«APROJIMARNOS»

El domingo pasado, en todos los templos católicos del país, los curas detallaron la parábola del «Buen Samaritano», citada en el Evangelio de San Lucas, aquél hombre piadoso y caritativo que vio a un moribundo al borde del camino y lo asistió hasta salvarlo, cuando antes éste había sido ignorado por un sacerdote primero y un levita después.  

Jesús así quería diferenciarse históricamente de la religión hebrea, entrampada en la lógica del dolor, la ira y la venganza. El concepto de amor al prójimo, aún al más desconocido, en la peor situación, la compasión por «un otro», dando incluso lo que no se tiene ni se puede, lo sobrehumano, es la condición de la naturaleza humana, más valorable según el cristianismo. Lejos de la filosofía de «todo un hombre tiene un precio» o «valor se cotiza en valor», desde una mirada utilitaria y en el fondo, reduccionista acerca de la real humanidad, el «buen samaritano» acalla las voces predominantes de una época como la actual – y tantas otras antes-, donde predomina el egoísmo a ultranza, la miserabilidad, la crueldad y lo peor, la indiferencia, al estilo de quienes miraron al hombre herido y siguieron su camino.

Argentina hoy necesita más que nunca, samaritanos. Pero sobre todo, el espíritu colectivo de la ayuda. Se ha transformado en un país de desalmados y miopes, para quienes sólo cuenta el ombligo propio. El discurso baja del propio poder -Milei y cía- aunque no es sólo nuestro país, el que sufre este flagelo. Buena parte de Europa y Estados Unidos, presentan sociedades en las que mejor odiar que compadecerse o actuar para resolver las crecientes carencias del prójimo.

Es tiempo de empatizar y con ello, amar incondicionalmente. Es tiempo de registrar que no vivimos sólos y por lo tanto, aproximarse y sentir a quienes sufren, como si fuéramos nosotros mismos. Porque nada bueno ni saludable surge de una sociedad en la que predomina el refugio o el encierro en nuestras propias existencias. Así sólo seremos polvo cuando llegue la hora.

JAMES BOND: YES, TIME TO DIE

James Bond ha sido y todavía es para muchos, el prototipo de espía con licencia para matar, implacable, frío, seductor -cada vez que lo requiriese su tarea encomendada-, leal a la Corona británica, aún cuando ésta a veces, lo abandonase. A lo largo de décadas, el cine se ha encargado de difundir y exaltar a este personaje de la novela escrita por Ian Fleming en Jamaica, creando una suerte de realidad paralela, en la que los actores que encarnarían a aquél, serían casi tanto o más relevantes que el mito. Tanto el escocés Sean Connery -que nos dejara este año-, como Roger Moore, el galés Timothy Dalton, el irlandés Pierce Brosnan y desde 2005, el también escocés Daniel Craig, fueron rodeados y rodeando de un aura especial al caballero que debía enfrentarse y vencer a villanos de diferente brutalidad.

Así, fuimos pasando de un James Bond, atlético, fino, hasta glamoroso, con poca humanidad salvo su carácter mujeriego y cierto sentido del humor, contextualizado en la Guerra Fría, luchando contra enemigos al servicio de los soviéticos aquí y allá, a un James Bond, sobre todo, el personificado por Craig, sinceramente enamoradizo -dos veces-, leal pero a su jefa «M» -con quien mostraba cierto complejo de Edipo-, amigo de colegas como el agente americano de la CIA, Félix Leiter, manipulable por villanos como Blofeld y hasta débil con los niños. Como si todo ello fuera poco, referido a este último capítulo, padre de una nena y dispuesto a morir por esa familia en ciernes, cuando una y otra vez, había desafiado el más allá, haciendo de ello, su profesión.

No era novedad que hacía rato a Bond lo estaban raleando y hasta jubilando. En «Spectre« (2015), MI6 estaba en plena reconversión, no sólo arquitectónica, tras la destrucción de su edificio central en «Skyfall« (2012), sino sobre todo organizacional (eliminación de todos los programas «00») y humana (reemplazo de la red de espías por drones, haciendo el «trabajo sucio»). Todo ello, con la excusa de una mayor «transparencia», eliminado todo vestigio del «oscurantismo» de la era anterior -a la que pertenecía Bond-. Este empezaba a quedarse sólo en el mundo, con apenas la complicidad de su fiel secretaria (negra) Moneypenny y el joven talentoso «Q», convirtiéndose en uan reliquia del pasado olvidable, para el nuevo jefe de la inteligencia británica, el burócrata de Whitehall, «C». Para tipos como Bond -y quien suscribe-, de la jubilación a la muerte, hay un paso demasiado breve.

Tras la estrenada esta semana, «No Time to Die«, no hay certeza acerca de quién protagonizará el próximo James Bond, ante el retiro de Craig, pero lo peor, es que no se sabe, cómo seguirá el hilo guionístico de la saga. Habrá que esperar si la tendencia reciente, incluyendo la posibilidad de que 007 -como se acaba de ver-, sea encarnado por una mujer negra, se mantiene y consolida o, si se vuelve al formato original con otro actor -o actriz- que de alguna forma, intente representarlo.

Tengo mis serias dudas de que esta segunda opción se concrete porque «tout change, tout se transforme». El contexto en que vivimos , el cambio de época que atravesamos a nivel global, incluso la Gran Bretaña del Brexit que hoy nos acompaña, marcan multiculturalidad, feminismo, sentimentalismo superficial y por lo tanto, un guión con los rasgos históricos señalados precedentemente, difícilmente encuentre siquiera guionistas que se sientan interpretados, halagados y sobre todo, difundidos.

Tal vez, éste sea el tiempo apropiado para que aquél James Bond nos deje definitivamente, aunque quedaremos a la expectativa para ver quién, de nacionalidad británica, sea hombre o mujer, el o la elegida respectivamente, por la productora Bárbara Brócoli, nos alegrará -o no- la vida, viajando en el Aston Martin DB5 o frases como «vodka Martini, agitado no revuelto».

Mientras tanto, la espera se hace menos incómoda, al escuchar la voz (especial) de la adolescente Billie Eillish, a quien, sin embargo, el propio Craig resistió para darle su aprobación para la banda sonora del último film.