TOP GUN II: TRIBUTO A UN MUNDO QUE NO VOLVERA

Hacía tiempo esperábamos la segunda versión de “Top Gun”. Tuvieron que pasar casi 36 años de la primera que marcó un hito en la historia del cine de acción para que, aún retrasada por la pandemia de Covid-19, habiendo sido anunciada algún tiempo previo a ella, pudiera por fin estrenarse hace semanas.

Más allá del contexto político internacional actual, que pareciera ser análogo al de 1986, en plena Guerra Fría en aquél momento, en un nivel máximo de tensiones entre las potencias occidentales, Rusia y China, en éste, sin omitir el uso político de la película, a mí, ésta me transmitió otras sensaciones quizás más humanas, que pasaré a describir.

Abocado a presevar un viejo avión de guerra en su hangar privado y a experimentar de vez en cuando proyectos aeronáticos de la industria privada contratista del Pentágono, con viejos ex camaradas, Pete Mitchell (“Maverick”) regresa al ruedo de la academia de pilotos navales de elite de Miramar (San Diego), pero esta vez como instructor de vuelo. Su rol de antiguo piloto díscolo, transgresor, excesivamente arriesgado pero hipertalentoso y solidario, que le valiera ante el “sistema” , llegar apenas a ser un capitán multipremiado-, deberá ser reemplazado por el de motivador y transmisor de experiencias a un grupo heterogéneo de jovencitos bastante soberbios y poco habituados a actuar bajo presiones extremas. El fuerte contraste entre las generaciones, unas más habituadas a ciertos códigos y sacrificios en aras de metas y desafíos que parecen inalcanzables y otras con mayores oportunidades y tal vez más especuladoras y pragmáticas, es muy bien recogido por el guión de la película.

Ese último parece ser el mensaje que la dirección de la película quisiera transmitir. “Maverick” difunde el valor de asumir riesgos pero no de manera alocada y siempre con la necesidad de preservar el equipo: fue traumático para él, haber perdido a su compañero “Goose” en la primera “Top Gun” y eso lo persigue hasta hoy. Por eso, el valor de la solidaridad es el segundo a considerar aquí. Hay una tercera prioridad: es el piloto -y no la máquina-, el que hace la diferencia sobre todo en tiempos de paridades tecnológicas, con el enemigo -antes, la URSS, hoy no está claro si Irán u otro-.

Lo demás, como la pareja de “Penny”, ciertas ironías o “gags” en determinados momentos de la trama, la exhibición musculosa-deportiva de la playa, el sentido de la amistad con “Iceman”, la música tanto la clásica como la nueva a cargo de Lady Gaga, etc., son los ingredientes emocionales adicionales para completar una película, que asoma como la más taquillera del año.

En el Día del Padre (#FathersDay), asoma como un interesante tópico del film, la relación de “Maverick” con “Rooster”, el hijo de “Goose”. Un vínculo especial que hereda los pesares y cargas del pasado, como ya se dijo, pero que irá reconfigurando a lo largo de la trama, para finalizar de una manera sorprendente.

Como corolario, claramente la película representa la nostalgia por un mundo y estilos conductuales humanos que tal vez estén viviendo sus últimos días. Así como en el reciente film de la saga de James Bond con Daniel Craig (ya retirado), se insinúa que ese tipo de espías están condenados a desaparecer, en el ejemplo de “Top Gun II”, los pilotos atrevidos y valientes son fácilmente reemplazables por programas de aviones no tripulados.

En cualquier caso, como fuera y donde sea, casi 4 décadas de espera son mucho tiempo en las biografías de muchos: en el caso de este “Top Gun II”, valió la pena aguardar este estreno.

Me despido con la mejor canción de la nueva banda sonora del film: “I Ain’t Worried” interpretada por la banda “One Republic”.

JUSTICIEROS

Esta producción danesa estrenada en plena pandemia de 2020, tiene todo para ser una gran película. Porque si bien comienza como una trillada historia sobre una venganza a propósito de un atentado terrorista, a posteriori, el director Anders Thomas Jensen -ya premiado con un Oscar en 1998- nos sorprende con un mix de thriller, comedia y hasta humor negro, donde ni siquiera falta el aporte de las Matemáticas y el poder de los algoritmos. Ley de atracción, sensibilidad humana, la relación especial entre un padre y su hija, el trauma de las violaciones o el bullying, cuando no el sentido de la amistad. Todo ello se conjuga en un guión rico plasmado en actuaciones descollantes de Mads Mikkelsen, quien ya nos tiene habituados a ello, pero también Nikolaj Lie Kaas, Lars Brygmann y Nicolas Bro aunque es muy buena también la labor de la joven Andrea Heick Gadeberg.

Una vez más, el cine danés nos ofrece esta “joyita” que es “Jinetes de la Justicia” (“Retfærdighedens Ryttere”, en idioma nativo). Gracias Dinamarca por esta nueva obra de arte.

UNA MATERNIDAD DEMASIADO OSCURA

No puede ser definida más que en esos términos la mirada que nos ofrece la actriz y flamante directora neoyorkina Maggie Gyllenhaal – a quien conocimos protagonizando a una ninfómana en “La secretaria” (2002)-, en su película “The lost daughter” (“La hija perdida”). Conocido en Netflix con el título de “La hija más oscura”, este film representa la deconstrucción de la maternidad testimoniada de manera directa por una profesora universitaria burguesa, cercana a la mitad de su vida, con 2 hijas de más de 2 décadas.

Olivia Colman, Maggie Gyllenhaal y Dakota Johnson

La protagonista de la historia, a cargo de la genial actriz británica Olivia Colman, a quien ya habíamos visto en “La favorita” (2018), se va de vacaciones a la paradisíaca costa griega y allí, a partir de su experiencia con una familia numerosa que llega al lugar, sobre todo, con una madre joven y su niña, empieza a remorderse con sus sentimientos, recordando su propio pasado en ese rol. La sensación que transmite su sentido de la maternidad, es tortuosa, atormentada, totalmente perturbadora, con infantes histéricos a quienes no puede acariciar ni gerenciar, con un marido tan intelectual como ella que tampoco colabora demasiado en el cuidado de las niñas hasta que aparece el típico amante, otro profesor a quien admiraba.

Toda la deconstrucción propia, en abierto contraste con la familia que comparte sus vacaciones, es típica de una mirada feminista radical, donde no se entiende que la madre puede tener también momentos placenteros con los niños, sin caer necesariamente presa del hartazgo. Parece ausente la imagen del hombre, en su papel de colaborador en el cuidado o, en el caso de la familia turista, sólo ideado como mafioso, machista o mentiroso, excepto el papel de Lyle (un veterano Ed Harris), el cuidador de la casa de descanso de la protagonista.

Con un final poco claro, algo contradictorio con el resto del guión tan pesimista y lúgubre sobre la maternidad, el film, creo, aporta una óptica alternativa, que se precia de realista, bienvenida si es que, algunas mujeres -y hombres- creen todavía hoy, que la mujer debe ser una Penélope que sólo trae hijos al mundo y siempre debe estar angelical y rozagante, al servicio de su “macho”. Pero al mismo tiempo, corre el riesgo de quitarle a la maternidad, ese carácter hermoso, ese vínculo tan especial entre madres jóvenes y niños felices, con sus caritas de inocentes, de seres libres, cuyos “berrinches” son también parte de la vida. De esa libertad “natural” que tantos pensadores a lo largo de los siglos rescataron y que, luego, a medida que el ser humano evoluciona, será acorralada por la vida en sociedad.

El realismo de la maternidad que intenta ofrecer la película, de ningún modo, merece opacar ese otro mundo, el de las miradas de complicidad mutua, el carácter lúdico de las relaciones, la satisfacción de los caprichos, la organización especial de los cumpleaños infantiles, la calidez de los mimos, los cuentos de las “buenas noches”, donde el hijo o la hija echan su imaginación a volar, de la mano de su madre -o padre-.

Por todo ello, “no todo es histeria, Maggie, no todo es agobio”. Hay tiempo para otras bellezas -y disfrutes- en la maternidad, sin que ello perturbe u obstaculice las posibilidades de autorrealización profesional de la mujer.

“NO MIREN ARRIBA”

Más de cinco décadas y media. He sido testigo del desmoronamiento de un Imperio que pergeñó una idea de humanidad diferente, con uan sociedad extremadamente igualitaria. He sido testigo de cómo un joven alemán en una avioneta llegó al corazón mismo de dicho Imperio, del cual se creía era invencible, desafiando todos los radares y controles sofisticados. He sido testigo más de una vez, de predicciones que fallaron, de cálculos o estimaciones mal formuladas, de actitudes soberbias que terminaron en verdaderos fiascos para sus protagonistas. Armando Ribas dijo alguna vez que quien se cree inteligente, es genuinamente estúpido. Pero la naturaleza humana, como solían reiterar los Ilustrados Escoceses, ha dado muchos ejemplos de estupideces, sobre todo, cuando se sobreestima la racionalidad.

Vivimos una época diferente a la de hace 3 décadas atrás, la de la posverdad. La gente se enamora de conspiraciones sin sentido, desconfía de todo aquello en lo que sí lo hacía hasta hace poco, tiende a creer en supercherías postmodernas, en recetas fáciles, en lugares comunes, divulgadas por comunicadores “sofistas”. La manipulación está a la orden del día. La película “Red lights” “(“Luces rojas” -2012-), algo de eso, ya nos advertía hace unos años.

Por eso, “Don’t look up”, estrenada vía Netflix el 10 de diciembre pasado, con un elenco multiestelar, una saludable bocanada de aire fresco a esta época de fake news y tanta polarización, a propósito de la pandemia de Covid-19. Superada la novedad (verdad) por parte de dos astrónomos de “medio pelo”, uno veterano y otra doctoranda, la reacción fue la incredulidad y el entretenimiento de la gente seguida de la manipulación y el oportunismo de una política y un empresario ligado a ella. Una vez que los “errores” de éstos -ya en fuga-, el estupor y el miedo colectivos. Tarde o temprano, la verdad se impone pero sus consecuencias serán catastróficas.

La película es lamentablemente para los estudiosos o científicos, una cachetada a sus saberes específicos, diluidos en la marea de la ignorancia, la mediatización y el reino de la imagen. Por eso vale la pena verla: para recordarnos cuan estúpidos solemos ser los seres humanos.

JAMES BOND: YES, TIME TO DIE

James Bond ha sido y todavía es para muchos, el prototipo de espía con licencia para matar, implacable, frío, seductor -cada vez que lo requiriese su tarea encomendada-, leal a la Corona británica, aún cuando ésta a veces, lo abandonase. A lo largo de décadas, el cine se ha encargado de difundir y exaltar a este personaje de la novela escrita por Ian Fleming en Jamaica, creando una suerte de realidad paralela, en la que los actores que encarnarían a aquél, serían casi tanto o más relevantes que el mito. Tanto el escocés Sean Connery -que nos dejara este año-, como Roger Moore, el galés Timothy Dalton, el irlandés Pierce Brosnan y desde 2005, el también escocés Daniel Craig, fueron rodeados y rodeando de un aura especial al caballero que debía enfrentarse y vencer a villanos de diferente brutalidad.

Así, fuimos pasando de un James Bond, atlético, fino, hasta glamoroso, con poca humanidad salvo su carácter mujeriego y cierto sentido del humor, contextualizado en la Guerra Fría, luchando contra enemigos al servicio de los soviéticos aquí y allá, a un James Bond, sobre todo, el personificado por Craig, sinceramente enamoradizo -dos veces-, leal pero a su jefa “M” -con quien mostraba cierto complejo de Edipo-, amigo de colegas como el agente americano de la CIA, Félix Leiter, manipulable por villanos como Blofeld y hasta débil con los niños. Como si todo ello fuera poco, referido a este último capítulo, padre de una nena y dispuesto a morir por esa familia en ciernes, cuando una y otra vez, había desafiado el más allá, haciendo de ello, su profesión.

No era novedad que hacía rato a Bond lo estaban raleando y hasta jubilando. En Spectre (2015), MI6 estaba en plena reconversión, no sólo arquitectónica, tras la destrucción de su edificio central en Skyfall (2012), sino sobre todo organizacional (eliminación de todos los programas “00”) y humana (reemplazo de la red de espías por drones, haciendo el “trabajo sucio”). Todo ello, con la excusa de una mayor “transparencia”, eliminado todo vestigio del “oscurantismo” de la era anterior -a la que pertenecía Bond-. Este empezaba a quedarse sólo en el mundo, con apenas la complicidad de su fiel secretaria (negra) Moneypenny y el joven talentoso “Q”, convirtiéndose en uan reliquia del pasado olvidable, para el nuevo jefe de la inteligencia británica, el burócrata de Whitehall, “C”. Para tipos como Bond -y quien suscribe-, de la jubilación a la muerte, hay un paso demasiado breve.

Tras la estrenada esta semana, “No Time to Die“, no hay certeza acerca de quién protagonizará el próximo James Bond, ante el retiro de Craig, pero lo peor, es que no se sabe, cómo seguirá el hilo guionístico de la saga. Habrá que esperar si la tendencia reciente, incluyendo la posibilidad de que 007 -como se acaba de ver-, sea encarnado por una mujer negra, se mantiene y consolida o, si se vuelve al formato original con otro actor -o actriz- que de alguna forma, intente representarlo.

Tengo mis serias dudas de que esta segunda opción se concrete porque “tout change, tout se transforme”. El contexto en que vivimos , el cambio de época que atravesamos a nivel global, incluso la Gran Bretaña del Brexit que hoy nos acompaña, marcan multiculturalidad, feminismo, sentimentalismo superficial y por lo tanto, un guión con los rasgos históricos señalados precedentemente, difícilmente encuentre siquiera guionistas que se sientan interpretados, halagados y sobre todo, difundidos.

Tal vez, éste sea el tiempo apropiado para que aquél James Bond nos deje definitivamente, aunque quedaremos a la expectativa para ver quién, de nacionalidad británica, sea hombre o mujer, el o la elegida respectivamente, por la productora Bárbara Brócoli, nos alegrará -o no- la vida, viajando en el Aston Martin DB5 o frases como “vodka Martini, agitado no revuelto”.

Mientras tanto, la espera se hace menos incómoda, al escuchar la voz (especial) de la adolescente Billie Eillish, a quien, sin embargo, el propio Craig resistió para darle su aprobación para la banda sonora del último film.

“CRY MACHO”

En estas cuatro últimas décadas, he aprendido a admirar a Clint Eastwood por su posicionamiento político y hasta moral, que excede las bases y propuestas del propio Partido Republicano norteamericano, esté quien esté al frente, desde Reagan hasta Trump, pasando por George W. Bush (hijo). Sus ácidos cuestionamientos a “la generación de cristal”, la actual juventud, educada en una hipersensibilidad ante los más mínimos obstáculos y hasta criticas, son dignos de mi suprema aprobación. Incluso debo destacar su experiencia política en la gestión pública, como alcalde de Carmel, un pueblo distante a 180 kilómetros de San Francisco, entre 1986 y 1988, donde pasaría a la posteridad por sus obras eficaces que le cambiarían la cara a tal localidad californiana.

Pero el costado artístico de Eastwood también merece halagos y no por ello, de menor jerarquía. Por el contrario, en su labor como actor en más de 70 películas, desde aquellas hoy lejanas, como matón a sueldo en “Harry el Sucio” (1971) y “Magnum 44” (1973), como pistolero implacable en “Por un puñado de dólares” (1964), For a Few Dollars More”(1965), “The Good, the Bad and the Ugly” (1966) y “Los imperdonables” (1992) y ya del lado de la ley y la defensa del Estado, en “Firefox” (1982), Heartbreak Ridge (1986), “Un mundo perfecto” (1993) y “En la línea de fuego” (1993), Eastwood siempre sobresalió por su estilo de protagonista frío, pero con un estilo propio, de mucha sobriedad y hasta delicadeza. Ni hablar como director, destacándose con filmes como “Los puentes de Madison”(1996), Million Dollar Baby (2004), “Gran Torino” (2008), “La mula” (2018), “Richard Jewell” (2019) y su último estreno “Cry Macho” (este año), cautivando como pocos, la emocionalidad del espectador.

Porque si hay alguna gran virtud de Eastwood es la de reflejar con crudo realismo, las vicisitudes de la vida, los dilemas morales que plantea para cada uno de nosotros, nuestra opción de dudar y resolver, la posibilidad de afrontar con un temple especial los momentos aciagos, la actitud si se quiere estoica pero abnegada para uno mismo y los demás. No deja de estar presente en las últimas películas, incluyendo la comentada aquí, la especial simbiosis cultural que se da en Estados Unidos de hoy, entre latinos y anglosajones, ya sea por la cuestión drogas, la inmigración ilegal o sencillamente, los problemas de convivencia familiar que se reproducen particularmente en las regiones fronterizas con México.

“Cry Macho” no sólo aborda esa cuestión cultural, sino que además, plantea una relación intergeneracional especial, la que se da entre una ex estrella de rodeo y criador de caballos y un niño casi adolescente, sobre quien, el primero, en un viaje singular, le enseñará todo lo que sus propios padres desastrosos, uno y otro a cada lado de la frontera, no le supieron, pudieron ni quisieron transmitir: cómo ser un buen hombre.

En estos tiempos de tanta anomia y crisis de la autoridad paternal, pero también maternal, no es poco, pensando en cómo las personas adultas podemos todavía seguir siendo útiles para los jóvenes tan habituados a una especie de orfandad singular, cuasi autista, por lo que optan refugiándose en los videojuegos o cualquier otro escapismo virtual, ante la ausencia moral de sus padres, dada la crisis familiar que afrontamos hace décadas.

El valor significativo de las películas de Eastwood es ése: nos ejemplifica con su conservadorismo moral no trasnochado pero sutil, la necesidad de reivindicar esas enseñanzas que son válidas para todas las generaciones y también cualquier tipo de cultura.

VIENA Y EL CINE

La capital austríaca es extraordinaria. Rodeada de bellezas, pero también dotada de un gran patrimonio cultural, combina historia con calidad de vida, con un clima benigno durante buena parte del año. Eso le permite recibir anualmente una gran cantidad de turistas, aunque la pandemia se lo ha impedido desde 2020.

El capital simbólico de Viena también es elevado. Además de haber sido el hogar y el lugar de trabajo de numerosos artistas a lo largo de los siglos, cualquiera de nosotros puede encontrarse hoy en sus calles, a un poeta que nos entrega sus escritos a cambio de una donación; una melodía entonándose en alguna peatonal o parejas tomadas de la mano a lo largo de la costa del Danubio. Como no podía ser de otro modo, el cine ha elegido esta exquisita capital, para filmar muchísimas películas en sus lugares especiales, que los tiene -y muchos-.

Tanto la romántica “Antes del amanecer” (en inglés, “Before sunrise”), estrenada en 1995, con esa dupla postmoderna que conformaron en los noventa, Ethan Hawke y Julie Delpy, como películas claramente de acción y suspenso, como “Misión imposible 5” (2015) y “James Bond: Living daylights” (1987) la eligieron como escenario de imágenes inolvidables para el séptimo arte. Incluso “El pacificador” (“The peacemaker“), en 1997, con George Clooney y Nicole Kidman, tratando sobre la cercana guerra de los Balcanes, menciona a Viena como centro europeo del film, aunque su director eligió Ljubliana para grabar las escenas correspondientes a aquélla.

Aquí, les mostraré numerosas fotos de la ciudad en su vida diaria, a lo largo de los meses de julio y agosto, en pleno verano de este año.

Presten atención a la Opera de Viena, uno de los grandes edificios emblemáticos de la ciudad, donde se filmaron grandes escenas de las películas nombradas.

DE LEYENDAS Y SUEÑOS (QUE SE CUMPLEN)

San Juan, 4 de junio de 2021.

Que la pasión en estas latitudes del globo terráqueo, tienen una estrecha relación con el deporte y sobre todo, el fútbol, no es ninguna novedad. Hasta el cine, como por ejemplo, “El secreto de sus ojos” (2009) reflejó dicha obsesión de los hombres pero también recientemente las mujeres, por la actividad del balompié. Sólo así se explica que anoche, una vez que el árbitro Pitana hiciera sonar su silbatazo final en la lejana y cuyana San Juan, aún violando la cuarentena argentina, hayan salido más chicas, adultas y hasta abuelas a las calles de Santa Fe, felices y embanderadas con los colores de sus amores, festejando el ansiado título, a la par de sus hombres o sin ellos. Tal vez, ese mismo encierro ha hecho más que evidente la necesidad de muchos hinchas de expresar de manera atípica, sus emociones inigualables, que de haber existido una situación más normal, también hubieran sido algo más atinadas, aún cuando es difícil imaginar qué se siente en la piel de un simpatizante, cuando su club gana por primera vez en su vida, una estrella.

Es que tuvieron que pasar 116 años y algunas semanas, para que un club del interior de la Argentina, cuyo rasgo esencial es el sufrimiento a lo largo de décadas, pero también la lealtad genuina de sus hinchas, pudiera gritar “Campeón” en un torneo nacional. Fue en un contexto anormal, sin público en los estadios sin localías válidas y tampoco, sin gente de manera masiva, celebrando en las calles, aunque como queda dicho, dicho factor se cumplió a medias por lo visto anoche, en muchos lugares de la Provincia de Santa Fe, no sólo la capital.

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SOREN KIERKEGAARD EN EL SIGLO XXI: “DRUK”

Cine danés. Druk” (traducida al español como “La otra ronda”). Estrenada en plena pandemia, en setiembre del fatídico 2020.

“¿Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido de un sueño. Soren Kierkegaard”

Así empieza el film. Kierkegaard (1813-1855) se hallaba entre los últimos filósofos a leer y comprender en el buen Manual de Filosofía de Adolfo Carpio, que el Profesor Daniel Francisco Maquirriain (kantiano, como pocos), en mi querida Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), nos “exigía” estudiar. Lo vimos muy superficialmente aunque en el balance existencialista, con Martin Heidegger, tal vez por todo lo mediático que rodea a ésta, sobre todo, su simpatía por el nazismo y su amor por Hannah Arendt, le haya dado cierta ventaja a priori sobre el filósofo danés del siglo XIX y sea globalmente más conocido y referenciado que aquél.

Uno de mis grandes formadores universitarios

Hoy, en esta fase de mi vida, en la que me permito hacer balances y elaborar algunas hipótesis sobre la existencia humana, aún influido por la Ilustración Escocesa y Karl Popper, entre otros, la cosmovisión de Kierkegaard suena más que interesante.

Vamos al guión al menos, transitoriamente.

Un Profesor de #Historia, frustrado con sus alumnos que no aprenden porque “tienen sus cabezas atascadas en su #celular” (textual). Chicos y chicas que se acuestan literalmente sobre sus pupitres porque están “cansados del cansancio”, arrastrando sus cuerpos, sólo motivados en la vida, por ese líquido que se llama #alcohol. Los mismos, totalmente irrespetuosos, que almuerzan o cenan en la mesa, sin despegar su mirada de la #tablet. #Parejas que apenas se hablan, absolutamente indiferentes reprochándose mutuamente que ya no son a los 40 o 50 lo que eran a los 30 o 25. Hombres que de lo único que están pendientes, es de la orina de las mascotas, ya ni siquiera del deporte por #TV. #Mujeres que simulan ser “liberadas”, pero sólo ven y comentan entre ellas, series interminables y vulgares, de manera idiotizada.

No es #Argentina, aunque podría serlo en gran parte de su clase media y alta -las que quedan-.. Es #Dinamarca, Primer Mundo, #Europa. Escandinavia. Es todo el mundo, salvo alguna honrosa excepción, criticada por salirse del molde de la mediocridad, la chatura, la insoportable levedad o escasa “gloria”, con la que hoy se vive.

Los párrafos anteriores constituyen la trama inicial de la película. Habiendo tocado fondo, los cuatro profesores y amigos se atreven a “pegar un gran salto”. Influidos por la teoría del psiquiatra y escritor noruego Finn Skårderud, según quien -aunque felizmente tergiversado- el ser humano nace con un déficit de alcohol en la sangre, los intelectuales se animan a probar si es posible vivir bebiendo de día de manera normal, incluso en plena jornada laboral, hasta equilibrar y superar aquella ratio, autolimitándose sólo los fines de semana, para no caer en adicción. Según ellos, podía ser una manera de quebrar esa inercia descrita que los conducía a morir en vida.

Sin el ánimo de spoilear la película, todo proceso de novedad, lleva su secuencia inexorable de entusiasmo, auge y finalmente, caída, todo lo cual se verá en la película, aunque extrayendo como conclusión, que lejos de ser una apología del alcohol y mucho menos, del alcoholismo, venciendo a la angustia, el propio Director Thomas Vinterberg, quien ya nos había sorprendido con el estreno de “La Celebración” en 1998 nos advierte que en realidad, “en una primera fase, se bebe para tener una mejor versión de uno mismo” y “en una segunda etapa, se bebe para ser uno mismo de nuevo”.

Yo agregaría y como Kierkegaard, vinimos a este mundo, a amar, a nosotros mismos, a los demás, lo que hacemos, etc. Como él amó – y sufrió- a Regina Olsen.

Párrafo final: genial, como siempre para el actor protagonista, Mads Mikkelsen.

Frases célebres de Kierkegaard:

DE CLANES Y “SASSENACHS”

Puede que la causa que admire y me permita indagar acerca de la vida de esos pueblos (escoceses y rusos) tenga alguna relación con esa resiliencia respecto a la vida medieval. En efecto, a diferencia de buena parte del resto de Europa, salvo italianos y alemanes, Escocia y Rusia descubrieron y vivieron tardíamente la Edad Moderna, a la que arribaron, cruentamente, una a través de una batalla perdida (Culloden Moor) y la otra, a través de la Revolución Bolchevique, aunque tal vez, el antecedente de la liberación de la servidumbre decretada por el Zar Alejandro II en 1861, podría también ser considerada esa bisagra entre una era y la otra.

Outlander” (2014-2020) la serie de la norteamericana de origen latino, Diana Gabaldón, es muy interesante porque refleja el amor eterno a través del tiempo (siglos XVIII y XX) entre una dama inglesa (o “sassenach“, el calificativo despectivo en idioma gaélico con que se referían los escoceses a los forasteros ingleses) y un joven montañés guerrero y romántico de las Tierras Altas (Highlands), pero sobre todo, porque describe mejor que ninguna película hasta el momento, aquella transformación social en la que fenecía un mundo y advenía otro.

Por ejemplo, el capítulo V llamado “Rent refleja tales vicisitudes. En algún momento, parte del clan MacKenzie, liderado por Dougal, warchief y hermano de Colum el terrateniente  y tío de James (Jamie) Fraser, el protagonista de la serie, cuya cabeza tiene precio impuesto por los británicos, por agredir a un “Red Coat” (soldado “casaca roja”) se desplaza hacia las tierras bajo dominio de Colun, para cobrar la renta en dinero y especie (por ejemplo, animales) que los habitantes de ellas, les cedían cada temporada, a cambio de se seguridad. Esa era la forma de vida habitual por aquél tiempo (1743) en aquellas regiones de Europa, mientras los escoceses dependían de los ingleses, bajo el Acta de Unión de 1707, no obstante, habiéndose rebelado ya dos veces desde 1715.

La serie en ese capítulo V, mostraría cómo esa recaudación a cargo de Dougal, tenía un doble perfil: por un lado, implicaba, con la asistencia de un veterano abogado (Ned Gowan) formado en la Universidad de Edimburgo, pero ansioso por nuevas aventuras, engrosar las alforjas de su hermano, a cambio de su protección y vigilancia de esas aldeas y villorrios pastoriles, pero por el otro, era para su propio pecunio individual -y la de su banda-. En efecto, Dougal usaba a su propio sobrino con su espalda llena de cicatrices profundas debido a los latigazos de los “Red Coats” enfrente de su propia hermana, quien fuera violada por un oficial a posteriori, para sensibilizar a los campesinos que así, aportarían a aquel tesoro común. Sin embargo, luego, se descubriría que los escoceses no eran vulgares ladrones, sino que ese fondo encubierto, tenía intenciones políticas ocultas: financiar la causa jacobita, es decir, el regreso de un Rey Estuardo a la Corona británica -después de 1688-.

En aquel contexto, como queda dicho, los líderes de los clanes como los MacKenzie y los Fraser, mantenían sus dominios conduciendo a miles de siervos y sus familias, como verdaderos señores feudales, aún con demasiados recelos y reyertas entre ellos, mientras buena parte de aquellas familias apenas tenían para comer y vestirse. El robo era muy común por aquellos días pero también era habitual que los propios guardias del terrateniente, que lo “protegían” a su vez, de los soldados ingleses, abusaran de esposas e hijas de los siervos o extorsionaran a sus propios protegidos, máxime si ansiaban cobrar las recompensas por delatar ante las autoridades británicas, a quienes habían cometido algún delito en esos feudos.

Hablando de mujeres, la vida para ellas, era miserable. Solían ocupar un rol absolutamente secundario, sin ninguna formación, salvo que agradaran y enamoraran a algún caballero, de lo contrario quedarían sometidas a la hostil forma de vida en el campo, criando cerdos y gallinas y lavando ropa, con la orina de ellas mismas, para facilitar que la suciedad se desprendiera más fácilmente. Los jefes de los clanes accedían a las más jóvenes, aunque era muy usual, mantener parejas paralelas con quienes tenían hijos bastardos.

Los hombres cazaban, cuidaban y amansaban caballos en los establos, como lo hacía el joven Jamie  pero también bebían a raudales, máxime considerando las inclemencias de un clima hostil, frío y húmedo y caso nunca soleado.

Pero claro, la vida clánica tenía otros componentes tal vez hoy, dignos de nostalgia. El honor ocupaba un rango muy especial. Como muestra “Outlander“, los escoceses eran rudos y muy pendencieros, pero en numerosas ocasiones, eran capaces de pelear o sacrificarse con la tortura vía latigazos en la espalda, por defender el honor de una mujer, si alguien osaba llamarla “prostituta”. Lo mismo ocurría con las relaciones sexuales. No era raro que un hombre, como lo hizo Jamie Fraser, con la propia Claire Beauchamp Randall (la otra protagonista), se instalara toda una noche, aguardando semidespierto aún cansado, en la puerta de la habitación de una mujer, sólo para custodiarla de eventuales ataques de otros montañeses borrachos. Jamie llegó al extremo de dejarse violar por el oficial inglés “Black Jack” Randall en la cárcel para que éste libere a Claire.

Asimismo, los escoceses podían ser caballeros pero ello no impedía que fueran también apasionados y guerreros. O quizás al revés: el hecho de que fueran tan salvajes, a los ojos del resto de los europeos, sobre todo, los presumidos ingleses, los convertía en galantes y corteses.

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