ITALIA: EL RINCON EUROPEO DE LOS CONTRASTES

Octavo PBI mundial, una población de 61 millones de habitantes y con 51 Patrimonios de la Humanidad, declarados por la UNESCO, sobre un total de casi un millar en todo el mundo, Italia sufrió en el segundo semestre del año pasado, sendos terremotos que destruyeron pueblos enteros en su sísmica región central. Movimientos telúricos que por su escala medida en grados de intensidad, hubieran sido entre leves a moderados y sin mayores daños en países como Chile o Japón, en Italia, fueron arrasadores, considerando la importancia de los daños materiales. Es que buena parte del país debe su infraestructura a mil años a dos mil años de existencia, con lo que este tipo de fenómenos destrozan todo a su paso, por lo que es más fácil que en otros territorios, que ello ocurra. En realidad, podríamos sorprendernos del verdadero “miraccolo” (milagro) de que no hayan habido más daños aún a lo largo de siglos, por lo que debiéramos suponer la eficacia arquitectónica de los romanos, quienes constituían un pueblo de guerreros y prácticos, como bien señala Reginald Haynes Barrow. Al mismo tiempo, cómo se entiende que un país desarrollado e industrial, una verdadera potencia exportadora a nivel mundial, muestre todavía hoy semejantes carencias físicas, es un interrogante serio a formularnos y que el propio ex Presidente del Consejo de Estado italiano, Matteo Renzi, no pudo disimular, prometiendo repararlas, tras décadas de desidia.

 

En efecto, durante unos días de octubre de 2016, transitando por parte de la costa italiana sobre el Mar Mediterráneo, algo del norte y ese centro afectado, pueden comprobarse los enormes contrastes de este país, que al mismo tiempo, guarda un especial atractivo para los argentinos, considerando que desde allí provinieron sucesivas oleadas migratorias de piamonteses, lombardos, genoveses, friulanos, abruzzenses, napolitanos, sicilianos, etc., tanto en la segunda mitad del siglo XIX como a mediados del XX, en el período entreguerras y durante la II Guerra Mundial. Hacia 1980, se calculaba que la mitad de los argentinos era descendiente de italianos y hoy, se estima que más de 25 millones de compatriotas tiene raíces italianas. El italiano, hablado por 1,5 millones de argentinos, es el segundo idioma hablado en nuestro país. Toda esta temática, que encierra un sentido más que significativo, a esta hora de tanto debate en el mundo, incluso en Argentina, sobre el rol y la magnitud de la inmigración en tiempos de globalización.

Esos contrastes tienen relación con ese pasado imperial que tiene Italia, sobre todo, con su antiquísima y majestuosa capital, Roma (2,8 millones de habitantes), vis a vis su actual nivel de desarrollo económico e industrial; precisamente, con la sede en su propio territorio, de dos Estados minúsculos, uno de ellos, el Principado de San Marino y el otro, el Vaticano, presidido por un Papa argentino, como Francesco, cuyos valores morales tradicionales, “jerárquicos” y “objetivos” colisionan con la modernidad y sobre todo, el relativismo de la postmodernidad que lo circunda -el consumismo y la vestimenta de los cientos de miles de turistas y los propios italianos-. Es paradójico visualizar el Café San Pietro a media cuadra de la Plaza de San Pedro, en pleno corazón del Estado vaticano, donde se puede expender alcohol hasta altas horas de la noche. Curas, incluso negros africanos y monjas circulan por esas calles empedradas sagradas para el catolicismo, junto a turistas de las más variadas naciones, incluyendo no cristianas.

También existe un contraste geográfico regional innegable, aunque no me refiero sólo a la ya conocida división entre el norte desarrollado y el sur cuasi subdesarrollado, tal como lo retrataba, entre otros Francis Fukuyama, ya en los años noventa, en su poco conocido libro “Confianza”. En el mismo norte, no es lo mismo el núcleo de ese polo, como Milano (1,2 millones de habitantes), Bolonia (376.000 habitantes), Firenze (362.000 habitantes), Módena (180.000 habitantes) y Parma (177.000 habitantes), entre otras, que la geografía de la costa, representada por Génova (584.000 habitantes), el puerto donde nació el gran navegante al servicio de la Corona Española y descubridor oficial de América, Cristóbal Colón y San Remo (57.000 habitantes), la capital del clásico Festival Internacional de la Canción que catapultó a tantos grandes artistas musicales, como Al Bano-Romina Power, Riccardo Cocciante, Umberto Tozzi, Toto Cutugno, Eros Ramazzotti,Laura Pausini, Andrea Bocelli, Francesco Renga y más recientemente Il Volo, entre otros.

Finalmente, Italia, convertida este año, en el país europeo meridional que ha desplazado a Grecia en la recepción de refugiados sirios, kurdos, afganos e iraquíes, ofrece un original mosaico racial, hoy matizado aún más, por la presencia de millones de inmigrantes musulmanes, africanos y hasta asiáticos, que pueblan sus calles y avenidas, en las más disímiles actividades y franjas socioeconómicas: desde los chinos al frente de bares y supermercaditos de pequeña superficies, hasta pakistaníes e indios dirigiendo negocios de souvenirs, pasando por fornidos negros africanos que desarrollan todo tipo de labores. Párrafo aparte sobre todo, en una Roma -sin perros ni gatos, una noticia desagradable para los porteños, tan afectos a dichas mascotas-, dedicado a los miles de inmigrantes que duermen a la intemperie y, muchos jóvenes que limpian los vidrios de los autos o hacen malabares frente a los conductores en las bocacalles, para lograr alguna moneda de euro, aunque a diferencia del caso argentino, sin ningún tipo de violencia urbana. Esa franja de la población ya asentada en Italia desde hace largo tiempo, también se diferencia enormemente de la extensa clase media italiana, educada, fina y con un muy buen nivel de ingresos, que supongo, ya no ve con buenos ojos, tanta presencia extranjera del mundo subdesarrollado, que viene a competir en empleos o bien podría hasta ser parte de las redes terroristas islamistas radicalizadas, que asolan el Viejo Continente. Esa porción de la población italiana, está ya inserta en la postmodernidad: solteros y solteras, fumadores por doquier, individualistas, con unas pocas parejas -ya veteranas, cuarentonas y cincuentonas- con hijos.

Ahora bien, más allá de estos marcados contrastes, existen algunas convergencias. Por ejemplo, esa Roma antigua e imperial, de la mano de la actual globalización, recibe una enorme afluencia turística, habiéndose convertido Italia en un país de la Unión Europea, con alto nivel de vida y productor y exportador de alimentos, moda textil y autos. El moderno Aeropuerto Internacional Leonardo Da Vinci, de Fiumicino, con su movimiento anual de 35 millones de pasajeros, 94 compañías aéreas y 242 ciudades interconectadas, recibe día a día, millares de chinos, pero también otros europeos (del norte), latinoamericanos y del resto de los continentes. Sin dudas, la bonanza del clima soleado, que se extiende hasta entrado el otoño, favorece esta importante afluencia de extranjeros.

En la región septentrional del país, se lucen importantes ciudades. Firenze, es la urbe renacentista, cuna de la siniestra familia Médicis, en la que nació Nicolás Maquiavelo, el “padre” de la Ciencia Política. Al igual que en Roma, también en esta ciudad que acogió y aún hoy venera al “Capo Canonieri”, argentino, de Reconquista, Gabriel Omar Batistuta, en los años noventa, pululan los autos pequeños, de fácil maniobrabilidad, como por ejemplo, los Smart.

Bolonia, es conocida por ser la cuna de la primera gran Universidad europea y también por imponer al resto de la Unión, los estándares de calidad y acreditación académica universitaria, Dicha ciudad cuenta con una importante estación central de trenes, con un gran movimiento de visitantes.

Tanto Firenze como Bolonia, son los centros académicos donde nació la Ciencia Política italiana, precisamente, reconociendo su origen en Maquiavelo pero logrando continuidad en el tiempo, a través de los maestros Giovanni Sartori (con sus “jóvenes” 92 años de edad), Gianfranco Pasquino, Leonardo Morlino, Angelo Panebianco, Stefano Bartolini, Maurizio Cotta y tantos otros profesores politólogos que han dejado una enorme huella en los estudios sobre la política doméstica, el poder, los partidos políticos, las transiciones a la democracia, etc.

Cerca de allí, está Módena, otra minúscula ciudad medieval-renacentista. epicentro junto a la vecina Parma, de una gran actividad industrial en el seno de la Región Emilia-Romagna. Más cerca aún, la cuna de Ferrari, Maranello, la diminuta localidad de 18.000 habitantes, en el que abundan las aceleraciones profundas de los caños de escape de los diferentes modelos y prototipos que son probadas en sus calles, por parte de los propios empleados de la gran fábrica que creó “el gran Don Enzo“, el “Commendatore” de “Il Cavallino Rampante“. Allí está la Italia productiva, moderna, globalizada, la que compite casi con la productividad alemana, pero también con la creatividad y devoción por lo artesanal, rasgo típico de los italianos. En esas zonas, se ven menos velos islámicos, menos negros, menos chinos.

 

Génova, el gran puerto mediterráneo, es otra Italia. Como todo puerto, su vida nocturna es mayor que en la ciudad capital, y tal vez, más globalizada. Recibe semanalmente, cruceros fastuosos, con turistas que vienen del norte europeo. Posee una zona céntrica, llena de negocios, bares y hasta mercaditos, dirigidos por inmigrantes. Se advierten pintadas o graffitis en contra de tal presencia masiva extranjeras. Hasta colombianos comparten con chinos, algunos negocios. Intuyo que por allí también entra la droga latinoamericana al sur de Europa, cerca de las playas de la Costa Azul.

Desde el punto de vista institucional, conocida es la historia reciente de Italia. Desde su ocaso imperial en el año 476 después de Cristo, fue parte de reinos bárbaros y el propio Papado, con Principados que impidieron su unificación al estilo del resto de los Estados modernos europeos, hasta la segunda mitad del siglo XIX, en el que mediante el  Estatuto Albertino de 1848 que respetaría a las regiones, lograría su independencia de los austríacos pero sobre todo, a costa de los poderes fácticos domésticos: la Iglesia Católica y parte de las elites tradicionales. Italia también fue imperialista en Africa -por ejemplo, en Libia- y participó en ambas Guerra mundiales, la segunda formando parte del Eje pronazi. Benito Mussolini impuso tempranamente el fascismo pero antes del final de la II Guerra, sería derrocado y condenado a muerte por los propios partisanos antifascistas.

El consenso de la Postguerra, cristalizado en la Constitución de 1948, encontró a Italia, recuperándose económicamente de la mano de Alcide De Gásperi pero políticamente se construyó con mucho apoyo norteamericano, la CIA y el propio Vaticano, que favorecieron la alternancia entre la  Democracia Cristiana y el socialismo italiano, en contra del poderoso Partido Comunista, circunscripto a ganar sólo a nivel local. Dicho consenso tuvo un alto costo en redes de corrupción entre políticos y empresarios industriales, traducidas en la tristemente célebre Logia P-Due y la llamada Tangentópolis, que desencadenarían la más famosa Operación Mani Pulite (“Manos Limpias”), emprendida por algunos jueces valientes como Antonio Di Pietro y el asesinado por las mafias, Giovanni Falcone. La destrucción del sistema político italiano, terminó con el ascenso al poder, del magnate de los medios de comunicación y clubes de “calcio”, Silvio Berlusconi, un “outsider” que de todos modos, había sido cómplice y beneficiario de aquellas redes de corrupción entre Estado italiano, dirigentes políticos y empresarios. “Il Cavaliere” Berlusconi, aliado a la Lega Nord (Liga del Norte), de Umberto Bossi y Roberto Maroni, que busca la secesión de dicha gran región (la Padania) y  y la “Coalición del Olivo” de centro izquierda progresista, se alternaron en el poder desde el año 1994 hasta noviembre del año 2011, en que, producto de los fuertes coletazos de la crisis financiera que asoló Europa meridional en 2008-2009, dejaron a Italia, al borde del colapso macroeconómico, hiperendeudada y con una bajísima productividad.

El gobierno tecnocrático encabezado por el economista y senador vitalicio Mario Monti, auxiliado por la “troika” de Bruselas, salvó transitoriamente a Italia de la bancarrota a lo Grecia, la devaluación y salida del euro, variando la situación a partir de febrero de 2014, con el ascenso al poder, del Partido Democrático Italiano (PDI), el socialismo reciclado de los años dos mil, bajo el liderazgo del joven dirigente Matteo Renzi, el ex alcalde de Firenze en 2009.

Precisamente, Renzi, con su liderazgo rejuvenecedor, accedió al poder, prometiendo una profunda modernización institucional en Italia, incluyendo cambios constitucionales: la reducción cuantitativa drástica y de poder del corrupto y retrógrado Senado; la reformulación de la relación del gobierno central y las regiones y la modificación del sistema electoral. La gran fuerza opositora a Renzi, ya no era la derecha berlusconiana sino el exótico Movimiento Cinco Estrellas (MoVimento Cinque Stelle), dirigido por el carismático actor cómico y bloguero, Beppe Grillo y que desde junio del año pasado, de la mano de la joven abogada Virginia Raggi, gobierna nada más ni nada menos, que la propia Roma, la capital de un país, seguramente uno de los dos más machistas de Europa, a pesar del fuerte avance de la postmodernidad ya citada.Como algunos colegas nacionalistas ingleses del “Brexit”, holandeses, suizos, alemanes de Alternativa Alemana, los griegos de Aurora Dorada, etc., el populista Grillo tiene una prédica antinmigratoria, sin negar la posibilidad de la salida de la Unión Europea.

Precisamente, a Renzi le ocurrió algo parecido a Cameron. Políticos mediocres, apostaron todo a ganador en sendos referéndums y perdieron, arriesgando la salud institucional de sus propios países y el propio futuro de la UE. El pasado 4 de diciembre, Renzi perdió electoralmente, su intención reformista se vio frustrada, el inexperto Premier renunció y hoy, Italia, navega en aguas turbulentas, bajo el gobierno de Paolo Gentiloni, el ex Ministro de Relaciones Exteriores del propio Renzi, lo cual es interpretado como una nueva muestra más de “gatopardismo”, otro de los grandes males crónicos de la política italiana.

Frente al panorama de nuevas elecciones (sumadas a las bastante problemáticas de Francia, Alemania y Holanda), incertidumbre al estilo Grecia 2015 y volatilidad, son los nubarrones que asolan esta Italia, en la que, asoma el mayor porcentaje de confianza hacia el rol internacional de un Trump como Presidente norteamericano, que en cualquier otro país europeo: más del 20 %, superando a Polonia y Hungría aunque detrás de una potencia asiática como China.  Signos inequívocos de una especie de “tormenta perfecta” que una vez más se cierne sobre la Península Itálica, otrora cuna de la gloria imperial.

 

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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