EMBAJADAS NORTEAMERICANAS BAJO ASEDIO: TEHERAN (1979) Y BENGASI (2012)

Dos películas reflejan dos de las más grandes humillaciones que recibiera Estados Unidos en los últimos 40 años.

Una, es “Argo”, premiada con el Oscar de la Academia de Hollywood, protagonizada y dirigida por Ben Affleck, donde se describe el calvario de 66 diplomáticos y ciudadanos norteamericanos, tomados de rehenes en la Embajada de su país en Teherán (Irán), durante 444 días entre el 4 de noviembre de 1979 y el 20 de enero de 1981. Tal crisis se suscitó en el marco de la Revolución Islámica, de sesgo shiíta radicalizada, liderada por el Ayatollah Ruhollah Khomeini, quien había regresado por aquellos días, de su exilio en París, tras haberse opuesto tenazmente al Sha Reza Pahlevi, el autócrata modernizador casado con la emperatriz Farah Diba -quien solía tomar baños con leche para rejuvenecer su piel- , la pareja apoyada férreamente por Estados Unidos desde la caída del Premier nacionalista Mohammad Mossadegh, orquestada por la CIA en 1953.

La otra película es “Trece horas: la historia de los soldados secretos de Bengasi”, aludiendo a la también toma violenta e incendio del Consulado norteamericano en la ciudad libia de Bengasi, el 11 de setiembre de 2012, en el undécimo aniversario del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono, por parte de Al Qaeda, que desencadenaría la muerte por asfixia, del entonces embajador americano, Christopher Stevens. El contexto de esta acción cuasi terrorista, era la “Primavera Arabe”, que a diferencia de la Revolución iraní, fue estimulada y apoyada por Estados Unidos, en la ingenua creencia de que generaría un efecto democratizador “dominó” sobre la región de Medio Oriente, similar a la postguerra en Alemania y Japón.

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“MISION IMPOSIBLE” LO HACE TODO POSIBLE

Me encanta la frase “lo hecho, hecho está, cuando nosotros decimos que está hecho”.

“Qué está haciendo?” pregunta la agente del MI6.  “Mejor no ver lo que hace”, le dice su colega americano, ante la locura y audacia de la acción del protagonista, su propio jefe.

“A grandes males, grandes soluciones”, otra de las frases preferidas del personaje central, un apostador nato que nunca opta por caminos minimalistas.

“El no es más que la propia manifestación del destino”, dice con admiración de él, su ex autoridad en la CIA.

Un equipo de técnicos eficientes; un líder que se mantiene joven a pesar de los años, escalando aviones, manejando motos de alta cilindrada en ciudades populosas o trepando alturas inimaginables, contradiciendo toda ley biológica o de gravedad; una permanente búsqueda de simulación que logra engañar a “los malos” pero sobre todo, un espíritu de unidad y de servicio al Estado -corporizado en su propio team, el de la IMF-, que permite que Ethan Hunt priorice salvar la vida de un compañero -la cual vale como la de millones- o relegue enamorarse para no condenar a su esposa a la viudez temprana, prefiriendo más bien, otra mujer tanto o más aventurera que él.

Esos valores de juventud vigente, originalidad, camaradería y fidelidad a una nación, me permiten sentarme cada vez a disfrutar sus imágenes y sonido, como si fuera la primera vez, allá, en los años sesenta cuando Peter Graves, el elegante y canoso actor norteamericano lideraba el equipo, siempre con un negro como integrante -antes Greg Morris, hoy Ving Rhames-. Si Tom Cruise desde hace años (1996 para ser más exactos), le ha tocado reemplazarlo, incluso con el enorme riesgo de no usar doble para las escenas hiperpeligrosas, sin duda que no lo ha hecho nada mal, y de hecho, le ha brindado un toque especial a la saga cinematográfica que la hace particularmente taquillera.

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ALBERTO BENEGAS LYNCH (HIJO): EL INTELECTUAL LIBERAL ARGENTINO

Siempre resultó muy difícil en un país como la Argentina ser un liberal de pura cepaUna ideología denostada como pocas en las cátedras de las Universidades públicas pero también las privadas, a lo largo de décadas; un uso y abuso del término “liberalismo” -y recientemente del siempre confuso “neoliberalismo” en las arenas política y gubernamental-; un entorno adverso con un largo y “exitoso” predominio de ideas nacionalistas y católicas que han influido fuertemente todo el espectro político  pero también el intelectual y hasta el mediático, generando una conducta y valores culposos sobre la trayectoria de progreso que supo tener el país en la segunda mitad del iglo XIX y principios del XX. Como si todo ello fuera poco, en el campo de las doctrinas económicas, el desarrollismo, el estructuralismo y hasta el monetarismo mismo, hijo de cierta versión liberal americana, han lidiado con aquella idea, dicutiendo roles del Estado, el papel de la moneda, la ventaja o desventaja de una inflación persistente, las causas de ésta, las opciones de crecimiento o desarrollo. Todo ello ha comprometido seriamente la posibilidad de que el liberalismo y los liberales tengan un destino venturoso en Argentina a pesar de contar con mayores y mejores credenciales experienciales que sus colegas de muchos lugares de América Latina, una geografía y una civilización peculiarmente antiliberal por su naturaleza hispanista, feudal, católica, autoritaria y corporativista. Basta con leer al brillante tucumano Juan Ignacio García Hamilton para comprobar fechacientemente dicha tradición tan penetrante y duradera.

Lo conocí en la Bolsa de Comercio de Rosario hace exactamente tres décadas, en uno de los primeros Seminarios de la Fundación Libertad, de cuyo pionero, Gerardo Bongiovanni, fuera también factótum. Lo vi por última vez, en ocasión de un Coloquio de la Liberty Fund, organizado eficientemente por Walter Castro, también en Rosario, hace apenas un lustro. Además de brillante orador, Alberto Benegas Lynch (hijo) pertenece a esa pléyade de intelectuales liberales argentinos con una formidable formación académica, heredero de su ilustre padre, pero habiendo sido alumno de “popes” austríacos y miseanos como Hans Sennholz y Murray Rothbard entre otros, se convirtió en un fiel exponente de la tradición liberal clásica, una novedad tan original en un país como Argentina donde existe una gran tendencia al pensamiento colectivista, como mero reproductor de ideas trilladas.

En este video, muy recomendable, Benegas Lynch (hijo) se anima a exponer una vez más, alejándose de la coyuntura y el gobierno de Macri -aunque responda sobre él, en una de las preguntas del auditorio-, sobre temas y propuestas controversiales y audaces, como la demarquía (la elección de gobernantes por sorteo) y la desnacionalización de la moneda (ambas viejas propuestas de Hayek),  el fin de las mal llamadas “conquistas sociales” como el salario mínimo, el aguinaldo y la jubilación, el aborto, el matrimonio civil, etc. Siempre Benegas Lynch (hijo) optó por el debate de ideas, con la regla de “tolerar todo y a todos”, descartando sin embargo, algo que les pesa y mucho a los liberales argentinos, por su evidente fracaso en tal campo: la lucha político-partidaria. De hecho, no participó jamás en los viejos partidos como el Cívico-Republicano, la UCEDE, Acción por la República y Recrear. Formador de cientos de dirigentes políticos e intelectuales, acepta su ineptitud como docente al haber tenido alumnos como Francisco “Pancho” Cabrera, Federico Sturzzenegger y Hernán Lombardi, quienes han pasado por el gobierno de “Cambiemos”, pero también exhibe un indisimulable orgullo cuando habla de los Javier Milei, José Luis Espert, Ricardo López Murphy, Roberto Cachanosky y tantos otros economistas liberales que son convocados a diario por los medios de comunicación, generando altos niveles de rating por su credibilidad intelectual.

Este es mi pequeño homenaje en vida a este brillante intelectual liberal sin cortapisas, muy lúcido a sus 78 años, alguien que se animó y se atreve aún hoy a desafiar el economicismo acendrado de muchos liberales vernáculos, incursionando en temáticas a las que muchos eluden a priori porque no tienen posición tomada, aún cuando puede cuestionarse que nunca haya  querido participar según una de las reglas caras de la tradición liberal, al menos la burkiana: la organización y la competencia políticas.

PAISITOS: HAY UNO EN EUROPA Y SE LLAMA SUIZA

Cuando llegamos a la Car Terminal de Berna, luego de un ameno viaje nocturno desde Milano, en un Flixbus conducido por un divertido chofer llamado Martin, junto a mi novia Ekaterina, no podíamos creer el espectáculo de una parada de buses -llamarle estación o terminal es un despropósito y una vergüenza para aquéllas en el mundo que sí lo son-. Cuando luego en el transcurso del día, me trasladé al centro de Berna, para efectuar el cambio de euros por francos suizos, tampoco podía caer de mi asombro. Esa pequeña ciudad era la capital de un país tan famoso y rico, que acaba de levantar el secreto bancario, la piedra angular de su idiosincracia, además de la relojería fina, Guillermo Tell y ahora Yan Sommer, el gran modelo (perdón, arquero) de la Selección Suiza?

Más nos gustó Zúrich, con su fisonomía típicamente europea central -allí residieron entre otros, Albert Einstein, Carl Jung, Richard Wagner, Thomas Mann, James Joyce, Vladimir Lenin, Tina Turnr y Kimi Raikkonen- y mucho más aún, Ginebra, “la capital de la paz”, con su lago famoso, su Avenida Presidente Wilson (en honor al fundador de la Liga de las Naciones, que funcionara allí, además de los numerosos organismos de la ONU que aún alberga y la Cruz Roja Internacional) y habiendo sido el lugar de natalicio del gran filósofo iluminista Jean Jacques Rousseau -cuyo padre también era relojero-. Gran centro financiero europeo y cuna del calvinismo, Ginebra es la tercera ciudad en calidad de vida y la cuarta más cara del mundo.

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