HACIA UN BRASIL POST LULA?

La grandiosidad territorial de Brasil, tiene una estrecha relación con su historia, nada parecida a la Argentina, a pesar de que aquí, muchas veces se ha abusado de las comparaciones entre sus procesos procesos (Perón-Getulio Vargas, dictaduras militares, Kirchner-Lula, Cristina-Dilma). Sin ser ambos países nada revolucionarios, desde su propio origen, Brasil, el último país occidental en abolir la esclavitud, nació a la vida “independiente” producto de una decisión de la corte portuguesa, que instaló a Pedro en el cetro imperial de Río de Janeiro. Esto coloca al país en un situación absolutamente diferenciada del resto del continente. La gestación como Estado-Nación tuvo una naturaleza monárquica y su raíz fue una de las realezas más conservadoras del mundo europeo. 

Que Tiradentes en el siglo XVIII, levantando a los mineros o el obrero metalúrgico Lula Da Silva haya provocado cierta resistencia obrera a la izquierda un siglo más tarde, no mueven demasiado el amperímetro. Brasil fue un país conservador, con fazendas casi al borde del latifundio sobre todo el norte y con poderes fácticos, como los industriales de Sao Paulo, la banca carioca y los oligopolios de los medios de comunicación como O Globo, que tienen poder de veto y hasta influyen en quienes osan desafiar ese “establishment“. Más cerca en el tiempo, se sumó la judicatura que empezó a ser independiente paradójicamente con Lula y ahora le paga a él, con su cárcel por 12 años. El cambio fue y es posible en Brasil, pero sólo vía y al ritmo de ese poder de hecho.

Como lo comprobé en mis viajes desde 2015 a Brasil, tras 4 décadas de ausencia, los pragmáticos -ya lejos de la izquierda ortodoxa-, Lula y Dilma y casi todo un PT corrido hacia el “centro”, produjeron mejoras indudables en la calidad de la vida -inicialmente muy baja- del pueblo brasileño, bajaron la pobreza, mejoraron la infraestructura, armonizaron más sus otrora diferencias regionales, pero pactaron con “el diablo”: negociaron y congeniaron con esa elite. Pero al hacerlo, tuvieron que entrar en la lógica y redes de tráfico de influencia y corrupción que durante décadas caracterizó a aquélla. En lo sustancial, ambos se beneficiaron por el escaso nivel educativo de la sociedad brasileña, influida por su etnicidad -ahora profundizada por su elevada religiosidad-.

Cómo será el Brasil post Lula, es todo una incógnita. No me queda tan claro que su estrategia de victimización (un Lula “reloaded“a los años setenta) tenga efectos positivos sobre su candidatura presidencial. La derecha fáctica tratará de proscribirlo y en ese caso, habrá que estar atentos por si se viene una reacción genuinamente conservadora, de ésas que tanto profetizaron sin éxito, los populistas e izquierdistas del continente, con Jair Bolsonaro a la cabeza o, si el sistema político brasileño se reconstruye de tal marasmo, de un modo civilizado y gradual, refortaleciendo a sus partidos políticos, ya sin figuras estelares presas o acusadas de corrupción. Incluyo al propio presidente Temer, quien parece un garante de que esa salida institucional se realice de manera pacífica, aunque sin afectarlo a él personalmente, no obstante que tiene buena cantidad de causas judiciales en su contra.

Fui testigo directo el 18 de enero de 2017, en las rutas del sur brasileño, de semejante grado de conservadorismo de la sociedad brasileña. Ese día se conmemoraban cinco meses de la destitución de Dilma y algunas mujeres negras con sus hijos pequeños, habían cortado la ruta por la que nos dirigíamos ya de regreso al sur brasileño, desde Rio de Janeiro. Eran apenas un puñado con tamboriles, cortando ramas de bananeros, quemando algunos neumáticos y hasta un bus atrás de la protesta. Un negro flaco y desgarbado, con la camiseta número 9 del Inter de Porto Alegre, lideraba el proceso y dirigía un cordón humano para que pasen unos pocos vehículos a paso de hombre.

Pero lo insólito fue la actitud no sólo de la policía que no hizo nada por levantar el piquete, a la manera argentina, sino lo que me dijo el oficial para justificar su inacción. “Qué quieres que haga”?, me preguntó de una manera resignada. Algo similar -o más grave- me planteó otro policía brasileño, un año después, cuando en un puesto policial yendo hacia el norte del país, me preguntó en plena noche, si “llevaba armas de fuego”. Imaginemos cómo se hubiera reído un narcotraficante o un delincuente común ante semejante interrogante.

Pero lo más grave de aquella tarde humeante y exasperante, fue la docilidad y pasividad con la que estuvieron detenidos miles de brasileños con sus autos en la ruta. Yo era el único que tocaba bocina tratando de romper de alguna forma, con el bloqueo de la ruta o, al menos, manifestar mi desagrado y bronca con la actitud de todos allí. Por un momento, no compendí que eso era Brasil. Allí no hay quejas, no hay resistencia, el clamor viene a posteriori, cuando los otrora poderosos pierden su poder, como le pasó a Lula y ahora sí, la sociedad que se benefició con sus medidas, lo rechaza o ignora. Tal vez, sea su clima, su naturaleza, su historia, la que los induce a comportarse así. Quizás, allí, donde basta con lucir una camiseta de futebol, mecerse en una hamaca para protegerse del sol o subirse a un árbol y sacudirlo un poco para dejar caer sus frutos y alimentarse así, sirva no hacer olas ni provocar rebeliones innecesarias, para cambiar de modo leve, ese orden natural.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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2 comentarios

  1. Rosendo Fraga contra la tesis de la caída generalizada de “gobiernos populistas de izquierda”. https://www.youtube.com/watch?v=oIqOffmX3_w

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