PAISES ESCANDINAVOS: EL MUNDO PERFECTO?

Nunca entendí demasiado el éxito o atractivo popular de los rankings de felicidad a nivel mundial, pero resulta evidente que éstos revisten un enorme interés cada vez que se difunden y generan toda una serie de comentarios, los más diversos, en las redes sociales. La semana pasada, apareció el último, que data de 2016, y una vez más, en los diez primeros lugares, encabezados por Dinamarca y Noruega, cinco son los escandinavos -se suman a los dos nombrados, a Suecia, Finlandia e Islandia-, erigidos en “los países más felices del mundo”. El indicador se suma y ratifica la enorme buena prensa que tiene aquel rincón del mundo, ya sea en términos de nivel de vida, desarrollo económico y humano, estabilidad política institucional, igualitarismo, etc.

En efecto, ya en los años ochenta, como estudiante de grado, cualquier profesor que hiciera referencia a aquella zona del mundo, lo hacía, alabando su gigantesco y generoso Estado Benefactor o “Welfare State”, su extrema homogeneidad social, su alternancia democrática y hasta su gran neutralidad benigna, en los asuntos mundiales. Ya en esa época, algunos pequeños indicios ya me empezaban a sobresaltar y no los comprendía. Al respecto, en términos de “cooperación internacional”, me llamaba la atención por ejemplo, el monstruoso dinero que ponían los suecos para financiar a través de la ASDI, a instituciones que predicaban y predican el giro social hacia la izquierda en América Latina. Había algo en común entre el asesinado ex Primer Ministro sueco Olaf Palme, un profesor progresista hoy devenido en chavista, como el ex Vicerrector de la UBA, Atilio Borón y el golpista venezolano Comandante Hugo Chávez? Me costaba entender semejante trilogía: sólo los suecos como los daneses con su multimillonarios proyectos de ayuda en Africa, podían explicar y justificar semejantes asociaciones. No parecían lavar culpas por antiguos experimentos imperialistas como los belgas, alemanes, franceses, españoles, portugueses e ingleses; de hecho, jamás fueron expoliadores o invasores de tierras lejanas. Tampoco mostraban interés alguno aparente por el continente americano, donde ni siquiera tienen diásporas.

Ya en los años noventa como en esta última década. la buena imagen de los escandinavos creció exponencialmente. Mientras se apagaba la “estrella” anglosajona, Gran Bretaña entraba en un ocaso inexorable y Estados Unidos detenía, para ya no recuperar más, su atractivo de “faro democrático” tras la “luna de miel” con el mundo, iniciada en 1992, Escandinavia aumentaba su prestigio y admiración. Incluso, intelectuales como el liberal chileno Mauricio Rojas (con nacionalidad sueca), contribuyeron en estas tierras, a alterar leve pero positivamente la imagen bienestarista de los suecos. Nos venía a contar la novedad de que que éstos habían llegado al éxito, de la mano de una trilogía de  libertades,  competencia y mercados y no de un binomio estatista, de altos impuestos y generosidad compulsiva.

La contribución a la globalización, no tardaría en llegar. Pronto, Finlandia además de sus Nokia, exportaría las bondades de su sistema educativo. En los noventa, los muebles suecos de IKEA llegarían a Estados Unidos, China, Rusia y España, entre otros mercados de consumo. Roxette, A-ha, Ace of Base y Bjork conquistaban el mercado musical americano. En los dos mil, nacería Skype, producto del diseño de un sueco y un danés aunque luego, serían los estonios, los que se adueñarían y distribuirían la marca. Al igual que Kazaa antes, Spotify sería fruto de la creatividad sueca. Norwegian Airlines iría capturando cada vez más mercados entre las compañías de “low cost”. Hasta en la literatura, el cine y la TV, los suecos Stieg Larsson y Henning Mankell triunfarían con sus diferentes obras. Susanne Bier y Mads Mikkelsen cobran un enorme prestigio, con sus películas.

Los escandinavos empezaron a exportar su forma de vida. Según la periodista española Bergoña Gómez Urzaiz (Diario El País), citando el libro del periodista británico Michael Booth, “Gente casi perfecta”, el “hygge”, el particular concepto danés del bienestar basado en  juntarse con los seres queridos y realizar pequeños gestos domésticos, pasó a hegemonizar la admiración europea. Los daneses suelen detenerse horas en charlas donde se tratan pequeños detalles cómo adónde consiguieron tal o cual botella de vino a un precio más que barato. La discreción, la nulo griterío, la poca exteriorización de los sentimientos, son reivindicados en el “hygge”, el que descarta cualquier tipo de fiesta sofisticada. Los escandinavos hoy tienen un halo de perfección, que sin embargo, es tal?

Siempre desconfié de semejantes bondades de la vida escandinava. Tanta homogeneidad, tanta pasividad, tanto autocontrol, sin sistema alguno que los sometiera a ello, tanta autocomplacencia, me causaban asombro. Cuando empecé a observar sus elevadas tasas de suicidio, por ejemplo, en Noruega, algo ya no me encajaba en semejante “modelo”. Cuando el neonazi Anders Breivik asesinó a más de 70 personas en julio de 2011, como si fuera un psicópata norteamericano en cualquier Universidad, ya la disonancia era marcada. Cuando conocí la saga de Millenium a través del cine, descubrí por la trama de los asesinatos, la compleja y tenebrosa trama psicológica de los escandinavos. Abusos infantiles; secuestros o crímenes de bebés -en países de muy baja natalidad infantil-; problemas de identidad y roles; secretos u ocultamientos de familia; represiones; soledad; indiferencia; vacío interior; una especie de “sucursal del infierno” -diría el novelista peruano Mario Vargas Llosa-, todo ello afloraba en “La celebración” (Festen), “Después de la boda”, “En un mundo mejor”, “La caza”, “Hermanos”, “Una segunda oportunidad”, “El secuestro”, “Terriblemente feliz”, la ya comentada en este sitio web “Un hombre llamado Ove” y tantas otras películas.

Claro, cuando recordé las complicadas relaciones entre los miembros del cuarteto musical sueco ABBA, dos matrimonios que terminaron en sendos divorcios hasta llevar a la disolución del grupo, el que me fascinaba en mi adolescencia, no me correspondía sorprenderme tanto de las fragilidades humanas de “los cuasi extraterrestres” escandinavos. Después de todo, el propio Stieg Larsson, quien sentía también un gran interés por la ciencia ficción,  era un fumador compulsivo -consumía tres paquetes de tabaco al día-, bebedor asiduo de café, aquejado de insomnio y devoto de la comida basura y así, falleció de un infarto en 2004. Incluso hoy, no dejo de dudar del supuesto pacifismo sueco, cuando rescato de la memoria, su papel imperial en las famosas guerras del norte de Europa, durante siglos, con rusos, polacos y bálticos. Son apenas, tres ejemplos más de la “normalidad” escandinava.

Queda claro entonces que detrás de toda esta aparente perfección de la que gozan los escandinavos, cabe ratificar la vieja expresión “en todo el mundo se cuecen habas” y por lo tanto, tampoco ellos pueden -ni lo desean- disimular sus enormes carencias y vulnerabilidades, como todos los seres humanos de este mundo.

Después de todo, hasta en el “Hamlet” de Shakespeare, se pronunció la famosa frase “Algo huele mal en Dinamarca”, haciendo referencia a las intrigas familiares, incluyendo magnicidios en el palacio real. Por último, parafraseando y alterando levemente el título de la canción más famosa de otra banda sueca, “Ace of Base”, por lo visto, tampoco para ellos, no siempre es una “hermosa vida”.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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