos, otras dos décadas. Por cierto, como creo en el sitio de control interno y la voluntad como su expresión, mi crítica es mayor a mis propios correligionarios y su actitud en aquel momento -más que al presente- y que al mismo agente incentivador.

Finalmente, hasta parece que numerosos cordobeses se dieron cuenta que Río Tercero se halla en esta Provincia mediterránea: producto de la trágica explosión de 1995 insólitamente todavía no resuelta por la justicia, se solidarizaron con la decisión local de no decretar luto por la muerte de quien se supone, fue el responsable de semejante accidente.

Podríamos seguir infinitamente con el repertorio de conductas cínicas. Pero claro, por razones de espacio, prefiero no hacerlo. Considero que es mejor, sin entrar en el análisis de la política pública en general o la evaluación de la gestión del menemato, al que se lo juzga peor por lo que hizo en el primer mandato que por el segundo cuando tal vez habría que hacerlo exactamente al revés, observar de qué manera ese cinismo puede proyectarse en el tiempo y hacer metástasis en el tejido moral, de la misma manera que lo hecho en el postsocialismo europeo oriental y ruso. Podemos ver más claramente cómo Menem es el padre reconocido de Duhalde quien a su vez, cegado por su ira por la promesa incumplida de aquél de permitirle la Presidencia en ese aciago año 1995, lo fue de los Kirchner y tras éstos, los hermanastros de Macri, a pesar de la grieta artificial, en la que nos han embarcado desde 2008.

Como yo el día del velorio y entierro de mi padre, tal vez -y ojalá-, espero que esta muerte sirva a los argentinos para asumir por fin nuestras verdades por más dolorosas que sean, dar vuelta atrás páginas que ya no nos conducen a nada positivo y finalmente, sobre la base de tal aprendizaje, dedicarnos “a las cosas” como reclamaba Ortega y Gasset.

Mientras tanto, Menem y Maradona seguirán vivos en nuestro recuerdo, dividiendo o alegrándonos.

 

37 AÑOS DE DEMOCRACIA ARGENTINA: ALGO PARA CELEBRAR?

No mucho porque la foto del momento es patética. La semana que acaba, nos dejó al peronismo bifronte al desnudo: con la carta de la Vicepresidenta CFK “respaldando” al Presidente Fernández (perdón?) y pidiendo negociar (perdón? bis) con -no se sabe bien- quién; el desalojo de Guernica en manos de piqueteros de izquierda subsidiados por el gobierno, pero reprimidos por parte de Berni, que forma parte de la misma coalición gobernante; la expulsión de los ocupantes -también paragubernamentales en este caso, a cargo del delegado papal Juan Grabois- de otro campo, el de la familia Etchevehere, azuzada por una interna entre hermanos, por parte de la policía entrerriana y, como si esto fuera poco, la baja artificial del dólar “blue” con la venta de dólares a futuro, o sea, un típico seguro de cambio que pagará más tarde o más temprano, toda la población argentina, aún la que como decía Perón, “jamás vio un dólar”.

De este peronismo dividido por el propio “fuego amigo”, que gobierna o simula gobernar sobre este Titanic a la deriva que es la Argentina, al borde de una hiperinflación y un caos en materia de gobernabilidad, pasamos al radicalismo que quiere reconstruir un polo alternativo, a la manera de lo que fue “Juntos por el Cambio” y antes “Cambiemos”, que no cambió nada y en todo caso, nos retrotrajo al pasado reciente más oscuro (2003-2105). El problema es que tanto ésta como la del oficialismo, parecen querer recrear adentro, una alternativa socialdemócrata con Rodríguez Larreta, Vidal, Carrió y Lousteau, pero con el republicano liberal López Murphy adentro, como si intentaran recrear (sic) los infelices años ochenta, dado el enorme desencanto que produjeron. Todo un síntoma de un tiempo que se niega a desaparecer como fueron los setenta para buena parte de la elite kirchnerista, que usó y abusó de esa iconografía falsa de la rebeldía de aquellos “jóvenes idealistas”.

La izquierda parece resucitar y vuelve a salir a las calles y hasta propone huelgas en el seno de las Universidades, donde estaba durmiendo el sueño de los débiles o aletargados, algo que avergonzaría hasta el mismísimo “Che Guevara”.

Finalmente, la centroderecha que se había apartado a los medios y sólo había apoyado con votos, el fantasioso experimento macrista, descubrió con la aparición de Javier Milei que la posibilidad de un déjà vu de los años ochenta, en la gloria del Capitán Ingeniero Don Alvaro Alsogaray y su nave insignia -la UCEDE- es factible, para volver a erguir este país moribundo.

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EL AUTISMO ARGENTINO NO TIENE BUEN PUERTO: GOLPE DE ESTADO O GUERRA CIVIL?

Anoche, el ex Presidente Duhalde -qué no podría decirse de él- alarmó a las redes sociales, advirtiendo que si el Fernández masculino no se apoyaba en Massa y no se desprendía por fin de la Fernández femenina, esto terminaba sin elecciones de medio término y altas probabilidades de guerra civil o un 15to. golpe militar. Se basó precisamente, en el récord histórico de golpes de Estado. Más allá de que pudo haber sido un aviso cuasi mafioso, más dirigido a la interna eterna del peronismo, que al resto de la sociedad, el gesto de Duhalde puede ser interpretado en términos más estructurales.

Ahora bien, todo proceso hibernador como lo es la Cuarentena más larga del mundo -y en democracia-, con un resultado más que mediocre -número 17 en el top mundial, tras haber partido del puesto 55 en marzo, según número total de contagiados-, cuando finaliza, reproduce con más fuerza, todos los vicios y males que permanecieron latentes durante el tiempo que rigió. Por lo tanto, el regreso de ese pasado ominoso, complementado con una macroeconomía desastrosa, fogoneada por los errores no forzados del propio gobierno, está a la vuelta del camino.

Sobre las causas de este proceso de infortunio autoprovocado, me he referido en numerosas ocasiones anteriores pero esta claro, que hay una sociedad autista que ha vivido y vive de espaldas a la realidad y una dirigencia o clase política, que en su casi totalidad, ha rapiñado lo más que pudo. Lo trágico es que han pasado 37 años más que suficientes para aprender a caminar hacia la pujanza y todo lo que hemos heredado es más pobreza, más desigualdad, más fracaso.

El 31 de julio escribí en mi Facebook, aquí -prefiero volcarlo aquí y no regalárselo a Zuckerberg-:

“Mientras estás encerrado o encerrada, después de 133 días, ellos se te ríen en la cara. Mienten, no les preocupa tu salud, sólo su poder y su bolsillo. Ineptos, incapaces, han estado al frente de diferentes cargos importantes a lo largo de 37 años, casi todos pagados por tus impuestos. Jamás administraron un maxiquiosco, apenas algún club de fútbol, donde nunca arriesgaron su propio dinero o un programa de TV nocturno, cosificando a la mujer. Han heredado riquezas de sus padres o abuelos, jamás ganaron un concurso docente, especularon con las propiedades de sus ex compañeros muertos, hicieron negocios con el Estado. Abuelo, padre, hijo y nieto (más esposa, amante, novio, novia) han trabajado en la función pública. Les hicieron creer a los argentinos que estaban agrietados irremediablemente pero a la hora de votar leyes de teletrabajo que perjudican a todos, lo hacen al unísono. Cuando tienen que “defender al trabajador”, que ve pulverizados sus ingresos, pactan con sindicatos mafiosos para negociar aumento cero o rebajas del 25 % Desde 1983 juntos, TODOS, gobernaron la Provincia de Buenos Aires y más allá de algunas obras puntuales y cortes de cinta, la dejaron en manos de los narcos y expandieron las villas miseria. Idem el resto de las Provincias. Ninguna osó rebelarse en 133 días, destruyendo el poco federalismo que teníamos ya moribundo en 1994. Jamás confiaron en el diseño y ejecución racional de una política pública, tal como se la enseña en la Universidad, ni del saber intelectual: es más, lo cooptaron apenas pudieron y hoy, usan a un grupo de científicos para lavar sus culpas históricas. Por debajo de ellos, una red de casi dos mil intendentes y una veintena de gobernadores, más “empresaurios” que viven de las sobrecostos en las compras hasta de barbijos o fideos, más cientos de miles de jubilados de privilegio, incluyendo jueces aliados a agentes de inteligencia y periodistas ensobrados que han sobrevivido en una democracia que tiene nada de sí misma, excepto votar cada dos años por maquinarias electorales de punteros y clientelas. Se cubren las espaldas cada vez que pueden pero para la tribuna, o sea nosotros, nos ofrecen el show de la pelea, la grieta, los trolls de un lado y del otro, etc. Son inútiles, ignorantes, son energúmenos, no saben siquiera elaborar una tabla en excel, no saben ponerse de acuerdo en apagar un incendio entre Provincias -pregúntenles a los rosarinos ahogados en humo cada noche-, hasta contagian porque “están en terreno”, cínicamente preocupados por vos porque dicen cuidarte, pero lo hacen para la cámara. Han liberado 4.000 presos, jubilan a jueces corruptos con sumas estrafalarias, son socios en geriátricos asesinos o laboratorios que financian actores aduladores en películas de cero taquilla. Han quebrado lazos de solidaridad mínimos haciéndole creer a cada argentino que su vecino es un contagiador serial e irresponsable, que un surfer es un delincuente o una anciana o un viajero en avión, unos criminales. Son una clase dirigente rapaz, saqueadora, capaz de quedarse con nuestras riquezas, comercios, campos, estudios, etc. y ofrecérselas a testaferros o potencias extranjeras, como los chinos, ávidos de tierras como las nuestras. Están haciendo agonizar el único deporte que más o menos nos une en el canto del himno, cada cuatro años. Los votamos sí, estúpidamente los votamos porque confiamos y una y otra vez, se ríen en nuestras caras. Hoy están confundidos, abjuran de los planes pero la verdad, es que NINGUNO DE ELLOS tiene idea de cómo enfrentar un horizonte de caída histórica, récord de muertos, hiperinflación, default y un mundo esquivo. Por eso, optan por la palabra de moda: procrastinación. NINGUNO DE ELLOS SE MORIRA POBRE O SUICIDADO POR DESHONRA, como algunos próceres de otrora. No será la hora de una nueva independencia pero de esta elite evasora, decadente y degradadora de nuestra historia? Mientras se burlan en tus narices y vos guardado/a en tu casa, obedeciendo a sus carteles y mandatos televisivos omnipresentes, todavía les crees, no pudiendo ver a tus nietos o tus hijos o tus padres o sin poder tomar un café o un mate con tu amigo o amiga, MURIENDO EN VIDA”.

ORIGEN, AUGE Y CAIDA DE UN “MONJE NEGRO”

Martin Gill es un político poco conocido a nivel nacional, apenas ahora, porque es Secretario de Obras Públicas de la Nación, en el gobierno de Alberto Fernández pero lo es mucho más, a nivel local, en su propia Ciudad, donde ha sido Rector de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) y desde 2015, Intendente reelegido en 2019, aunque hoy esté de licencia desde que asumió en aquel cargo citado en primer lugar. Acaba de ser imputado judicialmente junto a un grupo de allegados y familiares – por la Fiscal Julia Companys, en la justicia provincial cordobesa-, por haber arribado a la ciudad, contagiado de Covid19. Las redes sociales de la ciudad han estallado, divididas, entre los opositores a su figura, juzgándolo por su responsabilidad -o irresponsabilidad doble como funcionario y ciudadano ante la pandemia- y sus simpatizantes -los que le quedan-, quienes le dan ánimo y consideran que se trata de un show mediático para medrar contra su figura pública.

Todo ello en un contexto de una cuarentena que en el interior de Córdoba en general y Villa María, en particular, una ciudad asentada en el corazón del campo -que vive de los servicios-, cuenta con pocos casos de contagiados e ínfima cantidad de muertos por Covid19, aunque la dureza de la cuarentena, de todos modos, vivida más relajadamente que en el AMBA (Area Metropolitana de Buenos Aires) o la misma Córdoba Capital, ha dejado un tendal de comercios con carteles de “alquila o vende” o cerrados definitivamente. En una ciudad que ha crecido enormemente en las dos últimas décadas, producto de la instalación de la Universidad Nacional pero -sobre todo-, del “boom” del campo entre los años 2002 a 2011, Gill está asociado a semejante fenómeno positivo, al menos estéticamente, porque la gente ignora cómo él mismo pudo trepar hasta el máximo poder, independientemente de su lealtad hecha añicos para con Eduardo Accastello, el político justicialista que arribó a la Municipalidad en 1998, tras un largo período de hegemonía política radical, en una ciudad emblemática para los “boinas blancas”, dado que allí nació, vivió y gobernó Don Amadeo Sabattini, uno de los líderes más conspicuos de la UCR, que pudo haber sido Vicepresidente del mismísimo Perón.

Gill pidió disculpas públicamente, seguramente culposo por el alboroto que causó su “visita contagiosa”, en una sociedad altamente sensibilizada y atemorizada adrede por su propio gobierno nacional y su aliado, el provincial, pero, sobre todo, considerando la expulsión de dos periodistas de un medio local online –que anticiparon la noticia de su imputación-, algunas jornadas previas. Villa María no es Formosa, La Rioja, San Luis, Salta, Neuquén, Santa Cruz, Chaco ni Tucumán, donde gobiernan verdaderos monarcas electos y no existe el mínimo republicanismo, porque la oposición legislativa está menguada o es funcional al poder y la justicia más los medios de comunicación están cooptados por amigos del poder o financiados por el mismo.

Pero en una ciudad con el perfil social como el descrito, sin prácticamente pobreza urbana ni demasiada aglomeración, con un IDH relativamente alto, con parámetros cuasi europeos, sin industria contaminante, tras heredar el poder gracias a su supuesta lealtad a Accastello, Gill desmontó toda la estructura anterior y la reemplazó por su propia maquinaria de obsecuentes y mediocres funcionarios, reteniendo el poder hasta de la Universidad Nacional, a cargo de un amigo (el abogado Luis Negretti) y hasta copó la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) -de donde extrajo a su ex Rector, el Ingeniero Pablo Rosso, para primero, sentarlo en el Concejo Deliberante y luego, ungirlo como su “regente”a cargo del Municipio-. Una situación, a todas luces, anómala, irregular, incompatible con un régimen republicano. Comparativamente, igual o peor, que cualquiera de las Provincias antes nombradas.

Esa particular construcción política, sutil, silenciosa, urdida tras bambalinas, se consolidó con un vasto despliegue sobre organizaciones sociales, sindicatos, colegios privados -obviamente públicos-, centros vecinales, cámaras empresarias, colegios profesionales, centros de estudiantes secundarios y por supuesto, en el pináculo de esa fenomenal red clientelar, las dos Universidades, acompañadas por los medios silenciados y un Legislativo comunal que tardó en reacomodarse como verdadera oposición, hasta hace apenas un par de meses tras décadas de refugiarse en “zona de confort”.

Pero claro, semejante construcción no fue rápida y éste precisamente, es el propósito de este artículo, vivencial, experiencial, para describirles -de cerca, a la manera de una genealogía de ese poder-, cómo Gill lo edificó, con paciencia, con inescrupulosidad, a lo largo de más de dos décadas. Como buen descendiente de irlandeses, era católico militante, no provenía de una familia adinerada sino por el contrario, utilizó la red cooperativa de la Iglesia Católica, para financiar sus estudios de Abogacía en la UCC (privada y jesuita)  en Córdoba Capital y luego, en pleno menemato, se incorporó al accastellismo, una de las líneas internas “renovadoras” del peronismo local, aunque tal vez, dada su visión ideológica hubiera ameritado militar en el oficialismo de entonces. Porque Gill siempre fue un político de derecha, coherentemente de derecha, conservador, repito ello a propósito de su particular transmutación actual, en la que seduce a estudiantes supuestamente progresistas y hasta dirigencias transexuales. Tal vez ello tenga que ver con cierta transmutación personal de Gill y no con su verdadero posicionamiento ideológico.

Es que la vida política de Gill no empieza en un gremio, ni en la unidad básica, donde era un “‘ángel rubio”, un oscuro abogado que generaba desconfianza y nada de empatía en el “paladar negro” peronista, ni mucho menos en los barrios pobres, a los que no caminó ni siquiera en campaña. Comenzó colaborando con Accastello en la UNVM naciente -donde yo trabajo como docente concursado desde hace 21 años-. Allí fue su “ladero”, su hombre de máxima confianza y a través de él, pudo enmendar su error inicial de confiar ingenuamente en docentes de Córdoba, para construir una Universidad -y carreras-, con recursos humanos de procedencia local, subordinando a los “extranjeros”, sin reparar quizás que esas miradas externas le darían riqueza y diversidad a la ciudad y región, algo que lamentaríamos y mucho a lo largo de estas dos décadas. Si las Universidades nacionales -en Argentina-, son endogámicas en su gran mayoría, por la estructura legal laboral docente y administrativa, la UNVM es doblemente endogámica: hoy, gracias a Gill, es una Universidad que ha quedado en manos de cierta elite local (abogados, contadores, ingenieros) que responden a una mirada singularmente villamariense, sin feedback con el exterior, con cordobeses y riocuartenses, ahora disciplinados. Resulta todo un contrasentido, en una ciudad que vive de un campo competitivo y globalizado.

Gill ganó primero el poder en 1999, gracias a una elección rectoral emblemática, volvió a hacerlo en 2003 -ya prácticamente sin oposición excepto en Consejos Directivos y Superior- y recién en 2007, tras haber empleado “peones” en el tablero de ajedrez, aquí y allá, mostrándose “leal” al accastellismo, por fin, se candidateó como Rector y también triunfó. A partir de ese momento, inauguró una prolongada fase larga de 8 años, hasta 2011, primero -donde lo apoyé y fui funcionario subalterno de él, en un cargo menor- y hasta 2015, después. Yo había hecho campaña con él, incluso viajé a Buenos Aires acompañándolo en un periplo que incluyó el pago de estudiantes a una visita cultural a la Corte Suprema de Justicia y al Congreso Nacional. Antes, entre 2005 y 2006, cuando yo me erigía, por obra y gracia de las circunstancias, en un líder gremial de cierta “peligrosidad”  -en su horizonte de ambición desmedida-, su acercamiento a mí fue indisimulable. Subrayo esto, porque Gill que sabía que “cada hombre o mujer tienen su precio”, supo captar y cooptar desde el inicio, a diestra y siniestra, de manera hábil, seductora, siempre con una sonrisa, sin importarle demasiado la ideología de cada uno. Más allá de la personalización del relato, préstese atención a su racionalidad, a la claridad de sus objetivos y a cómo fue envolviendo a todos y todas, en su puño, sin coerción alguna. Con una sonrisa.

Siguió haciéndolo en pleno kirchnerismo. Lejos de optar por una salida alternativa, continuó y hasta sobreactuó, vistiéndose de progresista. En el camino, ya había traicionado a quienes le dieron la posibilidad de triunfo en 1999, por ejemplo, el abogado Dante La Rocca Martín, de quien se decía, “su amigo”. Idem Carlos Domínguez, el primer Rector normalizador de la UNVM, quien había sido reelegido en 2003, pero que jamás confió en él y no quiso enfrentarlo. Antes, Rosario Galarza, peronista o más peronista que él, si existiera un “peronómetro”, a quien había dejado en el camino, incluso favoreciendo el juicio de un concurso amañado, donde ella perdería para quedar fuera de toda competencia electoral. Hablando de concursos, el propio Gill pudo ser Rector, gracias a otro concurso -para auxiliar docente, ni siquiera Profesor- en la UTN. Sucesivamente, a lo largo de su vida política, Gill iría descabezando “muñecos” unos tras otros, mientras hacía el lobby necesario para traer obras públicas y financiamiento público nacional para “su UNVM” -como si fuera privada-, mantener contenta a “su tropa” y agradar a “su ciudad”. De nuevo, con una sonrisa. Así, la Universidad no pudo ser un templo donde se buscaba el saber y la verdad, sino un trampolín, más en su búsqueda incesante de poder -aún ignoro, para qué, con qué fin-.

En ese camino, un detalle simbólico: el día de su asunción en setiembre de 2007, algunas estudiantes (mujeres) de agrupaciones inclinadas a la izquierda, hoy mayoritariamente cooptadas como no docentes y unas pocas, retiradas o en el extranjero, se presentaron con féretros negros de cartón, anticipando la “muerte” de la UNVM, con su gestión. Hoy, aquel gesto al que muchos criticamos, reprodujo la realidad: el gillismo, a la manera de “los hunos de Atila” en Europa, destruyó, con tanta chatura y mediocridad, cualquier atisbo de diversidad, de creatividad, de innovación, de vitalidad, existente o naciente en la Universidad. Claro, pocos se animaban a contradecirlo o cuestionarlo en aquella “época de mieles”. A los que dejaba en el camino, en silencio, bien indemnizados, Gill los reemplazaba por otros más adulones, siempre disponibles, que ya conocían las reglas de juego, si querían escalar tanto o más que él. El resultado: una atmósfera sórdida, oscura, cuasi totalitaria, donde todos sospechaban de todos, aún dentro de la misma coalición gobernante que Gill tejió sin prisa pero sin pausa, con la finalidad de eliminar cualquier disenso, que lo atemorizaba.

A pesar de que nunca quise enfrentarlo y fui leal aún a sabiendas de que no comulgaba con su estilo ni falta de principios ni códigos, me tocó el turno de ser una de sus “víctimas” en mayo de 2014, casi un año después que el rectorable Arquitecto Hugo Traverso -a quien desbancó electoralmente de su cargo de Decano reelegido en Ciencias Básicas-, a través de un nuevo “ariete” (Germán Cassetta), instalado a tal fin, ya con Gill como Secretario de Políticas Universitarias (SPU) de la Nación -bajo CFK-. Es que una característica clave de Gill era actuar precisamente, a través de terceros funcionales -de modo hasta cobarde-, tal vez, pocas veces, operaba él mismo: lo hacía cuando estaba absolutamente convencido de hacerlo. Pero, como las leyes de Parkinson lo revelan, al verse obligado a crear y sostener una maquinaria cada vez más pesada de adulones, mediocres y sobornados, la eficacia de esa red, empezó a resquebrajarse.

Claro, haber llegado al Municipio primero, para luego traicionar a su padre político (Accastello), ambicionar la Provincia de Córdoba y llegar casi sin respiro, a la Casa Rosada -un “monje negro” trabajando para otro de igual o peor calaña (Fernández)-. Todo ello, en un cortísimo trayecto, lo llevó a pensar por un instante que tenía la invulnerabilidad de un monarca del siglo XVI. Siguió traicionando, en el plano personal-familiar, a su propia Iglesia Católica, a organizaciones a las que dividió o agrietó, incluyendo tanto al propio peronismo -sumando a connotados antiperonistas y arribistas independientes a su lado– como al radicalismo en la vereda de enfrente y a la minúscula y heterogénea oposición -que sí ayudé a construir- en el seno de la Universidad en 2017. Es que Gill pensaba que toda Villa María le pertenecía, algo así como su propio patrimonio personal. Funcionario del “Estado que te cuida”, creyendo en esa impunidad, víctima de su propia soberbia, cometió una burda torpeza: regresó a su ciudad, violó la cuarentena, contagió, muchos se enteraron y la justicia ahora lo acorraló. Él mismo cayó en su propia trampa. Queda por develar qué será del futuro de su propio “imperio” -de papel-. Es posible, no sé si probable, que quienes rápidamente lo encumbraron, se vayan despegando apenas visualicen un cambio desfavorable en la ecuación del poder. Quien traiciona, termina siendo traicionado.

Por todo ello, ahora no valen las disculpas, aunque tampoco le caben sólo a él. Con casi toda la sociedad, fuimos cómplices. En mayor o menor medida, todos fuimos funcionales a su armado racional. No se salva del reproche, ni la alemana Fundación Konrad Adenauer -KAS- vía una filial nacional (ACEP), que lo sostuvo en algún momento de esta larga historia. Lo ayudamos a colocarse ahí donde él creyó que estaba, libre de culpa y cargo, incluso agradeciéndole cual si fuera un “dios” -de barro-. Hay muchos Martín Gill en el país y -por qué, no- en el mundo. Todos ayudamos a construirlos.

En esta Argentina de movilidad social ascendente en el ocaso, en una ciudad inserta en la lógica capitalista, nacido en un ámbito católico, llegando a dirigir una Universidad pública y laica, Gill fue posible. Paradójicamente, la modernización de la ciudad que él contribuyó a prohijar, lo fagocitó como él mismo fue devorando a quienes creía hasta de modo paranoico, serían sus futuros competidores.

Ojalá, aun esperando el veredicto final de la Justicia, nuestras relaciones humanas y nuestra forma de crecer, sea a través del vínculo con otras vidas, menos perversas, menos manipuladoras, menos ambiguas, menos opacas, sin dobleces, más sinceras, más abiertas, más auténticas. Si queremos una sociedad de verdaderos ciudadanos.

Por lo pronto, me seguiré dedicando con ahínco con mis compañeros/as sobrevivientes de la tierra arrasada que dejó Gill, a la reconstrucción de la UNVM, para que sea lo que nunca le dejaron ser: una institución vital, al servicio de la búsqueda del saber, que lo irradie hacia su región, el país y el mundo y no del proyecto personal de nadie. Costará mucho hacerlo, será arduo reemplazar la cultura instalada de desconfianza, pero podemos intentarlo, al menos, para salvar nuestra dignidad.

EL INFIERNO TAN TEMIDO

Una crisis de gobernabilidad no se incuba en unas semanas, tampoco en meses. Quizás algunos años. Cuando el mundo le sinceró a Macri que ya no habría financiamiento externo en marzo de 2018 y toda la fantasía del “genial timbero financiero” Caputo, cayó como “un castillo de naipes”, entró en un tobogán permanente que desembocaría en la “sorpresiva” derrota en las PASO contra los Fernández, para no poder ser revertida a pesar del esfuerzo final, en octubre de 2019. Había alternativa política allí, el recambio, a pesar de que espantara a casi la mitad del electorado.

Siempre me pregunté qué sería de la Argentina si volviera a gobernar CFK, aún encubierta o abiertamente como ahora, y voy respondiéndome esa pregunta día a día, a medida que se aproxima la tormenta perfecta, del default, del impacto del emisionismo monetario sin igual de estos meses de cuarentena, del sinceramiento de precios y tarifas, de la devaluación, cuando se achique la brecha con el dólar paralelo, en fin, cuando quede al desnudo, el gobierno de los “no científicos”.  Ni la épica del triunfo sobre el virus, ni la apelación al esfuerzo colectivo ni la solución semiautoritaria vía la renuncia de Alberto y la asunción de CFK o la de Berni ganando la parlamentaria en Buenos Aires, podrán salvar al gobiermo y tampoco a la oposición, cómplice de este desaguisado. Como se ha visto con las iniciativas más proclives al “paladar negro K”, como la expropiación de Vicentín o ahora, la reforma judicial, enfrentarán crecientes rechazos sociales que terminan acorralando los intentos de frágil moderación de unos y otros.

Entonces, una crisis institucional y por qué no, de gobernabilidad, está a la vuelta de la esquina en Argentina, no creo que esperemos al 2021 para verla  y nadie quiere asumirlo, porque se mezclan tabúes de golpismo histórico y autismo más miedo generalizados. Una vez más, la pandemia desnudó y agudizó los graves déficits institucionales allí donde los había y en 37 años de democracia, nunca resolvimos. El gobierno por más que “saque de la galera”, 60 medidas, no cree en los planes, no tenía ninguno desde que asumió, por eso se aferró a la cuarentena y tampoco podrá elaborar uno, por más que el FMI, en caso de evitar el default, le exija uno.

Pero qué antecedentes hallamos en la historia para llegar a tan terrible pronóstico. Desde luego, hay factores multicausales, para arribar a esta conclusión, como la anomia social, el pésimo resultado macroeconómico, la inseguridad, el Estado fallido, pero sobre todo, la ausencia de plan u horizonte integral por parte de la clase política, que terminó por hartar a la sociedad. Un consenso para hacer reformas de fondo, como las que necesita Argentina, no puede avizorarse en un plazo corto. Por lo que la situación se asemeja a 1974-1975, cuando murió Perón, gobernó Isabel, con la sombra de López Rega y fracasó el plan de sinceramiento de precios de Celestino Rodrigo, depositándonos en la hiper de 1975. Si a ello le sumamos que el mismo gobierno constitucional había elegido la opción legal de la guerra antisubversiva con todo el aparato represivo estatal, acabó de “cavarse la propia tumba”, cuando el líder de la oposición, Ricardo Balbín, de la UCR, dijo ya no tener soluciones para salvar al gobierno. Tampoco olvidemos que aquel regreso de Perón, fue precedido por el gobierno “comodín” del “Tío” Alberto J. Cámpora, cuya principal medida fue la liberación masiva de presos políticos, no por corrupción o delincuencia, como en abril pasado, sino ex guerrilleros urbanos y terroristas. En marzo de 1976, tras aquel caos, sin rumbo alguno, con violencia política – y no tanta delincuencial, como la actual-, todos esperábamos a la dictadura militar aunque nos agradara el eufemismo de “Proceso de Reorganización Nacional”. Todos sabemos también lo mal que terminó -y terminamos- al cabo de 7 largos años.

2001 fue una catarata de errores no forzados. El nombramiento y falta de apoyo suficiente a López Murphy, para enmendar los errores fiscales de los noventa, en un momento sin apoyo financiero externo, la asunción de Cavallo para salvar a su criatura, la Convertibilidad, el intento de bancarización de los informales y el primer “corralito”, terminaron con el gobierno de De la Rúa. Este ya venía golpeado desde la renuncia del Vicepresidente Alvarez por lo que con una alianza entre el propio radicalismo conspirando con Alfonsín a la cabeza, seguido por Leopoldo Moreau, sobre todo contra la figura de Cavallo y el peronismo, el bonaerense de Duhalde, luchando desde 1997, sostenido por una poderosa coalición antimercado y pro salvataje de deudas en dólares (Grupo Clarín, UIA y CAME), no pudo sostenerse y pronto fue derribado. En octubre, había ganado el “voto bronca”, con el muñeco “Clemente” a la cabeza, por lo que existía un notorio vacío de poder. Algunos de los sindicalistas tradicionales que conspiraron contra De la Rúa, ahora le dan un ultimátum al gobierno de los Fernández.

Tanto en 1976 como en el 2001, la situación de deterioro macroeconómico pero sobre todo, político, desembocó en sendas crisis institucionales, incluso de gobernabilidad. Se trataba de gobiernos que no gobiernan: pueden gritar como lo hacía “Isabelita” pero sin comunicar nada; pueden sobreactuar o contradecirse, dar alguna muestra de gestión mínima, como comunicar el número de contagiados y fallecidos por Covid-19 día a día, pero la gente espera de ellos, otra faceta. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

Hoy, ya sin el recuerdo generacional de 1976, los “Millennials” ni siquiera imaginan una circunstancia tan dramática como aquélla. Pero está a la vuelta del camino porque el actual gobierno e insisto, la oposición, con “fuego amigo” en ambos bandos, se han “anotado todos los números”. Al incubamiento previo, le han “echado más nafta al fuego” y dudo que un sinceramiento de precios pueda ser resuelto pacíficamente, con medios de comunicación comprados, sindicatos apenas murmurando y una sociedad anestesiada y con miedo producto del terrorismo mediático. Tarde o temprano, esa olla a presión estallará. Un mix de 1975, 1989 (la segunda hiperinflación) y 2001, se avecina. Un arreglo de la deuda, el esperado rebote del “gato muerto” o la suba de la Bolsa y acciones, no alcanzan para disimular la caída. La regresión semiautoritaria de los últimos años en la región con rebrotes en tal sentido en la Brasil de Dilma y la Bolivia de Morales, más la supervivencia de Cuba y Venezuela, favorece la resiliencia autocrática de la Argentina.

Ojalá me equivoque. Por ahora, una vez más, es “la tragedia que deviene en farsa”.

ALVARO ALSOGARAY: A 107 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Los Kirchner, Tinelli, Pergolini, Manzano, Moyano, Verbitsky, Mauro Viale, “Corcho” Rodríguez, “Dady” Brieva, Horacio Embón pero también Lanata, Hadad, Longobardi, Nelson Castro, Macri (hijo), Elsztain y otros,  son hijos de los años noventa. Una década especial y como se ve, diversa por sus “productos” pero que en las cátedras universitarias, se juzga peyorativamente a modo de demonización, “neoliberal”. Mucha influencia en tal rótulo, tuvo un economista devenido en político, de enorme gravitación en el plano de las ideas y finalmente, en el gobierno, llamado Alvaro Alsogaray.

Luego de haber sido objeto de burlas históricas de peronistas y radicales respecto a que los militantes de su partido minoritario llamado UCD (más tarde, por razones jurídicas, con la sigla UCEDE) cabían en una cabina de teléfono público, Alsogaray logró que su partido originalmente ideológico y de notables, adquiriese notoriedad y hasta popularidad. En la campaña electoral de julio de 1989, llenó el Estadio de River Plate, en una de las mayores demostraciones públicas en toda la democracia argentina, sólo superadas por el Obelisco de Ricardo Alfonsín y algunos actos de Carlos Menem.

Alsogaray obtuvo apenas un 7 % de votos para Presidente a nivel nacional pero, producto de un 10 %, un gran número de diputados nacionales, entre los que se incluyó, reeligiéndose y alcanzando el récord de 16 años consecutivos como legislador por la Ciudad de Buenos Aires, desde 1983 hasta 1999, en que se retiró. Ya en 1994, fue convencional constituyente nacional.

Alsogaray, nacido el 22 de junio de 1913, en la colonia agrícola de Esperanza al norte de Santa Fe, es un ejemplo más de movilidad social ascendente, algo nada sorprendente en Argentina, sobre todo, la de hace décadas atrás. Habiendo cursado el Colegio Militar, llegó hasta el grado de capitán a diferencia de su hermano Julio que sí egresaría en rango superior. En la actividad civil, como ingeniero aeronáutico civil formado en Córdoba, terminó dedicándose a la faz empresaria: era dueño de la aceitera Indo, una pequeña Vicentín de los sesenta.

Pero el inquieto Alsogaray tenía vocación pública. Participó en el golpe de la Revolución Libertadora contra Perón, fue Ministro de Industria de Aramburu y luego, un par de veces, ocupó el Ministerio de Economía, tanto con Frondizi como con su sucesor Guido. Embajador de Argentina en Washington durante el gobierno militar de Onganía, dejó la función pública frustrado para participar formando partidos políticos afines a la idea liberal. Tanto el Partido Cívico Independiente como Nueva Fuerza, un alarde de innovador marketing político, fueron dos experiencias negativas aunque no lo amilanaron. Sería con su UCEDE a partir de 1983, con la que sería catapultado nuevamente al poder y la influencia mediática.

Fue el artífice junto al periodista televisivo Bernardo Neustadt y un ama de casa llamada Lita de Lázzari, líder de una asociación de consumidoras y madre de Gustavo (hoy empresario liberal), de la gravitación ideológica sobre Menem, quien arribó al gobierno abruptamente, tras la renuncia de Alfonsín. Con él, muchos jóvenes emigraron del país, porque pensaban que el país podía terminar como la Libia de Khadaffy, pero como buen pragmático y seguramente aturdido por la hiperinflación y por un final de la Guerra Fría favoreciendo a Estados Unidos, Menem hizo un viraje ideológico rotundo convergiendo con Alsogaray y su partido. Estos lograron espacios de poder clave impulsando y liderando procesos de privatización de empresas como la telefónica Entel, la emblemática petrolera YPF,  la acería SOMISA, el Banco Hipotecario Nacional y la desregulación de los Puertos, además de reservarse la apertura de la telefonía celular.

Hasta 1992, se vivió el auge de la gravitación alsogaraísta en un gabinete mayoritariamente peronista, otrora archirrival histórico. Cuando Cavallo -con quien Alsogaray también había tenido conflictos de filosofía económica- se hizo cargo del Ministerio de Economía e impulsó la Convertibilidad, para frenar de cuajo la inercia inflacionaria, el rol de Alsogaray declinó, reservándose como aliado político del gobierno hasta su retiro, coincidiendo con la salida de Menem del poder, luego de una década relativamente exitosa, particularmente hasta 1996.

Ideológicamente, Alsogaray abogaba por un alineamiento de la Argentina con las naciones libres del mundo, empezando por Estados Unidos y Europa Occidental, con el deseo ferviente de volver a formar del concierto de países que lideraban en ingreso per cápita, a fines del siglo XIX y principios del XX. El ejemplo a seguir era la Alemania de postguerra, la de su admirado Ludwig Erhard, el Ministro de Economía artífice del llamado “milagro alemán”, con su profunda reforma monetaria. La decadencia argentina para él, tenía directa relación no con el peronismo o el militarismo, sino con la inflación crónica, causada por el estatismo, el intervencionismo estatal y el dirigismo. Como buen ingeniero y metódico, su explicación era sistémica: operando bajo un nuevo régimen de economía social de mercado, una versión mucho más legitimadora del Estado que la liberal decimonónica, se produciría un “shock de confianza”que posibilitaría una enorme inyección de capitales, tan necesaria para la economía argentina en el ocaso.

Hoy, la figura de Alsogaray, como las de Alfonsín, Menem y Cavallo, cada uno por diferentes razones, hasta contradictorias entre sí, adquieren un enorme significado, en función de la pandemia histórica que implicó el kirchnerismo, retrocediendo tanto en los planos institucional, macroeconómico, social y educativo. 

Pudo sobreponerse a todas las críticas que se le formularon durante dos décadas y media. El mito de su participación activa a favor de golpes militares, quedó desmentido al observar su mirada crítica a estos procesos, incluyendo el de 1976-1983, dadas sus disidencias públicas con las licuaciones de pasivos, la reestatización de empresas privadas, la organización del Mundial de Fútbol 1978, los excesos de la lucha antisubversiva y la guerra de Malvinas, aún arriesgando afecto popular. Numerosos políticos incluyendo radicales, desarrollistas, socialistas y hasta peronistas, participaron en todos los golpes militares y fueron acríticos respecto al rol de los uniformados. Hoy, si viviera, seguramente Alsogaray levantaría su voz contra el intento de expropiación de Vicentín.

Otra objeción histórica que debió tolerar, fue el “Bono Patriótico 9 de Julio”, con el cual pudo rescatar deudas públicas pero que fue mayoritariamnte rechazado por los argentinos en la década del sesenta. Sus mensajes por cadena nacional, con un tono monocorde, frío, nada carismático, anunciando nada más que malas noticias, sin siquiera brindar certidumbre de un futuro mejor, le granjearon la antipatía popular por años. Su discurso aconsejando “hay que pasar el invierno” fue y es recordado lúgubremente, para colmo, ahora con la perspectiva de aplicarlo a la cuarentena dura de Alberto Fernández.

Sin embargo, de nuevo, Alsogaray perseveró con la apuesta político-partidaria. Con la UCEDE se movió hacia el centro político, aunque en algún momento intentó moverse hacia la derecha, pero democrática. Ello le permitió como nadie hasta ese momento, atraer a cientos de miles de jóvenes que militaron en ese partido, tanto en las calles, los centros cívicos y hasta las Universidades bajo la sigla UPAU, una verdadera escuela de dirigentes, muchos de los cuales, hoy, ya cincuentones, militan en el PRO o la actividad empresaria. Esto tiene un significado también extraordinario, porque ante las opciones del golpe tradicional para imponer el criterio de minoría, dar sólo la batalla intelectual “a lo Benegas Lynch (hijo)” o replegarse al negocio propio, Alsogaray eligió el camino más difícil: crear una estructura política con cierta vocación de poder.

En tal sentido, aquí sí podría hacerle una única gran objeción. La alianza con Menem así como trajo grandes beneficios públicos en el campo tecnológico, por la modernización telefónica y portuaria, tuvo particularmente, un alto costo político y moral. Denunciada por el propio líder, la corrupción que envolvió a su hija, María Julia, quien falleciera hace 3 años, a una edad de 74; cierto vedettismo que la incluyó junto a su rival en la interna, Adelina Dalesio de Viola, hija de un lobbysta farmacéutico nacional y la persistencia en cerrar el liderazgo del partido a familia y allegados, como los caudillos Durañona y Vedia (bonaerense), Capdevila y Agrelo (cordobeses) más Alderete y Albamonte (hoy directivo de la cadena hotelera Howard Johnson), impidieron una trayectoria del partido, más institucionalizado, autónomo y masivo.

Es contrafáctico pero si la oposición llamada Unión Liberal, con Pedro Benegas a la cabeza e intelectuales de la talla de Mora y Araujo, Starke, Grondona, Ribas, Zanotti, Iglesias, sumados a Federico Clérici, un dirigente bonaerense de excelencia, trágicamente afectado muy joven por un cáncer letal, hubieran triunfado en las elecciones internas, tal vez, el partido hubiera dibujado un rol menos expuesto con el menemismo y así sobrevivido. Kammerath, Massa y Boudou -quien nunca estrictamente se afilió a la UCEDE- heredaron el partido y terminaron de liquidarlo, haciéndolo apenas un apéndice del peronismo. Hoy, dos de ellos son conspicuos dirigentes del kirchnerismo, lo cual revela su escasa adhesión doctrinaria al liberalismo. Gracias al menemato, “lejos de popularizarse al partido liberal, se liberalizó al partido popular” -aunque sólo por una década, a la luz de lo ocurrido a partir de 2002-.

Acción por la República, con Cavallo a la cabeza en 1999, Recrear con López Murphy en 2003 y el PRO con Macri en el 2005, fueron la herencia de la centroderecha argentina y democrática, por el camino antes ensayado por Alsogaray. Su hijo Alvaro y viejos dirigentes como Bontempo (Buenos Aires), Passamonti (CABA), Ribas, Portas Dalmau y Mansilla (Presidente a nivel nacional) militaron en parte con Macri y en parte con José Luis Espert y el Frente Despertar en la elección presidencial de 2019.

Todos quienes estuvimos en las plazas de todo el país, en River bajo la lluvia, en la Rambla marplatense, en Mendoza, Rosario, etc. en esos gloriosos años ochenta, haciendo saltar al Ingeniero, lo recordamos como ese luchador liberal que fue, aún con sus errores y sus muchos aciertos. Su mensaje pero sobre todo, su programa completo de gobierno, en la actualidad, posee plena vigencia, ante la amenaza de un kirchnerismo cada vez más empeñado en destruir la República y aislar cada vez más a la Argentina del mundo, luego del interín macrista.

Para leer sobre la historia del partido, una vez más, un autor norteamericano, llamado Edward Gibson, en el Journal of Interamerican Studies de 1990, describe como nadie, aquella evolución. Aquí sugiero su lectura.