PAPA FRANCISCO: “EL INFIERNO NO EXISTE”?

En el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, Congregación de los Padres Bayoneses, procedentes de la frontera franco-española, pasé 12 años de mi vida, recibiendo una sólida formación religiosa (católica) pura en esa institución educativa de la ciudad de Rosario.

En una etapa francamente autoritaria que vivía el país, por aquellos años (1970-1982), incluyendo violencia política “desde abajo”, yo recibía dos mensajes con un supuesto por detrás. Por un lado, el Padre Cuasante, que solía andar con un látigo pegándole en los nudillos a los alumnos que rompían sus metegoles cuidadosamente dispuestos para que todos juguemos y el Padre Peyroutet, un vasco francés octogenario que nos confesaba, nos retaba y ponía penitencias estratosféricas, aunque ya no nos escuchara, por su sordera. Por el otro, estaban el italiano Padre Bruno Ierullo y el Hermano Juan, que nos enseñaban a escalar sierras y montañas, formar sólidos equipos de compañeros con objetivos claros o apreciar la sonrisa y usar el tacto en ocasiones incómodas. Si Cuasante era muy elocuente cuando nos amenazaba con la muerte de los pecadores, atados a una piedra y arrojados al mar desde un acantilado, Juan nos mostraba cómo vivir con alegría mientras desfilaba por el patio, con apenas su sotana y una bufanda, en pleno junio, cuando nos enseñaba a izar la bandera que adoraba. Por una parte, la culpa y el castigo, por la otra, la misericordia y la bondad. Pero obvio, tras este binomio de “palo y zanahoria”, había un axioma: “el infierno existe” y a él, iríamos, los pecadores que no nos arrepentíamos o no confesábamos o no estábamos en estado de “gracia divina”.

Todo lo que nos acompañaba fuera del ámbito escolar, también iba en esa dirección. “El Bien” y “el Mal” se construye en la mente de un niño o de un adolescente y desde las homilías de los domingos en cualquier templo, ya sea la de Lourdes o de María Auxiliadora, Jesús había sido tentado por el demonio en el desierto y había resistido. La Catequesis, pre-Comunión y Confirmación, hacía lo suyo: la conversión de Saulo de Tarso (luego, San Pablo) impactaba en el Nuevo Testamento. Veía una película como “El exorcista II” y allí quedaba ratificada la existencia de ese “ángel caído”. Moría un conocido de mis padres y según su conducta en la Tierra, me decían si iba al Cielo o al fuego eterno. Los retos en casa, también apuntaban a esa dirección. No fue el Purgatorio de “La Divina Comedia”, la puerta de acceso a ese vocabulario. La culpa y el miedo estaban abrumadoramente presentes en las cabezas de todos, de mí y de mis compañeros, pero también de toda una generación formada en esas emociones.

Ahora bien, a medida que las lecturas de Filosofía, en el mismo Colegio y la apertura política a la democracia post Guerra de Malvinas, nos fueron abriendo las cabezas a algunos, habría un cambio gradual de esa tendencia. El conocimiento de la Historia Mundial que siempre me apasionó; la experiencia del Holocausto; las sucesivas guerras;  la misma política intrigante del Papado en la Edad Media; la Inquisición; la confusión de roles entre Estado e Iglesia en el país, todo ello me fue rebelando, aunque de una manera pacífica. Finalmente, gracias a un amigo compañero universitario, la lectura de Karl Popper, destruyendo la lógica platónica y aristotélica, pilar de la educación católica que había mamado de manera acrítica, terminó de derribarme los barrotes de la jaula mental en la que me había sumido, por propia decisión.

Mi proceso de secularización reconocía otras vías, diferentes a las de otros de mi generación: el desprestigio de los curas -o monja- por su pasado autoritario; la liberalización sexual; las críticas maradonianas -exageradas- al oro del Vaticano. Yo no me rebelaba por esas razones, sino por vía de la reflexión. Todas son legítimas y esto hace que Argentina hoy, sea uno de los países con menos católicos practicantes de la región, donde la Iglesia goza de menor prestigio pero donde sin embargo, el número de agnósticos y ateos no crece. En todo caso, el catolicismo retrocede pero en favor de otras religiones: evangelismo, “New Age”  o cultos paganos populares como “El Gauchito Gil”, “San La Muerte” o “La Difunta Correa”.

Aún reconociendo que las religiones pueden proveer, a lo Tocqueville, de cierta base moral para ciertas conductas públicas, incluso contribuir a la socialización de niños tímidos como era yo, para creer en nosotros mismos, pero también es cierto que atan, enjaulan, manipulan, cuando las personas deciden someterse a ellas, durante mucho tiempo. Hay un eje de dominación discursiva peligrosa en ellas, más allá de si nos aletargan o no -recordar el famoso “opio de los pueblos” de Marx-. Ese, por ejemplo, es el poder de la existencia del infierno. Si éste es real, todos temen llegar a él. No conozco a nadie que me diga feliz y sin bromear, que quiere descender a él.

Lo haya dicho o no el Papa Francisco, en su reportaje con el periodista italiano nonagenario y ateo Eugenio Scalfari del Diario “La Repúbblica”, que el infierno no exista, es un gran “Big Bang”. Por eso, se entiende la desmentida oficial del Vaticano. Todos los muros caen, los temores también, cada uno queda librado a su suerte y elige su propio destino, sin temores ni castigos explícitos o implícitos. No sólo empezamos a comparar la Iglesia Católica con otras respecto al Mal y al destino de las almas, más allá del incentivo o desincentivo a pecar, como razonaría un economista a lo Martín Tetaz, el velo se cae y pasamos a debatir, por fin, la naturaleza y el final de lo más importante, que no es el cuerpo. Es el alma. Esas mismas almas a las que abandonó la propia Iglesia Católica, al pretender mezclarse tanto con el poder terrenal e incurrir en conductas pecaminosas que hasta al propio Padre Cuasante, lo llenarían de ira.

Porque está claro que el cielo y el infierno existen, lo diga o no lo diga el Papa, pero aquí, en la Tierra, no en el más allá. Cada uno de nosotros los tiene aquí porque los ha elegido en su vida diaria. Mientras muchos eligen vivir sus guerras y empastillarse o golpearse el pecho para sobrellevarlas, otros disfrutamos cada minuto, valorando la enormidad de una pequeña sonrisa, el regalo de una flor o dejarnos acariciar nuestro cabello por el viento mientras viajamos. Somos criaturas de Dios, pero porque nuestro corazón es Dios, tenemos nuestro propio Dios, mientras algunos dejan desarrollar a sus propios demonios, incluyendo por lo visto, a los que llevan sotana, si recordamos los recientes y persistentes caso de pedofilia en el mundo.

Con Semana Santa o sin ella, con Huevos de Pascua o sin ellos, muchos vivimos aún esta vida, afrontando nuestro Cielo diario. Mal que les pese a los ganados ya por el infierno terrenal o el fanatismo.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva. http://consultoriayanalisisrrii.blogspot.com.ar/ https://twitter.com/marceloomontes
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