“THE GREAT PRETENDER”

Una canción del gran Freddie Mercury se titula así -aunque fuera original de Los Plateros-. Pero en este caso que trataremos, sólo servirá para radiografiar dos personajes emblemáticos de la escena política nacional que no tienen nada ideológicamente en común, pero sí otros atributos que analizaremos: CFK y Javier Milei.

Recordemos que Platón había planteado alguna vez, en la Grecia clásica, que las sociedades “enfermas”, envilecidas, corruptas, por el avance democrático, requerían un “rey filósofo”. Es decir, alguien investido de calidades y cualidades que sean diferenciadoras en relación al resto de sus semejantes y que en virtud de ello, podría tener la capacidad y la actitud para guiarlos hacia la verdad y el bien común. Este principio de tutelaje social, diría Robert Dahl, es a todas luces apropiado, en virtud de sus virtudes -valga la redundancia-. Sin embargo, esto es así?

Tanto CFK como Milei, ambos líderes innegables, se han creído y creen portadores de esos atributos positivos. La primera, con un carácter fuerte y discursos encendidos pretenciosamente racionales, envuelve a masas no necesariamente calificadas para sus gustos personales: ella se autopercibe una aristócrata a pesar de ser hija de un colectivero platense. El segundo, con un estilo contrastante con la anterior, basado en gritos desaforados, una retórica plagada de insultos y poses típicas de un rockstar -y no de un político europeo-, atrae jóvenes con carencias de todo tipo desde la cuna, identificados con su propia biografía de vacíos o dramas existenciales.

Son nuestros pretendidamente “reyes filósofos”. Una, fue y sigue siendo, el otro pretende serlo. La pregunta es si realmente, están en condiciones de liderar y hacia buen puerto, este barco llamado Argentina. Nadie niega que a base de simulación y hasta mentira, ambos logran sus objetivos. Por una o otra razón, la sociedad enferma los sigue. Ahora bien, cabe interrogarse, si la terapia elegida por ellos, en un caso, un populismo heterodoxo y en el otro, una derecha trumpiana y hasta reaccionaria, al no ser genuinas, por provenir de una impostación, tiene posibilidades de eficacia. O la gente seguirá confiando en ellos a pesar de las repetidas advertencias acerca del egoísmo acendrado de ambos? porque finalmente, recordemos que son humanos y falibles como todos nosotros, a quienes pretenden “curar”.

Los reyes filósofos estaban -y debieran estar- investidos de amor a la patria, más que a sí mismos, además de honor y entrega desinteresada. En este caso, los vernáculos parecieran estra preocupándose más por sus propios egos, antes que en cualquier otro fin colectivo. La sociedad argentina, poco proclive a seguir reglas impersonales y duraderas, con igualdad ante la ley, alguna vez reaccionará a estos pretendidos “médicos”, que se sienten tan mesiánicos? o será demasiado tarde? el oportunismo de subirse al carro de estos líderes prevalece por encima de cualquier otra dimensión?

CHILE: DEL CENTRO AL EXTREMO

Estuve en Buín, comuna de la Región Metropolitana de Santiago, una noche, en julio de 1995. Uno de mis compañeros del Diplomado en Gestión de RRHH para la Calidad Total en la Universidad Diego Portales, estaba retirándose del Ejército chileno y por ello, se dedicaba a estudiar una carrera que lo proyectara hacia el mundo civil. Sin embargo, a modo de especial gentileza, nos invitó a cenar un “asado chileno” en el Regimiento donde él estaba asentado. A algunos de nuestros compañeros comensales, seguro se les atragantó el bocado, cuando señaló que el General Pinochet solía visitar a menudo tal guarnición y se sentaba en la misma mesa que nosotros.

Así como Bolsonaro en Brasil, hace ya un cuarto de siglo, en Buín, comenzó la carrera política, José Antonio Kast, como concejal de la comuna, en 1996, un año después de mi visita. El ayer ganador de la primera ronda de las elecciones presidenciales chilenas, tiene mucho en común con Buín y Pinochet.

Pero además, pocos saben -o recuerdan- que el economista Miguel Kast, fue el verdadero “cerebro” de “El Ladrillo”, el programa económico que los economistas liberales, sobre todo, monetaristas, le entregaron en mano al gobierno militar del General Pinochet. Ese programa, a diferencia de otras experiencias latinoamericanas, se aplicó eficazmente, aún con vaivenes: tuvo un auge entre 1975 y 1980, presentó dificultades serias entre 1981 y 1986 y luego, terminó consolidándose con éxito, de la mano de reajustes implementados por Hernán Büchi Buc, recomendado por el propio Kast, antes de su muerte, producida por un fulminante cáncer óseo, en 1983.

Kast era un devoto católico, incluso había participado de la Democracia Cristiana antes de la radicalización progresiva de ésta en los años sesenta. Hijo de un ex oficial alemán que combatió a las órdenes del Führer, quien se encargaría de describirle la espantosa vida de los alemanes orientales bajo el socialismo real, el joven Miguel era un fervoroso anticomunista, lo cual lo condujo a apoyar el golpe militar de Pinochet contra el gobierno de la Unidad Popular (UP) de Salvador Allende, el 11 de setiembre de 1973. El abogado y luego senador Jaime Guzmán Errázuriz, el ideólogo del llamado “gremialismo”, un movimiento corporativista en lo político pero liberal en lo económico y fundador del partido pinochetista, la Unión Demócrata Independiente (UDI), era el gran inspirador de Miguel Kast.

La misma socialización tuvo el hermano menor de Miguel, José Antonio Kast, hoy con 55 años de edad. Abogado, militante de la UDI, luego de su concejalía en Buín, fue electo diputado varias veces por su partido hasta renunciar en 2016 y presentarse como candidato presidencial “outsider” en 2017 y ahora por el flamante Partido Republicano (PR).

El éxito comicial de Kast tiene una explicación clara: un rol clave en tiempo y lugar. El vino a resguardar el modelo por el que luchara su hermano mayor, quien no pudo gozar sus fulgurantes resultados económicos, educativos y sociales.

El mismo fue consensuado por las principales fuerzas políticas chilenas, incluyendo el socialismo. Ese gran pacto duradero -y centrista- mantuvo a grandes rasgos aquellas líneas principales, haciendo de Chile un país genuinamente transformado en capitalista y moderno.

Sin embargo, las rebeliones estudiantiles de 2006 y 2011, de las que formó parte un joven Gabriel Boric, su contendiente de ayer, una especie de contracara simbólica e ideológica de José Antonio, más el alejamiento progresivo de las bases del modelo, sobre todo, en el segundo mandato presidencial de la socialista Michelle Bachelet (2014-2018), tendencia que no pudo quebrar el líder de la centroderechista Renovación Nacional (RN), el actual Presidente y ex empresario Sebastián Piñera, arrastraron al país a un desaliento generalizado, que verían su eclosión con la violencia callejera de noviembre-diciembre de 2019.

La pandemia de Covid-19 que azotara Chile en 2020, mal gestionada por Piñera, haría el resto. Se inauguró un proceso constituyente bastante convulsivo, destinado a reemplazar la vieja Constitución pinochetista de 1980, con lo cual Chile quedó al borde del abismo por primera vez en décadas: 50.000 millones de dólares se fugaron del país en el último bienio, algo inédito en una nación que había hecho culto de la estabilidad y las transiciones suaves.

Pero todo ciclo tiene su corsi e ricorsi. José Antonio se ha convertido en una suerte de guardián pretoriano de aquello que se hermano había ayudado a construir. Ni RN ni la UDI habían podido enfrentar ya con vigor, las amenazas de cambio total que auguraba y propugnaba la izquierda no sistémica. Cuando las instituciones tan movidas al centro, que ya parecían defender sólo el statu quo, no son capaces de reequilibrar los cambios sociales con inteligencia, debe aparecer un desequilibrante externo. Ese fue el rol que le cupo a José Antonio Kast por derecha y es también el rol que tuvo Boric por izquierda.

Claro, ahora es necesario, para no repetir historias trágicas, que estos extremos vuelvan a movilizarse hacia el centro. Si pretende ganar en el ballotage del 19 de diciembre próximo, Kast deberá acordar con las fuerzas políticas, entre otras, con las que él mismo entró en cortocircuito. Entre otros, tendrá que negociar con su sobrino, el hijo de Miguel, Felipe Kast, senador, economista y líder del partido Evópoli (de tendencia liberal), que sistemáticamente se negó a permitir que triunfe un proyecto de extrema derecha en Chile.

Pero al recuperar el sendero de la moderación aplicando una lógica consensualista, sólo así, Chile podrá seguir teniendo la esperanza de un futuro venturoso, como la trayectoria que venía teniendo cuando empezó el nuevo milenio.