FRANCIS FUKUYAMA Y SU NUEVO MENSAJE, DESDE TAIWAN

La muerte del orden internacional tal cual lo conocemos? El siempre polémico -y para mí, original- Francis Fukuyama, de descendencia japonesa pero ciudadano norteamericano, brindó una reciente conferencia en Taipei, la capital de Taiwan, el pequeño país que la principal socia norteamericana, China reivindica para sí, desde hace décadas, en ocasión de la guerra entre el Kuominterm de Mao-Zedong y el Kuomintang de Chiang-Kai-Shek. La relevancia de esta conferencia radica en el abordaje de un tema crucial en estos tiempos. En efecto, el pensador neohegeliano, que creía de manera optimista y hasta ingenua, en “el fin de la historia” y que predijo y ratificó el triunfo del capitalismo y la democracia a nivel global, en 1988, por encima del sistema de planificación centralizada y el régimen totalitario de partido único, ahora pareciera volver sobre sus pasos. Hoy, Fukuyama se muestra preocupado por eventos como el “Brexit” y el ascenso electoral de los partidos de extrema derecha y/o populistas y/o nacionalistas que pueden alterar sustancialmente el orden liberal tal cual lo conocemos desde el fin de la II Guerra Mundial.

Subraya Fukuyama que dicho orden liberal se empezó a construir en 1948, con la creación de la ONU y la difusión del sistema económico capitalista, al menos en la mitad del orbe, bajo la hegemonía de Estados Unidos y sus aliados en la segunda conflagración mundial. Más allá de la primera crisis del petróleo en los setenta, ese orden permitió el ascenso de otras potencias económicas, precisamente, dos de las cuales, fueron derrotadas en aquella guerra, como Japón y Alemania, que pudieron aprovechar su momento de recuperación, en algo así como “free-riders” de dicho sistema. Paralelamente, se advertía la declinación relativa de la propia Estados Unidos: como potencia que cubría la mitad del PBI mundial en 1945, descendió 20 puntos en los años setenta. La creación de la Comunidad Económica Europea y el poder de la OPEP eran síntomas de un mundo en cambio pero al mismo tiempo, más interdependiente y cooperativo, más allá del antagonismo de la Guerra Fría.

Sin embargo, en los años ochenta, las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher alteraron para siempre el paisaje macroeconómico estructural de los países desarrollados. Con la globalización, dos generaciones más tarde, empezaron a verse los impactos sociales de dichas políticas. Vastos sectores industriales quedaron rezagados, con altas tasas de desempleo, despoblando o languideciendo regiones enteras, mientras otros sectores de la “nueva economía”, como la informática y las finanzas, se expandieron exponencialmente. agudizando este fenomenal cambio estructural. Países otrora pobres y ahora emergentes, como China e India se beneficiaron enormemente con este proceso, recibiendo enormes flujos de inversiones y expandiendo el comercio mundial, con sus producciones e intercambios. De hecho, este orden liberal lo es mucho más que en los años setenta o en los noventa, por el flujo comunicacional y financiero, pero el problema, advirte Fukuyama, es que parece haberse ralentizado y hasta es desafiado por fuerzas opuestas.

El impacto político no demoró en llegar. Comenzó en la periferia: países como Rusia y Hungría en la espacio postsoviético y Turquía en Asia, empezaron a abrazar gobiernos nacionalistas y semidemocráticos, cuestionando el tradicional “rule of law” y los “checks and balances” de las democracias occidentales. Pronto fueron éstas, tras la crisis financiera de 2008-2009, las que vieron quebrar los viejos consensos conservadores y socialdemócratas, desaparecer los clivajes de antaño y generando sociedades polarizadas como nunca antes.

Allí aparecieron fenómenos de liderazgos como los Trump, los Johnson, los Le Pen, los Grillo, los Wilders, etc. Además, éstos se vieron favorecidos además, por los problemas migratorios gigantescos que arrastraron por ejemplo, a la Unión Europea, transformada en una especie de “fortaleza del bienestar”, que atrajo a millones de personas, provenientes de las regiones cercanas, sumidas en la pobreza o la guerra. El sistema Schengen no pudo evitar semejante marea humana y los populismos canalizaron ese odio racial y religioso de aquellos millones de europeos, que ya pagaban los costos económicos de la globalización. Toda la institucionalidad liberal también en Europa, así fue perdiendo legitimidad, mucho más, después de que se comprobara que la unión generaba una brecha insalvable entre países septentrionales y occidentales más ricos y los meridionales y orientales, más pobres. Entonces, no sólo los perdedores del cambio estructural votaron por Trump y el “Brexit” sino también aquellos que reaccionaban contra el multiculturalismo vigente. En Estados Unidos, la derrota de Clinton en Michigan, Pennsylvania y Wiscounsin, otrora Estados indutriales, testimonia este proceso de rechazo al proceso globalizador.

Asia no permaneció ajeno a este cambio estructural. Es más, lo ha sufrido con mayor intensidad: China ha tenido un agudo proceso de urbanización y muchísima dislocación industrial. También ha virado hacia mayor populismo autoritario con el gobierno comunista de Xi Jinping, aunque cabe aclarar que el tipo de populismo que tiene este continente, se relaciona más con movimientos identitarios nacionales que no poseen características de agresividad e intolerancia racial o religiosa como sí han tenido algunos europeos. Tal vez, el hecho de que estas regiones fueran exportadoras de mano de obra y no receptoras, además de gozar de las ventajas del comercio global, con salarios flexibles a la baja, evitó las consecuencias políticas de gran magnitud que sí impactaron en el mundo desarrollado. No obstante ello, Fukuyama rescata el caso de la propia Taiwan, con una democracia liberal que ha funcionado, con elecciones libres y justas y con alternancia en el poder.

Lamentablemente, el cambio tecnológico no contribuye a superar estos dilemas o problemas actuales, porque los recursos humanos educados y calificados, que derivan de dicho cambio y que serían una barrera contra los populismos, no son  suficientes en su magnitud e intensidad, para detenerlo.

A modo de conclusiones, Fukuyama ratifica los grandes desafíos que sufre el orden internacional liberal: por un lado, China y Rusia, con sus regímenes políticos, exitosos en materia económica y por el otro, el ascenso nacionalista y populista en los países desarrollados, incluyendo Estados Unidos de Trump, aunque está claro, que éste no está llevando adelante sus promesas de campaña a lo largo de sus gestión de más de 100 días. Un factor adicional que complejiza este panorama, es que no sólo parece existir un conflicto entre democracias liberales con creciente desprestigio y autoritarismos eficaces como China y Rusia, sino entre transparencia de ciertos regímenes con instituciones que funcionan versus el reino de la corrupción y la kleptocracia de otros. En tal sentido, ilustra suficientemente al caso ruso, la reciente denuncia del bloguero Alexei Naválny contra el Primer Ministro Dmitri Medvédev por su inmensa fortuna dispersa por Rusia y buena parte de Europa.

De todos modos, afortundamente, esta crisis del orden internacional liberal no se asemeja a la de 1920, porque en aquel momento, no sólo tomarían el poder los fascismos y nazismos en Europa, sino que además, se había producido ya la Revolución de Octubre que catapultó al poder a los bolcheviques, con lo cual, el factor ideológico era tremendamente adverso a la democracia liberal y el conflicto entre extrema derecha y extrema izquierda conduciría a la II Guerra Mundial, todo lo cual, hoy no se verifica ni repite. Ya en el terreno empírico presente, tampoco cree Fukuyama que Trump pueda concretar hoy sus promesas de mayor proteccionismo global, rompiendo tratados de libre comercio o quebrando su sociedad comercial con China, aunque no descarta que se anote ciertas victorias más bien de tipo simbólicas, con lo cual, en ese aspecto, el orden liberal no corre serios riesgos de ruptura.

Cuando se le preguntó a Fukuyama sobre las formas o instrumentos de contrarrestar la fuerza de los populismos xenofóbicos, mencionó la necesidad de cambios en políticas específicas como las referidas a la inmigración ilegal, entre otras. Decididamente, el sistema político liberal no es el problema, sino la combinación de polarización social con grupos de intereses organizados, lo cual genera una combinación explosiva y esto sólo puede resolverse con políticas públicas específicas.

Respecto al futuro del multiculturalismo, distinguió aquellos países que tienen un cultura común no necesariamente vinculable a una raza o religión o lengua, sino más bien con ciertas reglas que le permitan incluir o integrar otras culturas y permitirles progreso y movilidad social. El caso norteamericano de Silicon Valley es digno de mencionar en esos términos. Diferente es el ejemplo de algunos países o regiones de Europa, donde ciertas comunidades musulmanas se niegan a ser integradas y continúan viviendo con sus tradiciones y costumbres habituales, rechazando los valores y reglas de las sociedades que las han recibido. Cómo asimilar a estas comunidades, sin romper con sus tradiciones, permitiéndoles progresar pero respetando los valores y reglas de las sociedades modernas que las han albergado, es uno de los desafíos centrales del presente.

Respecto a si los “social media” favorecen el ascenso del populismo, Fukuyama reconoció que la sociedad en la que él creció como niño, era más homogénea que la actual, en torno a las grandes narrativas, los consensos nacionales y la localización económica e industrial y la definición de estratos socioecónómicos más claros, donde por ejemplo, San Francisco en un mismo país, no tiene ninguna semejanza con Louisiana y en cualquier caso, las redes sociales ratifican esas diferencias. Ciertamente, las naciones son comunidades básicamente lingüísticas, afirma Fukuyama y esto explica el fenómeno de los nacionalismos en Cataluña y Escocia, incluso acicateados por los “social media”, pero a partir de aquel dato decisivo.

 

 

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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