VICTIMAS NO IMPOLUTAS

Los de la «generación silver» estamos habituados a combinar nuestras vivencias diarias con el teléfono celular con la nostalgia por la famosa radio a transistores, donde uno movía el dial y se hallaba enfrentado a diversas frecuencias hasta ajustar y hallar la radio AM o FM preferida. Esas frecuencias eran bandas de ondas electromagnéticas que habilitaba determinados canales y no otros. Esos márgenes o anchuras no tangibles podrían asemejarse a las morales. No es lo mismo la moral para un político que para un mecánico o verdulero o incluso, médico.

Podríamos hablar de dimensiones morales. Alberto Fernández y Fabiola Yáñez, los protagonistas de un verdadero affaire que llamativamente, recién se desnuda literal y figurativamente ahora, se mueven en una dimensión moral diferente a la del resto de los argentinos, ciudadanos comunes. Sencillamente porque haber disfrutado de poder e impunidad, donde las ambiciones y vanidades pueden coronarse por una vía más rápida y tal vez, breve o duradera, según corresponda, los aleja del resto de los mortales. Por lo tanto, evaluar situaciones de violencia de género o de victimización de uno de los dos, no me parece sensato ni realista. Dicho de otro modo, a las víctimas socialmente, las debemos considerar impolutas y en tal caso, a Fabiola, sus declaraciones y ambiciones expuestas, la manchan más allá que uno condene a priori la violencia que recibió de quien ella misma en su momento, supo muy bien quien y cómo era. De Alberto Fernández, por cierto, huelgan los comentarios.

Por lo tanto, que ambos se cocinen en su propia salsa pero por favor, que el gobierno de Milei -colateralmente muy beneficiado por esta situación- no permita cubrir más erogaciones fiscales en custodias y demás detalles para esta «pareja despareja», con el dinero de los argentinos. Por el sólo recuerdo de los muertos y encerrados en «la cuarentena cavernícola», no nos merecen. 

VICTORIA VILLARRUEL NO SIENTE LASTIMA

DE APAGONES Y CAMPEONES

Cuenta la leyenda que Colón de Santa Fe está indisolublemente ligado a cataclismos.

Me tocó vivir uno, el sábado 29 de julio de 1995 estando en Viña del Mar, Chile. Ese día, durante la tarde, escuchaba por radio, cómo mi club favorito de fútbol, ascendía por fin a Primera División, luego de enormes peripecias que duraron 14 largos años en la liga inmediata inferior (Nacional B) pero a la primera hora del día siguiente, como si la energía festiva del sudeste del continente, se hubiera trasladado a la costa oeste del Pacífico, temblaba la tierra justo al lado del mar, en mi edificio de 22 pisos, por un terremoto con epicentro en Antofagasta. El lunes pasado, parecía volverse a repetir la historia.

Siete horas duró mi viaje ida y vuelta a Santa Fe, desde el interior de Córdoba, para volver al Estadio Centenario, tras un año y medio de ausencia de público en las canchas -por la pandemia- y tres y medio de mi última visita, en ocasión de un empate con Huracán 0-0. También siete horas duró un gigantesco e inexplicable apagón mundial de las redes sociales gerenciadas por Mark Zuckerberg: Facebook, Instagram y lo más grave, Whatsapp.

El motivo del viaje especial tenía relación con una razón poderosa para celebrar. Colón había salido campeón el 4 de junio pasado, en la ciudad de San Juan, muy lejos de Santa Fe y sin público en las gradas, en razón de las restricciones de la cuarentena: hace exactamente cuatro meses atrás. El festejo del plantel en soledad y apenas la algarabía que duró días enteros, en la propia Santa Fe, en las calles. No había existido ocasión de compartir juntos, hinchas, dirigentes y jugadores, eso que habíamos soñado durante generaciones enteras a lo largo de 116 años: una vuelta olímpica, fuegos artificiales, ritmos musicales, fotos y videos para compartir en un día, donde las redes volvieron sí, apenas comenzó el partido, como si milagrosamente, quisieran formar parte de esa verdadera fiesta colectiva.

Pensé de inmediato en mi viejo, que me llevó por primera vez a una cancha, siendo un niño, haciéndome fanático de esos colores rojinegros; en mi vieja, que siempre me apoyó, aún cuando sufriera como yo, por cada derrota, por radio, por TV o viajando a Santa Fe, cada 15 días desde Rosario; en mi rusa Ekaterina quien sin conocer todo ese pasado de alegrías y sufrimientos varios, volcados más de una vez en estas páginas, me acompañara una y otra vez, en la propia cancha o fuera de ella, cada vez que jugaba Colón, desde donde estemos, incluso en alguna madrugada europea. Yo era un privilegiado que ahora ya por fin, habiéndome asociado recientemente, por primera vez en mi vida, podía estar esa noche especial de lunes laborable, siendo testigo de semejante demostración de fe y lealtad a esos colores «sangre y luto».

en las afueras del Estadio, en la cola para ingresar, sobre Boulevard Zavalla

Les dejo algunas fotos propias -y ajenas- además de videos alusivos, para que sean copartícipes de esa gran vivencia que me tocó experimentar ese inolvidable 4 de octubre de 2021.

Luis «Pulga» Rodríguez, viajó especialmente desde La Plata, para posar con la Copa y Eduardo Domínguez, DT del equipo campeón.

Me despido recordándoles que las mayoría de las veces, las leyendas asumen la realidad. LA LEYENDA CONITNÚA.

MAURICIO MACRI ROMPE EL SILENCIO