COMO EN LOS OCHENTA

En tiempos recientes, hay una tendencia a repetir alguos ritmos musicales típicos de los años ochenta. De la mano de algunos DJs audaces pero también y sobre todo, cantantes solistas o bandas, que intentan quebrar la monotonía hegemónica del reggaeton o el pop insípido de los últimos años.

Es una bocanada de aire fresco la que tratan de hacer resurgir, por supuesto, con sus propios tonos y virtudes, artistas de la talla del excéntrico canadiense Abel Makkonen Tesfaye, líder de The Weeknd y tal vez, con una menor exposición mediática, Purple Disco Machine, el nombre que adoptó el DJ alemán Tino Piontek (o “Tino Schmidt”), para asemejarse a una banda.

Tesfaye reconoce como sus influencias ochentosas a David Bowie, Prince, Michael Jackson y Talking Heads entre otras. Aunque debutó hace más de una década, Blinding Lights, estrenada en 2019 pero aún opacada por la pandemia de Covid-19, no dejó de sonar en las principales FM del mundo, incluyendo mi propia cuarentena en CABA, en mayo de 2020. La canción es la más importante en la historia de la Revista Billboard, permanenciendo más de 100 semanas en el top 100 de dicho ranking. Save your tears, Take my breath y Starboy son otras canciones valoradas en los sucesivos charts del orbe.

En el caso del alemán, se trata de una biografía muy particular que ayuda a comprender el contexto histórico que le tocó vivir. Criado en la vieja Alemania del Este, o sea la RDA comunista, su padre le hizo conocer la música occidental, sobre todo, géneros como el disco, el pop y el rock de manera clandestina, lo más lejos posible de los controles de la omnipotente Stasi. Luego, ya caída la URSS y en un primer viaje a Münich (la ex RFA), el joven Tino conoció “el paraíso del vinilo” -el mismo que estaba prohibido en su país de origen- y a partir de allí, se dedicó a reforzar sus conocimientos musicales pero abrevando siempre en sus tempranas inclinaciones artísticas. Hace una década este DJ germano empezó su meteórica carrera profesional musical pero recién cosecharía éxitos como Hypnotized en 2020, Dopamine” -con un excelente video ochentoso- en 2021  y el furor de In the dark“, con Sophie and The Giants, este año.

Celebro pues este deseo de recuperar épocas musicales creativas y llenas de vitalidad artística, como las de hace 4 décadas atrás. Al menos, las nuevas generaciones podrán conocer y por qué no, disfrutar, de la afinidad de aquellos ritmos.

LOS QUE SE NOS VAN

Ayer, viernes 19 de agosto, hubiera cumplido años Sandro, el gran cantante argentino de origen gitano, con una voz inigualable que tuviera canciones exitosas y películas taquilleras en la década del ’70. Pero en la misma jornada, también murió Oscar Bergesio, gran periodista santafesino, comentarista de fútbol, con quien también desde los ’70 hasta los ’90, incluso más cerca en el tiempo, hasta su retiro en julio de 2019, me entretuviera cada tarde o noche de radio en la universitaria LT10, estando yo en Santa Fe o aquí en Córdoba.

Sandro y Bergesio no tienen nada en común, excepto que fueron contemporáneos, pero sí poseen sus vidas, un magnetismo especial en la mía misma, porque cubren etapas de ella que fueron particularmente singulares, como mi niñez y adolescencia, tiempos de TV en blanco y negro, tocadiscos y transistores.

Como también adquieren un especial significado, otros protagonistas de la pantalla chica de aquellos años, que también nos dejaran recientemente: el actor Rodolfo Bebán hace una semana,  además del conductor Norberto Palese (alias “Cacho Fontana”) y su ex esposa, la ex modelo Liliana Caldini, a inicios de julio, con apenas dos días de diferencia.

Bebán fue protagonista de películas históricas como “Juan Manuel de Rosas” (1972), “Juan Moreira” (1973) y las tiras televisivas “Malevo” (1972) y “El precio del poder” (1992-1993), que tuvieron elevados niveles de taquilla y rating, respectivamente. Mientras tanto, Fontana, tristemente recordado por su programa ómnibus de 24 horas junto a Pinky en 1982, recaudando fondos -que no llegaron o sólo parcialmente- para los soldados de la guerra de Malvinas, tuvo dos grandes participaciones que yo nunca olvidaré: la conducción del programa de preguntas y respuestas “Odol Pregunta” que catapultara a la fama, por ejemplo, al entonces niño Carlos María Domínguez y “Videoshow” (1977) donde estrenaría la llamada “máquina de mirar”, o sea, la videocassetera, que revolucionaría la era de la TV a nivel nacional, ambos episodios en los ’70.

Cuando ocurre esta seguidilla de pérdidas, similares a otras de hace unos años, siento que una parte importante de mi vida se va con ellas, pero al mismo tiempo, me transmiten la energía necesaria para recordarlos a todos con alegría y renovarla para continuar hasta el final de mis días.

BANDAS BRITANICAS QUE RESISTEN EL OLVIDO

No hay mejor manera que empezar un nuevo año con música. Recordando la de muy buen calibre, como la de las bandas de pop británico de los años ochenta.

Obviamente, las hay muy célebres y en una lista interminable, podríamos citar a Queen, U2, Genesis, Fleetwood Mac, The Police, The Alan Parsons Project, The Electric Light Orchestra, The Pretenders, Duran Duran, Eurythmics, Dire Straits, Def Lepard, Supertramp y tantas otras bandas, que aquí mismo hemos recordado en algún momento. Pero al calor de la década thatcherista, de enormes convulsiones y consecuencias socioeconómicas en el Reino Unido -y en el mundo-, también crecieron grupos tal vez menos conocidos pero de alto impacto artistico por algunos temas musicales tremendamente exitosos.

Allá por aquellos tiempos, nacieron y brillaron grupos de jóvenes como Tears for Fears, The Cure, Simple Minds, Big Country, Spandau Ballet, Level 42 y The Outfield, entre otros.

Fueron todos jóvenes por aquel entonces, que nacieron a fines de los cincuenta o principios de los sesenta, que pudieron crecer influidos por los legendarios The Beatles y Rolling Stones, haciendo gala de un virtuosismo inigualable, generando hits que impactaron en los grandes mercados de la música.

En 1981, nació por ejemplo, Tears for Fears, fundada por Roland Orzábal y Curt Smith, en Bath, Somerset (Reino Unido). Sus letras (muy originales, por cierto) tienen relación con problemas de la humanidad y diferentes trastornos psicosociales. Su álbum debut llamado “The Hurting” en 1983, contiene canciones muy famosas que han estado siempre en los primeros lugares de los charts occidentales.

Uno de los dos miembros del dúo, Orzábal, tiene cierta ligazón con Argentina. Al igual que él, su madre era británica pero su padre era francés de ascendencia argentina y española. De hecho, su abuelo era argentino según él mismo manifestara en un concierto en Buenos Aires. En efecto, era nieto de Arturo Orzábal de la Quintana, Doctor en Ciencia Política e intelectual, bisnieto del general Arturo Orzábal Guardó y de la cordobesa Benjamina de la Quintana Alcorta, importante familia del interior de la Provincia de Córdoba.

The Cure, como banda de rock, tuvo su origen en Crawley (Inglaterra), en 1976. El vocalista Robert Smith, el bajista Simon Gallup, el guitarrista Porl Thompson, el baterista Boris Williams y los tecladistas Roger O’Donnell y Laurence Tolhurst, eran sus miembros iniciales, que por sus apariencias, le dieron un toque gótico al grupo. Filósofos existencialistas y lugubres como Camus y Sartre influyeron en las letras que atrajeron a Smith, un chico que sin embargo, se había criado en un hogar feliz y de cierta holgura económica. La banda argentina Soda Stereo reconoció la influencia musical de The Cure.

Simple Minds es una banda escocesa, nacida en Glasgow en 1977. La fundaron Jim Kerr (cantante) y Charlie Burchill (guitarrista) mientras los demás miembros fueron cambiando a lo largo del tiempo. La canción “Don’t You (Forget About Me)”, en 1985, los catapultó a la fama mundial. Han vendido 60 millones de discos a lo largo de su trayectoria artística.

También de Escocia, procede Big Country. Fue fundada en 1981, por Stuart Adamson en los roles vocales y de guitarra, acompañado por  los guitarristas Bruce Watson y Clive Parker, el bajista Tony Butler y Mark Brzezicki en la batería. Su álbum “The Crossing” (1983) fue el más exitoso y la banda siguió activa a pesar del suicidio de su líder Adamson en 2001.

Fruto de la unión de los hermanos Kemp -Gary (guitarrista y compositor) y Martin (bajista)- con John Keeble (baterista), Steve Norman (saxofonista) y Tony Hadley (cantante), nació Spandau Ballet. Más emparentada con el “New Romantic” -a lo Duran Duran-, el nombre de esta banda londinense es bastante controversial porque se referiría a la tristemente célebre prisión de los jerarcas nazis en Berlín Occidental, bajo custodia británica luego de la II Guerra Mundial.  Pero según parece, el new wave los atrajo un momento efímero de sus vidas ya que los Kemp decidieron pasarse a la actuación televisiva y teatral.

De estilo jazz-funk-pop, Level 42 nació en la Isla de Wight (Reino Unido), fundada por Mark King, Mike Lindup y los hermanos Gould (Boon y Philip) en 1979. Colaboraría con ellos, una especie de quinto miembro de la banda, Wally Badarou, como tecladista.

The Outfield creció en la década del ochenta, con Tony Lewis (cantante y bajista), John Spinks (guitarrista) y Alan Jackman (baterista). El gran éxito de dicha banda fue el álbum “Play Deep” aunque ya a inicios de los noventa, la estrella del grupo empezó a decaer. Spinks falleció en 2014 y Lewis, afectado por la muerte del primero, dejó esta vida en 2020.

VIENA, LA DE MEJOR CALIDAD DE VIDA

Veo la TV alemana y abruma la agenda ecológica. Aparece Singapur, con tantos rascacielos y su problema colateral de exceso de aires-acondicionado, lo cual levanta la temperatura ambiente y por ende, la necesidad de construir edificios con jardines no sólo en sus techos, sino también en sus paredes. Luego, se exhibe las particulares “casas-cueva”, del arquitecto Peter Vetsch, en Suiza, esos extraños refugios de tierra, similares a las que uno ve en películas de hobbits. Para finalizar, Oslo, la capital noruega, una ciudad que se ha transformado notablemente en las últimas dos décadas, a pesar de su crecimiento. Fue designada como “la capital verde europea” en 2019. 

Lejos de semejantes títulos y necesidades, en medio de la Cumbre climática COP 26 que se realizó esta semana en Glasgow (Escocia), pude disfrutar un par de meses en Viena, una ciudad fantástica, pero que además, es la de mejor calidad de vida del mundo, según el ranking -pre-pandemia- de la consultora Mercer.

He aquí las fotos, empezando por uno de los tantos cargadores eléctricos de autos, que existen en la ciudad.

Algunos autos poderosos, que cualquiera de nosotros podemos disfrutar en las calles.

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ADELE, OTRA VEZ AL RUEDO

Hace unas 3 o 4 décadas, una separación (y mudanza) era una especie de velorio personal -adulto- y así lo reflejaba ABBA por ejemplo, en “One of Us” o “The Winner takes it all”.
Hoy -o ayer- esta cantante británica -americanizada-, de excelente voz, pero letras no tan convincentes, refleja el hecho en términos de lamento y fragilidad cuasi adolescente.
Pero me pregunto, a los 33 años se sigue considerando una niña? Como suele afirmar Clint Eastwood, cabe hablar de una “generación de cristal”?
En fin, estamos presenciando cambios generacionales de gran magnitud y formas de ver la vida, muy singulares.

O seré yo el ingenuo y existen más de 170 millones de razones “verdes” para actuar y expresarlo de esa forma artística?

ERA HORA DE “BOOGIE” EN GLASGOW

Como es costumbre, tarde de cielo plomizo, al borde de la lluvia, en Glasgow. En el Hampden Park, donde también dirigiera y jugara el genio Diego Armando Maradona, miles de hinchas escoceses, agrupados en la “Tartan Army“, nerviosos, inquietos, expectantes, hasta ansiosos, porque el partido contra Israel empiece. Era el día apropiado para quebrar una racha maléfica de más de dos décadas de clasificaciones a Mundiales, hechas añicos en los últimos minutos, siempre por un imponderable, ayudado por propios o ajenos. El mal destino se había empezado a romper con la clasificación a la Eurocopa 2020, que se jugara en junio de este año, pero lo importante es estar presente en Qatar 2022. Escocia con un punto de ventaja sobre el resto en su Grupo F, de mantener la ventaja en los próximos cuatro partidos en estos dos meses de octubre y noviembre, al menos, se aseguraría un lugar en el Repechaje.

Pero claro, como no podía ser de otra manera, ese maldito destino quería otra vez arruinar la fiesta y los israelíes se pusieron en ventaja temprano. Los escoceses a fuerza de enjundia, empataron pero una vez más, el equipo del DT austríaco Ruttensteiner volvió a desnivelar un minuto más tarde. Como si ello fuera poco, el centrodelantero australiano -nacionalizado británico- Lyndon Dykes tuvo la oportunidad de la nueva paridad antes de irse al descanso, con un penal, pero remató al medio del arco, facilitándole todo al buen arquero Ofir Marciano -quien juega en el Feyenoord de Rotterdam (Holanda)– y, rechazó el balón con sus piernas.

En el segundo tiempo, Escocia fue un manojo de nervios, con once voluntades atacando sin ton ni son, con los israelíes contragolpeando y siempre al borde de un tercer y lapidario gol. Pero Dykes tendría su revancha aún con un controversial gol, convalidado por el árbitro polaco Marciniak, tras usar el VAR. Sobre el final, en tiempo de descuento, con casi todas las casacas azules en el área israelí, tras el enésimo corner, el joven del Manchester United, Scott Mc Tominay la empujó al gol con toda su humanidad, aunque seguramente acompañado por los Kenny Dalglish, Gordon Strachan, Archie Gemmill, Ally Mc Oist -hoy comentarista de la TV Sky-, Sir Alex Ferguson, que lo sufría desde el palco y tantos otros héroes históricos.

Cuando el árbitro pitó el final, esa descarga energética popular no se hizo esperar. Era tiempo de bailar. Ya no era la épica de “Flower of Scotland” como en cada comienzo, para rugir corazones, sino la distendida balada del dúo femenino español Baccara, con aquella vieja canción setentosa, “Yes Sir, I can boogie”. Todo el estadio entonó su letra, quizás en homenaje a una de sus integrantes, María Mendiola, quien falleciera en Madrid en setiembre pasado aunque seguramente, porque deseaba por fin, bailar. Bailar en Glasgow, bajo la lluvia, después de sobreponerse a la adversidad tres veces en 90 minutos y por qué no, para enterrar definitivamente las maldiciones de antaño.

Ya habrá tiempo nuevamente, del “cuchillo entre los dientes”, el martes en las Islas Feroe, en noviembre en Moldavia y el gran desenlace contra la poderosa -y ya casi directamente clasificada al Mundial-, Dinamarca, en casa.

JAMES BOND: YES, TIME TO DIE

James Bond ha sido y todavía es para muchos, el prototipo de espía con licencia para matar, implacable, frío, seductor -cada vez que lo requiriese su tarea encomendada-, leal a la Corona británica, aún cuando ésta a veces, lo abandonase. A lo largo de décadas, el cine se ha encargado de difundir y exaltar a este personaje de la novela escrita por Ian Fleming en Jamaica, creando una suerte de realidad paralela, en la que los actores que encarnarían a aquél, serían casi tanto o más relevantes que el mito. Tanto el escocés Sean Connery -que nos dejara este año-, como Roger Moore, el galés Timothy Dalton, el irlandés Pierce Brosnan y desde 2005, el también escocés Daniel Craig, fueron rodeados y rodeando de un aura especial al caballero que debía enfrentarse y vencer a villanos de diferente brutalidad.

Así, fuimos pasando de un James Bond, atlético, fino, hasta glamoroso, con poca humanidad salvo su carácter mujeriego y cierto sentido del humor, contextualizado en la Guerra Fría, luchando contra enemigos al servicio de los soviéticos aquí y allá, a un James Bond, sobre todo, el personificado por Craig, sinceramente enamoradizo -dos veces-, leal pero a su jefa “M” -con quien mostraba cierto complejo de Edipo-, amigo de colegas como el agente americano de la CIA, Félix Leiter, manipulable por villanos como Blofeld y hasta débil con los niños. Como si todo ello fuera poco, referido a este último capítulo, padre de una nena y dispuesto a morir por esa familia en ciernes, cuando una y otra vez, había desafiado el más allá, haciendo de ello, su profesión.

No era novedad que hacía rato a Bond lo estaban raleando y hasta jubilando. En Spectre (2015), MI6 estaba en plena reconversión, no sólo arquitectónica, tras la destrucción de su edificio central en Skyfall (2012), sino sobre todo organizacional (eliminación de todos los programas “00”) y humana (reemplazo de la red de espías por drones, haciendo el “trabajo sucio”). Todo ello, con la excusa de una mayor “transparencia”, eliminado todo vestigio del “oscurantismo” de la era anterior -a la que pertenecía Bond-. Este empezaba a quedarse sólo en el mundo, con apenas la complicidad de su fiel secretaria (negra) Moneypenny y el joven talentoso “Q”, convirtiéndose en uan reliquia del pasado olvidable, para el nuevo jefe de la inteligencia británica, el burócrata de Whitehall, “C”. Para tipos como Bond -y quien suscribe-, de la jubilación a la muerte, hay un paso demasiado breve.

Tras la estrenada esta semana, “No Time to Die“, no hay certeza acerca de quién protagonizará el próximo James Bond, ante el retiro de Craig, pero lo peor, es que no se sabe, cómo seguirá el hilo guionístico de la saga. Habrá que esperar si la tendencia reciente, incluyendo la posibilidad de que 007 -como se acaba de ver-, sea encarnado por una mujer negra, se mantiene y consolida o, si se vuelve al formato original con otro actor -o actriz- que de alguna forma, intente representarlo.

Tengo mis serias dudas de que esta segunda opción se concrete porque “tout change, tout se transforme”. El contexto en que vivimos , el cambio de época que atravesamos a nivel global, incluso la Gran Bretaña del Brexit que hoy nos acompaña, marcan multiculturalidad, feminismo, sentimentalismo superficial y por lo tanto, un guión con los rasgos históricos señalados precedentemente, difícilmente encuentre siquiera guionistas que se sientan interpretados, halagados y sobre todo, difundidos.

Tal vez, éste sea el tiempo apropiado para que aquél James Bond nos deje definitivamente, aunque quedaremos a la expectativa para ver quién, de nacionalidad británica, sea hombre o mujer, el o la elegida respectivamente, por la productora Bárbara Brócoli, nos alegrará -o no- la vida, viajando en el Aston Martin DB5 o frases como “vodka Martini, agitado no revuelto”.

Mientras tanto, la espera se hace menos incómoda, al escuchar la voz (especial) de la adolescente Billie Eillish, a quien, sin embargo, el propio Craig resistió para darle su aprobación para la banda sonora del último film.

DOS REGRESOS CON LAGRIMAS

La semana pasada, dos bandas británicas, emblemáticas de rock-pop regresaron a los escenarios, tras el declive evidente de la pandemia. Una, fue Genesis, liderada por Phil Collins, secundado como siempre por Mike Rutherford y Tony Banks y la otra fue The Rolling Stones, conducida por el interminable Mick Jagger acompañado por Keith Richards y Ron Wood. 

Genesis dio su concierto el miércoles 22 de setiembre pasado, en el Utilita Arena de la ciudad inglesa de Birmingham, donde lamentablemente, se vio a ese eximio baterista que es Phil Collins, muy deteriorado en su condición física, sin poder llegar a ciertas notas musicales y hasta para moverse, habiendo estado sentado la mayor parte del recital en un taburete.

En el caso de los Rolling, que dieron un concierto privado unos días antes que Genesis, el lunes 20, en una carpa montada en un estadio de la ciudad de Boston, ante unas 300 personas, la nota siginicativa de la jornada fue la ausencia física de Charlie Watts, el legendario baterista de la banda, fallecido en agosto pasado.

Más allá del dolor de estas pérdidas a las que ya nos vamos habituando, queda el recuerdo de los grandes momentos vividos, que disfrutamos aquellos de mi generación, que tuvimos la fortuna de vivenciarlos en su mayor esplendor, dejando huellas imborrables. En tal sentido, me siento uno de tantos privilegiados, porque no creo que los jóvenes de hoy tengan semejantes impactos emocionales con los cantantes de la actualidad, como los tuvimos nosotros, con aquéllos.

He aquí dos grandes temas de estas icónicas bandas, grabadas precisamente, en tales circunstancias de gloria para ambas. Hay que reflejarlos así, PORQUE LA MUSICA, COMO ARTE, NO MUERE.

HISTORIA DE UN DIVORCIO

Tuve la oportunidad de compartir dos asados en Córdoba Capital, uno el pasado viernes 15 y otro, el domingo 17. El primero, con algunos amigos y otros, no tanto. El segundo, con amigos y colegas de la Universidad. Excepto dos de todos ellos, aún casados, el resto éramos todos separados o divorciados. También un par, mostró facetas totalmente contrapuestas, mientras se hallan en pleno proceso de separación: uno estaba feliz y esperaba tener nuevas oportunidades de conquista en su nuevo departamento; el otro se hallaba moralmente destruido, durmiéndose en un sofá cada vez que lograba escapar de la mesa de discusiones políticas, las mismas que antes le parecían importantes y ahora pueriles.

Es que claramente, excluyendo las reacciones coyunturales y hasta los intentos de reconstrucción personal a posteriori, la culminación de un matrimonio, cualquiera haya sido su duración, es de una de la peores situaciones de la vida, seguramente, junto con la pérdida de un ser querido. Es la destrucción de los proyectos en común, de los sueños de una vida compartida -máxime si hubo hijos-, la frustración, el desencanto con las virtudes del otro/otra, la exaltación de sus defectos, todo aquello que era percibido antes como positivo, admirable, etc. Es la cruel reflexión de lo invertido en energía, salud y química a lo largo de años, esperando que todo conduzca a buen puerto y la horrible conclusión de un resultado opuesto. Es la terrible y temible concreción de la muerte en vida, porque uno parece haber llegado no sólo al final de una etapa, sino a una suerte de precipicio donde no cabe otra alternativa que saltar -sin paracaídas-. Si abajo hay una laguna sin rocas o la altura no es tan grande, habrá posibilidades de salvación. De lo contrario, es el final.

Para colmo, ese sábado 16, en el medio de los sendos encuentros gastronómicos, tuve la oportunidad de ver un film recomendado por una especialista en TV y producción de imágenes, más preocupada por dichos aspectos técnicos que por su guión. El mismo que versaba casual -o no tan casualmente-, sobre una ruptura matrimonial.

“Historia de un matrimonio” (2019), más allá de la genial interpretación de sus dos protagonistas, a cargo de un ignoto (excepto para los fanáticos de Star Wars) pero genial Adam Driver (una especie de mezcla física noventosa entre Paul Dano y Jason Schwartzmann) y la siempre carismática Scarlett Johansson, revela mucho más que ese cúmulo nefasto de sensaciones que describí al inicio. Lo que resulta en un comienzo de una suerte de culminación matrimonial consensuada, gradualista, mediada con psicólogo de pareja, terminan derivando en un calvario donde los esposos ven autodestruirse su mancomunión de años, merced en gran medida, a sus propios abogados, la perversa Nora Fanshaw (interpretada por Laura Dern) y Jay Marotta (por Ray Liotta). Hasta la presencia transitoria de un abogado más contemporizador como el personaje del veteranísimo Alan Alda (el mismo de “M.A.S.H.”), fue devorada por esa dinámica legalista que consumió las pocas cenizas que quedaban del languideciente matrimonio.

Precisamente, esa competencia judicial tan afín a la idiosincracia norteamericana desde hace décadas, es la que tan sabiamente critica el periodista Frank Gibney, cuando a fines de los setenta, exaltaba por comparación, el modelo armónico y confuciano japonés, como testimonio del éxito económico y social nipón.

A modo de corolario, siempre combinando dos artes que me apasionan, el cine y la música, les dejo estas tres canciones de ABBA. Sí, el grupo sueco que vivió en pleno apogeo profesional como banda de pop, la propia separación matrimonial de sus dos parejas, después de haber dedicado muchos de sus éxitos al amor y la felicidad. La tristeza del proceso se refleja en sus rostros particularmente, en los ojos de ambas mujeres. A lo largo del tiempo transcurrido, podemos ver así cuál fue el balance físico y de salud que tuvo cada uno de los integrantes tras aquellos sendos divorcios.

La reconstrucción de la vida personal a partir de dicho “big bang“, dependerá del tipo de duelo que cada uno realice y la mejor -o más saludable- forma de salida que elija, aunque muchas veces, la racionalidad juega aquí, un papel limitado. De lo que sí estoy seguro, es que, a diferencia de la trama del film citado, no hay que dejar librado el resultado final a los hombres de leyes.

“SUSPICIOUS MIND”

Elvis Prestley hubiera cumplido hoy 86 años. Tal vez lo hubiéramos disfrutado aún subiendo a algún escenario, ya no para cantar pero sí para rendirle algún homenaje quizás en una ceremonia de entrega de los Grammy’s, incluso vía zoom. Pero dudo que con su naturaleza capricorniana, pragmática y en términos de legado, eso tuviera un efecto satisfactorio en su espíritu inquieto, dinamizador pero nada duradero y hasta autodestructivo.

Yo prefiero recordarlo a través de su música, la misma que dejara una impresionante estela en otros músicos posteriores que fueron popularizando sus canciones grabadas en la época dorada de los Estados Unidos del “baby boom” (años ’50 a ’70), a las generaciones sucesivas, de abuelos a padres y de padres a hijos.

Con una canción como “Suspicious Mind” que no sólo me encanta sino que además me remite a una de las primeras caracterizaciones que hizo de mí, ese ser amado, también de signo capricorniano, que está tan lejos físicamente hoy, a quien extraño horrores, desde que se fue en junio pero que está tan cerca de mi corazón que lo conoce como nadie.

Ese legado que ellos nos dejan, inconmensurable, grabado en las experiencias compartidas, los sentimientos afines y la generosidad no sobreactuada. A los Prestley que aún con sus vidas tan cortas, pero tan rupturistas -en el buen sentido- nos han regalado tanto, no queda más que agradecerles infinitamente. 

“Always on my mind”.

Una de sus últimas canciones en vivo, la maravillosa “Unchained Melody“.