ORIGEN, AUGE Y CAIDA DE UN “MONJE NEGRO”

Martin Gill es un político poco conocido a nivel nacional, apenas ahora, porque es Secretario de Obras Públicas de la Nación, en el gobierno de Alberto Fernández pero lo es mucho más, a nivel local, en su propia Ciudad, donde ha sido Rector de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) y desde 2015, Intendente reelegido en 2019, aunque hoy esté de licencia desde que asumió en aquel cargo citado en primer lugar. Acaba de ser imputado judicialmente junto a un grupo de allegados y familiares – por la Fiscal Julia Companys, en la justicia provincial cordobesa-, por haber arribado a la ciudad, contagiado de Covid19. Las redes sociales de la ciudad han estallado, divididas, entre los opositores a su figura, juzgándolo por su responsabilidad -o irresponsabilidad doble como funcionario y ciudadano ante la pandemia- y sus simpatizantes -los que le quedan-, quienes le dan ánimo y consideran que se trata de un show mediático para medrar contra su figura pública.

Todo ello en un contexto de una cuarentena que en el interior de Córdoba en general y Villa María, en particular, una ciudad asentada en el corazón del campo -que vive de los servicios-, cuenta con pocos casos de contagiados e ínfima cantidad de muertos por Covid19, aunque la dureza de la cuarentena, de todos modos, vivida más relajadamente que en el AMBA (Area Metropolitana de Buenos Aires) o la misma Córdoba Capital, ha dejado un tendal de comercios con carteles de “alquila o vende” o cerrados definitivamente. En una ciudad que ha crecido enormemente en las dos últimas décadas, producto de la instalación de la Universidad Nacional pero -sobre todo-, del “boom” del campo entre los años 2002 a 2011, Gill está asociado a semejante fenómeno positivo, al menos estéticamente, porque la gente ignora cómo él mismo pudo trepar hasta el máximo poder, independientemente de su lealtad hecha añicos para con Eduardo Accastello, el político justicialista que arribó a la Municipalidad en 1998, tras un largo período de hegemonía política radical, en una ciudad emblemática para los “boinas blancas”, dado que allí nació, vivió y gobernó Don Amadeo Sabattini, uno de los líderes más conspicuos de la UCR, que pudo haber sido Vicepresidente del mismísimo Perón.

Gill pidió disculpas públicamente, seguramente culposo por el alboroto que causó su “visita contagiosa”, en una sociedad altamente sensibilizada y atemorizada adrede por su propio gobierno nacional y su aliado, el provincial, pero, sobre todo, considerando la expulsión de dos periodistas de un medio local online –que anticiparon la noticia de su imputación-, algunas jornadas previas. Villa María no es Formosa, La Rioja, San Luis, Salta, Neuquén, Santa Cruz, Chaco ni Tucumán, donde gobiernan verdaderos monarcas electos y no existe el mínimo republicanismo, porque la oposición legislativa está menguada o es funcional al poder y la justicia más los medios de comunicación están cooptados por amigos del poder o financiados por el mismo.

Pero en una ciudad con el perfil social como el descrito, sin prácticamente pobreza urbana ni demasiada aglomeración, con un IDH relativamente alto, con parámetros cuasi europeos, sin industria contaminante, tras heredar el poder gracias a su supuesta lealtad a Accastello, Gill desmontó toda la estructura anterior y la reemplazó por su propia maquinaria de obsecuentes y mediocres funcionarios, reteniendo el poder hasta de la Universidad Nacional, a cargo de un amigo (el abogado Luis Negretti) y hasta copó la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) -de donde extrajo a su ex Rector, el Ingeniero Pablo Rosso, para primero, sentarlo en el Concejo Deliberante y luego, ungirlo como su “regente”a cargo del Municipio-. Una situación, a todas luces, anómala, irregular, incompatible con un régimen republicano. Comparativamente, igual o peor, que cualquiera de las Provincias antes nombradas.

Esa particular construcción política, sutil, silenciosa, urdida tras bambalinas, se consolidó con un vasto despliegue sobre organizaciones sociales, sindicatos, colegios privados -obviamente públicos-, centros vecinales, cámaras empresarias, colegios profesionales, centros de estudiantes secundarios y por supuesto, en el pináculo de esa fenomenal red clientelar, las dos Universidades, acompañadas por los medios silenciados y un Legislativo comunal que tardó en reacomodarse como verdadera oposición, hasta hace apenas un par de meses tras décadas de refugiarse en “zona de confort”.

Pero claro, semejante construcción no fue rápida y éste precisamente, es el propósito de este artículo, vivencial, experiencial, para describirles -de cerca, a la manera de una genealogía de ese poder-, cómo Gill lo edificó, con paciencia, con inescrupulosidad, a lo largo de más de dos décadas. Como buen descendiente de irlandeses, era católico militante, no provenía de una familia adinerada sino por el contrario, utilizó la red cooperativa de la Iglesia Católica, para financiar sus estudios de Abogacía en la UCC (privada y jesuita)  en Córdoba Capital y luego, en pleno menemato, se incorporó al accastellismo, una de las líneas internas “renovadoras” del peronismo local, aunque tal vez, dada su visión ideológica hubiera ameritado militar en el oficialismo de entonces. Porque Gill siempre fue un político de derecha, coherentemente de derecha, conservador, repito ello a propósito de su particular transmutación actual, en la que seduce a estudiantes supuestamente progresistas y hasta dirigencias transexuales. Tal vez ello tenga que ver con cierta transmutación personal de Gill y no con su verdadero posicionamiento ideológico.

Es que la vida política de Gill no empieza en un gremio, ni en la unidad básica, donde era un “‘ángel rubio”, un oscuro abogado que generaba desconfianza y nada de empatía en el “paladar negro” peronista, ni mucho menos en los barrios pobres, a los que no caminó ni siquiera en campaña. Comenzó colaborando con Accastello en la UNVM naciente -donde yo trabajo como docente concursado desde hace 21 años-. Allí fue su “ladero”, su hombre de máxima confianza y a través de él, pudo enmendar su error inicial de confiar ingenuamente en docentes de Córdoba, para construir una Universidad -y carreras-, con recursos humanos de procedencia local, subordinando a los “extranjeros”, sin reparar quizás que esas miradas externas le darían riqueza y diversidad a la ciudad y región, algo que lamentaríamos y mucho a lo largo de estas dos décadas. Si las Universidades nacionales -en Argentina-, son endogámicas en su gran mayoría, por la estructura legal laboral docente y administrativa, la UNVM es doblemente endogámica: hoy, gracias a Gill, es una Universidad que ha quedado en manos de cierta elite local (abogados, contadores, ingenieros) que responden a una mirada singularmente villamariense, sin feedback con el exterior, con cordobeses y riocuartenses, ahora disciplinados. Resulta todo un contrasentido, en una ciudad que vive de un campo competitivo y globalizado.

Gill ganó primero el poder en 1999, gracias a una elección rectoral emblemática, volvió a hacerlo en 2003 -ya prácticamente sin oposición excepto en Consejos Directivos y Superior- y recién en 2007, tras haber empleado “peones” en el tablero de ajedrez, aquí y allá, mostrándose “leal” al accastellismo, por fin, se candidateó como Rector y también triunfó. A partir de ese momento, inauguró una prolongada fase larga de 8 años, hasta 2011, primero -donde lo apoyé y fui funcionario subalterno de él, en un cargo menor- y hasta 2015, después. Yo había hecho campaña con él, incluso viajé a Buenos Aires acompañándolo en un periplo que incluyó el pago de estudiantes a una visita cultural a la Corte Suprema de Justicia y al Congreso Nacional. Antes, entre 2005 y 2006, cuando yo me erigía, por obra y gracia de las circunstancias, en un líder gremial de cierta “peligrosidad”  -en su horizonte de ambición desmedida-, su acercamiento a mí fue indisimulable. Subrayo esto, porque Gill que sabía que “cada hombre o mujer tienen su precio”, supo captar y cooptar desde el inicio, a diestra y siniestra, de manera hábil, seductora, siempre con una sonrisa, sin importarle demasiado la ideología de cada uno. Más allá de la personalización del relato, préstese atención a su racionalidad, a la claridad de sus objetivos y a cómo fue envolviendo a todos y todas, en su puño, sin coerción alguna. Con una sonrisa.

Siguió haciéndolo en pleno kirchnerismo. Lejos de optar por una salida alternativa, continuó y hasta sobreactuó, vistiéndose de progresista. En el camino, ya había traicionado a quienes le dieron la posibilidad de triunfo en 1999, por ejemplo, el abogado Dante La Rocca Martín, de quien se decía, “su amigo”. Idem Carlos Domínguez, el primer Rector normalizador de la UNVM, quien había sido reelegido en 2003, pero que jamás confió en él y no quiso enfrentarlo. Antes, Rosario Galarza, peronista o más peronista que él, si existiera un “peronómetro”, a quien había dejado en el camino, incluso favoreciendo el juicio de un concurso amañado, donde ella perdería para quedar fuera de toda competencia electoral. Hablando de concursos, el propio Gill pudo ser Rector, gracias a otro concurso -para auxiliar docente, ni siquiera Profesor- en la UTN. Sucesivamente, a lo largo de su vida política, Gill iría descabezando “muñecos” unos tras otros, mientras hacía el lobby necesario para traer obras públicas y financiamiento público nacional para “su UNVM” -como si fuera privada-, mantener contenta a “su tropa” y agradar a “su ciudad”. De nuevo, con una sonrisa. Así, la Universidad no pudo ser un templo donde se buscaba el saber y la verdad, sino un trampolín, más en su búsqueda incesante de poder -aún ignoro, para qué, con qué fin-.

En ese camino, un detalle simbólico: el día de su asunción en setiembre de 2007, algunas estudiantes (mujeres) de agrupaciones inclinadas a la izquierda, hoy mayoritariamente cooptadas como no docentes y unas pocas, retiradas o en el extranjero, se presentaron con féretros negros de cartón, anticipando la “muerte” de la UNVM, con su gestión. Hoy, aquel gesto al que muchos criticamos, reprodujo la realidad: el gillismo, a la manera de “los hunos de Atila” en Europa, destruyó, con tanta chatura y mediocridad, cualquier atisbo de diversidad, de creatividad, de innovación, de vitalidad, existente o naciente en la Universidad. Claro, pocos se animaban a contradecirlo o cuestionarlo en aquella “época de mieles”. A los que dejaba en el camino, en silencio, bien indemnizados, Gill los reemplazaba por otros más adulones, siempre disponibles, que ya conocían las reglas de juego, si querían escalar tanto o más que él. El resultado: una atmósfera sórdida, oscura, cuasi totalitaria, donde todos sospechaban de todos, aún dentro de la misma coalición gobernante que Gill tejió sin prisa pero sin pausa, con la finalidad de eliminar cualquier disenso, que lo atemorizaba.

A pesar de que nunca quise enfrentarlo y fui leal aún a sabiendas de que no comulgaba con su estilo ni falta de principios ni códigos, me tocó el turno de ser una de sus “víctimas” en mayo de 2014, casi un año después que el rectorable Arquitecto Hugo Traverso -a quien desbancó electoralmente de su cargo de Decano reelegido en Ciencias Básicas-, a través de un nuevo “ariete” (Germán Cassetta), instalado a tal fin, ya con Gill como Secretario de Políticas Universitarias (SPU) de la Nación -bajo CFK-. Es que una característica clave de Gill era actuar precisamente, a través de terceros funcionales -de modo hasta cobarde-, tal vez, pocas veces, operaba él mismo: lo hacía cuando estaba absolutamente convencido de hacerlo. Pero, como las leyes de Parkinson lo revelan, al verse obligado a crear y sostener una maquinaria cada vez más pesada de adulones, mediocres y sobornados, la eficacia de esa red, empezó a resquebrajarse.

Claro, haber llegado al Municipio primero, para luego traicionar a su padre político (Accastello), ambicionar la Provincia de Córdoba y llegar casi sin respiro, a la Casa Rosada -un “monje negro” trabajando para otro de igual o peor calaña (Fernández)-. Todo ello, en un cortísimo trayecto, lo llevó a pensar por un instante que tenía la invulnerabilidad de un monarca del siglo XVI. Siguió traicionando, en el plano personal-familiar, a su propia Iglesia Católica, a organizaciones a las que dividió o agrietó, incluyendo tanto al propio peronismo -sumando a connotados antiperonistas y arribistas independientes a su lado– como al radicalismo en la vereda de enfrente y a la minúscula y heterogénea oposición -que sí ayudé a construir- en el seno de la Universidad en 2017. Es que Gill pensaba que toda Villa María le pertenecía, algo así como su propio patrimonio personal. Funcionario del “Estado que te cuida”, creyendo en esa impunidad, víctima de su propia soberbia, cometió una burda torpeza: regresó a su ciudad, violó la cuarentena, contagió, muchos se enteraron y la justicia ahora lo acorraló. Él mismo cayó en su propia trampa. Queda por develar qué será del futuro de su propio “imperio” -de papel-. Es posible, no sé si probable, que quienes rápidamente lo encumbraron, se vayan despegando apenas visualicen un cambio desfavorable en la ecuación del poder. Quien traiciona, termina siendo traicionado.

Por todo ello, ahora no valen las disculpas, aunque tampoco le caben sólo a él. Con casi toda la sociedad, fuimos cómplices. En mayor o menor medida, todos fuimos funcionales a su armado racional. No se salva del reproche, ni la alemana Fundación Konrad Adenauer -KAS- vía una filial nacional (ACEP), que lo sostuvo en algún momento de esta larga historia. Lo ayudamos a colocarse ahí donde él creyó que estaba, libre de culpa y cargo, incluso agradeciéndole cual si fuera un “dios” -de barro-. Hay muchos Martín Gill en el país y -por qué, no- en el mundo. Todos ayudamos a construirlos.

En esta Argentina de movilidad social ascendente en el ocaso, en una ciudad inserta en la lógica capitalista, nacido en un ámbito católico, llegando a dirigir una Universidad pública y laica, Gill fue posible. Paradójicamente, la modernización de la ciudad que él contribuyó a prohijar, lo fagocitó como él mismo fue devorando a quienes creía hasta de modo paranoico, serían sus futuros competidores.

Ojalá, aun esperando el veredicto final de la Justicia, nuestras relaciones humanas y nuestra forma de crecer, sea a través del vínculo con otras vidas, menos perversas, menos manipuladoras, menos ambiguas, menos opacas, sin dobleces, más sinceras, más abiertas, más auténticas. Si queremos una sociedad de verdaderos ciudadanos.

Por lo pronto, me seguiré dedicando con ahínco con mis compañeros/as sobrevivientes de la tierra arrasada que dejó Gill, a la reconstrucción de la UNVM, para que sea lo que nunca le dejaron ser: una institución vital, al servicio de la búsqueda del saber, que lo irradie hacia su región, el país y el mundo y no del proyecto personal de nadie. Costará mucho hacerlo, será arduo reemplazar la cultura instalada de desconfianza, pero podemos intentarlo, al menos, para salvar nuestra dignidad.

ALVARO ALSOGARAY: A 107 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Los Kirchner, Tinelli, Pergolini, Manzano, Moyano, Verbitsky, Mauro Viale, “Corcho” Rodríguez, “Dady” Brieva, Horacio Embón pero también Lanata, Hadad, Longobardi, Nelson Castro, Macri (hijo), Elsztain y otros,  son hijos de los años noventa. Una década especial y como se ve, diversa por sus “productos” pero que en las cátedras universitarias, se juzga peyorativamente a modo de demonización, “neoliberal”. Mucha influencia en tal rótulo, tuvo un economista devenido en político, de enorme gravitación en el plano de las ideas y finalmente, en el gobierno, llamado Alvaro Alsogaray.

Luego de haber sido objeto de burlas históricas de peronistas y radicales respecto a que los militantes de su partido minoritario llamado UCD (más tarde, por razones jurídicas, con la sigla UCEDE) cabían en una cabina de teléfono público, Alsogaray logró que su partido originalmente ideológico y de notables, adquiriese notoriedad y hasta popularidad. En la campaña electoral de julio de 1989, llenó el Estadio de River Plate, en una de las mayores demostraciones públicas en toda la democracia argentina, sólo superadas por el Obelisco de Ricardo Alfonsín y algunos actos de Carlos Menem.

Alsogaray obtuvo apenas un 7 % de votos para Presidente a nivel nacional pero, producto de un 10 %, un gran número de diputados nacionales, entre los que se incluyó, reeligiéndose y alcanzando el récord de 16 años consecutivos como legislador por la Ciudad de Buenos Aires, desde 1983 hasta 1999, en que se retiró. Ya en 1994, fue convencional constituyente nacional.

Alsogaray, nacido el 22 de junio de 1913, en la colonia agrícola de Esperanza al norte de Santa Fe, es un ejemplo más de movilidad social ascendente, algo nada sorprendente en Argentina, sobre todo, la de hace décadas atrás. Habiendo cursado el Colegio Militar, llegó hasta el grado de capitán a diferencia de su hermano Julio que sí egresaría en rango superior. En la actividad civil, como ingeniero aeronáutico civil formado en Córdoba, terminó dedicándose a la faz empresaria: era dueño de la aceitera Indo, una pequeña Vicentín de los sesenta.

Pero el inquieto Alsogaray tenía vocación pública. Participó en el golpe de la Revolución Libertadora contra Perón, fue Ministro de Industria de Aramburu y luego, un par de veces, ocupó el Ministerio de Economía, tanto con Frondizi como con su sucesor Guido. Embajador de Argentina en Washington durante el gobierno militar de Onganía, dejó la función pública frustrado para participar formando partidos políticos afines a la idea liberal. Tanto el Partido Cívico Independiente como Nueva Fuerza, un alarde de innovador marketing político, fueron dos experiencias negativas aunque no lo amilanaron. Sería con su UCEDE a partir de 1983, con la que sería catapultado nuevamente al poder y la influencia mediática.

Fue el artífice junto al periodista televisivo Bernardo Neustadt y un ama de casa llamada Lita de Lázzari, líder de una asociación de consumidoras y madre de Gustavo (hoy empresario liberal), de la gravitación ideológica sobre Menem, quien arribó al gobierno abruptamente, tras la renuncia de Alfonsín. Con él, muchos jóvenes emigraron del país, porque pensaban que el país podía terminar como la Libia de Khadaffy, pero como buen pragmático y seguramente aturdido por la hiperinflación y por un final de la Guerra Fría favoreciendo a Estados Unidos, Menem hizo un viraje ideológico rotundo convergiendo con Alsogaray y su partido. Estos lograron espacios de poder clave impulsando y liderando procesos de privatización de empresas como la telefónica Entel, la emblemática petrolera YPF,  la acería SOMISA, el Banco Hipotecario Nacional y la desregulación de los Puertos, además de reservarse la apertura de la telefonía celular.

Hasta 1992, se vivió el auge de la gravitación alsogaraísta en un gabinete mayoritariamente peronista, otrora archirrival histórico. Cuando Cavallo -con quien Alsogaray también había tenido conflictos de filosofía económica- se hizo cargo del Ministerio de Economía e impulsó la Convertibilidad, para frenar de cuajo la inercia inflacionaria, el rol de Alsogaray declinó, reservándose como aliado político del gobierno hasta su retiro, coincidiendo con la salida de Menem del poder, luego de una década relativamente exitosa, particularmente hasta 1996.

Ideológicamente, Alsogaray abogaba por un alineamiento de la Argentina con las naciones libres del mundo, empezando por Estados Unidos y Europa Occidental, con el deseo ferviente de volver a formar del concierto de países que lideraban en ingreso per cápita, a fines del siglo XIX y principios del XX. El ejemplo a seguir era la Alemania de postguerra, la de su admirado Ludwig Erhard, el Ministro de Economía artífice del llamado “milagro alemán”, con su profunda reforma monetaria. La decadencia argentina para él, tenía directa relación no con el peronismo o el militarismo, sino con la inflación crónica, causada por el estatismo, el intervencionismo estatal y el dirigismo. Como buen ingeniero y metódico, su explicación era sistémica: operando bajo un nuevo régimen de economía social de mercado, una versión mucho más legitimadora del Estado que la liberal decimonónica, se produciría un “shock de confianza”que posibilitaría una enorme inyección de capitales, tan necesaria para la economía argentina en el ocaso.

Hoy, la figura de Alsogaray, como las de Alfonsín, Menem y Cavallo, cada uno por diferentes razones, hasta contradictorias entre sí, adquieren un enorme significado, en función de la pandemia histórica que implicó el kirchnerismo, retrocediendo tanto en los planos institucional, macroeconómico, social y educativo. 

Pudo sobreponerse a todas las críticas que se le formularon durante dos décadas y media. El mito de su participación activa a favor de golpes militares, quedó desmentido al observar su mirada crítica a estos procesos, incluyendo el de 1976-1983, dadas sus disidencias públicas con las licuaciones de pasivos, la reestatización de empresas privadas, la organización del Mundial de Fútbol 1978, los excesos de la lucha antisubversiva y la guerra de Malvinas, aún arriesgando afecto popular. Numerosos políticos incluyendo radicales, desarrollistas, socialistas y hasta peronistas, participaron en todos los golpes militares y fueron acríticos respecto al rol de los uniformados. Hoy, si viviera, seguramente Alsogaray levantaría su voz contra el intento de expropiación de Vicentín.

Otra objeción histórica que debió tolerar, fue el “Bono Patriótico 9 de Julio”, con el cual pudo rescatar deudas públicas pero que fue mayoritariamnte rechazado por los argentinos en la década del sesenta. Sus mensajes por cadena nacional, con un tono monocorde, frío, nada carismático, anunciando nada más que malas noticias, sin siquiera brindar certidumbre de un futuro mejor, le granjearon la antipatía popular por años. Su discurso aconsejando “hay que pasar el invierno” fue y es recordado lúgubremente, para colmo, ahora con la perspectiva de aplicarlo a la cuarentena dura de Alberto Fernández.

Sin embargo, de nuevo, Alsogaray perseveró con la apuesta político-partidaria. Con la UCEDE se movió hacia el centro político, aunque en algún momento intentó moverse hacia la derecha, pero democrática. Ello le permitió como nadie hasta ese momento, atraer a cientos de miles de jóvenes que militaron en ese partido, tanto en las calles, los centros cívicos y hasta las Universidades bajo la sigla UPAU, una verdadera escuela de dirigentes, muchos de los cuales, hoy, ya cincuentones, militan en el PRO o la actividad empresaria. Esto tiene un significado también extraordinario, porque ante las opciones del golpe tradicional para imponer el criterio de minoría, dar sólo la batalla intelectual “a lo Benegas Lynch (hijo)” o replegarse al negocio propio, Alsogaray eligió el camino más difícil: crear una estructura política con cierta vocación de poder.

En tal sentido, aquí sí podría hacerle una única gran objeción. La alianza con Menem así como trajo grandes beneficios públicos en el campo tecnológico, por la modernización telefónica y portuaria, tuvo particularmente, un alto costo político y moral. Denunciada por el propio líder, la corrupción que envolvió a su hija, María Julia, quien falleciera hace 3 años, a una edad de 74; cierto vedettismo que la incluyó junto a su rival en la interna, Adelina Dalesio de Viola, hija de un lobbysta farmacéutico nacional y la persistencia en cerrar el liderazgo del partido a familia y allegados, como los caudillos Durañona y Vedia (bonaerense), Capdevila y Agrelo (cordobeses) más Alderete y Albamonte (hoy directivo de la cadena hotelera Howard Johnson), impidieron una trayectoria del partido, más institucionalizado, autónomo y masivo.

Es contrafáctico pero si la oposición llamada Unión Liberal, con Pedro Benegas a la cabeza e intelectuales de la talla de Mora y Araujo, Starke, Grondona, Ribas, Zanotti, Iglesias, sumados a Federico Clérici, un dirigente bonaerense de excelencia, trágicamente afectado muy joven por un cáncer letal, hubieran triunfado en las elecciones internas, tal vez, el partido hubiera dibujado un rol menos expuesto con el menemismo y así sobrevivido. Kammerath, Massa y Boudou -quien nunca estrictamente se afilió a la UCEDE- heredaron el partido y terminaron de liquidarlo, haciéndolo apenas un apéndice del peronismo. Hoy, dos de ellos son conspicuos dirigentes del kirchnerismo, lo cual revela su escasa adhesión doctrinaria al liberalismo. Gracias al menemato, “lejos de popularizarse al partido liberal, se liberalizó al partido popular” -aunque sólo por una década, a la luz de lo ocurrido a partir de 2002-.

Acción por la República, con Cavallo a la cabeza en 1999, Recrear con López Murphy en 2003 y el PRO con Macri en el 2005, fueron la herencia de la centroderecha argentina y democrática, por el camino antes ensayado por Alsogaray. Su hijo Alvaro y viejos dirigentes como Bontempo (Buenos Aires), Passamonti (CABA), Ribas, Portas Dalmau y Mansilla (Presidente a nivel nacional) militaron en parte con Macri y en parte con José Luis Espert y el Frente Despertar en la elección presidencial de 2019.

Todos quienes estuvimos en las plazas de todo el país, en River bajo la lluvia, en la Rambla marplatense, en Mendoza, Rosario, etc. en esos gloriosos años ochenta, haciendo saltar al Ingeniero, lo recordamos como ese luchador liberal que fue, aún con sus errores y sus muchos aciertos. Su mensaje pero sobre todo, su programa completo de gobierno, en la actualidad, posee plena vigencia, ante la amenaza de un kirchnerismo cada vez más empeñado en destruir la República y aislar cada vez más a la Argentina del mundo, luego del interín macrista.

Para leer sobre la historia del partido, una vez más, un autor norteamericano, llamado Edward Gibson, en el Journal of Interamerican Studies de 1990, describe como nadie, aquella evolución. Aquí sugiero su lectura.