«APROJIMARNOS»

El domingo pasado, en todos los templos católicos del país, los curas detallaron la parábola del «Buen Samaritano», citada en el Evangelio de San Lucas, aquél hombre piadoso y caritativo que vio a un moribundo al borde del camino y lo asistió hasta salvarlo, cuando antes éste había sido ignorado por un sacerdote primero y un levita después.  

Jesús así quería diferenciarse históricamente de la religión hebrea, entrampada en la lógica del dolor, la ira y la venganza. El concepto de amor al prójimo, aún al más desconocido, en la peor situación, la compasión por «un otro», dando incluso lo que no se tiene ni se puede, lo sobrehumano, es la condición de la naturaleza humana, más valorable según el cristianismo. Lejos de la filosofía de «todo un hombre tiene un precio» o «valor se cotiza en valor», desde una mirada utilitaria y en el fondo, reduccionista acerca de la real humanidad, el «buen samaritano» acalla las voces predominantes de una época como la actual – y tantas otras antes-, donde predomina el egoísmo a ultranza, la miserabilidad, la crueldad y lo peor, la indiferencia, al estilo de quienes miraron al hombre herido y siguieron su camino.

Argentina hoy necesita más que nunca, samaritanos. Pero sobre todo, el espíritu colectivo de la ayuda. Se ha transformado en un país de desalmados y miopes, para quienes sólo cuenta el ombligo propio. El discurso baja del propio poder -Milei y cía- aunque no es sólo nuestro país, el que sufre este flagelo. Buena parte de Europa y Estados Unidos, presentan sociedades en las que mejor odiar que compadecerse o actuar para resolver las crecientes carencias del prójimo.

Es tiempo de empatizar y con ello, amar incondicionalmente. Es tiempo de registrar que no vivimos sólos y por lo tanto, aproximarse y sentir a quienes sufren, como si fuéramos nosotros mismos. Porque nada bueno ni saludable surge de una sociedad en la que predomina el refugio o el encierro en nuestras propias existencias. Así sólo seremos polvo cuando llegue la hora.

NEGROS VALIENTES

No necesariamente es valiente quien alardea, sobreactúa con discursos, destruye estatuas, pinta paredes. Hace 3 décadas, un negro -perdón, afroamericano-, actor, llamado Eddie Murphy, tras coprotagonizar un par de películas, se animó a liderar una en 1984 y con la anuencia de su director. Lo hizo brillantemente y el film fue extraordinariamente taquillera en Hollywood. Luego, otros negros como Denzel Washington, Morgan Freeman, Forest Whitaker y Samuel L. Jackson, se animaron a imitarlo y obtuvieron gran fama y dinero. Todos se animaron a romper reglas impuestas, o miedos, particularmente a no ser vistos ni admirados por los blancos. Por lo tanto, a no configurar negocio en términos de millones de dólares.

Hoy, a mismo tiempo que Will Smith, una continuidad lejana a aquellos precursores, llora ante el público, porque su esposa lo engaña, el movimiento «Black Lives Matter» nos quiere hacer creer cínicamente que tanta solidaridad con la raza afroamericana, nos exime de todo tipo de culpa por los abusos históricos blancos con los negros y entre ellos mismos. Porque en realidad y a diferencia de lo que creen las jóvenes generaciones, la verdadera valentía radica en animarse a quebrar las reglas, cualesquiera sean los discriminados, no necesariamente por razón de raza, no en destruir monumentos de blancos racistas o arrodillarse en tributo a los muertos de color.

Como enseñó uno de los mejores filósofos occidentales y liberales, Thomas Sowell (negro), cuanto más se dispensa a una persona, más se la sobreprotege y por ende, se le hace un enorme daño en términos de responsabilidad individual. La educación ha hecho un enorme daño a los afroamericanos. Como bien lo describe Fukuyama en 1998, en un capítulo de «Trust»(Confianza), los negros de Estados Unidos han fracasado en términos de capital social: no confían más que en sus propias familias y eso les ha impedido desarrollar negocios, excepto los servicios fúnebres en sus propias comunidades. Eso no es culpa del bullying de los supremacistas sino, de su escasa baja confianza en sí mismos.

Ninguna solidaridad global les dará aquello que a los Eddie Murphy, Morgan Freeman y Denzel Washington, entre otros, les sobraba -y a no pocos blancos, también les falta-. Todo empieza y termina en la autoestima.