RUTAS ARGENTINAS

De ida, las bellezas de las serranías de Tandil y Balcarce. Camino a Mar del Plata, para festejar con mis hijos, el feriado navideno, pero sobre todo, el cumpleaños de mi segundo hijo Tomás Martín.

Marquesinas de Teatro

Playa del centro de MDP

Tomás y Nicolás

En cambio, de regreso, un desperfecto mecánico menor (el alternador), hizo que mi viaje normal de 10 horas, se convirtiera en una odisea de casi dos días. La parada técnica en San Miguel del Monte -donde naciera el gran Ubaldo Matildo Fillol, ex arquero campeón del Mundo 1978-, en la intersección de las Rutas 41 (provincial, bonaerense) y 3 (nacional, hacia Bahía Blanca y el sur), tras una noche de espera, alteró mis planes iniciales.

No me quiero olvidar del gesto desinteresado y solidario que tuvo Sergio, el dueño del Parador y Balanza de la Ruta 41 en General Belgrano, el pueblo anterior a San Miguel del Monte. El me cargó una hora la batería de mi coche, para que pudiera llegar a Monte al menos, antes del anochecer, sin siquiera poder encender las luces bajas para no gastar energía inútilmente.

Pero como «no hay mal que por bien no venga», ello me obligó a buscar rutas alternativas para tratar de acortar camino hasta el destino final. Primero, en pleno corazón de la «Pampa Gringa» bonaerense, antes de llegar a San Andrés de Giles -donde naciera el ex Presidente justicialista Héctor J. Cámpora- desvié en Mercedes, hacia la provincial 5, con destino a Chivilcoy y luego hasta la nacional 7, a la altura de Chacabuco. Desde allí, hasta Junín, luego entré a Provincia de Santa Fe, hacia el sur, a la altura de Diego de Alvear y Rufino y en breve, penetré a Córdoba, en Rosales y Laboulaye. En dos horas más, estaría en Villa María, exactamente en el centro de la Argentina.

Históricamente, todas las localidades bonaerenses nombradas tienen algo para narrarnos. En términos genéricos, podría decirse que no existían hasta la primera mitad del siglo XIX, pues eran territorios ganados al indio. Paradójicamente, quien era el dueño y señor de aquellos parajes, Don Juan Manuel de Rosas tenía sus estancias y ranchos en la zona, encargándose de la seguridad militar de la misma. hay numerosos sitios históricos que tienen relación con la vida del ex gobernador de la Provincia.

En cambio, las ciudades santafesinas y cordobesas del trayecto tienen un patrón fundacional diferente: están vinculadas con la conquista roquista del «desierto» en la segunda mitad del siglo XIX, la colonización agrícola de los inmigrantes europeos y la llegada del ferrocarril.

En tren de hallar de cada desgracia, una oportunidad, tal recorrido me permitió observar sociológicamente lo que ocurría. De haberlo hecho con mayor sustento científico, podría haber formulado todo un diagnóstico basado en la lógica del interaccionismo simbólico a lo Alfred Schütz, el austríaco célebre por «el mundo de vida».

La experiencia de esas casi 48 horas, pude compartirla con miles de argentinos/as desconocidos, seguramente provenientes de varias Provincias, no sólo bonaerenses y porteños, a través de sus múltiples vivencias respectivas, como trabajadores (jóvenes) en las estaciones de servicios que frecuenté; como turistas yendo a los centros de veraneo en la Costa Atlántica; como habitantes de las localidades y ciudades que iba recorriendo; incluso como trabajadores del campo, trabajando a sol y sombra, sembrando, arando y regando las inconmensurables hectáreas de cereales y oleaginosas.

Realidades múltiples pero coexistentes e interactivas. Así, fui testigo desde las particulares -e insensatas, a la luz de la expansión de la variante Omicron de Covid-19aglomeraciones de los argentinos, compartiendo mates, baños, reuniones de todo tipo, etc., pasando por el pésimo estado de las rutas, tanto nacionales como provinciales y como contraste, hasta la fenomenal laboriosidad y productividad del campo argentino, aún agobiado por la pesada carga impositiva a la que se ve sometido por la voracidad estatal. En un país, donde hasta se puede sembrar soja en las banquinas, como se ve en las fotos.

Argentina tiene toda una historia por resolver con la improvisación, la impericia de su propia sociedad y sus gobiernos, pero también con la actitud del campo que alimenta esa voracidad fiscal. Ojalá en los próximos meses y años, se de el verdadero debate acerca de cómo distribuir mejor esas cargas y así recrear un país mucho más productivo y socialmente más parejo, con oportunidades para todos.

RECUERDOS DE GLORIA Y DESPEDIDAS?

Como visitantes, dos derrotas al hilo, ambas por goleada en menos en una semana y sin anotar goles a favor. Una frente al clásico rival, posibilitándoles clasificar a una Copa internacional y otra, en una final contra el mejor equipo del segundo semestre del año: si la ganaba, lograba su segunda estrella en la historia de 116 años y todo el país hablaría nuevamente de Colón. Todo ello, luego de una brillante exhibición ante los tucumanos, como local. Claro, ahora que el periodismo porteño vocifera lo que el santafesino calló, lo que desde el 29 de noviembre estaba sentenciado, es decir, que por diferencias con la dirigencia, el DT del campeón del primer semestre, Eduardo Domínguez, se iría del club, ese brutal bajón del equipo en pocas jornadas, tiene algún grado de justificación.

Nadie niega el mérito de Domínguez. Hace casi dos años, es cierto: tomó el equipo casi descendido, fue y ganó en Rosario. Ordenó todo puertas adentro, potenció jugadores y armó un equipo con un sentido de pertenencia notable para salir campeón del fútbol argentino, un total de 64 puntos contabilizando todo el año, el cuarto mejor equipo del país y el regreso, tras 12 años, a la Copa Libertadores.

En este segundo ciclo de Domínguez en el club, logró un 55,95 % de efectividad sobre un total de 56 partidos: 27 triunfos, 13 empates y 16 derrotas, con 76 goles a favor y 59 en contra.

En el primer ciclo, había ganado 7 partidos consecutivos y en este segundo,  5.  Dos veces nos alejó del fantasma del descenso. Le ganó al Sao Paulo en Brasil y le ganó a Unión como visitante. También ya nos había clasificado a la Copa Sudamericana en 2018.

En total, contando los dos ciclos, Domínguez logró sobre un total de 126 partidos, un 53,7 % de efectividad, con 56 victorias, 35 empates y 35 derrotas, con 158 goles a favor y 119 en contra.

El destino del ex jugador y técnico de Huracán puede ser Independiente, Boca o el Inter de Porto Alegre, pero eso ya no importa. Incluso Colón podría hacer un último esfuerzo por intentar retenerlo.

Al menos a los hinchas de Colón que poblamos y hasta superamos en número, apoyo y cánticos a una tribuna como la riverplatense, sí nos importa seguir agradeciendo por aquel campeonato logrado pero sobre todo, volver a energizarnos para disponernos a vivir años mejores que éste que se va. Porque Colón está por encima de sus técnicos, de sus jugadores, de sus presidentes, de sus socios. Ello explica su creciente grandeza, representada una y otra vez, por el amor de sus simpatizantes. Como yo mismo fui testigo de esa pasión en Santiago del Estero, el pasado sábado 18.

DALE CAMPEON!!!

Resonó más que nunca y como lo habíamos soñado muchas veces. Pero además de la presión enorme de la hinchada, en un día especial por partida triple (de la Madre, de la Lealtad Peronista y mi cumpleaños), resonó ese grito de guerra para tirarle toda la «chapa» encima a un Talleres que venía agrandado y hasta subestimando a Colón -reservando tres titulares para el cotejo del jueves con River en Córdoba-.

Robando cámara en «Paso a Paso» (TyC Sports)

En fin, fue una jornada hermosa de sol -como siempre un 17/10- y otra vez, como tantas, la lealtad del pueblo «sabalero» fue pagada con creces, por este equipo campeón. Ojalá pueda seguir así en las fechas restantes hasta el final del torneo, porque ese título fija la vara ahora muy elevada -para propios y extraños-.

Llegando temprano al Estadio Brigadier López

Entrando al Estadio

Una panorámica de un Estadio bastante lleno

El festejo posterior con el tradicional liso santafesino

DE APAGONES Y CAMPEONES

Cuenta la leyenda que Colón de Santa Fe está indisolublemente ligado a cataclismos.

Me tocó vivir uno, el sábado 29 de julio de 1995 estando en Viña del Mar, Chile. Ese día, durante la tarde, escuchaba por radio, cómo mi club favorito de fútbol, ascendía por fin a Primera División, luego de enormes peripecias que duraron 14 largos años en la liga inmediata inferior (Nacional B) pero a la primera hora del día siguiente, como si la energía festiva del sudeste del continente, se hubiera trasladado a la costa oeste del Pacífico, temblaba la tierra justo al lado del mar, en mi edificio de 22 pisos, por un terremoto con epicentro en Antofagasta. El lunes pasado, parecía volverse a repetir la historia.

Siete horas duró mi viaje ida y vuelta a Santa Fe, desde el interior de Córdoba, para volver al Estadio Centenario, tras un año y medio de ausencia de público en las canchas -por la pandemia- y tres y medio de mi última visita, en ocasión de un empate con Huracán 0-0. También siete horas duró un gigantesco e inexplicable apagón mundial de las redes sociales gerenciadas por Mark Zuckerberg: Facebook, Instagram y lo más grave, Whatsapp.

El motivo del viaje especial tenía relación con una razón poderosa para celebrar. Colón había salido campeón el 4 de junio pasado, en la ciudad de San Juan, muy lejos de Santa Fe y sin público en las gradas, en razón de las restricciones de la cuarentena: hace exactamente cuatro meses atrás. El festejo del plantel en soledad y apenas la algarabía que duró días enteros, en la propia Santa Fe, en las calles. No había existido ocasión de compartir juntos, hinchas, dirigentes y jugadores, eso que habíamos soñado durante generaciones enteras a lo largo de 116 años: una vuelta olímpica, fuegos artificiales, ritmos musicales, fotos y videos para compartir en un día, donde las redes volvieron sí, apenas comenzó el partido, como si milagrosamente, quisieran formar parte de esa verdadera fiesta colectiva.

Pensé de inmediato en mi viejo, que me llevó por primera vez a una cancha, siendo un niño, haciéndome fanático de esos colores rojinegros; en mi vieja, que siempre me apoyó, aún cuando sufriera como yo, por cada derrota, por radio, por TV o viajando a Santa Fe, cada 15 días desde Rosario; en mi rusa Ekaterina quien sin conocer todo ese pasado de alegrías y sufrimientos varios, volcados más de una vez en estas páginas, me acompañara una y otra vez, en la propia cancha o fuera de ella, cada vez que jugaba Colón, desde donde estemos, incluso en alguna madrugada europea. Yo era un privilegiado que ahora ya por fin, habiéndome asociado recientemente, por primera vez en mi vida, podía estar esa noche especial de lunes laborable, siendo testigo de semejante demostración de fe y lealtad a esos colores «sangre y luto».

en las afueras del Estadio, en la cola para ingresar, sobre Boulevard Zavalla

Les dejo algunas fotos propias -y ajenas- además de videos alusivos, para que sean copartícipes de esa gran vivencia que me tocó experimentar ese inolvidable 4 de octubre de 2021.

Luis «Pulga» Rodríguez, viajó especialmente desde La Plata, para posar con la Copa y Eduardo Domínguez, DT del equipo campeón.

Me despido recordándoles que las mayoría de las veces, las leyendas asumen la realidad. LA LEYENDA CONITNÚA.

DE LEYENDAS Y SUEÑOS (QUE SE CUMPLEN)

San Juan, 4 de junio de 2021.

Que la pasión en estas latitudes del globo terráqueo, tienen una estrecha relación con el deporte y sobre todo, el fútbol, no es ninguna novedad. Hasta el cine, como por ejemplo, «El secreto de sus ojos» (2009) reflejó dicha obsesión de los hombres pero también recientemente las mujeres, por la actividad del balompié. Sólo así se explica que anoche, una vez que el árbitro Pitana hiciera sonar su silbatazo final en la lejana y cuyana San Juan, aún violando la cuarentena argentina, hayan salido más chicas, adultas y hasta abuelas a las calles de Santa Fe, felices y embanderadas con los colores de sus amores, festejando el ansiado título, a la par de sus hombres o sin ellos. Tal vez, ese mismo encierro ha hecho más que evidente la necesidad de muchos hinchas de expresar de manera atípica, sus emociones inigualables, que de haber existido una situación más normal, también hubieran sido algo más atinadas, aún cuando es difícil imaginar qué se siente en la piel de un simpatizante, cuando su club gana por primera vez en su vida, una estrella.

Es que tuvieron que pasar 116 años y algunas semanas, para que un club del interior de la Argentina, cuyo rasgo esencial es el sufrimiento a lo largo de décadas, pero también la lealtad genuina de sus hinchas, pudiera gritar «Campeón» en un torneo nacional. Fue en un contexto anormal, sin público en los estadios sin localías válidas y tampoco, sin gente de manera masiva, celebrando en las calles, aunque como queda dicho, dicho factor se cumplió a medias por lo visto anoche, en muchos lugares de la Provincia de Santa Fe, no sólo la capital.

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PUÑOS DE ACERO (DESDE ABAJO)

Esta semana los argentinos perdimos por el Covid-19, una legendaria figura del boxeo argentino. Juan Domingo «Martillo» Roldán, cordobés, no pudo coronarse campeón mundial de pugilismo, pero lo intentó tres veces (contra «Marvelous» Hagler, Tommy «la Cobra» Hearns y Michael Nunn), dando muestras de su hombría, valerosidad y fortaleza, porque en esas diferentes ocasiones que tuvo, pudo evidenciar su carácter aguerrido y sus manos potentes, provocando serios daños en sus rivales, todos a la postre, grandes campeones.

Según el gran «Tito» Lectoure, hacedor de estrellas del ring-side, Roldán era lo más parecido que él había visto a Carlos Monzón, el otro gran campeón mundial de los medianos, quien también merece un reconocimiento en estas semanas, porque el 7 de noviembre pasado, se cumplieron 5 décadas exactas de su knock out sobre Nino Benvenutti, en la ciudad de Roma, lo que le posibilitaría acceder al máximo galardón, que defendería otras 14 veces invicto hasta su retiro. Ni Hagler ni Leonard pudieron superarlo jamás.

Si bien las trayectorias de ambos terminaron muy diferentes, sus orígenes eran parecidos y nos revelan la otra Argentina que tuvimos hasta 1970, la de la movilidad social ascendente. El «Negro» Monzón, criado en San Javier, al norte de mi Santa Fe natal, era un joven villero, flaco, desgarbado, casi desnutrido, al que le tenían que vendar las manos porque luego de cada uno de sus golpes durísimos, le dolían enormemente sus nudillos. Por el contrario, Roldán, nacido en la zona de Freyre, pueblito del norte de Córdoba, cerca de San Francisco, limítrofe con la Provincia santafesina, hombreaba bolsas y ordeñaba vacas.

Desde tales realidades, con dichas socializaciones, en esas condiciones tan precarias, lograron esforzarse y llegaron hasta lo más alto del boxeo mundial, al lujo de Montecarlo o al «circo»»de Las Vegas, uno (Monzón) codeándose con la gloria y el otro (Roldán), a punto de lograrla. El primero tendría luego, una vida desdichada, donde sólo podría rescatar su amistad genuina con el actor francés Alain Delon y el gran tutelaje del gran Amílcar Brusa -el mejor entrenador de box en Latinoamérica, formador de 14 campeones mundiales y una campeona mundial-, muriendo en un accidente automovilístico en una salida temporal de la cárcel, a la que había entrado acusado de asesinato de su ex mujer. El segundo volvió al campo, a trabajar, como uno más, luego de haber desperdiciado también su dinero, aunque con su primera y única mujer.

Son historias que los jóvenes no conocen o sólo parcialmente, incluso tergiversada, como puede ser la del propio Monzón -hoy sería considerado un femicida-. Pero ambos nos hicieron inmensamente felices en los años setenta y ochenta. Eran heroicos, fueron casi míticos. El himno argentino sonaba más potente y la bandera se erguía orgullosa, con ellos y sus peleas. Desde la humildad, construyeron grandeza, haciendo caso omiso de  la adversidad.

FELICES 100 AÑOS A MI QUERIDA COMPAÑERA: LA RADIO

La conocí gracias a mis padres, pero sobre todo por mi abuelo materno, Pedro. Lo veía con su pequeña radio AM, casi agachado para escuchar las voces que emergían del aparato, por la mañana temprano, la tarde y la noche. Esa imagen se prolongó a lo largo de mi propia vida. Cuando mi papá me llevaba en auto cada día a la escuela primaria, me habitué a escuchar las voces de Magdalena Ruiz Guiñazú y el rosarino Eduardo Van der Kooy, en radios de Buenos Aires. Cuando no podíamos ir a Santa Fe, a ver a nuestro querido Colón, me quedaba escuchando sus partidos por la radio. Ya consideraba fantástico el hecho que deparaba imaginar a los jugadores mostrando sus destrezas sólo a través de emoción del relator. Durante los viajes, me dormía escuchando la radio, particularmente la música. Ya en plena adolescencia, imité ese comportamiento durante todas las noches, descubriendo el pop británico en la debutante FM, con una calidad auditiva infinitamente superior a la AM, aunque a veces, sobre todo, para informarme, escuchaba Radio Colonia o la BBC en onda larga. Así elegí hacerlo en plena Guerra de Malvinas, evitando el triunfalismo de la televisión.

Llegó la hora de los estudios universitarios y la politización democrática. Me acostumbré a estudiar por las tardes, encerrado en mi habitación, a Carlos Burone, gran polemista, pero meduloso y certero en sus análisis de la realidad argentina y luego, en los atardeceres, a Mariano Grondona acompañado por un tal Nelson Castro. En los noventa, ya con matrimonio incluido, alteré mi rutina y reemplacé la radio, hasta retomarla tras la crisis de 2001, siguiendo a Rolando «Lany» Hanglin, quien me hizo más llevadera, esa transición tan nefasta que vivimos. Finalmente, en los últimos 10 años, sobre todo, a partir de mi divorcio, me acompaña las voces de Marcelo Longobardi por las mañanas y la de María Isabel Sánchez por las tardes. Cada vez que viajo por Argentina, sobre todo, por las noches, «La 100» hace de guía nocturna.

Como pequeño tributo a ella, pude trabajar en radio, teniendo mis propios programas «Aventura Semanal» en Radio UNVM, con alumnos como pasantes en el año 2011 y 2012 y «Sociedad Abierta», en FM Concepto, en Buenos Aires, en 2015, colaborando con Fabiana Suárez en su programa diario en Radio Fisherton CNN en Rosario, en 2013 y 2014. Ingresando a Radio Cut, se puede acceder a esos programas.

Ojalá pueda seguir prolongando esa mística de la imaginación otros 100 años más y las nuevas tecnologías, lejos de anularla, la potencien.

ESTANISLAO LOPEZ, UN AUTENTICO FEDERALISTA HOY NECESARIO

A pesar de la historia revisionista de José María Rosa y Ernesto Palacio, ensalzando a Juan Manuel de Rosas como el paladín del federalismo y el nacionalismo argentino en el siglo XIX, tengo todo el derecho a dudar de dichas credenciales. Exiliándose en Southampton (Inglaterra) a la que supuestamente confrontaba, no parece propio de un nacionalista cabal. Idem respecto a su identidad como hacendado y antes que nada, caudillo de sus peones, antes de serlo de todos los bonaerenses, a quienes condujo con rigor y de modo monópolico. Jamás Rosas quiso someterse a un mandato constitucional alguno. Nunca planteó un liderazgo compartido con otros líderes provinciales. Era un señor feudal que prefería coexistir y luego dominar a otros tantos señores feudales en cada una de las Provincias.

Un auténtico federal pero extranjero, uruguayo, era José Gervasio de Artigas. Auténticos federalistas eran Manuel Dorrego, quien vivió como embajador en Estados Unidos y conocía de cerca la genuina experiencia federal norteamericana y el Brigadier General Estanislao López, quien luego de ser soldado de Belgrano y caer prisionero en la campaña del Paraguay, se embarcó al frente de sus Blandengues, en una guerra fratricida de 7 años, contra el unitarismo del Directorio porteño (Pueyrredón y Alvear) y los gobernadores de Buenos Aires (Rondeau y Soler). Cuando San Martín temía ser detenido por las autoridades porteñas al retornar de su campaña libertadora del Perú, López se ofreció a protegerlo y llevarlo en andas con sus gauchos, a la Plaza de Mayo.

Además de un brillante militar y caudillo querido por su pueblo santafesino, fue un gobernador progresista, que tuvo grandes ministros como Domingo Cullen y Pascual Echagüe, rechazando al indio, alentando la agricultura y la ganadería pero sobre todo a diferencia de los Rosas, Quiroga, Bustos, Ibarra, Heredia y tantos otros, que manipulaban la bandera federal para sus propios intereses personales (entre otros, encaramarse en el poder). López era un integracionista, porque buscaba articular en un todo federalizado, incluso a la Banda Oriental del Uruguay y abogaba por la libre navegación de los ríos, en contra de los porteños y bonaerenses. Finalmente, López tuvo la virtud de ser magnánimo hasta con sus enemigos, en tiempos de ferocidad y venganza: además del citado gesto protector con el Libertador de América, le perdonó la vida al «Manco» Paz.

Ante el error garrafal de Lavalle de fusilar a Dorrego, López quedó junto al caudillo entrerriano “Pancho” Ramírez, como los únicos interlocutores de envergadura de Rosas. Este logró dividirlos y entonces, López apenas insistió y fracasó en su intento de convencerlo de la institucionalización del país, se retiró políticamente hasta morir el 15 de junio de 1838 en su amada Santa Fe, por la tuberculosis -o por «la mano negra» de James Lepper, el médico personal inglés de Rosas-? Si todos los esfuerzos institucionalistas de López como el Estatuto de 1819, los Tratados de Pilar, Cuadrilátero y la Constitución confederal como fue el Pacto Federal de 1831, todos antecedentes de la Constitución alberdiana de 1853,  hubieran prosperado, tal vez hasta nos hubiéramos evitado la nefasta experiencia rosista.

Hasta 1853, año en que se levantaría otro federalista entrerriano -aunque tardío-, Justo José de Urquiza, el legado del “Patriarca de la Federación”, el único sincero que pudo sobrevivir a la anarquía, más allá de los roles políticos de su hermano Juan Pablo «Mascarilla» y su hijo Telmo, quedó vacante dejándole todo el protagonismo y la suma del poder público a Rosas. Pero ese enorme legado es desconocido, sobre todo para los no santafesinos y las jóvenes generaciones que seguramente se pregunta qué y quién está en esa estatua cerca del canal 13 y el Puente Colgante en mi bella ciudad natal.

Lamentablemente, López al haberse constituido en el único vencedor invicto de los porteños, no tiene en su honor, ninguna calle de la ciudad capital, pero ser recordado por los ciudadanos de su Provincia Invencible que él soñó convertir en República, más allá del nombre en la Autopista Santa Fe-Rosario o el Estadio de mi Colón, quizás es su mejor premio.

Es contrafáctico pero qué hubiera hecho López si hubiera enfrentado un caso como el de la expropiación de Vicentín por parte del gobierno nacional, plagado de porteños? Seguramente, no hubiera actuado como el actual timorato gobernador Perotti, tratando de mediar y actuar más como obsecuente de Buenos Aires sino como un verdadero custodio de la soberanía santafesina, enfrentando al poder centralizador.

COLON: CUANDO EL AMOR NO ALCANZO

Era una final de dos clubes que jamás alcanzaron un título. Una final de «pobres», pero con premios multimillonarios y promesas de futuro increíbles. Pero todo el amor a un club (Colón) con 114 años de historia frente a otro, Independiente del Valle (ecuatoriano), con apenas una década, no fue suficiente para torcer la historia. Ni siquiera los 35.000 hinchas que puso el primero en el Estadio «La Olla» de Cerro Porteño de Asunción del Paraguay, más los 5.000 en el fan fest, contra los 600 plateístas del novel equipo andino. Fue, seguramente, el récord Guinness de masivo éxodo de hinchas de un país al extranjero, superando incluso a europeos pero tampoco alcanzará para mitigar el dolor del regreso. Ni siquiera el mérito para un equipo que llegó lejos, no mostrando demasiado, con un planteo táctico discutible, algo desarticulado en sus líneas, con algunas individualidades descollantes en partidos anteriores pero que hoy, incluyendo lesiones clave, un penal errado y una lluvia torrencial que cambió el curso de la historia, tampoco pudieron contra un digno campeón, carente de hinchas aunque genuino representante de un proyecto deportivo claro y consistente, con jugadores jóvenes y veloces. No es un reproche porque este grupo dejó todo a lo largo de todo el torneo, pero sí pretende ser la descripción de un equipo que no es tal, ni siquiera en el campeonto argentino, donde navega en mitad de tabla hacia abajo, más cerca del descenso que de la punta.

Yo prefiero neutralizar o moderar ese dolor, tan parecido al de julio de 1989 o junio de 1993 o mayo de 2014, de otra manera, recordando las imágenes de aquella gente que hace grande a mi club. Los hinchas que sin contar con ingresos abultados, hicieron el enorme sacrificio para arribar hasta Paraguay. de cualquier forma: en auto, en 350 buses, en casas rodante, hasta en moto y en bicicleta. Ellos y ellas que postergaron una boda por estar en esta final; el abuelo de 75 años; el hijo que perdió a su padre que hubiera viajado; el que retrasó el transplante de riñón; el soltero que se vino de Australia; el otro casado con familia y todo desde Israel; el verdulero que delira con Colón hasta en la góndola; el ex campeón mundial de boxeo que viajó y cruzó la frontera, como un simpatizante más; el «loco» que ploteó entera su camioneta; el aún más «demente» que se tatuó la espalda con el «Cementerio de los Elefantes»; el comerciante que decidió regalarse un feriado para sí; los cientos que vendieron pertenencias para poder decir «presente» en un acontecimiento, una ilusión, que prometía ser el parteaguas de la vida de un club sufrido pero también de sus propias historias anónimas, incluyendo el cobro de una, un hombre de 61 años.


No importa si los hinchas de Unión, el clásico archirrival, o los de Rosario Central o Talleres de Córdoba que fueron los únicos campeones de la Copa en disputa, están felices con nuestra desgracia. Tampoco importa si la final y el éxodo masivo de colonistas fue ignorada o cubierta parcialmente por los medios nacionales; el saldo positivo económico, los 2 millones de dólares que engrosarán las arcas de un club que estaba hace 3 años, al borde de la quiebra. Menos importa si el flamante campeón es un especialista en amargar a clubes argentinos en instancias definitorias (Boca, River, Independiente, San Lorenzo, Unión) o en que en poco tiempo (3 años), ya logró jugar 2 finales internacionales, ganando ésta. Cualquier lamento o consuelo servirán de poco a esta hora, la del regreso triste, desolador, en silencio hasta la capital provincial.

Pero es cierto tambén que Colón y su hinchada son grandes por esa misma historia, pletórica de alegrías puntuales, efímeras y muchas angustias, tal vez profundas, habiendo renacido una y otra vez. Este tipo de experiencias que nos permitieron vivir uno de los años más emocionantes de nuestras vidas como seguidores del club, peleando cuatro torneos al mismo tiempo, tres en instancias definitorias, cuando en febrero-marzo pasado, nada lo hacía presagiar, viajando a cinco países del continente, haciendo conocer al continente y al mundo, «la marca Colón», seguirán alimentando el mito, de un club chico que se va agrandando cada día más, quizas no tanto por los logros deportivos, sino por el corazón de sus simpatizantes tan pasionales. Los que han demostrado una vez más, contar con un amor inconmensurable hacia los colores rojo y negro, la «sangre y luto», la de los «Negros», la «Raza», la de los humildes pescadores del Río Salado.

Porque el fútbol da revancha y Colón tiene una hinchada que es campeona hace largo tiempo. Algún día tendrá un equipo que sea acorde a ese amor que le tributa su fiel tribuna. Ese día, cuando pueda borrarse este sinsabor del 9/11/19, logrará el título tan deseado por tantas generaciones. Sueño y me pellizco, quizás no sea en territorio ajeno y sí en el propio Cementerio de los Elefantes, su propia casa, donde cayeron tantos grandes del país y el mundo. Un título nacional u otro internacional, con muchos jugadores nacidos en el club. Con un técnico con una propuesta más ofensiva que los recientes y el actual. Ojalá lo pueda vivir.

Te quiero mucho Colón, gracias por todo lo que me has brindado en esta vida. A levantarse una vez más.

UN COLON ENDULZADO?

Así amaneció un negocio esta mañana en la ciudad de Santa Fe, como nunca, en pleno goce.

Fue habitual concebir el triunfo durante décadas, como un producto del sufrimiento, del drama, de la incomodidad, pasajera, pero siempre existente. A lo largo de 114 años, generaciones enteras no pudieron disfrutar más que de triunfos importantes, casi apoteóticos, rachas como invicto, tres ascensos, dos subcampeonatos y varias participaciones en Copas internacionales, donde fue normal tropezar en el penúltimo tramo. Ello explica que los sobrevivientes, por ejemplo, un abuelo de 78 años que viajó sólo 42 horas en ómnibus a Belo Horizonte (Minas Gerais, Brasil), no sean tantos pero disfruten al máximo, este histórico acceso de un club del interior de Argentina, como Colón de Santa Fe, a la final de la Copa Sudamericana 2019, el próximo 9 de noviembre en Asunción del Paraguay, contra otro club que tampoco nunca conquistó nada en su más corta trayectoria: Independiente del Valle, de Ecuador, aunque en tiempo reciente (desde 2014), haya sido verdugo de compatriotas como River, Boca, Independiente de Avellaneda, San Lorenzo y Unión.

Ello explica las lágrimas, los rezos, las promesas de los más jóvenes, incluyendo los jugadores, de los miles de hinchas que imitando largos periplos anteriores a Sao Paulo, Lima, Santiago, Montevideo, Barinas y Zulia, en las 2 últimas décadas, mayoritariamente en este último bienio, dijeron «presente» anoche en el mítico Estadio del Mineirao. La emoción pronto llegó al desborde en las calles santafesinas y hasta en las redes sociales, por un instante, Colón y su intento concreto y cercano de romper el maleficio, encontró una solidaridad global e inusitada, por parte de hinchas de diferentes clubes argentinos y hasta de Latinoamérica, considerando la presencia de colombianos, uruguayos y paraguayos en su plantel.

Un equipo con un técnico que vivieron su propio «Vía Crucis», hasta hace apenas un mes y medio. Jugadores que fueron tildados de miedosos en público o de no haber ganado nada en la historia, por depender de un club de poca monta; un entrenador joven aunque desde marzo, cuestionado hasta el hartazgo por un prensa muy exigente pero parroquiana; una dirigencia a la que empezaba a criticarse su supuesta longevidad y falta de rotación.

Hasta los periodistas que cubrieron el partido, tanto relatores, como comentaristas y movileros, estuvieron al límite de perder la compostura profesional y emocionados hasta las lágrimas, con las voces entrecortadas, pudiendo apenas gritar los goles, narrar la crónica y reportear a los protagonistas en conferencia de prensa o «zona limpia». También ellos recordaron a los que ya no están en su gremio, no pudiendo vivir estas horas de gloria.

Me interrogaba si a través de mi propia experiencia no tenía también derecho a sentirme de igual forma. Pude disfrutar de la clasificación en la Terminal de Rosario, rodeado de rosarinos otrora triunfantes y hoy con ambos clubes peleando el descenso, quizás indiferentes ante semejante expectativa popular a escasos 160 km., en la capital de la provincia, que a ellos aún los contiene. En el mismo escenario al que maldije más de una vez, cuando volvía derrotado tras algún partido, como por ejemplo, aquella fatídica tarde-noche de julio de 1989, cuando el clásico rival, nos amargó un ascenso en una final de ida. Podía recordar triunfos pero sobre todo, peripecias, viajes de ilusión a confines del país, para volver amargado, con el sueño destruido, con el dolor de la impotencia, por no poder torcer la historia.

Compartí ese dolor, con mi padre, compañero habitual de aquella épica, mi abuelo que lo seguía y sufría con su radio, sentado encorvado en la mesa de la cocina, tomando mate, como si fuera una liturgia cada fin de semana, en parte explicable porque el fútbol adquiere ribetes religiosos en Argentina. Mi madre me consolaba cuando me encerraba en la habitación amargado y mis amigos, ya cuando tuve mayoría de edad, en algún momento, también me acompañaron ya en los duros años del ascenso (1981-1995). Mis hijos pero sobre todo, mi novia Ekaterina conocen mi historia más reciente, donde el sol empezó a salir por fin, aunque siempre aparecía un nubarrón en última instancia.

Mi propia historia con Colón coincidía, sin saberlo, con la de cientos de miles, por qué no, millones: a la hora de alcanzar lo tan soñado, tal vez, pude descubrirlo. Quien lo sabe, quizás también, haya llegado la hora de dejar atrás el infortunio. No está escrito que haya que sufrir para lograr algo. Puede disfrutarse el doble sí, pero conjeturo que los calvarios no son la única forma de ganar y disfrutar. Podemos aprender de ellos, claramente esta aventura que citamos y describimos, lo demuestra, pero lo mejor es atravesar un proceso que nos deleite, que nos haga sonreír para luego sí disfrutar al máximo, el logro que anhelamos. Ojalá Asunción sea el punto de partida y no de llegada, para los hinchas de Colón y que las futuras generaciones hayan enterrado para siempre, el infortunio, como mecanismo de ascenso, acostumbrándose sin más escala, a ganar y campeonar. Hambre y mística le sobran a este equipo.

Hubo siempre una primera vez para los Grandes y quizás Colón, lo sea, aunque lo haya ignorado a lo largo de décadas. Esa es la historia que el 9 de noviembre, empiece a reescribirse. Los que se fueron este año, grandes glorias, como «Motoneta» López, «Ploto» Gómez, «Poroto» Saldaño, «Huevo» Toresani y «Gato» Andrada, como antes, el «Pampa» Gambier, la «Chiva» Di Meola, «Cototo» Balbuena como el «Enano» Bontemps, desde algún lugar, seguirán apoyando. El padre del «Pulga» Rodríguez como el hermano del formidable guardavallas uruguayo Leonardo Burián, también.