30/10/17: EMPIEZA EL GOBIERNO DE MACRI?

Lunes 30 de octubre. Ironía del destino: Macri convoca al CCK, el centro emblemático de convenciones reinaugurado por el kirchnerismo en honor a su adalid, a la elite nacional: autoridades de los tres poderes, políticos opositores, empresarios, sindicalistas, clérigos, rectores universitarios, dirigentes sociales. Les hablará de sus propuestas para los futuros dos años de gobierno, de las reformas que postergó y ahora habrá que hacer, los convocará al consenso -extraña manera de hacerlo, desde un atril-. Llegó la hora de gobernar. La pregunta inmediata pasa a ser: qué pasó en estos dos años de “gobierno”? no gobernó? En el interín, los comicios del 22 de octubre pasado.

En efecto, las elecciones legislativas de medio término, consagraron un rotundo triunfo del frente electoral “Cambiemos”, habilitando esta nueva sensación de legitimidad de origen que necesitaba Macri para permitirse una invitación del fuste intitucional como la de mañana.

De todos modos, a esta victoria oficialista corresponde analizarla en cuatro planos: el estrictamente electoral, el institucional, otro de carácter más gubernamental y un cuarto, el financiero.

El primero se relaciona con los ganadores y perdedores del día, con sus atributos y desaciertos de campaña, su logística y equipos, comunicación, etc. Por supuesto, se incluyen las comparaciones con la historia electoral del país y sus diferentes significados a la luz del tiempo. El análisis político tampoco puede relegar en este plano: el presente y futuro de las coaliciones políticas competidoras, el rol y la proyección de los futuros candidateables para cargos ejecutivos en 2019, etc., los cuales son aspectos adicionales a considerar y evaluar.

El segundo se refiere a las especulaciones en torno a por qué ganó Macri, si hubo o no, una valoración de su gestión, si ésta fue positiva o si se consideraron otros aspectos no necesariamente ligados a la eficacia de políticas públicas. Al mismo tiempo, implica analizar a futuro, si el apoyo popular recibido implicará márgenes de maniobra más amplios, para encarar reformas estructurales de fondo (judicial, impositiva, laboral, previsional, etc.) postergadas hasta hoy, en función de la precaria legitimidad de origen alcanzada tras el ballotage de 2015.

El tercero, es de carácter institucional. Se vincula con las hipótesis respecto al tipo de coalición gobernante que se consolidará a partir de ahora, la mayor o la menor concentración del poder, la naturaleza de la oposición que se genera, si estará en condiciones o no de desafiar al oficialismo o si habrá macrismo para rato, parangonándolo con el ciclo largo del kirchnerismo, de 12 años.

El cuarto y último plano, es el financiero. En un país endeudado como la Argentina, que necesita al menos en la transición, dólares frescos que vienen más rápido vía toma crediticia a largo plazo y no en inversiones, aún reticentes salvo en nichos especiales como las energías renovables, en función del mal prontuario adquirido por el país post default del 2001, la reacción de bonos y acciones en los días posteriores al comicio, especulando con reformas estructurales pendientes por parte del gobierno, ahora sí con legitimidad de ejercicio y acumulación de cierto poder electoral, es clave para acompañar deciivamente el nuevo proceso. Hay un círculo virtuoso entre gobernabilidad, consolidación de la hegemonía macrista y confianza crediticia.

Entonces, comencemos con el plano electoral. Esta es la primera vez desde 1985, que un oficialismo gana los 5 grandes distritos (Buenos Aires, Capital Federal, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba). De hecho, el grueso de los votos alcanzados por “Cambiemos”, provienen de las zonas más ricas del país, pero también aquellas con mayor clase media y también, paradójicamente, donde existen cinturones amplios de pobreza e indigencia. El margen o diferencia en puntos, sobre el segundo también fue originalmente, holgada.  Asimismo, llama la atención la dura derrota del peronismo, la quinta en 34 años de democracia (1983, 1985, 1999, 2015 y ahora). En realidad, por esas características, la elección del domingo 22 se asemeja a la de 1985, cuando Alfonsín, de la UCR, le ganó a un peronismo dividido en 2 -ahora en 3-. Por último, una acotación para el mismo oficalismo: se superó a sí mismo de manera significativa. En 2015, ganó  por apenas 2 puntos en una segunda vuelta y esta vez, la diferencia se multiplicó por 10.

Respecto a por qué ganó Macri nuevamente, está claro, que no es por sus condiciones de orador nato ni de líder convencional, sino por su capacidad de articular una organización exitosa, como la del PRO como núcleo especial de la coalición “Cambiemos”.  Una disciplina férrea pero eficaz, a través del “timbreo”, el descubrimiento de figuras jóvenes y populares como la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal o la candidata a senadora Gladys González más el estudio profesional pero exhaustivo de la opinión pública, a través del ecuatoriano Jaime Durán Barba, hacen de este Frente, hasta el momento, una marca invulnerable. Esto se ha visto reflejado en los triunfos resonantes e inéditos en Provincias variadas como Santa Fe, La Rioja (donde perdió el invicto el ex Presidente Menem), Entre Ríos, la Salta de Urtubey y otras. El escenario de cara al 2019 y más allá, es hiperoptimista para el PRO, por la aparición de numerosos candidateables propios, como las ya mencionadas mujeres bonaerenses, el alcalde porteño y tecnócrata furioso Rodríguez Larreta, la propia aliada Elisa Carrió, resucitada tras el ostracismo de la derrota de 2011, contra la propia Cristina Fernández de Kirchner (CFK) a nivel nacional,  varias figuras provinciales, etc. Si se compara con apenas una década atrás, el éxito en la construcción de un partido nacional -algo en lo que fracaaron con más nombre y dinero, fuerzas como las que condujeron apellidos históricos como Aramburu, Manrique, Alsogaray, Cavallo y López Murphy, entre otros-, es notable y exponencial.

Hablando de CFK, al perder la Provincia de Buenos Aires, aún con poco margen, sus opciones presidenciales de cara al 2019, se restringen enormemente. A menos que haya un cataclismo macroeconómico que genere una crisis difícil de sobrellevar por el macrismo, tipo 2001, escenario por demás de improbable, ella sólo tiene dos opciones para crecer: por derecha, hacia el lado del peronismo que suele no adherir a perdedores para levantarse e intentar nuevamente ir por el poder y por izquierda, donde tampoco esos sectores la visualizan como una aliada potencial, sino como una competidora pero impostora. Su única posibilidad de superivivencia política, siempre y cuando escape a juicios que la condenen a la cárcel, como su ex Ministro de Obras y Servicios Públicos, Julio De Vido, erigido en Zar de su gestión, es consolidar su banca de senadora nacional y liderar un miniblque de 11, esperando “el otoño del patriarca”, como lo hizo antes el también senador octogenario Menem, viendo cómo los leales de antes, le dan la espalda y la condenan al aislamiento político.

Sobre el peronismo, por supuesto, que tiene la alternativa de recuperar iniciativa opositora y competir en el 2019 con algunas chances. Pero ello dependerá de que haga todo lo que no hizo desde 1983 en adelante. Reconstuirse como partido republicano, reemplazando la lógica de nuevo jefe o cacique y seguidores por una organización más horizontal y plural, con ambición de poder -lo que nunca le falta- pero además, con propuestas en serio y de largo plazo. Si bien hoy aparece menguado en liderazgos, sólo el nuevo pero reducido del sanjuanino Uñac y los hermanos puntanos Rodríguez Saá que se recuperaron insólitamente de la derrota en las primarias de agosto, hay algún lugar para los Massa o Randazzo que hicieron la punta en esto de enfrentar por dentro o desde afuera al kirchnerismo, cuando nadie, mi el propio Macri, se le atrevía y algunas hilachas más, pero nada de ello le bastará, si quiere volver a competir con intenciones serias. Sabemos que para el peronismo, el poder, es su principal fuente de energía y no es el objetivo del macrismo, si lo coopta, revivirlo, como ingenuamente hizo Alfonsín en 1987-1988. Por lo tanto, requerirá un proceso auténtico de autorregeneración y autorrenovación para poder volver a la Casa Rosada. Podría no hacerlo esta vez.

La izquierda en tanto y en cuenta Macri avance con sus reformas, tiene alguna posibilidad de crecer, ha sido muy bueno el resultado de Jujuy, capitalizando el desmembramiento de la agrupación de  la detenida Milagro Sala, pero sólo si cambia su propensión a la facciosidad y los egoísmos personales. Su crecimiento está atado al espacio que dejen vacante, tanto kirchnerismo como peronismo.

Respecto al plano gubernamental, el gobierno logra el apoyo político suficiente para encarar reformas estructurales. Como afirma el consultor Sergio Berensztein, “el país no se pinta de amarillo”, pero estos votos eran esenciales para premiar por un lado la estrategia gradualista ensayada por el gobierno hasta aquí y la “grieta artificial” construida para polarizar con CFK, en ambos casos, siempre que no se afecten los intereses de lo sectores sociales más vulnerables. El gobierno percibía que el triunfo ajustado de 2015 le había otorgado poco poder para el reformismo, por lo que esta victoria por amplio margen le brinda esa cuota o margen de maniobra.

Ocurre que obra pública e igual nivel de gasto público y bajar subsidios y déficit, implica más deuda de largo plazo, tasas más altas y mayores impuestos. Hasta ahora, se logró adhesión o tolerancia a este “ajuste en cuentagotas”, pagándolo mayoritariamente el sector privado, resignando empleo genuino y pagando una elevada presión fiscal. La otra alternativa, una especie de “shock”, opuesto a la receta gradualista, bajando gasto, expulsando 1,5 millones de empleados públicos, bajar  impuestos y reasignarlos de manera progresista, es la aconsejada por los economistas liberales ortodoxos, pero el tándem Macri-Peña no la acepta.

A regañadientes y a su propio ritmo, esa dupla aceptó el compromiso de mañana, una especie de pacto de empleo, inversiones, precios y salarios, además de reformas ligadas a esas variables, para viabilizar y sustentar un programa de largo plazo, algo que suena irreal en una Argentina habituada a sepultar acuerdos programáticos y enferma de cortoplacismo.

El plano institucional es tanto o más preocupante que el gubernamental o el financiero. Aparece tras el domingo 22, un escenario muy diferente al de 2015: un gobierno fuerte y una oposición fragmentada y débil.  Las posibilidades de una hegemonía macrista por una década más, son ciertas, aunque cabe recordar que la política argentina es muy cambiante: no hay que olvidar el escenario de 2011, con el 54 % de CFK y el “vamos por todo”, cómo derivó apenas dos años más tarde, en la barrera de Massa a la reelección cristinista. Si bien nadie duda de la faz republicana de “Cambiemos”, algunos hechos como el “2×1”, el caso “Santiago Maldonado” y algunos sutiles ataques a algunas mafias periodísticas, plantean dudas acerca de cómo se comportaría la coalición ante un nuevo cambio de clima de época y las conductas que de él, suelen derivarse, es decir, acomodaticias, plegables, complacientes de una buen parte de una población que aún cree en un tipo de democracia delegativa.

Todos recordamos el mal antecedente del Pacto de Olivos (1994) por el cual Menem pactó con Alfonsín su continuidad, haciendo toda una serie de concesiones a los poderes fácticos que traban el desarrollo argentino, pero además, le aeguró una hegemonía lograda a expensas de la división del peronismo y el enfrentamiento con Duhalde. Nada bueno, siguió a todo ello: en pocos años, Argentina entraba en default y se aislaba más aún del mundo, de lo que ya lo está físicamente.

En el plano financiero, la consolidación macrista es saludada por los mercados: baja del riesgo país, suba de bonos (incluso los de Provincias como el Chaco)y expectativas de nuevos anuncios que podrían aventurar nuevas inversiones. Una especie de revival muy tardío y diferente de los mejores años noventa. Por supuesto qu todo eso ayuda, pero siempre y cuando las reformas domésticas se hagan y no se contemplen tantas concesiones que virtualmente, las dejen a mitad de camino. En algún punto, Argentina, sus gobiernos y su sociedad deben entender que “el blanco no es verde” y que “la ley de gravedad” existe y no se pueden tomar atajos permanentes, sin consecuencias. Todo ello, sumado a dicusiones de tono geográfico o equilibrios regionales, como el reparto del llamado Fondo del Conurbano bonaerense, una gran masa de dinero que la Gobernadora Vidal requiere para proyectar su gobierno -y su candidatura- que seguramente deberán aportar la Nación y las restantes Provincias, algo a la que ellas debieran negarse con legítima razón, en ausencia de un proyecto de integración y desarrollo nacional.

Ojalá mañana Argentina al menos, despierte dispuesta a asumir otro semblante y otra etapa histórica de su breve pero complicada vida institucional. En algún momento, deberá asumir que hasta aquí, ha sido un cementerio innecesario de proyectos fundacionales y, de gobiernos ineficaces, que contaron con todos los recursos y entornos a favor y los dilapidaron. Es tiempo que la lección haya sido aprendida y entonces, sí, valdrá la pena, acompañar el mensaje presidencial de mañana. De lo contrario, será otra puesta en escena más.

LA REFORMA IMPOSITIVA, EN DETALLE

LA REFORMA LABORAL SEGUN JUAN LUIS BOUR, EN DETALLE

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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