QUE NOS PASO? O NOS HICIERON PASAR?

Me marcó para siempre el extraordinario libro «Qué nos pasa a los argentinos?» escrito en 1984, publicado por el gran sociólogo Manuel Mora y Araujo, sobre la base de un no menos brillante artículo «El ciclo político argentino» presentado en un Congreso en Brasil y difundido por la Revista Desarrollo Económico, del IDES, que congregara a una pléyade de economistas y sociólogos sin igual de los setenta y ochenta que se quedaron en el país después del nefasto «onganiato», Ambos textos, sobre todo, el primero, me brindaría una imagen equilibrada, lejos de pasiones absurdas pero también esquemas intelectuales demasiado simplistas acerca de por qué la Argentina, una verdadera promesa a nivel mundial, permanecía en el mismo lugar, a pesar de haber rozado «el paraíso».

Ahora bien, en el presente me falta encontrar un libro que describa por qué caímos tan bajo en las ultimas cuatro décadas, o sea, desde la lectura de aquellos textos hasta aquí. O, tal vez, en realidad, todo es cuestión de cómo se lo mire -y quién lo mire-

Porque aunque yo haya vivenciado como tal vez mis padres no lo hicieron, crisis de la envergadura de la del 2001 y sus consecuencias negativas- recuerdo mi horror al ver los primeros cartoneros en un viaje a Rosario en 2003 y el impacto al contrastar con la pujanza de la ciudad que nos permitió emigrar allí desde Santa Fe apenas 23 años antes-, probablemente se estaban escribiendo allí páginas de cierta continuidad con el pasado histórico que nunca debió ser idealizado ni por los Mora y Araujo ni ahora por Milei, sus aliados y muchos de sus votantes.

Quizás Argentina estuvo entre los primeros lugares del mundo por sus tasas de crecimiento a fines del siglo XIX pero lo hizo al compás de un mundo que también ascendía. Es posible que Yrigoyen y Perón no eran populistas ni demagogos sino estadíos en la trayectoria de un país con luces y sombras, pero en paz, donde se hacían caminos, políticas para los más pobres, había movilidad social ascendente, etc., mientras el mundo ardía dos veces en dos décadas. Si eso, envidiable por aquellos tiempos, por países de la Europa meridional,  era acompañado o no por índices de productividad laboral acordes, bueno, es cuestión de mediciones que no dejan de ser poco o nada neutrales. Si el liderazgo siempre necesario de las clases altas declinó al ritmo de un país que también fue castigado externamente como demostrara Carlos Escudé en su tesis doctoral escrita desde los Estados Unidos post desclasificación de documentos oficiales de la II Guerra, tampoco es de sorprender porque todos los liderazgos sociales sufren vaivenes, como resulta palpable ahora en la Europa de Postguerra Fría. En fin, hasta la inestabilidad política traducida en los sucesivos golpes militares podría ser explicada por la disfuncionalidad de un esquema capitalista periférico sui generis o, simplemente, como demuestra hoy el caso peruano, por la propia inercia cívico-militar, que luego, post 1983, sería «solucionada» al menos en ese aspecto -no en otros- de modo «satisfactorio».

Lo que queda por verse es si Argentina con el menemismo, el kirchnerismo y antikirchnerismo -o macri-mileismo reproduce todavía continuidades con aquel pasado o es tan disruptivo como parecía ser. Me da la impresión que todo sigue siendo una apariencia. Ni los K se atrevieron a hacer ni la cuarta parte que hiciera Fidel Castro y no sé si haría Myriam Bregman aquí, cuando realmente sí son necesarias tanto una buena reforma agraria como una impositiva -no regresiva- ni los de «la vereda de enfrente» con personajes nefastos y desleales como la ex montonera Bullrich, el ex «barrabrava» Ritondo y tantos otros, son verdaderos «republicanos». Tiendo a creer hoy, como nunca antes, sin ser conspiranoide, que ambos «relatos» han sido artificiales para encubrir operaciones de connacionales de ambos lados de la mal llamada «grieta» con intereses foráneos que les permitieron alternarse en el poder, manteniendo una elite privilegiada pero a la vez, intelectualmente mediocre, sentimentalmente egoísta y vergonzosamente antipatriótica.

Claro, a partir de la innecesaria crisis del campo en marzo de 2008, se desmadró todo y empezó otro ciclo que fue descendente siguiendo la lógica del fin de las commodities. Ese descenso, por ende, causado por responsables con nombre y apellido, no se soluciona con ajuste mágico y doloroso a lo Milei, conduciéndonos, no «al paraíso perdido» sino a «un infierno desconocido», sino con un cambio de paradigma que contenga lo mejor de nuestro pasado y nos entregue la esperanza de un futuro mucho mejor. 

Concluyo entonces que Argentina está siempre en el mismo lugar. En 1984, en 2008 y en 2026. Ello, lejos de implicar resignarse, permite soñar con UN CAMINO CONSENSUADO PERO SOLO CON QUIENES AMEN ESTA PATRIA, probablemente vía otra vez el peronismo, para acompañar a un mundo postoccidental que Mora y Araujo y Escudé entre otros, no vieron pero sí se permitían entrever. «Argentinos a las cosas», repetiría Ortega y Gasset desde 1939.

SEMANA DE SORPRESAS (DESAGRADABLES) EN ARGENTINA

Hace menos de una semana, no esperábamos el desenlace de ésta. Tampoco preveíamos el resultado tan abultado en contra del kirchnerismo, ni siquiera su derrota en Provincia de Buenos Aires. Todo lo cual demuestra una vez más que en Argentina resulta imposible aburrirse porque la vertiginosidad de las sorpresas es enorme, no obstante que luego del paseo por la montaña rusa que supone,  volvemos al mismo lugar. Cada momento a la manera de un ciclo perverso, parece reproducir las condiciones previas, acelerando el proceso de autodestrucción, aunque ésta nunca llegue.

En efecto, el gobierno de Alberto Fernández, estaba al borde de la hiperinflación de 1989, pero podía ganar pírricamente como en 2007, terminó siendo derrotado como en 2009, 2013, 2015 y 2017 y aún así, cree ahora que puede recuperarse una vez más, como en 2011 y 2019, por eso recrea insólitamente, un gabinete que se parece a 2014. La respuesta es siempre la misma: a la manera de un suicida, redoblar la apuesta, incrementando la radicalidad del fenómeno. La sociedad misma ha malcriado a la elite kirchnerista: le ha dado una y otra vez, oportunidades.

Primero, cabe un minianálisis de la derrota y su magnitud. El gobierno sufrió una «paliza» similar a la que sufriera #Macri en agosto de 2019. #Populismo sin dólares y cuarentena irracional fueron el combo para que perdieran hasta los propios: los pobres y los jóvenes, clientela especial k desde siempre, huyeron a filas renovadas, como por ejemplo, las de Javier Milei en CABA. El encierro feroz de la cuarentena, el daño a la economía privada y la indignidad de la ayuda estatal, hicieron el resto, para que por ejemplo, medio millón de matanceros no concurran siquiera a votar. La oposición no ofreció nada novedoso, incluso en regiones enteras, como en Córdoba, el esfuerzo que hizo para ganar, fue mínimo: sólo ofreció listas competitivas en todo el país y triunfó, sobre la base de la pérdida de casi 4 millones de votos respecto a dos años antes.

Tras el shock, el dilema que enfrentaba el gobierno el pasado lunes, pasaba por cómo asimilar la derrota, interpretarla y luego actuar en función de ella, considerando que quedaban dos meses para la elección parlamentaria de noviembre y dos años para terminar el mandato, con una elección intermedia con efectos destructivos. «Dilema» porque racionalmente, no se soluciona cortando algunas cabezas y radicalizando más pero tampoco devaluando o arreglando con el #FMI. El primer camino conduce a un desastre general -como bien advierte uno de los «delegados» del Papa Francisco -el Arzobispo de La Plata, «Tucho» Fernández- y el segundo trayecto, lleva a una derrota peor que la del domingo. «Están en el horno», se regodeaban en la oposición, nada motivada para ayudarlos en tal trance ante una instancia potencial de dialoguismo y sólo el disfraz de CFK como «corderito», al estilo del «efecto viudez» de 2010, podría salvarlos. Pero tampoco sonaba creíble esa jugada.

Les reconozco que pusieron la cara -para la foto- pero la pusieron

Quedaba por verse la actitud del #peronismo -o los #gobernadores– que no pusieron todo lo que había que poner, oliendo derrota, los acompañarían sólo hasta la puerta del cementerio. Pero al mismo tiempo, todos, sin excepción saben que #divididos, no tendrán rumbo alguno, excepto al abismo.Hoy, en la cumbre de La Rioja, estarán los gobernadores «fondos nacionales-dependientes», es decir la llamada «Liga del Norte», pero no así los de las Provincias más ricas, como Santa Fe y Córdoba, a quienes no convence un gobierno de clara raíz capitalina-bonaerense.

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SOBRE CARLOS ESCUDE

Esperemos que sea una estela del 2020 y no la continuidad nefasta. Una mala noticia para el mundo académico de las #RRII en #Argentina y por qué no el mundo. El pasado sábado 2 de enero, me informaron colegas de la #UNVM, que se nos fue el polémico pero siempre original CARLOS #ESCUDE. A quien invitamos a un webinar fallido por razones de Covid19, el 29 de setiembre pasado. Una gran pérdida.

El afamado escritor peruano y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa,  presidente honorario de la FIL, ya había criticado, desde una posición liberal, la crueldad y violencia del Estado de Israel, desde tiempos de Ariel Sharon -recuérdese la matanza de refugiados en Sabra y Shatila, con la excusa de que había células terroristas palestinas ocultas allí- y ni hablar, bajo el dominio hegemónico de Benjamin Netanyahu.

Pero quien fue más allá en su crítica, fue el heterodoxo pero brillante y original académico en Relaciones Internacionales, Carlos Escudé. Su opinión me parece  mucho más válida que la de Vargas Llosa, porque se convirtió a la religión judía en la última fase de su vida. Más allá de sus cambios o afinidades ideológico-partidarias (sucesivamente, progresismo, liberalismo, menemismo, kirchnerismo), Escudé tuvo una actitud crítica con ciertas decisiones autoritarias y confrontativas de Israel en las últimas dos décadas, sobre todo, con su política de colonización de territorios, además de exculpar a Irán en relación a los atentados de Buenos Aires, en los años noventa.

Esa fue una de sus tantas originalidades e innovaciones. Aún siendo judío, Escudé era libre de opinar lo que quería y lo hizo. Pero lo mismo puede decirse cuando le tocó a través de su tesis doctoral, estudiando en los propios Estados Unidos, como pocos argentinos en esa época, en la Universidad de Yale, fundamentar cómo aquel país y Gran Bretaña fueron grandes responsables de la marcada declinación argentina, a partir del castigo que recibiera nuestro país, por mantenerse neutral hasta el final de la II Guerra Mundial.

Un impacto menor aunque no sobre mí, causó con su genial libro «Patología del nacionalismo» donde desnudó el proyecto educativo argentino de enseñar la historia y la geografía del país, a lo largo de décadas, sobre la base de la victimización nacional, mediante la pérdida consuetudinaria de territorios a favor de nuestros vecinos (Brasil, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Chile). Escudé demostraría más bien, el producto contrario: a través de una minuciosa investigación histórica, Escudé fundamentó cómo los perdidosos fueron los otros países, no el nuestro, lo cual explica la envidia y el resentimiento de algunos de sus pueblos, como el chileno.

Escudé tiene otros méritos no menos relevantes, en su propia trayectoria académica. No sólo que retornó a su país, pudiendo quedarse en Estados Unidos, sino que siendo parte integrante del sistema académico investigativo nacional (CONICET), logró construir una teoría propia de la autonomía nacional en política exterior (el «realismo periférico»). Intentó aplicarla bajo el mandato de Guido Di Tella como Canciller de Carlos Menem (1989-1995-1999) aunque ya en el llano, tuvo que explicar una y otra vez, a sus colegas, cuánto,  cómo y bajo qué márgenes políticos, pudo hacerlo.

Inquieto y visionario, en el año 2006, pude verlo dar su conferencia en el CEA de la UNC, en Córdoba Capital, explicando cómo Argentina debía ya plantearse una relación comercial y estratégica privilegiada con China. Ello explica en parte su cierta simpatía coyuntural con el kirchnerismo (2003-2007-2011-2015).

Como pocos, Escudé, que además era generoso, porque toda su producción académica está accesible en Internet, me enseñó el camino. Se puede ser cientista social, con convicciones propias, pero sin aferrarse a dogmas e intentando siempre quebrar consensos, corriendo los límites de la verdad. Hasta la cuarentena misma para luchar contra el Covid-19, lo movilizó a escribir sobre la pandemia, presentando algunas reflexiones sobre la «nueva normalidad», con alguna ilusión o expectativa humanística al respecto y hasta me animé a participar de tal debate, viendo cómo el resto de los invitados lo respetaban. Incluso militó en la calle, con cacerola en mano, contra la decisión del alcalde porteño Rodríguez Larreta de encerrar a los vecinos ancianos, para evitar sus contagios, en nombre de la lucha contra el Covid. La misma pandemia que el sábado pasado nos lo arrebató.

QEPD Carlos Escudé.

ROCK AND ROLL «FIERITA»

 

Mi hijo Nicolás Andrés tenía dos fechas para nacer en octubre de 2000, habiendo descartado ya hacerlo el mismo día que yo (el mítico 17): el 23, el día del cumpleaños de «Charly» García -en el el que nació- o, el 30, el de Diego Armando Maradona. En cualquier caso, sería un día escorpiano, el de un talentoso puro, un genio, aunque Nico hasta el día de hoy, intenta y lo logra, no serlo. Porque sabe en su interior, por eso lo admiro, que ese tipo de vidas son realmente intensas, desmesuradas, constantemente en un subibaja o montaña rusa -a lo Kusturica- y él prefirió la tranquilidad absoluta. Su bajo perfil le permite disfrutar a su manera de las oportunidades que le brinda la vida y él busca, tomar distancia de las adversidades de algunos de sus hermanos mayores e ir zigzagueando los peligros que le deparó -y depara- la vida misma.

Pero claro, ése no fue el camino de Maradona que nos dejó ayer a las 12 del mediodía, a la temprana edad de 60 años, con un corazón grande pero desgastado y pulmones más que agobiados. Si ser Maradona fue difícil y eso lo torturó, como creen descubrir ahora algunos intelectualoides, él también lo buscó. Todos elegimos ser lo que somos. El eligió esa vida porque otra tal vez no le hubiera permitido ese genio del fútbol mundial que fue y hoy todos, sobre todo, fuera del país, reconocen y hasta veneran.

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37 AÑOS DE DEMOCRACIA ARGENTINA: ALGO PARA CELEBRAR?

No mucho porque la foto del momento es patética. La semana que acaba, nos dejó al peronismo bifronte al desnudo: con la carta de la Vicepresidenta CFK «respaldando» al Presidente Fernández (perdón?) y pidiendo negociar (perdón? bis) con -no se sabe bien- quién; el desalojo de Guernica en manos de piqueteros de izquierda subsidiados por el gobierno, pero reprimidos por parte de Berni, que forma parte de la misma coalición gobernante; la expulsión de los ocupantes -también paragubernamentales en este caso, a cargo del delegado papal Juan Grabois- de otro campo, el de la familia Etchevehere, azuzada por una interna entre hermanos, por parte de la policía entrerriana y, como si esto fuera poco, la baja artificial del dólar «blue» con la venta de dólares a futuro, o sea, un típico seguro de cambio que pagará más tarde o más temprano, toda la población argentina, aún la que como decía Perón, «jamás vio un dólar».

De este peronismo dividido por el propio «fuego amigo», que gobierna o simula gobernar sobre este Titanic a la deriva que es la Argentina, al borde de una hiperinflación y un caos en materia de gobernabilidad, pasamos al radicalismo que quiere reconstruir un polo alternativo, a la manera de lo que fue «Juntos por el Cambio» y antes «Cambiemos», que no cambió nada y en todo caso, nos retrotrajo al pasado reciente más oscuro (2003-2105). El problema es que tanto ésta como la del oficialismo, parecen querer recrear adentro, una alternativa socialdemócrata con Rodríguez Larreta, Vidal, Carrió y Lousteau, pero con el republicano liberal López Murphy adentro, como si intentaran recrear (sic) los infelices años ochenta, dado el enorme desencanto que produjeron. Todo un síntoma de un tiempo que se niega a desaparecer como fueron los setenta para buena parte de la elite kirchnerista, que usó y abusó de esa iconografía falsa de la rebeldía de aquellos «jóvenes idealistas».

La izquierda parece resucitar y vuelve a salir a las calles y hasta propone huelgas en el seno de las Universidades, donde estaba durmiendo el sueño de los débiles o aletargados, algo que avergonzaría hasta el mismísimo «Che Guevara».

Finalmente, la centroderecha que se había apartado a los medios y sólo había apoyado con votos, el fantasioso experimento macrista, descubrió con la aparición de Javier Milei que la posibilidad de un déjà vu de los años ochenta, en la gloria del Capitán Ingeniero Don Alvaro Alsogaray y su nave insignia -la UCEDE- es factible, para volver a erguir este país moribundo.

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EL INFIERNO TAN TEMIDO

Una crisis de gobernabilidad no se incuba en unas semanas, tampoco en meses. Quizás algunos años. Cuando el mundo le sinceró a Macri que ya no habría financiamiento externo en marzo de 2018 y toda la fantasía del «genial timbero financiero» Caputo, cayó como «un castillo de naipes», entró en un tobogán permanente que desembocaría en la «sorpresiva» derrota en las PASO contra los Fernández, para no poder ser revertida a pesar del esfuerzo final, en octubre de 2019. Había alternativa política allí, el recambio, a pesar de que espantara a casi la mitad del electorado.

Siempre me pregunté qué sería de la Argentina si volviera a gobernar CFK, aún encubierta o abiertamente como ahora, y voy respondiéndome esa pregunta día a día, a medida que se aproxima la tormenta perfecta, del default, del impacto del emisionismo monetario sin igual de estos meses de cuarentena, del sinceramiento de precios y tarifas, de la devaluación, cuando se achique la brecha con el dólar paralelo, en fin, cuando quede al desnudo, el gobierno de los «no científicos».  Ni la épica del triunfo sobre el virus, ni la apelación al esfuerzo colectivo ni la solución semiautoritaria vía la renuncia de Alberto y la asunción de CFK o la de Berni ganando la parlamentaria en Buenos Aires, podrán salvar al gobiermo y tampoco a la oposición, cómplice de este desaguisado. Como se ha visto con las iniciativas más proclives al «paladar negro K», como la expropiación de Vicentín o ahora, la reforma judicial, enfrentarán crecientes rechazos sociales que terminan acorralando los intentos de frágil moderación de unos y otros.

Entonces, una crisis institucional y por qué no, de gobernabilidad, está a la vuelta de la esquina en Argentina, no creo que esperemos al 2021 para verla  y nadie quiere asumirlo, porque se mezclan tabúes de golpismo histórico y autismo más miedo generalizados. Una vez más, la pandemia desnudó y agudizó los graves déficits institucionales allí donde los había y en 37 años de democracia, nunca resolvimos. El gobierno por más que «saque de la galera», 60 medidas, no cree en los planes, no tenía ninguno desde que asumió, por eso se aferró a la cuarentena y tampoco podrá elaborar uno, por más que el FMI, en caso de evitar el default, le exija uno.

Pero qué antecedentes hallamos en la historia para llegar a tan terrible pronóstico. Desde luego, hay factores multicausales, para arribar a esta conclusión, como la anomia social, el pésimo resultado macroeconómico, la inseguridad, el Estado fallido, pero sobre todo, la ausencia de plan u horizonte integral por parte de la clase política, que terminó por hartar a la sociedad. Un consenso para hacer reformas de fondo, como las que necesita Argentina, no puede avizorarse en un plazo corto. Por lo que la situación se asemeja a 1974-1975, cuando murió Perón, gobernó Isabel, con la sombra de López Rega y fracasó el plan de sinceramiento de precios de Celestino Rodrigo, depositándonos en la hiper de 1975. Si a ello le sumamos que el mismo gobierno constitucional había elegido la opción legal de la guerra antisubversiva con todo el aparato represivo estatal, acabó de «cavarse la propia tumba», cuando el líder de la oposición, Ricardo Balbín, de la UCR, dijo ya no tener soluciones para salvar al gobierno. Tampoco olvidemos que aquel regreso de Perón, fue precedido por el gobierno «comodín» del «Tío» Alberto J. Cámpora, cuya principal medida fue la liberación masiva de presos políticos, no por corrupción o delincuencia, como en abril pasado, sino ex guerrilleros urbanos y terroristas. En marzo de 1976, tras aquel caos, sin rumbo alguno, con violencia política – y no tanta delincuencial, como la actual-, todos esperábamos a la dictadura militar aunque nos agradara el eufemismo de «Proceso de Reorganización Nacional». Todos sabemos también lo mal que terminó -y terminamos- al cabo de 7 largos años.

2001 fue una catarata de errores no forzados. El nombramiento y falta de apoyo suficiente a López Murphy, para enmendar los errores fiscales de los noventa, en un momento sin apoyo financiero externo, la asunción de Cavallo para salvar a su criatura, la Convertibilidad, el intento de bancarización de los informales y el primer «corralito», terminaron con el gobierno de De la Rúa. Este ya venía golpeado desde la renuncia del Vicepresidente Alvarez por lo que con una alianza entre el propio radicalismo conspirando con Alfonsín a la cabeza, seguido por Leopoldo Moreau, sobre todo contra la figura de Cavallo y el peronismo, el bonaerense de Duhalde, luchando desde 1997, sostenido por una poderosa coalición antimercado y pro salvataje de deudas en dólares (Grupo Clarín, UIA y CAME), no pudo sostenerse y pronto fue derribado. En octubre, había ganado el «voto bronca», con el muñeco «Clemente» a la cabeza, por lo que existía un notorio vacío de poder. Algunos de los sindicalistas tradicionales que conspiraron contra De la Rúa, ahora le dan un ultimátum al gobierno de los Fernández.

Tanto en 1976 como en el 2001, la situación de deterioro macroeconómico pero sobre todo, político, desembocó en sendas crisis institucionales, incluso de gobernabilidad. Se trataba de gobiernos que no gobiernan: pueden gritar como lo hacía «Isabelita» pero sin comunicar nada; pueden sobreactuar o contradecirse, dar alguna muestra de gestión mínima, como comunicar el número de contagiados y fallecidos por Covid-19 día a día, pero la gente espera de ellos, otra faceta. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

Hoy, ya sin el recuerdo generacional de 1976, los «Millennials» ni siquiera imaginan una circunstancia tan dramática como aquélla. Pero está a la vuelta del camino porque el actual gobierno e insisto, la oposición, con «fuego amigo» en ambos bandos, se han «anotado todos los números». Al incubamiento previo, le han «echado más nafta al fuego» y dudo que un sinceramiento de precios pueda ser resuelto pacíficamente, con medios de comunicación comprados, sindicatos apenas murmurando y una sociedad anestesiada y con miedo producto del terrorismo mediático. Tarde o temprano, esa olla a presión estallará. Un mix de 1975, 1989 (la segunda hiperinflación) y 2001, se avecina. Un arreglo de la deuda, el esperado rebote del «gato muerto» o la suba de la Bolsa y acciones, no alcanzan para disimular la caída. La regresión semiautoritaria de los últimos años en la región con rebrotes en tal sentido en la Brasil de Dilma y la Bolivia de Morales, más la supervivencia de Cuba y Venezuela, favorece la resiliencia autocrática de la Argentina.

Ojalá me equivoque. Por ahora, una vez más, es «la tragedia que deviene en farsa».

BRASIL-ARGENTINA Y EL LIMITE DEL COMPARATIVISMO

Brasil es una realidad muy cercana para mí. Desde pequeño, admiré -y envidié sanamente- su fútbol, conociendo el sur de su vasto territorio por primera vez junto a mis padres hce cuatro décadas exactas cuando tenía 15 años de edad y volví a veranear en él, en los últimos años, recorriéndolo hasta el norte y parte del centro. Ex compañeros de estudios y amigos personales como Marcelo Fretes, Mariano Sánchez, Javier Vadell -a quien tuve como mi propio profesor de Economía Internacional en el Doctorado de Relaciones Internacionales en la UNR en el año 2010- y Guillermo Raffo quienes han tenido o mantienen vínculos afectivos o laborales, incluso tres de ellos, de residencia con el país. El transcurso del tiempo me dio la posibilidad de publicar un capítulo de un libro, proyecto brasileño-español sobre la crisis política de 2015. La afinidad pero también rivalidad con Argentina -producto tal vez de una breve guerra en 1826-1827-, está siempre presente.

En los últimos días, Brasil vivió un comienzo de año de terror.  A fines de enero, el rompimiento de la barragem (represa) en la localidad de Brumadinho en el Estado de Minas Gerais, provocando 157 muertos y 165 desaparecidos con un daño ambiental posterior enorme y ya en febrero, un temporal con una lluvia abundante y duradera que azotó la ciudad de Rio de Janeiro, causando la muerte de 6 personas, fueron dos tragedias que enlutaron al país. Ayer, para agravar este panorama desgraciado en un año que se inició con un nuevo Presidente -internado hace semanas en un nosocomio en Sao Paulo, convalesciente tras la herida provocada durante la campaña electoral del año pasado-, se produjo un incendio pavoroso que mató a una decena de jóvenes promesas de 14, 15 y 16 años, jugadores del Club Flamengo, en las instalaciones del centro de entrenamiento de la entidad, en Ninho do Urubu, también en la capital carioca, donde vivían becados.

Los chicos (en portugués, meninos), aunque apadrinados por actuales y ex jugadores de fútbol profesional, eran atletas de base, que proviniendo de familias pobres de Sao Paulo, Minas Gerais pero también de lugares alejados de Brasil (del norte como Ceará o del sur, como Santa Catarina), dormían insólitamente en un container adaptado como habitación con literas, aunque la Prefeitura (Municipalidad) de Rio de Janeiro sólo la había autorizado como lugar apto para estacionamiento de vehículos. Hay que recordar que el Flamengo es el equipo más popular de Brasil, con más de 32 millones de simpatizantes en todo el país.

Tres acontecimientos muy diferentes, dos de ellos vinculados con el medio ambiente, otro, tal vez más azaroso, provocado por el desperfecto técnico de un aire acondicionado, pero que demuestran a las claras, que detrás de un país que es y se cree grande, llamado a desempeñar un papel importante en su continente y hasta en el mundo – recuérdese la pretensión del ex Presidente Lula -hoy preso en Curitiba-, de una banca estable para Brasil en el Consejo de Seguridad de la ONU como un sexto miembro-, existen debilidades o fragilidades evidentes que alejan al país de la concreción de semejantes ambiciones.

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