UN DIA EN BUENOS AIRES

Empiezo por el final de una jornada que resultó larga. La abuela persigue al niño que corretea por la Estación Terminal, azorado por la gran cantidad de papelitos que yacen en el piso, al lado de cada colectivo que parte con destino definido. Los padres se embarcan en el elegido por mí. Son chinos. De clase media. Hace medio siglo atrás, tal vez hubiera contado la historia de mi propia familia y yo hubiera sido el niño inquieto –aunque no lo creo-.

Arriba, los pasajeros ya van trepando por las escaleras del bus, y nunca deja de haber uno -o dos-, que se quejan por tal o cual incomodidad, porque no funcionan los cargadores de celulares, a pesar de que la unidad es nueva, o no hay café o no son suficientemente cómodos los asientos. La escena es surrealista si se tiene en cuenta, todo lo experimentado anteriormente, que pasaré a narrar a continuación.

Vuelvo por ejemplo, a los papelitos. Son producto de los nuevos controles que ejercen los choferes del bus, puestos a entregar tiras autoadhesivas con códigos especiales a cada bolso de mano que lleve el pasajero, lo cual conlleva al menos entre 20 minutos y media hora, antes de la partida de cada colectivo. Es la nueva reglamentación a la que los somete el Ministerio del Interior y de Transporte, supongo, para evitar hurtos, desapariciones inexplicables, posteriores controles adicionales por ejemplo, de Gendarmería, que suele subir a los buses en medio del camino y se detiene  a revisar los bultos ahora identificados con su respectivo propietario. Cada código está monitoreado por trolls a tal efecto, en un call center oficial. Lo paradójico que Argentina implemente una medida así tan burocrática y reglamentarista, cuando en el paraíso de la Unión Europea, uno se desplaza en buses triplemente modernos y cómodos y asciende sin otra eventualidad que dejar su bolso sin identificar, sin changarines, con el chofer (uno sólo, no dos como aquí) haciendo las veces de acomodador y viajando a estrictísimo horario. Que yo sepa, no hay robos, no hay situaciones indeseadas, etc. Me pregunto, una vez más, qué quisimos inventar los argentinos con esta medida? Lo peor, cuánto durará esta absurda medida? A medida que el bus se va, verifico de los 75 andenes de la Terminal de Retiro, el 80 % está lleno de esos papelitos arrojados por los choferes, al quitar el adhesivo. Alguien limpiará?

Precisamente, paso a detallar ese rubro (y otros, conexos). Retiro es la cara visible de un país bipolar que se globaliza a pesar de que no lo quiera realmente. Por allí pasan, bolivianos, peruanos (la mayoría de los cuales habitan una villa miseria, la famosa “31”, aledaña a la Terminal, donde viven 50.000 personas desde hace más de 3 décadas, en constante crecimiento y próximamente “urbanización”, el colmo de los despropósitos), muchísima gente del interior del país, del norte, el oeste y el sur, más extranjeros, por ejemplo, europeos, más bien aventureros, con sus mochilas costosas a cuestas, pasajeros argentinos también del interior, pero que vienen de Ezeiza o Aeroparque, los dos grandes aeropuertos de Buenos Aires, que se mueven, al arribar o dirigirse hacia allí, en bus, porque es imposible o costosísimo, dejar el auto en el estacionamiento de esas estaciones aéreas, por estadías prolongadas. Por supuesto, agrego en este especial listado,  a quienes viajan y trabajan a diario, desplazándose en buses de muy diferentes  distancias. Es decir, gente numerosa pero variada, de todas las clases sociales y de diversas procedencias e intereses. Sin embargo, basta recorrer las instalaciones de la Terminal, muy moderna en los años setenta y ochenta, cuando fue inaugurada por el último gobierno militar, pero que con el transcurso del tiempo, se fue deteriorando por falta de mantenimiento o desidia de los gobiernos sucesivos o sus administradores privados, subsidiados por los mismos gobiernos. Un tal Otero, se halla en esa condición y ha sobrevivido a las muchas Presidencias que ha tenido el país, seguramente él se ha enriquecido pero la Terminal ofrece un espectáculo deplorable.

Los precios de los bares y restaurantes son esotéricos por lo caros y desproporcionados respecto a cualquier terminal europea de buses, pero también respecto a las del interior, tampoco muy baratas, pero más accesibles que Retiro. Los mozos no son nada gentiles. Hay una actitud de prepotencia o aristocracia sobreactuada, muy similar a la de los choferes. La cultura del servicio público en Argentina, claro, al no existir, avala este tipo de actitudes y la gente se ha acostumbrado a tolerarla sin más que resignación. No hay wifi a pesar de las leyendas omnipresentes. No existen asientos suficientes. Las escaleras dominan el panorama, sin suficientes de carácter mecánico. Los ascensores son escasísimos y la gente no los usa porque son pequeños. El desorden es generalizado. Gente que duerme en el piso, porque los asientos no son suficientes ni cómodos. La suciedad también es generalizada porque los tachos de basura también son escasos, en proporción a la presión de la población diaria. Pululan los mendigos, los borrachos, los enfermos mentales y hasta los simuladores. Ya molestan con sus pedidos, con su hostigamiento, con su violencia. Si bien hay policías, ni se molestan por sacarlos del acoso a los pasajeros. Los kiosqueros son mudos testigos de esta experiencia nefasta diaria. Para qué hablar de los baños. Son “públicos” pero siempre hay “administradores” que los “limpian” a comisión o donación de los sufridos clientes, que deben soportar en ellos, todo tipo de suciedad. No son suficientes, la cantidad de gente es desbordante y ellos tampoco pueden limpiarlos convenientemente. En Europa, son modernos y muy limpios, porque sin encargados, son visitados una y otra vez, de manera permanente, por las empresas de limpieza privada, a cargo de empleados inmigrantes, por ejemplo, latinos y africanos. Prefiero ello a esta ficción o ejemplo de “realismo mágico” latinoamericano.

Cuando uno sale de Retiro, el panorama es otro: parece un verdadero “hormiguero”. Cientos de miles de personas, tal vez, un millón, circula velozmente en una dirección por las mañanas, yendo a trabajar a la ciudad y en otra al atardecer, volviendo en tren o en bus, a sus lugares de origen. Precisamente, la Estación de Trenes, es la misma a la que me referí hace algunas semanas atrás, admirado por la modernización que ejerció sobre ella, el gobierno de la ciudad, que descuida la Terminal de Omnibus. Pululan afuera de las estaciones, los puestos informales: venta ambulante de lo que quieran, desde ropa, hasta insumos varios y variados, desde cargadores de celulares hasta productos típicos de contrabando, pasando por comida, nada sana ni saludable (hot dogs, choripanes, hamburguesas, empanadas, chipá, etc.).

Me tomo un tren hacia Belgrano. Ya en el trayecto, una voz anuncia que “por obras”, el mismo no se detendrá en la estación donde debía bajarme sino más allá, lo cual me obligará a tomar un taxi, para arribar a horario. Reviso las obras por la ventanilla y veo que son un mix de viaducto con subte. Todo ello, con financiamiento vía deuda externa o mayores impuestos sobre los porteños, por parte de un gobierno tecnocrático, abrumadoramente pragmático y marketinero. El taxi es la peripecia enésima de un día, que me depararía varias. Levanto la mano para tomar uno, no me hace caso, el segundo, atrás, me rechaza y recién el tercero, m permite subir. Cuando le pregunto al conductor, por qué se negaron los dos primeros, me dice insólitamente, que por una reglamentación del mismo gobierno municipal, al cual muchos de mis colegas no dudarían en rotular “neoliberal”, impide la competencia, al regular la libre elección del pasajero, según los taxis se adelanten adrede o doblen hacia la derecha: en esos casos, deben descartar subir pasajeros. No importa si éstos pierden tiempo: deberán esperar. El chofer sigue justificando lo injustificable: “imagínese si compitiéramos por tomarlo, sería un caos”. Me pregunto si en la Lima caótica de los ochenta o la misma Santiago de Chile, con los microbuseros, se hacían esa ridícula pregunta. País que simula ser de ricos, pero se ha empobrecido, producto de estas absurdas regulaciones.

En la Universidad de Belgrano, también privada, apenas llego, la empleada de Tesorería me dice con cara de resignada, que debo esperar hasta la 12 del mediodía, porque su Jefe llega a esa hora. Casi dos horas esperando, a que antes de lo previsto por ella misma, me atienda y me facilite el cheque a mi nombre, el cual, sin embargo y también insólitamente, no podré ni depositar ni cobrar, excepto que pida una “excepción” burocrática, valga la redundancia, en mi propio banco, del cual soy cliente.

A pocas cuadras de Retiro, ya de regreso, otro mundo. Cancillería y su barrio de gente elegante y trajeada, donde se hablan varios idiomas. Los precios siguen siendo exorbitantes, más aún que en las terminales donde habita la “plebe”. Pero claro, allí radican los bancos privados y públicos. En uno privado, hay cuatro cajas, pero sólo funcionan dos. Un trámite de minutos dura una hora. Algún cliente se queja al gerente y se reinstalan los cuatro empleados. En una Argentina con una legislación laboral y sindical de los años cuarenta, más propia del fascismo italiano o el falangismo español, que de una socialdemocracia europea, hasta en un banco privado, los clientes deben sufrir estos percances.

Me toca ir a La Plata a una reunión. Tarjeta SUBE (subsidiada), gente que sube como ganado, bus nada moderno y poco confortable. Una hora de viaje y otra de regreso, en horario pico. Facultad de Derecho, en plena campaña electoral estudiantil. Educación gratuita, acceso libre, uno ve más militantes políticos que estudiantes como tales. El panorama es diametralmente diferente al de Belgrano. Afuera de la Universidad, en las calles de La Plata, ciudad capital provincial, que vive del ritmo de la burocracia, como mi natal Santa Fe, sin actividad productiva genuina alguna, hay todo tipo de comercio ambulante a lo largo de las veredas: negros africanos, presumo senegaleses, vendiendo no sólo su bijouterie y relojería. También hay bolivianos con sus verdulerías callejeras. Algunas obras públicas parecen disimular la fealdad de la ciudad: me hicieron recordar las obras que vi en Buenos Aires: mucho costo, mucha publicidad y dudo de su eficacia y utilidad. Parecen dos Argentinas, con menos de una hora de diferencia.

Me pregunto cómo hemos tolerado tanta diferencia, tanta desigualdad de oportunidades (y de resultados)  y cómo la gente ha naturalizado convivir con un prójimo en situaciones personales muchas veces, calamitosas. Puro egoísmo? Frialdad? Indiferencia? Puede reconstruirse un país con semejante vacío moral?

La imagen del chinito corriendo, cierra el día. Un país que le da la razón a la demografía y entonces, claro, me abruma la resignación, porque recuerdo las profecías de Huntington: el mundo será de las civilizaciones que procrean: los chinos, a pesar de sus propios controles, son una de ellas. Me duermo, me espera Rosario para votar el domingo. Fin del día en el que promedia el tramo final de un octubre primaveral pero inestable.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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