AÑO NUEVO EN BRASIL CON FLAMANTE PRESIDENTE: OTRA ERA?

El 2019 empezó en Brasil con la tradición como cada lustro, de un Presidente novo (nuevo, traducido del portugués). Ya en las calles y las bellas playas del extensísimo litoral costero brasileño, los últimos días del 2018, permitían visualizar no sólo una revitalización de la economía, tras los largos años recesivos de la fase final del petismo en el poder, sólo interrumpido por el ajuste de Michel Temer (2016 en adelante), sino también un clima festivo y de “boom” del consumo que a la postre, quedaría demostrado en el récord de masas de povo (pueblo) presentes en Brasilia, para la asunción del Presidente entrante.

Unas 150.000 personas estuvieron allí el primer día del 2019, con banderas sólo verde-amarelhas con el escudo del “Orden y progreso”, como no ocurría desde la asunción de Lula en su primer mandato, en 2003. Claro, primer síntoma de una nueva era: más banderas brasileñas, más nacionalismo, más sentimiento de patriotismo antes que preocupación por clivajes sociales o económicos. Allí estaban vitoreando a su Capitao (capitán), porque no hay que olvidar que Jair Bolsonaro llegó a esa jerarquía como paracaidista del Exército (Ejército) brasileño. Otro outsider y populista que les prometió como personajes tan disímiles ideológicamente pero comunes en varios aspectos, Chávez, Trump u Orban -de presencia insólita en Brasilia-, que venía a “limpiar Brasil”, en todo sentido: contra la corrupción, contra el narcotráfico, contra “el comunismo” -hubo una mención explícita a que “la bandera brasileña nunca será roja”-. Lo dijo alguien que a pesar de haber sido diputado durante 28 años, se declaró admirador de la feroz dictadura militar de 1964 a 1985.  Ese halo militarista hegemonizó todo el acto de asunción: la omnipresencia de guardias de seguridad, el desfile del auto descapotado con hombres del servicio secreto, las decenas de miles de soldados y oficiales destinados a resguardar la seguridad del evento y del propio Presidente, quien ya sufriera un atentado que lo favoreció en plena campaña hace algunos pocos meses.

El desfile de Jefes de Estado y repreentantes oficiales ante Bolsonaro, dejó algunas “perlitas”.  Michael Pompeo, el Secretario de Estado norteamericano, Benjamin Netanyahu, el Premier israelí, el ya mencionado Primer Ministro húngaro Viktor Orban, casi toda América del Sur, incluso Morales de Bolivia, fueron asistencias destacadas. Ellas revelan alineamientos históricos como los de 1945 y 1948, simpatías ideológicas y por qué no, negocios, respectivamente. También hubo ausentes lógicos y desubicados, como el venezolano Maduro, el cubano Díaz Canel y el argentino Macri, que no entendió, según parece, que todo espacio que deja Argentina, Brasil lo aprovecha al máximo, en su relación con Washington. La ignorancia china también es un dato revelador del sesgo del nuevo gobierno.

Por último, la hipótesis. Podrá la nueva coalición de Bolsonaro, construir una nueva alternativa al orden o desorden de alguna forma liderado por la globalización  que según el nuevo Canciller Araújo, un desafiante de la tradición de Itamaraty, “debe ser puesta por fin, en su lugar”? Podrá el ex Juez Moro, ahora devenido en Ministro de Justicia y Seguridad Pública, el mismo que encarcelara a Lula, plasmar su “cruzada” moralizadora contra narcotraficantes, delincuentes y hasta legisladores, jueces y empresarios corruptos? Podrá Brasil por fin, liberalizarse a lo Chile en los ochenta o seguirá aferrado a esa especial mixtura de mercantilismo y desarrollismo arcaico que le impidió ser la Corea del sur del continente?  Me temo  que con los gestos, los símbolos, los discursos, todo ello no es posible. Sobre todo, porque la misma materia prima de la que la coalición bolsonarista se ha nutrido (militarismo, evangelismo fanático y liberalismo economicista), además de generar potenciales tensiones en su coexistencia, no provee de un sustento sólido para semejante lograr cambio estructural. Ni siquiera el carácter tecnocrático de su gabinete de 22 Ministros, le garantiza tal éxito, tal como quedó demostrado con el evidente fracaso de los CEOs de la experiencia macrista en nuestro país.

Así, en poco tiempo, el bolsonarismo puede demostrar ser sólo una mascarada o  antifaz de cambio: si quiere ser todo lo profundo que predica ser, tal vez requiera de un mayor autoritarismo a lo Fujimori en el Perú de 1992 y no creo que la sociedad brasileña -hoy partida en dos geográficamente, con un norte petista– lo soporte, por más fanatismo religioso que penetre en sus hogares, vía la TV.

Un dato al pasar pero elocuente de la insuficiencia de lo gestual o el famoso “acting”: la esposa de Bolsonaro, una tal Michelle, profesora de lenguage de señas, había prometido desarrollar un bajo perfil al lado de su esposo, un conocido machista y misógino que venía a luchar contra la ideología de género. Sin embargo -todos los medios lo destacaron-, brindó un primer discurso, antes que el propio Presidente, con la traducción de una colega, destinado a los 10 millones de sordos que existen en Brasil. Se supone, a los ojos del povo, que quien “lleva las riendas” en el ámbito público pero también privado es el “macho Jair”, no? Aunque parece que no tanto. Un ejemplo más de la disonancia cognoscitiva de muchos gobiernos actuales, aún los que asoman como más audaces o simplemente, una tendencia de que el bolsonarismo puede quedarse a mitad de camino como en su momento su antagónico del propio Lula?

Tarde o temprano comprobaremos si Bolsonaro supera el límite de la política-ficción con la que ha jugado y le ha permitido llegar al Planalto.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva. http://consultoriayanalisisrrii.blogspot.com.ar/ https://twitter.com/marceloomontes
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