SANTA FE: NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

Cada 15 de noviembre me acuerdo de mi Santa Fe de la Vera Cruz natal. Es su fecha aniversario, desde que la fundó accidentadamente ya en 1573, el español vizcaíno Don Juan de Garay en un paraje que hoy corresponde a Cayastá, desde donde tuvo que ser desplazada hacia donde está en la actualidad, rodeada de agua (Laguna Setúbal y Río Salado), por las constantes invasiones de los indígenas, las plagas de langostas y las inundaciones.

Pero viví allí sólo mis primeros 5 años de edad. Por qué si fue tan poco tiempo, guardo tantos recuerdos? Por qué si prácticamente nadie me conoce allí ya, y se han muerto mis pocos conocidos, me aferro tanto a ese origen tan lejano? Por qué guardo cierta deuda con dicha ciudad o creo, al revés, que ella lo guarda conmigo?

Nací un 17 de octubre a las 12.30 en el Instituto del Diagnóstico (desde 2015, Sanatorio Diagnóstico), 25 de Mayo 3240, en pleno centro de la ciudad capital de la Provincia homónima. El médico de mi madre, con su inefable pipa, el Dr. Carlos Sylvestre Begnis, luego gobernador de la Provincia y gran político santafesino, le revelaría que lo que tenía adentro de su viente, era un bebé y no precisamente un tumor cerebral, como le habían diagnosticado tan erróneamente algunos médicos que había consultado con anterioridad.

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EL RECUERDO DE MI MADRE

Setiembre tiene un sabor especial y contradictorio para mí. Es el mes de la primavera en el hemisferio sur, las flores encierran un particular encanto para mí, conocí en persona a mi novia en Rusia, nació mi primera hija, es el aniversario de Sarmiento, el golpe de Allende y el atentado a las Torres Gemelas que no conocí pero que recuerdo aquí mismo, pero también es el aniversario de mi madre, ya sea el 5 (creímos todos que ésa era su fecha de cumpleaños) o el 10 (como fue anotada en el Registro Civil), uno de sus tantos misterios, como todo ser virginiano. Ahora será un mes a recordarla de manera permanente, porque se nos fue de la vida, en julio pasado, no pudiendo cumplir su 88 aniversario.

Prefiero recordarla como a ella le hubiera gustado. Nunca la vi acostada en la cama, llorando o deprimida por algún motivo, aunque no le hubieran faltado las razones. Siempre la vi de pie, orgullosa, altiva, con fuerza, con una sed de ambición y obsesión por el progreso, que me contagió toda la vida. Sus traumas del pasado, que tenían relación con su pobreza en la infancia, allá, en el barrio María Selva, de Santa Fe Capital, a pesar de haber nacido en la diminuta Obispo Trejo, del norte de Córdoba, lograba disimularlos hábilmente con su primer trabajo en Bonafide, para poder alimentar a sus padres y hermana. Nunca mostró resentimiento alguno por ese tipo de situaciones. Sufrió un engaño duradero, nunca disimuló su encono pero una y otra vez, se levantaba y continuaba. Exponía su enojo pero también mostraba sentido del humor, el mismo de su padre tan seductor y “caramelero” con el sexo opuesto. Me dejó un legado inconmensurable que nunca pude transmitirle en términos de agradecimiento directo, quizás, éste sea el momento y el espacio para retribuirlo, si es que puede leerlo donde esté.

Su gran objetivo era que sus hijos tuvieran un título universitario. Esa parecía ser su gran frustración con sus padres por lo que proyectó en nosotros tres, ese gran logro. Pagó todos sus créditos, de lo cual también se enorgullecía, en virtud de cómo era reconocida en una ciudad adoptiva, como Rosario. Me formó en la perseverancia, aún admitiendo errores o fracasos temporales, me instaba a enfrentarlos, corregirlos y superarlos. Nunca se conformaba con notas mediocres. Siempre me estimulaba a sortear más y más las vallas. Una vez, me defendió del “bullying” -cuando éste ni siquiera era conocido así- de mis compañeros de inglés en una academia privada, llamada IATEL, donde debía soportar las rivalidades entre los Maristas -curiosamente, el colegio al cual terminaron yendo mis tres hijos en Mar del Plata- y nosotros, los provenientes del Sagrado Corazón, es decir, la Congregación de los Padres Bayoneses. Una y otra vez, me sugería no hacer caso a las diferencias de clase ni de posesión del dinero ni status: yo podría superarlas sólo a fuerza propia o a través de mi exclusivo mérito personal. Ese carácter meritocrático lo llevo en la sangre hasta que me muera.

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CATACLISMOS, AQUI Y ALLA

Un 29 de julio de 1995, quedó grabado en mi memoria para siempre, porque ascendió a la máxima categoría, “el club de mis amores”, Colón de Santa Fe, mi ciudad natal, tras 14 largos y frustrantes años en la segunda división del fútbol argentino. Lo trágico es que viví tal alegría a la distancia, en momentos en que recién empezaba a funcionar Internet y no había aún transmisiones televisivas online, porque estaba viviendo en Viña del Mar, Chile y, escuchando la radio con mucha dificultad, me enteré de ese triunfo deportivo.

Sin embargo, por aquellas horas, ni siquiera imaginaba la vivencia desagradable que sufriría de modo tan contrastante,  un rato después. Ya al inicio de la madrugada, siendo la 1.11 horas del domingo 30 de julio de 1995, mientras dormía, la cama empezó a sacudirse, idem las paredes y pronto, toda la familia cobró conciencia de que se movía no sólo el departamento sino todo el edificio, una torre elevada de 22 pisos, sobre la misma costa del Océano Pacífico, que en ese momento inolvidable no le hizo honor a su nombre. En el piso 11, podía sentirse cómo todo el edificio se movía como un acordeón y ya se escuchaban los gritos de desesperación de sus propietarios e inquilinos. Era un terremoto de magnitud elevada, incluso con riesgo de maremoto o tsunami, el cual finalmente, no se produjo. Un largo minuto duró la sacudida y luego continuaron réplicas a lo largo de toda la noche. En la televisión pudimos enterarnos de que el epicentro había sido en Antofagasta, una populosa ciudad costera del norte chileno, donde se registraton enormes daños materiales, apenas 3 muertos y unos 20 heridos, a pesar de los 8 grados de intensidad en la escala de Richter y los 6 a 7 en la escala de Mercalli.

Como lo reflejaba esta tapa del Diario trasandino “El Mercurio”, el sismo se sintió no sólo en toda la Región de Antofagasta, sino también en las de Coquimbo y Valparaíso-Viña del Mar. Si bien las réplicas continuaron a lo largo de las semanas, para argentinos poco habituados a este tipo de fenómenos, no dejaba de haberse constituido en una inédita experiencia muy ingrata, en términos emocionales, a pesar del poco o nulo daño físico registrado. La broma ocasional del taxista que me recogió en la esquina de mi edificio, en la mañana del lunes  siguiente, ironizando sobre mi susto como extranjero (o vecino argentino) con el episodio, en una tierra que según él, “tiembla 500 veces al año”, en la mayoría de las veces, imperceptiblemente, tampoco dejaré de recordarla.

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