EL RECUERDO DE MI MADRE

Setiembre tiene un sabor especial y contradictorio para mí. Es el mes de la primavera en el hemisferio sur, las flores encierran un particular encanto para mí, conocí en persona a mi novia en Rusia, nació mi primera hija, es el aniversario de Sarmiento, el golpe de Allende y el atentado a las Torres Gemelas que no conocí pero que recuerdo aquí mismo, pero también es el aniversario de mi madre, ya sea el 5 (creímos todos que ésa era su fecha de cumpleaños) o el 10 (como fue anotada en el Registro Civil), uno de sus tantos misterios, como todo ser virginiano. Ahora será un mes a recordarla de manera permanente, porque se nos fue de la vida, en julio pasado, no pudiendo cumplir su 88 aniversario.

Prefiero recordarla como a ella le hubiera gustado. Nunca la vi acostada en la cama, llorando o deprimida por algún motivo, aunque no le hubieran faltado las razones. Siempre la vi de pie, orgullosa, altiva, con fuerza, con una sed de ambición y obsesión por el progreso, que me contagió toda la vida. Sus traumas del pasado, que tenían relación con su pobreza en la infancia, allá, en el barrio María Selva, de Santa Fe Capital, a pesar de haber nacido en la diminuta Obispo Trejo, del norte de Córdoba, lograba disimularlos hábilmente con su primer trabajo en Bonafide, para poder alimentar a sus padres y hermana. Nunca mostró resentimiento alguno por ese tipo de situaciones. Sufrió un engaño duradero, nunca disimuló su encono pero una y otra vez, se levantaba y continuaba. Exponía su enojo pero también mostraba sentido del humor, el mismo de su padre tan seductor y “caramelero” con el sexo opuesto. Me dejó un legado inconmensurable que nunca pude transmitirle en términos de agradecimiento directo, quizás, éste sea el momento y el espacio para retribuirlo, si es que puede leerlo donde esté.

Su gran objetivo era que sus hijos tuvieran un título universitario. Esa parecía ser su gran frustración con sus padres por lo que proyectó en nosotros tres, ese gran logro. Pagó todos sus créditos, de lo cual también se enorgullecía, en virtud de cómo era reconocida en una ciudad adoptiva, como Rosario. Me formó en la perseverancia, aún admitiendo errores o fracasos temporales, me instaba a enfrentarlos, corregirlos y superarlos. Nunca se conformaba con notas mediocres. Siempre me estimulaba a sortear más y más las vallas. Una vez, me defendió del “bullying” -cuando éste ni siquiera era conocido así- de mis compañeros de inglés en una academia privada, llamada IATEL, donde debía soportar las rivalidades entre los Maristas -curiosamente, el colegio al cual terminaron yendo mis tres hijos en Mar del Plata- y nosotros, los provenientes del Sagrado Corazón, es decir, la Congregación de los Padres Bayoneses. Una y otra vez, me sugería no hacer caso a las diferencias de clase ni de posesión del dinero ni status: yo podría superarlas sólo a fuerza propia o a través de mi exclusivo mérito personal. Ese carácter meritocrático lo llevo en la sangre hasta que me muera.

Tenía sólo dos grandes defectos. Por un lado, era débil con tres profesiones: los ingenieros, los abogados y los médicos. Incluso, soñaba con su hijo varón, que fuera jurista. estuve a punto de darle el gusto, cuando me inscribí en Abogacía, en la UNR, en 1987, pero sólo soporté un año de tan mediocre carrera operativa, sin vuelo alguno, donde debía memorizar códigos y ver la vida tan estructurada, al igual que un contador o un ingeniero. Luego, no pudo saber, aquejada por la maldita enfermedad de Alzheimer en los cinco -o más- últimos años, que su hijo, más que caprichoso, también sería Doctor, pero en Relaciones Internacionales -estoy segura que hubiera estado hiperorgullosa- aunque sé que en 1981, ya le había dado una alegría inmensa, cuando le dije que sería abanderado del nivel secundario y en 1994, empecé a trabajar en el Grupo Villavicencio, junto con sus médicos adorados. El otro defecto, era su enconado desprecio de los pobres, de los “inferiores”, de quienes habían nacido o vivido en pueblos, de todos aquellos que no tenían un status que ella misma había logrado sortear con mucho esfuerzo. No pocas veces, confundía “grandeza” con “progreso” y eso la conducía a equívocos importantes. Todo ello le deparó conflictos conmigo, mucho más tolerante con los diferentes, hasta proclive a enamorarme, si fuera necesario. Jamás lo entendió y ése fue un punto de fricción con el hijo a quien denominaba “su tesoro” en la vida.

Inolvidables los veranos que pasamos en familia, en el mar, en Argentina, Brasil o Chile o las sierras, cómo me dejaba compartir con mis abuelos (los maternos) -nunca entendí el conflicto con los paternos-, en fin, todo ello queda en el olvido. Su amor por Rosario, la ciudad sin fundador, donde quiso ser enterrada, que opacó a su Santa Fe adoptiva y ni hablar, a su Córdoba natal, a la que jamás insólitamente aceptó. Mucho tiempo después comprendí  que su sentido del progreso estaba por encima del linaje o la estirpe, de allí sus preferencias urbanas. No le importaban los Crespo, o los Tacconi, los Jurjo, los González Theyler o los Arrúe Gowland. Si hubiera existido un Trump enfrente, yo era capaz de superarlo. También me infundió eso y comparto esa concepción positiva de los obstáculos. Su criticismo era tanto o más filoso que el mío. Su condescendencia nula, ni siquiera con sus amistades o parientes pero nunca juzgó mi timidez infantil. Una ortografía brillante, de la que tomé nota enseguida y traté de captar, aunque tuve el soporte adicional de la lectura de la literatura clásica universal. Todas las noches entre 1971 y 1974, sabía que yo era feliz, leyendo un libro clásico con el velador de luz al lado. Era una inversión cuyos frutos recogería mucho más tarde y ella lo sospechaba, aunque supiera el costo de mi visión. A mi lado en el arte o la cultura, como cuando me acompañaba al teatro, a escuchar conciertos o ver ballet o las visitas a los museos. Sé que sufrió mucho con mi asma desde pequeño  y mi miopía: cuando supo que la tenía, se entristeció tanto o más que yo, aunque nunca me dejó decaer. Disfrutó hasta con mis primeros torneos de tenis, en el Club Mitre de Pérez, ya adulto, acompañándome supliendo la ausencia paterna, incluyendo la despedida en el viaje de estudios a Bariloche, la única madre de todo el grupo, en soledad, esa noche, al lado del Padre Bruno Ierullo, el director del Colegio.

Tal vez haber fijado en mí, la vara tan alta de la femeneidad, con tanto amor propio y fortaleza anímica, llevó a que yo fuera tan exigente con toda mujer, que estuviera a mi lado, hasta hoy. Pero al mismo tiempo, me transmitió una sensación personal de humanidad, capaz de sobrellevar lo más difícil, ya sea la contrariedad o, la adversidad, dotándome de una autoestima capaz de escalar montañas, aún la más elevada que afrontara en la vida: los celos, las envidias de muchos, aún los más cercanos, los desprecios de algunos, el asombro de aquellos poderosos en dinero o poder, que no podían tolerar mi existencia, a menudo en el medio de dos fuegos. Al igual que mi padre y en eso, coincidían absolutamente, el valor del trabajo en aras de la ambición y el progreso individual, sin atajos ni ventajas especiales, y mucho menos, obsecuencia con los poderosos, a cambio de lograr algo, era la única manera de pretender ser e identificarse con lo que uno aprendió, la típica ecuación axiológica de toda familia de clase media argentina de los años sesenta.

Ah, sólo no te perdono una cosa y te reirás con complicidad, porque también me enseñaste a manejar la ironía, mucho antes de descubrir a Popper o Rorty. La única vez que fuiste a ver Colón conmigo y la cancha de Rosario Central, ese 18 de marzo de 1979, perdimos 3 a 1. Sabías que sufría y sufro por el club de mis amores, pero bueno, estuviste ahí, eso era lo importante. Como cuando íbamos a Misa, a la Parroquia de Lourdes, cada domingo entre 1975 y 1982, sólo con el objetivo de lograr paz en el alma, porque intuíamos en silencio y ahora me queda más claro, con la distancia en el tiempo, que eran momentos muy duros, sobre todo, para vos. Siempre firme, al lado, en los momentos más duros, con los médicos, dentistas, oculistas o curas o los más alegres, en los cumpleaños futboleros, la escuela, los courts de tenis y demás.

Sé que hoy serías muy feliz, viéndome dando clases en el ISEN, donde te ilusioné que iría, pelotear en el Lawn Tennis Club con mi Profesor Darío Mengucci o disertando en el Senado de la Nación o en el CARI o incluso, en una escuela de La Quiaca, si fuera necesario -el lugar es lo de menos-. Es esa sensación de que todo lo podías, como sea y donde sea, la que me guió en la vida. No te preocupes que yo la sigo y seguiré, como sea y donde sea.

Por ello, siempre en mi recuerdo, Mamá.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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