SOBRE CARLOS ESCUDE

Esperemos que sea una estela del 2020 y no la continuidad nefasta. Una mala noticia para el mundo académico de las #RRII en #Argentina y por qué no el mundo. El pasado sábado 2 de enero, me informaron colegas de la #UNVM, que se nos fue el polémico pero siempre original CARLOS #ESCUDE. A quien invitamos a un webinar fallido por razones de Covid19, el 29 de setiembre pasado. Una gran pérdida.

El afamado escritor peruano y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa,  presidente honorario de la FIL, ya había criticado, desde una posición liberal, la crueldad y violencia del Estado de Israel, desde tiempos de Ariel Sharon -recuérdese la matanza de refugiados en Sabra y Shatila, con la excusa de que había células terroristas palestinas ocultas allí- y ni hablar, bajo el dominio hegemónico de Benjamin Netanyahu.

Pero quien fue más allá en su crítica, fue el heterodoxo pero brillante y original académico en Relaciones Internacionales, Carlos Escudé. Su opinión me parece  mucho más válida que la de Vargas Llosa, porque se convirtió a la religión judía en la última fase de su vida. Más allá de sus cambios o afinidades ideológico-partidarias (sucesivamente, progresismo, liberalismo, menemismo, kirchnerismo), Escudé tuvo una actitud crítica con ciertas decisiones autoritarias y confrontativas de Israel en las últimas dos décadas, sobre todo, con su política de colonización de territorios, además de exculpar a Irán en relación a los atentados de Buenos Aires, en los años noventa.

Esa fue una de sus tantas originalidades e innovaciones. Aún siendo judío, Escudé era libre de opinar lo que quería y lo hizo. Pero lo mismo puede decirse cuando le tocó a través de su tesis doctoral, estudiando en los propios Estados Unidos, como pocos argentinos en esa época, en la Universidad de Yale, fundamentar cómo aquel país y Gran Bretaña fueron grandes responsables de la marcada declinación argentina, a partir del castigo que recibiera nuestro país, por mantenerse neutral hasta el final de la II Guerra Mundial.

Un impacto menor aunque no sobre mí, causó con su genial libro “Patología del nacionalismo” donde desnudó el proyecto educativo argentino de enseñar la historia y la geografía del país, a lo largo de décadas, sobre la base de la victimización nacional, mediante la pérdida consuetudinaria de territorios a favor de nuestros vecinos (Brasil, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Chile). Escudé demostraría más bien, el producto contrario: a través de una minuciosa investigación histórica, Escudé fundamentó cómo los perdidosos fueron los otros países, no el nuestro, lo cual explica la envidia y el resentimiento de algunos de sus pueblos, como el chileno.

Escudé tiene otros méritos no menos relevantes, en su propia trayectoria académica. No sólo que retornó a su país, pudiendo quedarse en Estados Unidos, sino que siendo parte integrante del sistema académico investigativo nacional (CONICET), logró construir una teoría propia de la autonomía nacional en política exterior (el “realismo periférico”). Intentó aplicarla bajo el mandato de Guido Di Tella como Canciller de Carlos Menem (1989-1995-1999) aunque ya en el llano, tuvo que explicar una y otra vez, a sus colegas, cuánto,  cómo y bajo qué márgenes políticos, pudo hacerlo.

Inquieto y visionario, en el año 2006, pude verlo dar su conferencia en el CEA de la UNC, en Córdoba Capital, explicando cómo Argentina debía ya plantearse una relación comercial y estratégica privilegiada con China. Ello explica en parte su cierta simpatía coyuntural con el kirchnerismo (2003-2007-2011-2015).

Como pocos, Escudé, que además era generoso, porque toda su producción académica está accesible en Internet, me enseñó el camino. Se puede ser cientista social, con convicciones propias, pero sin aferrarse a dogmas e intentando siempre quebrar consensos, corriendo los límites de la verdad. Hasta la cuarentena misma para luchar contra el Covid-19, lo movilizó a escribir sobre la pandemia, presentando algunas reflexiones sobre la “nueva normalidad”, con alguna ilusión o expectativa humanística al respecto y hasta me animé a participar de tal debate, viendo cómo el resto de los invitados lo respetaban. Incluso militó en la calle, con cacerola en mano, contra la decisión del alcalde porteño Rodríguez Larreta de encerrar a los vecinos ancianos, para evitar sus contagios, en nombre de la lucha contra el Covid. La misma pandemia que el sábado pasado nos lo arrebató.

QEPD Carlos Escudé.

ALVARO ALSOGARAY: A 107 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Los Kirchner, Tinelli, Pergolini, Manzano, Moyano, Verbitsky, Mauro Viale, “Corcho” Rodríguez, “Dady” Brieva, Horacio Embón pero también Lanata, Hadad, Longobardi, Nelson Castro, Macri (hijo), Elsztain y otros,  son hijos de los años noventa. Una década especial y como se ve, diversa por sus “productos” pero que en las cátedras universitarias, se juzga peyorativamente a modo de demonización, “neoliberal”. Mucha influencia en tal rótulo, tuvo un economista devenido en político, de enorme gravitación en el plano de las ideas y finalmente, en el gobierno, llamado Alvaro Alsogaray.

Luego de haber sido objeto de burlas históricas de peronistas y radicales respecto a que los militantes de su partido minoritario llamado UCD (más tarde, por razones jurídicas, con la sigla UCEDE) cabían en una cabina de teléfono público, Alsogaray logró que su partido originalmente ideológico y de notables, adquiriese notoriedad y hasta popularidad. En la campaña electoral de julio de 1989, llenó el Estadio de River Plate, en una de las mayores demostraciones públicas en toda la democracia argentina, sólo superadas por el Obelisco de Ricardo Alfonsín y algunos actos de Carlos Menem.

Alsogaray obtuvo apenas un 7 % de votos para Presidente a nivel nacional pero, producto de un 10 %, un gran número de diputados nacionales, entre los que se incluyó, reeligiéndose y alcanzando el récord de 16 años consecutivos como legislador por la Ciudad de Buenos Aires, desde 1983 hasta 1999, en que se retiró. Ya en 1994, fue convencional constituyente nacional.

Alsogaray, nacido el 22 de junio de 1913, en la colonia agrícola de Esperanza al norte de Santa Fe, es un ejemplo más de movilidad social ascendente, algo nada sorprendente en Argentina, sobre todo, la de hace décadas atrás. Habiendo cursado el Colegio Militar, llegó hasta el grado de capitán a diferencia de su hermano Julio que sí egresaría en rango superior. En la actividad civil, como ingeniero aeronáutico civil formado en Córdoba, terminó dedicándose a la faz empresaria: era dueño de la aceitera Indo, una pequeña Vicentín de los sesenta.

Pero el inquieto Alsogaray tenía vocación pública. Participó en el golpe de la Revolución Libertadora contra Perón, fue Ministro de Industria de Aramburu y luego, un par de veces, ocupó el Ministerio de Economía, tanto con Frondizi como con su sucesor Guido. Embajador de Argentina en Washington durante el gobierno militar de Onganía, dejó la función pública frustrado para participar formando partidos políticos afines a la idea liberal. Tanto el Partido Cívico Independiente como Nueva Fuerza, un alarde de innovador marketing político, fueron dos experiencias negativas aunque no lo amilanaron. Sería con su UCEDE a partir de 1983, con la que sería catapultado nuevamente al poder y la influencia mediática.

Fue el artífice junto al periodista televisivo Bernardo Neustadt y un ama de casa llamada Lita de Lázzari, líder de una asociación de consumidoras y madre de Gustavo (hoy empresario liberal), de la gravitación ideológica sobre Menem, quien arribó al gobierno abruptamente, tras la renuncia de Alfonsín. Con él, muchos jóvenes emigraron del país, porque pensaban que el país podía terminar como la Libia de Khadaffy, pero como buen pragmático y seguramente aturdido por la hiperinflación y por un final de la Guerra Fría favoreciendo a Estados Unidos, Menem hizo un viraje ideológico rotundo convergiendo con Alsogaray y su partido. Estos lograron espacios de poder clave impulsando y liderando procesos de privatización de empresas como la telefónica Entel, la emblemática petrolera YPF,  la acería SOMISA, el Banco Hipotecario Nacional y la desregulación de los Puertos, además de reservarse la apertura de la telefonía celular.

Hasta 1992, se vivió el auge de la gravitación alsogaraísta en un gabinete mayoritariamente peronista, otrora archirrival histórico. Cuando Cavallo -con quien Alsogaray también había tenido conflictos de filosofía económica- se hizo cargo del Ministerio de Economía e impulsó la Convertibilidad, para frenar de cuajo la inercia inflacionaria, el rol de Alsogaray declinó, reservándose como aliado político del gobierno hasta su retiro, coincidiendo con la salida de Menem del poder, luego de una década relativamente exitosa, particularmente hasta 1996.

Ideológicamente, Alsogaray abogaba por un alineamiento de la Argentina con las naciones libres del mundo, empezando por Estados Unidos y Europa Occidental, con el deseo ferviente de volver a formar del concierto de países que lideraban en ingreso per cápita, a fines del siglo XIX y principios del XX. El ejemplo a seguir era la Alemania de postguerra, la de su admirado Ludwig Erhard, el Ministro de Economía artífice del llamado “milagro alemán”, con su profunda reforma monetaria. La decadencia argentina para él, tenía directa relación no con el peronismo o el militarismo, sino con la inflación crónica, causada por el estatismo, el intervencionismo estatal y el dirigismo. Como buen ingeniero y metódico, su explicación era sistémica: operando bajo un nuevo régimen de economía social de mercado, una versión mucho más legitimadora del Estado que la liberal decimonónica, se produciría un “shock de confianza”que posibilitaría una enorme inyección de capitales, tan necesaria para la economía argentina en el ocaso.

Hoy, la figura de Alsogaray, como las de Alfonsín, Menem y Cavallo, cada uno por diferentes razones, hasta contradictorias entre sí, adquieren un enorme significado, en función de la pandemia histórica que implicó el kirchnerismo, retrocediendo tanto en los planos institucional, macroeconómico, social y educativo. 

Pudo sobreponerse a todas las críticas que se le formularon durante dos décadas y media. El mito de su participación activa a favor de golpes militares, quedó desmentido al observar su mirada crítica a estos procesos, incluyendo el de 1976-1983, dadas sus disidencias públicas con las licuaciones de pasivos, la reestatización de empresas privadas, la organización del Mundial de Fútbol 1978, los excesos de la lucha antisubversiva y la guerra de Malvinas, aún arriesgando afecto popular. Numerosos políticos incluyendo radicales, desarrollistas, socialistas y hasta peronistas, participaron en todos los golpes militares y fueron acríticos respecto al rol de los uniformados. Hoy, si viviera, seguramente Alsogaray levantaría su voz contra el intento de expropiación de Vicentín.

Otra objeción histórica que debió tolerar, fue el “Bono Patriótico 9 de Julio”, con el cual pudo rescatar deudas públicas pero que fue mayoritariamnte rechazado por los argentinos en la década del sesenta. Sus mensajes por cadena nacional, con un tono monocorde, frío, nada carismático, anunciando nada más que malas noticias, sin siquiera brindar certidumbre de un futuro mejor, le granjearon la antipatía popular por años. Su discurso aconsejando “hay que pasar el invierno” fue y es recordado lúgubremente, para colmo, ahora con la perspectiva de aplicarlo a la cuarentena dura de Alberto Fernández.

Sin embargo, de nuevo, Alsogaray perseveró con la apuesta político-partidaria. Con la UCEDE se movió hacia el centro político, aunque en algún momento intentó moverse hacia la derecha, pero democrática. Ello le permitió como nadie hasta ese momento, atraer a cientos de miles de jóvenes que militaron en ese partido, tanto en las calles, los centros cívicos y hasta las Universidades bajo la sigla UPAU, una verdadera escuela de dirigentes, muchos de los cuales, hoy, ya cincuentones, militan en el PRO o la actividad empresaria. Esto tiene un significado también extraordinario, porque ante las opciones del golpe tradicional para imponer el criterio de minoría, dar sólo la batalla intelectual “a lo Benegas Lynch (hijo)” o replegarse al negocio propio, Alsogaray eligió el camino más difícil: crear una estructura política con cierta vocación de poder.

En tal sentido, aquí sí podría hacerle una única gran objeción. La alianza con Menem así como trajo grandes beneficios públicos en el campo tecnológico, por la modernización telefónica y portuaria, tuvo particularmente, un alto costo político y moral. Denunciada por el propio líder, la corrupción que envolvió a su hija, María Julia, quien falleciera hace 3 años, a una edad de 74; cierto vedettismo que la incluyó junto a su rival en la interna, Adelina Dalesio de Viola, hija de un lobbysta farmacéutico nacional y la persistencia en cerrar el liderazgo del partido a familia y allegados, como los caudillos Durañona y Vedia (bonaerense), Capdevila y Agrelo (cordobeses) más Alderete y Albamonte (hoy directivo de la cadena hotelera Howard Johnson), impidieron una trayectoria del partido, más institucionalizado, autónomo y masivo.

Es contrafáctico pero si la oposición llamada Unión Liberal, con Pedro Benegas a la cabeza e intelectuales de la talla de Mora y Araujo, Starke, Grondona, Ribas, Zanotti, Iglesias, sumados a Federico Clérici, un dirigente bonaerense de excelencia, trágicamente afectado muy joven por un cáncer letal, hubieran triunfado en las elecciones internas, tal vez, el partido hubiera dibujado un rol menos expuesto con el menemismo y así sobrevivido. Kammerath, Massa y Boudou -quien nunca estrictamente se afilió a la UCEDE- heredaron el partido y terminaron de liquidarlo, haciéndolo apenas un apéndice del peronismo. Hoy, dos de ellos son conspicuos dirigentes del kirchnerismo, lo cual revela su escasa adhesión doctrinaria al liberalismo. Gracias al menemato, “lejos de popularizarse al partido liberal, se liberalizó al partido popular” -aunque sólo por una década, a la luz de lo ocurrido a partir de 2002-.

Acción por la República, con Cavallo a la cabeza en 1999, Recrear con López Murphy en 2003 y el PRO con Macri en el 2005, fueron la herencia de la centroderecha argentina y democrática, por el camino antes ensayado por Alsogaray. Su hijo Alvaro y viejos dirigentes como Bontempo (Buenos Aires), Passamonti (CABA), Ribas, Portas Dalmau y Mansilla (Presidente a nivel nacional) militaron en parte con Macri y en parte con José Luis Espert y el Frente Despertar en la elección presidencial de 2019.

Todos quienes estuvimos en las plazas de todo el país, en River bajo la lluvia, en la Rambla marplatense, en Mendoza, Rosario, etc. en esos gloriosos años ochenta, haciendo saltar al Ingeniero, lo recordamos como ese luchador liberal que fue, aún con sus errores y sus muchos aciertos. Su mensaje pero sobre todo, su programa completo de gobierno, en la actualidad, posee plena vigencia, ante la amenaza de un kirchnerismo cada vez más empeñado en destruir la República y aislar cada vez más a la Argentina del mundo, luego del interín macrista.

Para leer sobre la historia del partido, una vez más, un autor norteamericano, llamado Edward Gibson, en el Journal of Interamerican Studies de 1990, describe como nadie, aquella evolución. Aquí sugiero su lectura.

NEW YORK, NEW YORK

Hace exactamente 28 años, haciendo escala previa en el aeropuerto de El Galeao en Rio de Janeiro, pisaba por primera, única y última vez Estados Unidos. Mucha agua ha pasado bajo el puente, el de Brooklyn y varios más. Paradójicamente, mientras esperaba en la cola de la Embajada en Buenos Aires, para tramitar mi visa, una tal Patricia Bullrich, literalmente, era rechazada por sus antecedentes de  peronista de izquierda, protomontonera y demás, especialmente en aquel momento de la historia argentina, cuando con semejante apellido patricio, militaba en contra de Carlos Menem y su política “de entrega de la Nación”. Hoy, es Ministra de Seguridad de un gabinete que al menos, aunque contradiga a Iván Petrella o Alejandro Rozitchner, de “izquierda” no es. Era una época de giro muy marcado de un otrora populista Menem que buscaba abrir la economía y privatizar todo lo que se opusiera a su paso, a diferencia de cuando ganó y había espantado a muchos argentinos a Ezeiza.

Eran tiempos de final de Guerra Fría, de primera guerra del golfo, de NAFTA, de expectativas desmedidas de democracia y capitalismo, de revolución pero tecnológica, etc. Yo me acababa de ganar una beca vía la Fundación Libertad de Rosario y el economista porteño y “austríaco” Martín Krause, que me brindaba la posibilidad de una estancia de dos semanas en la FEE (Foundation for Economic Education), la fundación creada en 1946 por Leonard Read, Henry Hazlitt y los hermanos Goodrich, entre otros, en Irvington-on-Hudson, en las afueras de New York. Se trataba de un curso, un Summer Seminar de Economía austríaca, más bien desde un enfoque filosófico, valorando la lógica del libre mercado y criticando por ejemplo, el naciente deconstruccionismo. Robert “Bob” Anderson era uno de los más importantes profesores. Israel Kirzner, discípulo de Ludwig Von Mises, era otro. Conocí allí a la más antigua estudiante y secretaria histórica del autor de “La acción humana”, Bettina Bien Greaves, ya octogenaria pero impecable y siempre dispuesta -ella falleció en enero de este año, con más de 100 años de edad-. Eran eminencias que habían vivido y aprendido al lado de popes como Mises y Hayek, los geniales profesores alemanes que se exiliaron en el mundo occidental antes, durante y después de la guerra, expulsados por el nazismo y desde allí construyeron las bases ideológicas del mundo que ahora sí estaba disfrutando yo, el de la revolución liberal-conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que acabaría con la URSS y el socialismo real.

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