CUANDO “TODOS LO SABEN”, MENOS TU

La película española “Todos lo saben” (2018) es la excusa para escribir de cierta concepción cultural latina acerca de la familia, que bien puede ser no muy funcional a un orden social más productivo y ético. El film muestra de manera lenta y algo reiterativa, la actitud típica de una familia del interior español. Hay clima festivo, camaradería, hospitalidad, incluso mucha intimidad pero también la contracara, o, dirían algunos, la lógica consecuencia de “meter la narices donde no corresponde”, es decir, violar el respeto por los demás: traiciones, deslealtades, recelos, envidias. La trama, centrada en el secuestro de un pariente, más cercano de lo que se presumía, pone al descubierto todo tipo de intrigas que estuvieron latentes durante largo tiempo.

La película me permitió rememorar muchas reivindicaciones que se hicieron del familismo, esa mirada tan especial que se hace de la supremacía de la familia como núcleo de una sociedad, particularmente en Iberoamérica pero también en la Península Itálica. Cuando deportistas argentinos de la talla de Diego Maradona y “Ringo” Bonavena, pero también en la actualidad, la telenovela de los Icardi y los Nara, exaltaban y exaltan el papel de los padres, los esposos o las esposas, como verdaderos “caciques”, dueños de las vidas de sus parejas e hijos, lo cual puede trasladarse fácilmente al plano empresario -son muchas las empresas familiares tanto en España, Italia como en América Latina-, no parece haber forma posible y legítima de inclusión para aquellos extraños o lejanos que integran la sociedad pero se hallan fuera el ámbito del parentesco o la consanguinidad. El personaje de Darín en la película citada, pone de manifiesto lo dicho, con el agravante de que representa a un extranjero, lo cual denotaría cierta xenofobia en el guión.

En resumen, todo se circunscribe a la confianza. Como afirmó Francis Fukuyama en “Trust”, las sociedades más progresistas son las que se animan a confiar más en los que no son parientes. Construyen vínculos legales, asociativos, hasta financieros con los que están más allá del “batallón propio”, diría Burke. Eso les permite crecer y expandirse a lo largo del tiempo.

En los años noventa, yo mismo fui testigo directo durante cuatro años, trabajando para el Grupo Villavicencio (u Oroño), holding médico de la ciudad de Rosario, de evidente raigambre familiar, de la intrigas palaciegas entre hermanos, hijos, cuñados y yernos, que sin duda, distraían tiempo y recursos  en tan poderoso clan, retrasando su desarrollo empresarial y generando dudas acerca de su vigencia, más allá de la vida finita de sus fundadores.

En un conocido estudio en los años cincuenta, sobre las causas de la pobreza en el sur de Italia, Edward C. Banfield descubrió cierta “incapacidad de los lugareños para actuar conjuntamente en favor de cualquier objetivo que trascienda los intereses inmediatos de la familia nuclear”, y ello, porque la lealtad a la propia familia era el único valor aceptado por todos hasta el punto que imposibilitaba colaborar con cualquiera de otra familia.

Banfield denominó a este fenómeno, familismo amoral y atribuyó este singular ethos a una combinación de variables idiosincráticas. Su tesis desencadenó un extenso debate acerca de los requisitos culturales del desarrollo económico y las diferencias entre sociedades cerradas y abiertas y, pronto, este síndrome de familismo amoral fue también utilizado para explicar otros fenómenos como la Mafia o la Camorra pues basta con trasladar esa lealtad incondicional desde el núcleo familiar a la fratría masculina para encontrar el crimen organizado.

Según el español Emilio Lamo de Espinosa, efectivamente, esta singular ética se caracteriza al menos por tres normas, de indiscutible cumplimiento. En primer lugar, “cualquiera de los míos” puede hacer lo que sea (my country, right or wrong); siempre tendrá razón frente a los demás y merecerá -y tiene derecho a exigir- mi apoyo incondicional, al igual que él está dispuesto a darlo, sin condición alguna. En segundo lugar, “quien no está conmigo está contra mí”, pues no puede haber neutralidad, y así el mundo se divide en “buenos” (los míos) y perversos (los demás), que merecen reprobación generalizada. Finalmente, “quien ha estado conmigo no puede dejar de estarlo”; la omertá (ley del silencio o código de honor siciliano) no tiene marcha atrás pues la ruptura de este tipo de lealtades es, simplemente, traición que merece la máxima condena (eventualmente, la muerte).

Se ha discutido mucho cuál es el alcance de este flagelo. Pero lo que es probable es que una vez asimilado, puede trasladarse a cualquier grupo: mi religión, mi nación, mi partido político, mi sindicato, incluso mi “nuevo movimiento social”, todo ello, right or wrong. Son, por supuesto, lealtades perversas que una vez establecidas, exigen una entrega total, cerrando al grupo sobre sí mismo y acorazando a sus miembros. Pues en el extremo, se es sólo como miembro del grupo, que defiende la identidad total.

Habría que preguntarse si en Latinoamérica, no hemos pagado un precio demasiado elevado en términos de atraso, por mantener tan vigente este familismo amoral que la Europa meridional apenas disimula sólo por mantenerse en el espacio de la UE, Bruselas y Berlín.

Italia y el equilibrio de baja confianza

El decrecimiento demográfico de Europa del sur

EL MORBO DE NETFLIX: AHORA LUIS MIGUEL

Primero fue Colombia, luego México. Los dos “infiernos disfrazados de paraísos” de nuestro continente evangelizado que habla español. Antes fue Pablo Escobar Gaviria. Ahora, Luis Miguel. Pareciera que el “Sr. Netflix”, devenido por consumo de masas postmodernas, en el reemplazante de Hollywood, se empecinara en mostrarnos todas las miserias humanas que hubo o hay detrás de íconos del “realismo mágico” latinoamericano, ya sea en su versión política como artística.

Le toca al “Rey Sol de México”, que ni siquiera lo es, pues en la propia serie se reconoce que es puertorriqueño. La explotación de su padre “Luisito” Rey, la misteriosa desaparición de su madre italiana que vivió en Argentina, su vida descarriada con mujeres, sus hijos naturales, su carrera plagada de ascensos pero también descensos al infierno.

Por qué el Sr. Netflix se ocupa de desnudar tales circunstancias que ponen al desnudo a personalidades que arrasaron multitudes? Simplemente, por el amoral mercado. Detrás de la lógica del entretenimiento online, los precios accesibles y la globalización de sus suscriptores que sustentan a Netflix como negocio, ya no hay guionistas talentosos disponibles para Hollywood, han surgido otros en países de mano de obra barata como India y es más incentivador escribir series interminables que un público cada vez más ignorante consume sin cesar, que películas de una hora y media o dos. Incluso las series son las plataformas para sus actores en posteriores películas. Pero tales éxitos no podrían existir jamás, si del otro lado de la pantalla no existieran millones de personas que se regodean con descubrir las obvias miserias de los mismos ídolos que ellos catapultan. El costo de la fama es elevado y Netflix lo sabe, por ello, ahora lo blanquea y lo usa. Lo novedoso es el regodeo de la gente por saber qué pasó con la madre de “Luismi” o cuán maltratador era su padre con él y sus hermanos o cuál fue el récord de mujeres con las que se acostó.

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RECORRIENDO EL SUR DE AMERICA

Más de 25.000 kilómetros recorridos, en auto, durante un bimestre completo y algo más, por toda la costa de Brasil, de sur a norte, penetrando vía la Amazonia, en Perú, subiendo a Ecuador y luego bajando hasta Chile, uniendo los territorios lindantes con el Océano Atlántico con aquellos bañados por el Pacífico.

Desde el famoso “Diarios de Motocicleta” del “Che” Guevara con su amigo Granados por Latinoamérica, siempre guardó fascinación recorrer estos países, en cualquier medio que no sea el avión. De hecho, la experiencia guardada a través de estos dos largos y variados meses -en un auto Sedan cinco puertas-, es demasiada como para ser volcada en una o dos semblanzas en estas páginas. Sin tono geográfico o turístico, nuestra intención es más bien, sociológica. Lo haremos en varias ediciones, porque hay mucho por contar, por describir, por analizar y hasta por hipotetizar, aunque siempre nuestro ánimo, será compartirlo, con Uds., nuestros lectores.

Nuestro Fiat Palio en Vila de Sucunduri, plena Amazonia brasileña.

La foto refleja el final del viaje, es decir, el Paso Los Libertadores, en la cordillera de los Andes, precisamente en uno de los tantos cruces fronterizos entre Chile y Argentina.