LA GUERRA DE CANADA DESDE OTRO ANGULO

Generalmente leemos y vemos la historia y cine tanto el período colonial como la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra, Francia, los colonos británicos e indios de América del Norte, jugando a favor de una u otra de aquellas potencias, a través de los ojos anglosajones. Por varias razones, aunque con seguridad, por no reabrir la vieja herida de haber perdido históricamente un vasto territorio tan valioso, la colonización francesa se ha invisibilizado y con ella, el conflicto citado pero también la propia aventura de cientos o miles de franceses que buscaron explorar, congeniar e intercambiar incluso integrarse con los nativos de la región.

Hay numerosas obras literarias y fílmicas sobre los exploradores colonos de origen británico pero muy pocas sobre sus equivalentes canadienses-franceses, llamados “coureurs de bois” (traducido al español, corredores de los bosques). Pero no sólo ellos eran novedosos y originales, sino particularmente su contexto. Muchas veces, las potencias suelen actuar con algunas colonias, de manera diferente a la que se plantean en el plano doméstico o respecto a otras colonias bajo su propio dominio. Concretamente, por ejemplo,Gran Bretaña no aplicó las mismas reglas de juego en Australia a la que exploró con la Marina Británica y pobló luego con presidiarios, que en la India, donde fue más concesiva en términos de tolerancia étnica y religiosa, porque sabía que podía tener mayor resistencia para terminar en las colonias de América del Norte, con quienes fue indiferente, hasta que tardíamente, valoró su relevancia estratégica pero sobre todo, fiscal.

Tal reflexión cabe también para Francia. No necesariamente, su centralismo o unitarismo además de la escasa tolerancia hacia los derechos individuales y libertades cívicas, incluyendo la religiosa, fueron exportados de modo taxativo, hacia sus territorios dependientes en América del Norte, sino muy por el contrario. Aquí en este punto, quizás, la más coherente fue la intervención de nuestra “Madre Patria”: en efecto, como lo ha demostrado acabadamente José Ignacio García Hamilton, España sí aplicó su misma visión e institucionalidad rígida en sus virreinatos centro y sudamericanos.

Volviendo a lo que luego sería llamado “Canadá”. la “Nueva Francia” (traducida al francés, La Nouvelle France), es decir, el territorio de las colonias francesas en América del Norte, fue un experimento social muy interesante como tan poco conocido.

Primero, hay que dimensionar su alcance físico, nada desdeñable. Desde el segundo viaje de Jacques Cartier en 1534, Francia reclamó para sí, el amplio territorio a lo largo del Río San Lorenzo hasta el Delta del Río Missisipi, pasando por el valle de Ohio. No sólo contenía a Quebec, la ciudad fundada por Samuel Champlain en 1608 y la más poblada de la región, sino también la Bahía de Hudson al norte, la Louisiana (con capital en Nueva Orleans, fundada en 1718) y hasta el llamado Pays d’en Haut, que abarcaba el norte de Michigan (por ejemplo, la actual Detroit) y el norte de Wiscounsin (la actual Green Bay). Es fácil de deducir, que Francia perdería todo con el resultado de la guerra antes citada y la independencia posterior de las colonias británicas.

Luego, el capítulo político y administrativo, o sea, el tipo de gobernanza que los galos aplicaron allí. Francia tenía un gobernador y un intendente llamado “la main du roi“, que eran los representantes del Rey francés en la Nueva Francia, a la manera de los Virreinatos borbónicos en América española y así, la autoridad de Quebec, incluyendo su periferia (con unos 8.000 habitantes en total) no podía intervenir en la Lousiana ni viceversa. Cada una de las cinco colonias (“Canadá” -luego denominada Quebec por los británicos-, Acadia, Bahía de Hudson, Terranova y la Louisiana), tenía su propia administración.

Un aspecto central es el social o societal, incluyendo el religioso y el  interétnico. Las colonias francesas eran total y únicamente católicas, porque no se permitió emigración protestante alguna. Respecto a los aborígenes, los que ocupaban el territorio luego reclamado por los franceses, eran los algonquinos, los hurones y los iroqueses, estos últimos organizados en una Confederación tan novedosa como liberal. Cartier prefería una relación amistosa con los indios pero al intervenir en una reyerta especial entre la primera tribu y la tercera nombrada, terciando en favor de los algonquinos, Francia se ganó el odio acérrimo y definitivo de los interesantes iroqueses, que los aliaría a los ingleses y ello sellaría el destino de la guerra que luego los enfrentaría a todos.

Finalmente, vuelvo a ciertos protagonistas de esta historia, que había mencionado al inicio de esta reflexión: los exploradores. El sueño de Champlain, un visionario de la expansión hacia el oeste, porque ambicionaba que la bandera francesa llegue hasta la costa del Océano Pacífico, algo que recién se plasmaría en el siglo XIX, pero por parte de los norteamericanos, sería continuado por otros exploradores, entre otros, curas jesuitas.

Claro, ello contradecía el objetivo por ejemplo, del Ministro francés Colbert, quien solía repetir que en la Nueva Francia abundaban los frailes y faltaban granjeros. En 1683 cuando muere aquel famoso funcionario progresista, la población colona se había triplicado hasta los 10.000 habitantes.

Ese fue el momento de furor para el surgimiento de los coureurs de bois, es decir, los aventureros que se animaban a surcar más allá de la civilización, bosques, montañas, ríos y lagos, en busca de una vida muy liberal, plenamente natural, en armonía con el medio ambiente. La cercanía con tanta naturaleza rica y diversa, invitaba a su exploración, incluyendo la imitación de las formas de vida de los aborígenes, sin mayores formalidades, una vida sexual sin tabúes ni reglas, etc. Cabe subrayar que al tratarse de jóvenes en su mayoría solteros, podían darse ciertos privilegios en sus relaciones con las mujeres indias, que contrastaban fuertemente con el carácter puritano y conservador de las familias de colonos religiosos de la América anglófona. Si bien el comercio de pieles fue el detonador de tal explosión de los coureurs de bois, su papel en un esquema de diálogo y fraternización de civilizaciones, buscado por Colbert, algo que no se persiguió por ejemplo, en las colonias británicas y mucho menos en las españolas, fue clave en la colonización francesa.

Es interesante subrayar que los coureurs de bois eran una especie de actores del libre mercado, porque su papel como colonos busca-fortunas, abandonando la agricultura y comerciando pieles, muchas veces a cambio de alcohol, rompía el molde administrativo diseñado por las autoridades francesas. Si bien, con el tiempo, éstas lograron regular la actividad de aquellos aventureros, Montreal debe, en gran medida, su primera gran evolución comercial, gracias a la labor de ellos.

Una película, “Battle of The Brave” (conocida en español como “Tierra de pasiones”), estrenada en 2004, con la gran actuación del francorruso Gerard Depardieu, mezcla una historia de guerra y romance, ambientada en la Quebec del siglo XVIII, atravesada por el conflicto entre británicos y franceses, donde la indiferencia de los primeros y la corrupción de los segundos, interferiría en el intenso amor entre un aventurero (Francois le Gardeur) y una joven y bella colona (Marie-Loup Carignan), no sin dejar de mencionar el perverso y triste papel de un cura católico (el Padre Thomas Blondeau) en tal situación.

Una vez más, el cine refleja como pocos artes, el drama de aquellos aventureros que se atrevieron a desafiar las reglas impuestas por la sociedad, en un contexto de disputa geopolítica entre potencias ajenas al suelo que los vio prosperar y amar. Aquí, el cierre con fragmentos de la película citada, con la banda sonora a cargo de la sublime voz de la cantante canadiense Celine Dion.

Gracias al Profesor Pierre Ostiguy, canadiense de origen, por hacerme conocer de la existencia de los coureurs de bois. El fue quien me hizo varias acotaciones respecto a este escrito, como por ejemplo, que paradójicamente, la Guerra de Siete Años fue iniciada por un oscuro oficial al servicio del Ejército británico, llamado George Washington, quien les disparó a franceses y franco-canadienses en las cercanías de Fort Duquesne, hoy Pittsburgh.

También el Profesor Ostiguy, me sugirió otra película “Manto negro” (1991), en la que se describe la vida de un cura jesuita, el Padre Laforgue, interesado en estudiar y evangelizar a los indios hurones, aunque para ello, en misión protegida por Champlain, acompañado por indios algonquinos, deberá surcar tierras, bosques y lagos dominados por los violentos y despiadados iroqueses.

“CAPITAN DE MAR Y DE GUERRA”: DE SUDAMERICA

“1917”

La pandemia del Covid-19 detuvo el tiempo pero antes de ella, apenas estrenada en diciembre de 2019 y ya candidateada aunque injustamente perdidosa al máximo Oscar, la película de Sam Mendes, “1917”, puede ilustrarnos acerca de valores aún vigentes como el instinto de supervivencia y el sentido de lealtad.

Aunque a priori pareciera un típico film bélico, una versión inglesa de “Rescatando al soldado Ryan” o, una mirada un tanto maniqueísta, en una nueva exaltación al estilo “Dunkerque” del heroísmo inglés versus la crueldad alemana, ésta es una joya del cine por su especial sentido estético: su fotografía y recursos técnicos al servicio de ella, son admirables.

De hecho, este homenaje del director a su propio abuelo, nacido en Trinidad y Tobago pero que participó como soldado alistado en el ejército británico en la Primera Guerra Mundial, contándole este tipo de historias que inspiraron a su nieto más tarde, para llevarlas al cine, ganó tres estatuillas de las 10 para las que fue nominada, vinculadas con “mejor mezcla de sonido”, “mejor fotografía”y “mejores efectos visuales”.

La película fue protagonizada por dos jóvenes casi “Millennials” pero estuvieron acompañados por grandes de la actuación, todos británicos como Colin Firth, Mark Strong y Benedict Cumberbatch, quien ya nos había regocijado con su brillante actuación en “Código Enigma”, personificando al genial Alan Turing.

La historia está ambientada en el norte de Francia, más exactamente en los alrededores de la localidad de Écoust-Saint-Mein, en el Departamento Paso de Calais, en la Región Hauts-de-France.

EL INICIO DEL “AMERICA FIRST”: EL “FAR WEST”

El sello distintivo del discurso que catapultó a Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, en noviembre de 2016 y que sería el sello de buena parte de su primer mandato, fue y es, la prioridad otorgada al interés y bienestar de los propios americanos, lo cual se condensa en su expresiva “America First”. Al tratarse de un velado reproche a las gestiones anteriores de la Casa Blanca de las últimas tres décadas por lo menos, incluyendo las republicanas y obviamente las demócratas que priorizaron la contribución de Estados Unidos a la globalización y asi, a sus potenciales rivales como China, en realidad no es una fórmula novedosa. Por el contrario, recoge la más genuina tradición de la “excepcionalidad americana”, aquello que lo hizo original, diferente y poderoso al “gran país del Norte”, lo mismo que lo llevaría a atribuirse el derecho a expandir la democracia y el capitalismo alrededor del mundo.

Porque esas 13 colonias de la costa este lindante con el Atlántico, que nacieron de las diásporas de peregrinos expulsados por las guerras religiosas europeas en el siglo XVII que sellaron el Pacto del Mayflower para construir una sociedad inédita, igualitaria, rousseauniana y con una elevada catadura moral puritana, desde sus inicios, se plantearon ser forjadoras de un “Destino Manifiesto”. Fueron edificando sus cimientos desde el autogobierno democrático local, pasando por su independencia (fiscal y militar) de la hegemónica e imperial Gran Bretaña y luego, paso a paso, ampliando la frontera hacia el oeste inexplorado, virgen, habitado por tribus indómitas de indios salvajes.

Además de la compra de Alaska al poco visionario Zar ruso en 1867, la adquisición de la Louisiana a los franceses, por parte de Jefferson en 1803, al oeste del Río Mississipi, fue decisiva para estimular la colonización de miles y miles de americanos, además de gentes de otras latitudes (chinos, japoneses, judíos, hindúes, hasta chilenos y peruanos). Incluyendo la mítica batalla del Alamo (1836), el triunfo sobre los mexicanos en el bienio 1846-1848, permitiendo anexar Texas, California, Arizona y Nuevo México -equivalente a la pérdida del 50 % del territorio para el país vecino-, le dio mayor certidumbre al horizonte del proyecto colonizatorio al que se le sumó la “fiebre del oro” (1848-1849). En cualquier caso, fue el “America First” del siglo XIX, porque semejante empresa civilizatoria, se hizo con la anuencia del Estado americano, pero por cuenta y riesgo de los propios colonos: tal aventura implicaba, priorizar la territorialidad americana, ampliándola, urbanizándola, conectándola vía el ferrocarril. Ello explica por qué y a diferencia del resto del continente, Estados Unidos pudo plasmar el sueño hamiltoniano de una industria nacional fuerte y pujante, “protegida”, sí, pero naturalmente, por la gran expansión de su geografía habitable y cultivable.

Esa conquista del “Far West” no fue nada sencilla. El cine de Hollywood ha hecho innnumerables reconocimientos a tal proeza humana. Tal vez de manera edulcorada y un tanto nacionalista ostentosa, “for export” luego de la II Guerra Mundial: Gary Cooper, James Stewart, John Wayne, Robert Mitchum, Richard Widmark, Henry Fonda, Anthony Quinn, Clint Eastwood y tantos otros actores han protagonizado recordadas películas donde personificaban a los vaqueros, pistoleros, “cowboys”, incluso “sheriffs” y “marshalls”, que con sus caballos y revólveres inventados por Samuel J. Colt, se batían en duelos memorables, aquellas formas nobles de dirimir reyertas, venganzas, “cazar recompensas” o cobrar viejas deudas pendientes entre sí o con forajidos, deseosos de asaltar las caravanas de miles de migrantes que surcaban las praderas hasta poder instalarse y fundar poblados.

Los delincuentes también tuvieron sus historias: Billy The Kid que moriría con apenas 21 años, Joaquín Murrieta, Sundance Kid, Butch Cassidy, Jesse James, etc. Igualmente, los caciques o líderes indios como Toro Sentado, Tekumseh, etc. así como los blancos que simpatizaban con ellos, fueron objeto de leyenda: “Caballo Loco”, personificado por el irlandés Richard Harris, el teniente Dunbar de “Danza con lobos”, escenificado por Kevin Costner y tantos otros. En el medio, cabe citar a personajes como Davy Crockett, Daniel Boone y hasta Buffalo Bill, gran cazador de bisontes, que podía entenderse muy bien con los indios, aunque peleara contra ellos, del lado del Ejército federal.

Esa mirada hollywoodense, sumado a la versón italianizada, más parodial, que construyó el “spaghetti western, el de Lee Van Cleef, Franco Nero, Bud Spencer y Terence Hill, que se complementa con las series de los años sesenta y setenta, como “El llanero solitario”, “Bonanza”, “Valle de pasiones”, “El Gran Chaparral”, “El hombre del rifle” y “La familia Ingalls”, tal vez, no era lo suficientemente descriptiva del tremendo escenario de cambio social, económico y hasta ecológico que implicó aquella fenomenal proeza.

Muchos de los colonos eran sectas religiosas, como los mormones, lo cual les permitió avanzar en grupos fervorosos, autoorganizados y solidarios, lo cual les permitió continuar y afrontar con estoicismo la larga travesía, plagada de obstáculos: los robos a las carretas y diligencias, el cuatrerismo (hurto de ganado), la amenaza india y las enfermedades mortales como la disentería y el cólera. La trata, o sea, la compra y venta de mujeres para la prostitución, ya era común por aquellos años, considerando la gran cantidad de hombres dedicados a actividades económicas como el trabajo en las minas, el cultivo de cereales, la cría de ganado vacuno o la instalación de vías férreas o postes de telégrafo. Ellas eran clave para los burdeles y saloons, donde también los hombres montaban casas de apuestas. Pero la “otra mujer”, la de la familia, tenía un doble papel: en el hogar estrictamente, con el cuidado de sus hijos pero sobre todo, a cargo de la educación pública, civil y religiosa. Las viudas que se habían convertido en pioneras y las amerindias, también eran protagonistas de la vida civil en los nuevos asentamientos. Las condiciones climáticas y sobre todo, los inviernos, tampoco eran muy estimulantes para aquellas primeras sociedades del “Lejano Oeste”.

La ocupación de los pioneros no sólo implicó un gran cambio ecológico, expandiendo la frontera del alambrado de campos y cultivos, sino también demográfico expulsatorio: desplazó definitivamente a mexicanos e indios, condenando a estos últimos, expoliados y diezmados luego de sangrientas guerras famosas, a las reservaciones del Estado federal. La “fiebre del oro” californiana, por ejemplo, supuso la caída de la población aborigen de 150.000 almas a 30.000 en 25 años, en las cercanías de San Francisco, ciudad que creció al mismo tiempo, de la mano de las raza blanca y amarilla, exponencialmente.

Todo ese tipo de adversidades pero también epopeyas, construyeron el mito del esfuerzo y sobreesfuerzo americano, personalmente responsable, arrollador, exitoso, capaz de lograr lo imposible y desde esa autoestima colectiva, se fueron construyendo los pilares de una nación que luego en el siglo XX, sobre todo, en su segunda mitad, lideraría el mundo.

La pregunta que cabe hacerse es si el entusiasmo de Trump por esa idea del “America First” es justificado, considerando que el mito del “Far West” tuvo algún componente racista pero al mismo tiempo, implicó una aceptación y hasta una búsqueda deliberada de la nación americana, aún con su propio camino -expansionista- por un lugar en el mundo. Precisamente, no parece ser ésa la intención del discurso trumpiano, más inclinado a retraer o replegar el espíritu americano hacia dentro y así, tornarlo incompatible y hasta confrontativo con el resto del globo.

UN HOMBRE DE OTRA EPOCA: ALAIN DELON

“Si realmente estamos enamorados, debemos animarnos a todo” (Alain Delon)

Aquella era otra época, tal vez, de la mano de la ausencia del cambio tecnológico, tal como lo conocemos hoy. Me crié, rodeado de dos hermanas mucho mayores, una de las cuales sentía devoción, adoración, fascinación por un hombre mayor, de cabello negro, realmente bello, que a través de posters que exaltaban su figura, adornaban la totalidad de la habitación. Creo que hasta el día de hoy, estaría “enamorada” de ese hombre y hubiera corrido hasta él, a buscarlo a París, si tenía la oportunidad de hacer realidad la frase que él mismo acuñó.

Ese hombre, era Alain Fabien Maurice Marcel Delon, actor, cantante y empresario francés, uno de los tantos “bon vivant” y sexies galanes glamorosos de los años sesenta y setenta. Claro, hoy comprendo lo fácil que es enamorarse de un poster, de una foto, de una imagen que estéticamente luce impecable. Lo importante es hacerlo desde adentro, allí, en las profundidades del alma del otro u otra. Ya volveré al final al reflexionar sobre esto. Pero primero, vayamos al comienzo “feliz”.

Delon gozó de 62 años de carrera. Volvió de la última guerra imperial francesa, de la Indochina (luego Vietnam) y sin trabajo, gracias a una actriz, empezó a circular en los sets de grabación para no terminar. La belleza dle actor peor también su estilo de caballero y sobre todo, su voz, conquistaría mujeres y directores en Francia y toda Europa, aunque no en Estados Unidos. A la par de grandes amores como Romy Schneider y Mireille Darc, hizo grandes películas (“El gatopardo” -1963-, “El tulipán negro” -1964-, “El samurai” -1967-, “Arde París?” -1966-, “Zorro” -1975-, “Aeropuerto 79: el Concorde” -1979-, “Tres hombres para matar” -1980-, etc.). Amigo de amigos, todostan machistas como él, organizó peleas de box en Francia para Jean Claude Bouttier y luego, el argentino campeonísimo mundial Carlos Monzón. Esta relación lo ligaría a ex Presidentes como el propio Carlos Menem.

Delon fue siempre un burgués conservador. Adoraba en aquellos años mozos, la “buena vida”: romances, trabajo, alcohol, viajes, lujo, placer y más placer. Lo rodeaba el glamour. Tal vez, eso hizo que nunca tuviera grandes reconocimientos por su cine. Estuvo 7 veces nominado en el Festival de Cannes pero nunca ganó.

Las décadas pasarían, el tiempo no avanzaría en vano sobre su físico, sus amores morirían, sus amigos idem, él se divorciaría, sus dos hijos varones se distanciarían, había confesado que ya se resignaría a morir sólo, con su perro.

Claro, Delon estaba comprobando hasta abril de este año que su estrella se estaba apagando irremediablemente, incluso mucho antes de su vida. Europa está llena de inmigrantes, ya no hay lugares para tipos como él, su compatriota Jean Paul Belmondo, el inglés Roger Moore y tantos otros que alardeaban y conquistaban con su machismo.

Vivimos otra era. La misoginia es condenada oralmente por el tribunal global (o europeo) feminista, igual que la violencia de género, la homosexualidad es visibilizada como nunca y las jóvenes generaciones, los “Millennials” verían hoy a Delon como un verdadero “dinosaurio”. Eso hizo que el propio actor se hiciera célebre por sus polémicas declaraciones en contra de todo esto, con un lenguaje políticamente incorrecto y hasta firmando su apoyo al Frente Nacional de Le Pen.

Pero claro, suele ocurrir que cuando estamos al borde de caer rendidos, aparece alguna luz reivindicatoria. El Festival de Cannes, decidió premiar en vida a Delon, otorgándole la Palma de Oro honorífica en abril pasado. Unas 26.000 firmas se juntaron por parte de la organizaciones feministas, para impedir la ceremonia, pero los organizadores del Festival hicieorn caso omiso a la presión. Anouchka, la hija comprensiva del actor, sí, una mujer, aceptó subir a entregarle el premio. Delon habló y lloró de la emoción, pero sobre todo, agradeció a las mujeres de su vida, particularmente a las que ya no puede ver en vida.

En agosto pesado, como otra jugada rara -o no- del destino, Delon sufrió un ACV que lo depositó en una clínica privada suiza, allí en el país del que se había hecho ciudadano, decepcionado con su Francia decadente. La pelea familiar, los hijos enfrentados a Anouchka, la pérdida de sus amores, estuvieron a punto de enterrarlo.

No sabemos en qué condiciones pero hoy llegó sus 84 años. El final de una era no pudo terminar con la vida de este gladiador, quien detrás de tanta belleza, nos mostró como pocos, por enésima vez, lo vulnerables que somos como seres humanos. Quizás tampoco los jóvenes de hoy se hayan criado con la ingenuidad o inocencia con la que se criaron mis hermanas aunque no me extrañaría que les falte cierta “sal en sus vidas”, cuando atraviesen el umbral hacia la adultez. La misma con la que intentó vivir Delon, quien hoy reposa tratando de recuperarse junto a su hija: una mujer. El, que hizo lo que le gustaba y por eso, merece mi reconocimiento.


PARIS: LA BUENOS AIRES EUROPEA

Norteamericanos y franceses tienen una larga historia en común, aún considerando la “juventud” de Estados Unidos (243 años). Al apoyo de Francia a la guerra de independencia americana, puesto de manifiesto en héroes como el Marqués de Lafayette (1757-1834) y el general, mariscal y Conde Jean Baptiste de Rochambeau (1725-1807), que pelearon para el ejército de Washington contra los británicos, se le suma la reciprocidad de la liberación norteamericana del territorio francés del yugo nazi en la II Guerra Mundial. Más allá de la cierta animosidad del Mariscal De Gaulle, héroe de la Resistencia francesa (“les maquis”) al poder imperial norteamericano, expuesto en el debate sobre la OTAN en 1966 u hoy, entre el modelo proglobalización de Macron enfrentado al “America First” de Trump, han habido más coincidencias que diferencias entre franceses, representantes de una cultura que se precia de ser singular y los americanos, que se creen “gendarmes del mundo”, desde 1945. Justamente, un año antes, las tropas aliadas desfilaron por este lugar, el Arco del Triunfo, el mismo por el que se paseó Hitler en 1940, aunque sin multitudes desbordantes.

El cine de Hollywood ha sido testigo directo de esas reciprocidades culturales. Muchas películas se han filmado en París, como epicentro o la han homenjeado. Woody Allen como director le ha dedicado uno de sus filmes (“Medianoche en París” -2011-) y actores como John Travolta en 2010, Kevin Costner en 2014 y Tom Cruise en 2018, han trabajado en los sets a orillas del Río Sena. Al servicio de la causa de la “libertad, igualdad y fraternidad”, el director de cine francés Luc Besson, además de filmar películas de resonante éxito, ha firmado declaraciones en contra del lepenismo, nacionalista, antiamericano y xenofóbico.

Pero también los propios anglosajones han rendido homenaje a Francia y París. Russell Crowe (neozelandés) en 2006, Michael Caine en 2013, pero
sobre todo, Kristin Scott Thomas, Kevin Kline y la nonagenaria Maggie Smith, estos tres últimos con “Mi vieja y querida dama” (2014), han expuesto como nadie, el sufrimiento discreto de los franceses, siempre sutil, -a menudo exageradamente sutil-, por ejemplo, a través de una situación que hoy se ha hecho común pero que hace décadas no lo era tanto: la infidelidad de dos parejas y la desolación de sus hijos que sufrieron tales amoríos sin saberlo o en silencio. De paso, a través de dicha película, los que no somos franceses, conocimos el viager, esa institución milenaria gala, por la cual se alquila con opción a compra hasta que la persona muera, o, como en la misma película se cita sarcásticamente: “si la persona muere pronto, es el destino reemplazarla y si no, pagarle para que pueda vivir”.

Un paréntesis: es increíblemente bello, ver cantar a una cantante de ópera, la joven francesa Sophie Touitou al borde del Río Sena.

También Argentina tiene vínculos con Francia. Desde la Revolución de Mayo, nacida bajo el influjo de la invasión napoleónica a España, pasando por Carlos Gardel, el comercio mutuo y la enseñanza del idioma francés a generaciones enteras a través de la Alianza Francesa. Pero el mayor shock lo tuvimos avec Ekaterine cuando al caminar por las calles parisinas, nos pareció estar haciéndolo por algunas aceras de Buenos Aires, como los barrios de Recoleta y Palermo. Resulta algo trillado esto de la semejanza entre París y Buenos Aires, porque además se ha escrito bastante acerca de ello, en materia arquitectónica pero el impacto me resultó llamativo considerando la lejanía o enorme distancia física e histórica entre ambas urbes.

Claro, hoy, también hay que relativizar lo francés y lo parisino, en un mundo con tanta globalización y por ende, inmigración-. Ver la Torre Eiffel blindada contra atentados terroristas y con una enorme fila de turistas chinos pretendiendo subir a ella por ascensor gigantesco como “ganado” -la misma sensación que tuve en el ascenso al Empire State en New York en 1990, también es shockeante. Máxime cuando en la gran fuente que mira a la Torre, un mediodía de pleno verano, era significativa la cantidad de africanos e iraníes con sus burkas, los que se bañaban con sus niños, con la sola excepción de una par de danesas y nosotros dos.

Como si esto fuera poco, tuvimos la oportunidad de ver el cierre del Tour de France, la competencia ciclística más importante de Europa -y por qué no, del mundo- y nos sorprendieron la gran cantidad de latinoamericanos que había, especialmente colombianos, ya que la competencia precisamente la ganaría por primera vez, un compatriota de ellos: Egan Bernal (22 años).

Así como en cada lugar del mundo, hay un rinconcito argentino, también los hay rusos. Ellos llegaron por primera vez a la capital parisina de la mano del ejército victorioso del Zar Alejandro I sobre Napoleón y mientras algunos de sus oficiales regresaron y protagonizaron -sin éxito- la única revolución liberal en el viejo Imperio, la “decembrista”, otros se quedaron y aprendieron a respirar la libertad individual, discutiendo en los bares sobre asuntos públicos, como nunca antes lo habían hecho. Tuvieron descendientes y éstos, como buenos rusos, se dedicaron a la alta gastronomía, en lugares coquetos de París.

Idem la música rusa, con Rachmaninoff a la cabeza, también presente en París.

Otros lugares bellos de la capital francesa, dignos de fotografiar.

La despedida es con un video alusivo a la romántica grand chanson de Pierre Bachelet, “Emmanuelle” (1974).

Como refleja el video en clara consonancia con la canción, llena de amor, belleza, deseo, corazón pero también decepción, o sea, vida humana plena, ésta en París asoma por completo placentera, una sensación parecida a la experimentada en Viena. Quizás se trate de ciudades bendecidas por la “buena vida”, que es claramente, la guiada por la pasión.

VIENA: LA CAPITAL DEL ARTE? O EL INTELECTO?

Muchísimos turistas europeos y chinos recorren las tiendas de souvenirs de la emblemática capital austríaca, donde abundan muñecos, dibujos y regalitos con la figura de la Emperatriz Sissí (inmortalizada en el cine por la malograda Romy Schneider) o Wolfgang Amadeus Mozart, al que también popularizó Hollywood pero más por los celos de su maestro Salieri, por sus extraordinarias dotes musicales. No me olvido de otros músicos como “el padre de la sinfonía” Franz Joseph Haydn o clásicos como Franz Schubert o Johann Strauss (padre e hijo), así como el más contemporáneo Falco (pop) o el gran pintor simbolista-modernista Gustav Klimt. No obstante ello, Viena (con 1,8 millones de habitantes o 2,4 millones si se incluye la zona metropolitana), además de estar situada en la propia línea de fractura entre Occidente y Oriente, advertiría Huntington, fue la residencia de Sigmund Freud (entre 1891 y 1938), quien además le debe a la ciudad, su ámbito de trabajo y, lo más importante, el nacimiento del Psicoanálisis.

Caminando en un agosto calurosísimo pero húmedo, por sus bellas y tranquilas calles, con sus recuerdos del infierno nazi y cerca de un rinconcito “latinoamericano”, donde se halla la Embajada de México y un Instituto de cultura iberoamericana, casi de casualidad, descubrimos la Plaza del genial pero polémico Freud. Como no podía ser de otra manera, con un extraordinario verde, con “duchas” públicas que lanzaban agua vaporizada pero sobre todo, y ésta es la novedad, con reposeras gratuitas para que la gente pudiera elegirlas y sentarse plácidamente en el césped, como si la vida y el mundo fueran puro placer. Y vaya si lo es, o al menos, lo fue en esas dos horas que estuvimos allí, hasta que la crueldad de la necesidad básica del hambre distrajera nuestro cerebro y sentidos, cuando no, una lluvia breve pero intensa, propia del cambio climático que Trump y muchos niegan, nos hizo desistir de todos nuestros planes originales.

Ya sentado en ese paraíso urbano, recordé al Círculo de Viena, esa pléyade de intelectuales brillantes que en 1921, apenas unos años del final de la Primera Guerra Mundial, debatían en los cafés de la ciudad, sobre preocupaciones epistemológicas y filosóficas, como el origen y las formas del conocimiento humano, aunque obviamente, la sombra de Freud sobrevolaba aquellos debates. Todos aquellos positivistas lógicos como su fundador, Moritz Schlick -asesinado por un estudiante nazi en 1936-, Rudolf Carnap, Carl Hempel, Otto Neurath y desde una mirada crítica, Karl Raymund Popper y Ludwig Wittgenstein, quienes desplegarían en las décadas posteriores , toda su sabiduría pero también refutaciones mutuas y mutaciones en sus pensamientos originales en cátedras europeas y americanas -tras la llegada del nazismo-, además de influir sobre la Economía, la Filosofía, la Historia y la Ciencia Política, entre otras disciplinas, cuando no, hasta movimientos políticos, tan contrastantes, como el “Mayo francés” y la llegada del neoconservadorismo thatcheriano y reaganiano al poder en la alianza noratlántica.

El también vienés Friedrich Hayek, era contemporáneo de Popper y varios años más tarde, fue un afamado economista, Premio Nobel y gran influyente en políticas macroeconómicas de no pocos gobiernos de centro-derecha en el mundo, empezando por el de Adenauer-Erhard en la Alemania de postguerra. Genuino representante de la llamada Escuela Austríaca de Economía, Hayek también respiró y vivió aquél aire especial de Viena en la primera etapa de su larga vida (93 años) aunque viviría en Inglaterra y moriría en Alemania. Estoy seguro que gravitó especialmente en su devenir intelectual.


Precisamente, en dicha ciudad, cuando joven, Hayek dudó entre estudiar Economía o Psicología. Al decidir por la primera, jamás abandonó la inquietud social pero sobre todo por “la explicación del principio”: por qué y cómo conoce el hombre. Década tras década, sus análisis de la formación de precios, la función que éstos cumplen, el orden espontáneo del mercado (imperfecto) y el conocimiento disperso que lo sostiene, pero particulamente, los mecanismos de cooperación voluntaria, comparando a la sociedad con “la fábula de las abejas” de Mandeville, mostraría un Hayek permanentemente preocupado por indagar acerca de aquella primera gran pregunta.

Lo que muchos ignoran es que aquel Hayek relativamente maduro escribió en 1952, un libro brillante, como “El orden sensorial: Los fundamentos de la Psicología teórica”. En medio de la ignorancia que existía en la primera mitad del siglo XX acerca de la organización anatómica y fisiológica de la corteza cerebral, Hayek podría intuir genialmente con increíble clarividencia, lo que en Neurociencia cognoscitiva, se verificaría muchos años después.

En efecto, entre 1960 y 1990, en varios laboratorios alrededor del mundo, con nuevos métodos para trazar conexiones nerviosas en el cerebro del mono, se descubrió una enorme gama de conexiones entre las distintas áreas corticales, es decir, la conectividad entre asambleas de neuronas era larga, incluso enlazando áreas distantes. La novedad era que, como advirtió Hayek, había un orden. Había y hay conexiones pero también existe procesamiento de la información y hasta evolución y desarrollo de difeente grado. Así en ese orden autogenerado y autoorganizado, se forman en simultáneo, percepción y memoria, una forma de explicación que se distancia de la Psicología de la Forma o Gestalt. Para Hayek, se trata de un proceso dinámico y en forma de redes o “mapas” neuronales de representación cortical que permiten explicar no sólo el orden sensorial de la percepción y la memoria, sino también la atención, la inteligencia y hasta el lenguaje.

Fue en Viena, donde Hayek se inspiró para su obra, ésta y toda, por las obras psicológicas que leyó entre 1919 y 1920. Tres décadas más tarde, siendo un profano pero inquieto, descubrió el vacío en el tratamiento del tema, seguramente motivado por el desprecio de la ciencia por la especulación y su apego a todo empirismo. Eso aumentaría su inquietud y curiosidad y entonces se dedicaría a escribir sobre la cuestión. El agradecimiento especial a Popper, a John Eccles pero sobre todo, a Ludwig von Bertalanffy, con su teoría sistémica de la organización (1942), revelaría en el Prefacio, sus influyentes especiales. De Bertalanffy, tuve la primera referencia en mi vida, gracias a mi gran profesor de Derecho Administrativo en la UNR, Norberto Quinto Martínez Delfa.

Pero claro, tampoco todo es arte, o ciencia o filosofía en Viena. Hay lugar para la religión. Claro, fue el último bastión cristiano en resistir a los turcos. La célebre Catedral de San Esteban (en austríaco, Stepahansdom), es visitada por miles de turistas a diario. Allí están enterrada toda la familia real Habsburgo.

Postales del Danubio, que no es tan azul y much menos, en un día gris, con una costanera muy especial y hasta un playita “a lo Rodríguez Larreta”..

Así se procede a la demolición de edificios no tan viejos en Viena, para reemplazarlos por más modernos. No somos los únicos interesados en detener nuestra caminata y observar el proceso. La gigantesca maza-grúa y el cerco especialmente preparado para la caída de escombros, son dignos de elogio.

Como en Bruselas, siempre hay un lugar reservado a ellos, los canes. Pero también los árboles son cuidados con esmero, con advertencias a los transeúntes para caminar con cautela en piso congelado en invierno. Cuándo no, las patinetas eléctricas que aquí se ven por doquier.

El fin del “canillita” -el diariero individual en Argentina-.

Me despido de Viena, con una pregunta existencial y cultural, como no podía ser de otra forma. En qué se diferencian los austríacos de los alemanes? son más puros? son más educados? son más provincianos? menos cosmopolitas? más relajados? Lo dejo a uno de los austríacos más famosos hoy, más allá de los ya nombrados aquí, más otros tan diversos como Hitler, Lauda, etc. que responda a su manera: el actor Christopher Waltz.

Más allá del éxito empresarial más reciente de KTM -famosas motos del Rally Dakar-, Red Bull -en bebidas y F1- y Swarovski, Viena sigue siendo clásica. Bien vale un vals.

Adiós, mi querida capital del mejor Imperio que tuvo la humanidad, el más liberal, pacífico y menos intervencionista: el Austro-Húngaro (1867-1914). Ojalá retorne.


LA PLAYA ITALIANA LLENA DE RUSOS: RIMINI

No son nada tontos los rusos para aprovechar las bondades de este mundo. No lo son para mantener a salvo sus capitales de la propia voracidad del Kremlin y entonces los refugiaban en Chipre, sí, en Chipre: hasta el 2013. Tampoco lo son para buscar negocios y entonces se van a Alemania, donde viven bien pero además emprenden todo lo que no pueden en su propio país. Ni siquiera se les escapa profesar su propia religión aún en un país católico: los vimos en Francia, más precisamente en Niza, donde llegó a morir uno de sus príncipes a fines del siglo XIX y entonces allí levantaron su iglesia ortodoxa en honor a él. Finalmente, no pierden su astucia para elegir playas. Van adonde hay mucho sol, mar y les hablan en su idioma: los egipcios, los turcos, los españoles en menor medida pero sobre todo los italianos -o inmigrantes que viven en Italia- los atienden a las mil maravillas y así, ellos se los retribuyen. Por ende, también los vimos por doquier en Rímini, la playa del Mar Adriático, cercana a Ancona y también a los circuitos de Imola –donde se mató Ayrton Senna– y Misano, donde s corría F2 en los ochenta.

Las fotos les interesan más.

Claro, cómo mencionar a Rímini y no recordar al gran cineasta italiano Federico Fellini, hijo dilecto de la ciudad. Allí filmó “Amarcord” en el Grand Hotel y hoy, hay innumerable cantidad de recordatorios de su figura en la villa turística. Inteligente, al igual que los rusos, para elegir y habitar esta bellísima ciudad marítima.

Puerto y playa.

Claro, Rímini también tiene un casco antiguo, que data del Imperio Romano y período posterior (Medioevo y Renacimiento).

Por la noche, en una Europa ya decadente, mucho alcohol y baile, por lo que ellos también están: brasileños y argentinos. Como no podía ser de otra manera.

Mientras tanto lejos del bullicio nocturno, nosotros elegíamos tranquilos la cena aunque la carne vacuna no tuviera la consistencia ni el sabor de estas pampas.

El pescado con ensalada sí era una delicia.

ni, sol, playa, mar y tranquilidad. Era lo necesario, luego del periplo balcánico.