LA GUERRA DE CANADA DESDE OTRO ANGULO

Generalmente leemos y vemos la historia y cine tanto el período colonial como la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra, Francia, los colonos británicos e indios de América del Norte, jugando a favor de una u otra de aquellas potencias, a través de los ojos anglosajones. Por varias razones, aunque con seguridad, por no reabrir la vieja herida de haber perdido históricamente un vasto territorio tan valioso, la colonización francesa se ha invisibilizado y con ella, el conflicto citado pero también la propia aventura de cientos o miles de franceses que buscaron explorar, congeniar e intercambiar incluso integrarse con los nativos de la región.

Hay numerosas obras literarias y fílmicas sobre los exploradores colonos de origen británico pero muy pocas sobre sus equivalentes canadienses-franceses, llamados “coureurs de bois” (traducido al español, corredores de los bosques). Pero no sólo ellos eran novedosos y originales, sino particularmente su contexto. Muchas veces, las potencias suelen actuar con algunas colonias, de manera diferente a la que se plantean en el plano doméstico o respecto a otras colonias bajo su propio dominio. Concretamente, por ejemplo,Gran Bretaña no aplicó las mismas reglas de juego en Australia a la que exploró con la Marina Británica y pobló luego con presidiarios, que en la India, donde fue más concesiva en términos de tolerancia étnica y religiosa, porque sabía que podía tener mayor resistencia para terminar en las colonias de América del Norte, con quienes fue indiferente, hasta que tardíamente, valoró su relevancia estratégica pero sobre todo, fiscal.

Tal reflexión cabe también para Francia. No necesariamente, su centralismo o unitarismo además de la escasa tolerancia hacia los derechos individuales y libertades cívicas, incluyendo la religiosa, fueron exportados de modo taxativo, hacia sus territorios dependientes en América del Norte, sino muy por el contrario. Aquí en este punto, quizás, la más coherente fue la intervención de nuestra “Madre Patria”: en efecto, como lo ha demostrado acabadamente José Ignacio García Hamilton, España sí aplicó su misma visión e institucionalidad rígida en sus virreinatos centro y sudamericanos.

Volviendo a lo que luego sería llamado “Canadá”. la “Nueva Francia” (traducida al francés, La Nouvelle France), es decir, el territorio de las colonias francesas en América del Norte, fue un experimento social muy interesante como tan poco conocido.

Primero, hay que dimensionar su alcance físico, nada desdeñable. Desde el segundo viaje de Jacques Cartier en 1534, Francia reclamó para sí, el amplio territorio a lo largo del Río San Lorenzo hasta el Delta del Río Missisipi, pasando por el valle de Ohio. No sólo contenía a Quebec, la ciudad fundada por Samuel Champlain en 1608 y la más poblada de la región, sino también la Bahía de Hudson al norte, la Louisiana (con capital en Nueva Orleans, fundada en 1718) y hasta el llamado Pays d’en Haut, que abarcaba el norte de Michigan (por ejemplo, la actual Detroit) y el norte de Wiscounsin (la actual Green Bay). Es fácil de deducir, que Francia perdería todo con el resultado de la guerra antes citada y la independencia posterior de las colonias británicas.

Luego, el capítulo político y administrativo, o sea, el tipo de gobernanza que los galos aplicaron allí. Francia tenía un gobernador y un intendente llamado “la main du roi“, que eran los representantes del Rey francés en la Nueva Francia, a la manera de los Virreinatos borbónicos en América española y así, la autoridad de Quebec, incluyendo su periferia (con unos 8.000 habitantes en total) no podía intervenir en la Lousiana ni viceversa. Cada una de las cinco colonias (“Canadá” -luego denominada Quebec por los británicos-, Acadia, Bahía de Hudson, Terranova y la Louisiana), tenía su propia administración.

Un aspecto central es el social o societal, incluyendo el religioso y el  interétnico. Las colonias francesas eran total y únicamente católicas, porque no se permitió emigración protestante alguna. Respecto a los aborígenes, los que ocupaban el territorio luego reclamado por los franceses, eran los algonquinos, los hurones y los iroqueses, estos últimos organizados en una Confederación tan novedosa como liberal. Cartier prefería una relación amistosa con los indios pero al intervenir en una reyerta especial entre la primera tribu y la tercera nombrada, terciando en favor de los algonquinos, Francia se ganó el odio acérrimo y definitivo de los interesantes iroqueses, que los aliaría a los ingleses y ello sellaría el destino de la guerra que luego los enfrentaría a todos.

Finalmente, vuelvo a ciertos protagonistas de esta historia, que había mencionado al inicio de esta reflexión: los exploradores. El sueño de Champlain, un visionario de la expansión hacia el oeste, porque ambicionaba que la bandera francesa llegue hasta la costa del Océano Pacífico, algo que recién se plasmaría en el siglo XIX, pero por parte de los norteamericanos, sería continuado por otros exploradores, entre otros, curas jesuitas.

Claro, ello contradecía el objetivo por ejemplo, del Ministro francés Colbert, quien solía repetir que en la Nueva Francia abundaban los frailes y faltaban granjeros. En 1683 cuando muere aquel famoso funcionario progresista, la población colona se había triplicado hasta los 10.000 habitantes.

Ese fue el momento de furor para el surgimiento de los coureurs de bois, es decir, los aventureros que se animaban a surcar más allá de la civilización, bosques, montañas, ríos y lagos, en busca de una vida muy liberal, plenamente natural, en armonía con el medio ambiente. La cercanía con tanta naturaleza rica y diversa, invitaba a su exploración, incluyendo la imitación de las formas de vida de los aborígenes, sin mayores formalidades, una vida sexual sin tabúes ni reglas, etc. Cabe subrayar que al tratarse de jóvenes en su mayoría solteros, podían darse ciertos privilegios en sus relaciones con las mujeres indias, que contrastaban fuertemente con el carácter puritano y conservador de las familias de colonos religiosos de la América anglófona. Si bien el comercio de pieles fue el detonador de tal explosión de los coureurs de bois, su papel en un esquema de diálogo y fraternización de civilizaciones, buscado por Colbert, algo que no se persiguió por ejemplo, en las colonias británicas y mucho menos en las españolas, fue clave en la colonización francesa.

Es interesante subrayar que los coureurs de bois eran una especie de actores del libre mercado, porque su papel como colonos busca-fortunas, abandonando la agricultura y comerciando pieles, muchas veces a cambio de alcohol, rompía el molde administrativo diseñado por las autoridades francesas. Si bien, con el tiempo, éstas lograron regular la actividad de aquellos aventureros, Montreal debe, en gran medida, su primera gran evolución comercial, gracias a la labor de ellos.

Una película, “Battle of The Brave” (conocida en español como “Tierra de pasiones”), estrenada en 2004, con la gran actuación del francorruso Gerard Depardieu, mezcla una historia de guerra y romance, ambientada en la Quebec del siglo XVIII, atravesada por el conflicto entre británicos y franceses, donde la indiferencia de los primeros y la corrupción de los segundos, interferiría en el intenso amor entre un aventurero (Francois le Gardeur) y una joven y bella colona (Marie-Loup Carignan), no sin dejar de mencionar el perverso y triste papel de un cura católico (el Padre Thomas Blondeau) en tal situación.

Una vez más, el cine refleja como pocos artes, el drama de aquellos aventureros que se atrevieron a desafiar las reglas impuestas por la sociedad, en un contexto de disputa geopolítica entre potencias ajenas al suelo que los vio prosperar y amar. Aquí, el cierre con fragmentos de la película citada, con la banda sonora a cargo de la sublime voz de la cantante canadiense Celine Dion.

Gracias al Profesor Pierre Ostiguy, canadiense de origen, por hacerme conocer de la existencia de los coureurs de bois. El fue quien me hizo varias acotaciones respecto a este escrito, como por ejemplo, que paradójicamente, la Guerra de Siete Años fue iniciada por un oscuro oficial al servicio del Ejército británico, llamado George Washington, quien les disparó a franceses y franco-canadienses en las cercanías de Fort Duquesne, hoy Pittsburgh.

También el Profesor Ostiguy, me sugirió otra película “Manto negro” (1991), en la que se describe la vida de un cura jesuita, el Padre Laforgue, interesado en estudiar y evangelizar a los indios hurones, aunque para ello, en misión protegida por Champlain, acompañado por indios algonquinos, deberá surcar tierras, bosques y lagos dominados por los violentos y despiadados iroqueses.

“CAPITAN DE MAR Y DE GUERRA”: DE SUDAMERICA

“1917”

La pandemia del Covid-19 detuvo el tiempo pero antes de ella, apenas estrenada en diciembre de 2019 y ya candidateada aunque injustamente perdidosa al máximo Oscar, la película de Sam Mendes, “1917”, puede ilustrarnos acerca de valores aún vigentes como el instinto de supervivencia y el sentido de lealtad.

Aunque a priori pareciera un típico film bélico, una versión inglesa de “Rescatando al soldado Ryan” o, una mirada un tanto maniqueísta, en una nueva exaltación al estilo “Dunkerque” del heroísmo inglés versus la crueldad alemana, ésta es una joya del cine por su especial sentido estético: su fotografía y recursos técnicos al servicio de ella, son admirables.

De hecho, este homenaje del director a su propio abuelo, nacido en Trinidad y Tobago pero que participó como soldado alistado en el ejército británico en la Primera Guerra Mundial, contándole este tipo de historias que inspiraron a su nieto más tarde, para llevarlas al cine, ganó tres estatuillas de las 10 para las que fue nominada, vinculadas con “mejor mezcla de sonido”, “mejor fotografía”y “mejores efectos visuales”.

La película fue protagonizada por dos jóvenes casi “Millennials” pero estuvieron acompañados por grandes de la actuación, todos británicos como Colin Firth, Mark Strong y Benedict Cumberbatch, quien ya nos había regocijado con su brillante actuación en “Código Enigma”, personificando al genial Alan Turing.

La historia está ambientada en el norte de Francia, más exactamente en los alrededores de la localidad de Écoust-Saint-Mein, en el Departamento Paso de Calais, en la Región Hauts-de-France.

“DIA D”, 75 AÑOS DESPUES: DONDE ESTA RUSIA?

A un lado y otro del Canal de la Mancha, se celebró hoy el 75 aniversario del desembarco aliado en las playas de Normandía. En efecto, tanto veteranos de guerra supervivientes, ya ancianos, como políticos de las naciones victoriosas pero también las derrotadas (Alemania y Japón), se hicieron presentes en los festejos. Tanto Donald Trump, que se dio el lujo de humillar en estas horas a los británicos de variadas formas, como Emmanuel Macron, Angela Merkel y la Reina Isabel, entre otros, se dieron cita en Portsmouth y Colleville-sur-mer, para recordar esta epopeya occidental?

Bueno, he allí la duda. Porque a poco de memorizar correcta e íntegramente los hechos, hubo una marcada participación soviética, legitimada por Roosevelt y Churchill en diferentes Cumbres, decisiva a la luz de lo ocurrido, a lo fines de quebrar el frente alemán. Esa invisibilización, para nada ya sorprendente, explica tal vez, la ausencia de Rusia de este tipo de eventos, lo cual le permite por un lado, habilitar su propio festejo cada 9 de mayo en la Plaza Roja y por el otro, ignorar la fiesta occidental, al recordar Putin con su colega chino Xi-Jinping, los 70 años de relaciones entre Moscú y Pekín.

Otra sutil manera que demuestra la propensión rusa de sentir y exhibir fastidio ante cada omisión adrede de un “Occidente” venido a menos y la apuesta a futuro al próximo hegemón mundial.


LA PRISION DE LOS REYES

Europa, siglo XVIII, sí, el mismo llamado de “la Ilustración” o de “las Luces”, en el cual, se suponía, sobre todo, a partir de la Revolución Francesa, la razón humana se impondría sobre la religión y la superchería. A la luz del siglo XXI en el que vivimos, se supone que hemos involucionado un poco, no?, sobre todo, para los neohegelianos que piensan la vida y el mundo en términos teleológicos.

Vuelvo al contexto. Aquel fue el primer siglo de la historia de la humanidad, en el que comenzaba a ser incómodo nacer y mantenerse como rey. Tras la Revolución Inglesa instaurando la especial “república” (o dictadura parlamentaria) de Oliver Cromwell (1599-1658) y la Gloriosa Revolución de 1688 que depositó en el trono británico, a un príncipe holandés (Guillermo de Orange, luego Guillermo III) y su esposa María (luego María II), lenta pero inexorablemente, empezaría a prevalecer el axioma de “el rey reina pero no gobierna”. Una verdadera crisis de identidad sobrevolaría las cortes europeas, empezando por la propia inglesa.

No en vano, tres historias, recogidas por el cine, ilustrarían las enfermedades, los pesares, las depresiones y hasta las desventuras y/o desdichas de tres monarcas: la inglesa Ana (la primera como tal de la Gran Bretaña unificada), el inglés Jorge III y el danés Cristián VII.

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MARIA ESTUARDO: LA REINA DE LOS ESCOCESES

Escocia es una nación que exigió recurrentemente ingentes sacrificios a quienes pretendieron reinarla, demandando incluso de la vida de terceros. Así como en el siglo XIV, el bravo y popular guerrero William Wallace debió pagar en el patíbulo inglés, la codicia y cobardía de los nobles de su propia amada patria, para que pronto, uno de ellos, Robert de Bruce, se animara a romper con Eduardo I (“Zanquilargo”), reinante en Londres, apenas unas centurias después, María Estuardo (Mary Stuart), también perdió la cabeza para que su hijo James, pueda unificar el trono, como Jacobo I y VI sobre ingleses y escoceses, respectivamente. En una nación, donde la pasión ha prevalecido a menudo sobre la razón, no podía ser de otro modo. La imprudencia, el capricho, la ambición, el orgullo y obviamente, el amor, han sido malos consejeros para una elite, incluyendo sus monarcas, que una y otra vez, cederían ante sus pares ingleses.

Paradójica ha sido siempre la historia de María Estuardo (1542-1587) y de su “hermana”, “prima” y archirrival, Isabel I Túdor (1533-1603).  No en vano, han habido infinidad de libros e historias llevadas al cine, retratando el fuerte contraste entre estas dos Reinas contemporáneas, la una y la otra. En las versiones cinematográficas de 1936 -protagonizada por Katherine Hepburn– y 1971 -con Vanessa Redgrave como actriz principal en oposición a una genial Glenda Jackson que actuaba como la reina inglesa-, por ejemplo, llamaban la atención, la vida “normal” de una (la católica María, casada, joven viuda y nuevamente casada y encinta con Lord Henry Darnley) versus la atribulada y desdichada de la segunda (la protestante Isabel, hija bastarda confinada por Enrique VIII, soltera empedernida, amante de amantes pero sobre todo, enferma de poder).

Apenas asomaba en el horizonte fílmico, algún rasgo opuesto, en términos morales. María, que sería santificada por la Iglesia Católica, era una mujer agradable, seductora, romántica, hasta con convicciones pero de carácter débil, frágil, impulsiva, incapaz de liderar a un pueblo y mucho menos, a dos. Todo ello la conduciría a un destino fatal, viuda dos veces y prisionera 18 años de su edad de 44. Isabel, por el contrario, con una infancia espantosa, rodeada de enemigos (internos y externos), se sobrepuso a tal derrotero, supo adaptarse al contexto adverso y finalmente, reinó 45 años, sacrificando su propia vida privada al Estado. Mientras una fue realmente “humana”, la otra debió omitir su propia naturaleza y el resultado está a la vista, sobre todo, dado el sitial de privilegio mundial al que llevó a Inglaterra, una isla pobre e inhabitable por siglos.

La recientemente estrenada película titulada “Mary, Queen of the Scots”(en español, “Las dos reinas”), protagonizada por las “pelirrojas” (jóvenes) Saoirse Ronan y Margot Robbie, se enmarca en un mundo y en un siglo de neto corte feminista, donde se discute -y reivindica- el papel de aquellas mujeres que lograron reinar en un mundo de hombres “crueles”, como lo afirmaba la propia Isabel, quien admite en uno de los pasajes del film, haberse transformado en uno más de ellos. Casi toda la película dirigida por otra mujer (Josie Rourke), gira en torno de ello.

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LOCURA EN MONZA

El domingo 11 de setiembre de 1978, estando yo con mis padres en un barrio porteño donde vivía una familia amiga, fui testigo por TV, del mortal accidente que se llevara la vida del veloz piloto sueco Ronnie Peterson, a bordo de un Lotus, acabando con una riquísima historia de la marca británica de Colin Chapman, plagada de triunfos que sólo retornaría años después de la mano de Ayrton Senna y Kimi Raikkonen. Ese drama se vivió sobre la pista italiana de Monza, en el parque del mismo nombre, cerca de la majestuosa Villa Reale, sobre la salida de la recta principal, allí donde yo mismo pisaría el pasado domingo 2 de setiembre casi por casualidad, sin haberlo jamás previsto y hasta posaría al lado de una bandera de los pocos hinchas suecos que quedan, recordando aquel brillante pero desafortunado corredor.

Pero además de tal recordatorio triste, Monza, cuyo Grand Prix siempre se corre a inicios de cada setiembre, es sinónimo de otras circunstancias más excitantes. Por ejemplo, allí los autos remontan casi vuelo, a una velocidad promedio superior a los 300 km/h. Se trata además de la carrera más emocionante de la F1, dado que año tras años, cuando termina, cientos de miles de aficionados de todo el mundo, se lanzan junto a los tifosi italianos, mayoritariamente ferraristas, a su recta, para festejar el podio de los tres triunfadores. Por eso, cuando este año, me hice presente allí, sin pagar un euro, rodeado de otro medio millón de fanáticos, a los que vimos abuchear a Lewis Hamilton, el ganador más odiado de la historia y ovacionar a mi ídolo, Kimi Raikkonen, por su entrega y sacrificio para Ferrari y su compañero Vettel, siendo ésta su última carrera con el equipo del Cavallino Rampante, en tierras italianas, para terminar su carrera en el suizo Sauber, el mismo team que lo vio debutar hace 17 años.

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INGLATERRA HACE HISTORIA EN RUSIA 2018

Cuatro de los catorce jugadores de la Selección de Inglaterra que le acaba de ganar a Suecia en Samara, la lejana Rusia, apenas habían nacido cuando en el Mundial de Italia en 1990, los “Three Lions” lograron su último pase a semifinales de una Copa ecuménica. Como condenada por el destino, desde el único y último campeonato jugado en su casa en 1966, la trayectoria inglesa en Eurocopas y Mundiales, no conocía otro destino que penurias. Incluso aquel logro de hace 28 años, fue menospreciado por una triste eliminación por penales, a manos del luego campeón, la Alemania de Beckenbauer.

Getty Images, UK.

Hoy, estos jóvenes jugadores emularon a los Peter Shilton, Stuart Pearce, Mark Wright, Chris Waddle, Paul Gascoigne, Trevor Steven, David Platt, Peter Beardsley y Gary Lineker de aquel lejano 1990 y volvieron a obtener el segundo pase de semifinales en un Mundial en 28 años. Hay que recordar que esta generación de los Jordan Pickford, Jordan Henderson, John Stones, Kieran Trippier, Dele Alli, Raheem Sterling, el gran goleador Harry Kane y el veterano Ashley Young, conducidos por el elegante Gareth Southgate como técnico, se forjó en seleccionados juveniles con copas mundiales Sub 17 y Sub 20 más buenas actuaciones en torneos europeos Sub 21 pero que en mayores, tuvo que hacerse cargo de una pesada herencia, reemplazando a dos generaciones sucesivas de la “vieja guardia” como David Seaman, John Terry, Tony Adams, Rio Ferdinand, Steven Gerrard, Frank Lampard, Paul Ince, David Beckham, Alan Shearer, Michael Owen, Wayne Rooney y tantos otros brillantes que no lo obtuvieron ningún triunfo significativo, soliendo quedar eliminados en instancias definitorias, casi siempre por penales. Como si “la nueva generación”, aún practicando un fútbol más ordenado y apegado a jugar el balón contra el piso pero convirtiendo sus goles a la vieja usanza -pelota parada y cabezazos-, continuara signada por el infortunio, Inglaterra ganó su grupo en la eliminatoria sobre Eslovaquia y el archirrival Escocia aunque penó empatando con ésta en el último minuto en  el Hampden Park de Glasgow, el mismo donde Maradona hiciera su primer gol para la Selección Argentina hace 39 años atrás.

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“MOHAWK”: UNA CANADA MÁS ALEJADA DE ESTADOS UNIDOS

La frontera americano canadiense es la más larga del mundo y lejos de invitar a un conflicto, ha sido siempre el ejemplo de la mayor cercanía entre países del que se tenga memoria. Ambos Estados pusieron los primeros peldaños del NAFTA en momentos de gran amistad entre los ex Presidentes Brian Mulroney y Ronald Reagan, ambos conservadores y en la práctica, desde las guerras entre británicos y franceses en el siglo XVIII, jamás hubo tensión entre dichas naciones. Sin embargo, en las últimas horas, la ya comprobada distancia entre Justin Trudeau, Premier canadiense y Donald Trump, el ya siempre polémico Presidente norteamericano, se ha dejado advertir de manera palpable y permite abrir serios interrogantes acerca de la relación entre ambos Estados a futuro.

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