DUNKERQUE: UN FILM BELICO ORIGINAL

Hay incontable número de películas y series de guerra a lo largo y ancho de la historia del cine. Las más recientes que recuerdo, como “Pelotón” en los ochenta, “La delgada línea roja” y “Rescatando al soldado Ryan” en los noventa y, “Pearl Harbour” en los dos mil, para no mencionar aquellas acerca de las guerras del Golfo, Irak o Afganistán, ya empezaban a contener guiones no sólo épicos sino humanísticos, que tenían relación con la resistencia anímica al conflicto y la muerte, la supervivencia, el noble sentimiento de salvar aún al desconocido y hasta romances generados a la sombra del enfrentamiento. Esas historias parecen enteramente condensarse en el reciente film de Christopher Nolan, que se contextualiza en el drama del rescate de casi 33o.000 soldados aliados (200.000 británicos y 100.000 franceses y belgas), en las playas de Dunkerque en Normandía en plena invasión alemán nazi a Francia, en plena II Guerra Mundial, entre fines de mayo y principios de junio de 1940.

La “Operación Dínamo”, fue la heroica salvación de casi medio ejército aliado, acorralado por las tropas de Hitler, en un corredor de playas de casi 100 km. de largo y 24 a 40 km. de ancho, por parte de pequeñas embarcaciones civiles que fueron a rescatar literalmente de las frías aguas del Canal de la Mancha, a miles de soldados y hasta pilotos de aviones aliados, que cayeron al borde del naufragio allí, mientras los cazas y submarinos alemanes bombardeaban las posiciones vulnerables de las fuerzas terrestres estacionadas allí. El Primer Ministro Winston Churchill que esperaba sólo salvar al 10 % de los que pudo efectivamente, describió a esta evacuación como un verdadero triunfo: sólo se reportaron 11.000 bajas aliadas contra el doble de alemanes. La gran pérdida de la batalla, fue material: el abandono de los pertrechos militares, tantos como para equipar a una decena de divisiones.

La originalidad de Nolan radica en su racconto de historias singulares, retratando sobre todo, el drama de la guerra desde el costado humano, ya sea, en las anécdotas de jóvenes soldados que prefieren huir como pueden del escenario desgarrador, aunque deben solidarizarse una y otra vez con sus compañeros heridos; el instinto de supervivencia cuando los propios soldados ingleses prefieren matar a un francés aliado, sacrificándolo ante las tropas nazis, hasta que finalmente, tal locura no se consuma; el pánico paralizante de un piloto británico, caído a las aguas pero rescatado por un barco civil; la valentía de un padre con su hijo adolescente y un amigo de éste, que salen a rescatar como héroes a los náufragos pero que, al poco tiempo de ver con sus propios ojos, el drama de la guerra matizado a través de barcos hundidos y gente desesperada evitando ahogarse, comprueban la terrible e indeseada situación inimaginable cuando partieron de Dover y Dorset y varias circunstancias más con personajes anónimos que reflejan un costado poco explorado de las guerras: el sufrimiento humano, aún de los propios soldados.

No hay aquí loas a los victoriosos ni regodeo vano con los derrotados -los soldados nazis prácticamente son ignorados en la película-. No hay héroes célebres ni grandes banderas: sólo civiles desconocidos, autoconvocados a una misión humanitaria, en una época, en la que no estaba contemplada ni siquiera en el ordenamiento jurídico internacional como en la actualidad. No hay historias de amor ni líderes políticos ni almirantes audaces.

Es un ángulo particular de un simple rescate multitudinario que pudo haber cambiado el curso de la guerra pero bien podría estar del lado de las humillantes derrotas de los que luego ganarían la contienda. A pesar de las escenas finales con cierto toque nacionalista anglófilo que resalta más en tiempos de “Brexit”, destacando la solidaridad británica en momentos de cruda adversidad, en general, no hay geopolítica, no hay macrohistoria, no hay exposición de armas ni estrategias militares del tipo que les apasionan a los realistas y neorrealistas en Política Internacional, no existen siquiera imágenes teñidas de abundante sangre, al estilo Mel Gibson, aunque sobren testimonios de angustia, desesperación y duda.

Podría decirse que es una película potestructuralista: del tipo de aquellos guiones en los que se deconstruye la guerra. se la ve a través de los civiles y los jóvenes soldados, sus penurias, sus miedos, sus fugas, sus locuras. Tal vez, por qué no, si hubieras más filmes a lo Nolan, el género humano entendería lo fútil y absurdo de las decisiones que conducen a las guerras. El cine podría estar más contribuyendo a la paz que a la propia diplomacia, aún cuando el propio Nolan haya enojado a los franceses que se sienten omitidos en su rol histórico de defensa de las ciudades para posibilitar la evacuación británica.

Dos breves párrafos finales. Como argentino, es inevitable, al ver la película, imaginar las dramáticas escenas del naufragio de los marineros del Crucero ARA Belgrano, hundido en el Atlántico Sur, torpedeado artera y vilmente por la Flota Real Británica en mayo de 1982, en plena guerra de Malvinas. También prevaleció el recuerdo de las imágenes de la heroicidad de los pilotos argentinos ante los barcos de la Flota, tan comparable a la valentía de los pilotos de la Royal Army Force (Real Fuerza Aérea), que custodiaron las Islas del Reino Unido en durante la gran guerra, evitando así, la invasión nazi. Como admirador de la cultura e historia rusas, ojalá, algún día, Occidente se acuerde de homenajear tantas historias de civiles como las mujeres soviéticas que cavaron trincheras en las afueras de Moscú, para salvar la ciudad de la invasión alemana, entre 1941 y 1942. Si hay héroes anónimos “de este lado”, también los hay y muchos, “de aquél otro”.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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