LA GRAN ESTAFA

El estafado, siempre actuando de buena fe, pasa por diferentes estadíos de ánimo, una vez que comprueba que ha sido engañado. Estupor, que se transforma al poco tiempo, en desagradable sorpresa, vergüenza, ira, bronca y tal vez, hasta sed de venganza, si no la procesa con cierto grado de frialdad. Esta última actitud debe estar tramando el «heredero» Mauricio Macri, uno de los tantos «padre de la criatura» pero claro, como es un jugador nato, lo sigue haciendo en el marco de sus tantas especulaciones y manoseos humanos, sin ninguna otra vocación que no sea, sentirse relevante y no jubilarse, aunque nunca haya trabajado.

Ya hemos dicho que el peronismo, en este contexto, parece ser la más saludable opción, aunque deberá esforzarse por arrepentirse de sus pecados -sobre todo, la vanidad- purificarse hacia adentro y entusiasmar a electores -viejos- además de los nuevos, los más jóvenes, que constituyen la mayoría del padrón. Sobre ellos, se construyó la estafa de Milei y es a ello a lo que refiero en el reportaje que me hiciera el gran periodista Pedro Guberman, preocupado ya hace días, por la disparada del dólar y las tasas, una vez que se verificara el breve reinado del «carry trade«, promovido por el «timbero» Ministro de Economía, «Toto» Caputo, otro hijo adoptivo de Macri, que tampoco jamás trabajó.

Si exploramos la maquinaria que ungió a Milei, podemos tal vez, descifrar como desactivar semejante explosivo.

1. Milei estaba disponible: un personaje siempre despreciado por la «academia» pero útil para ciertos factores de poder, aquellos que lo pensaron y apañaron aunque como buen desequilibrado, no parece serlo tanto y es posible -una vez más- que él los use y los haya usado a todos -y todes-, lo cual lo hace doblemente peligroso. Massa, Macri, Scioli, Eurnekian, los Netanyahu y Trump de la vida., todos pueden sentirse sus progenitores en diferentes etapas de la vida, pero quizás, él los opaque a todos ellos.

2. Karina Milei. la primera que supo sacar partido de su hermano. Este era y es, una «maquinita» de poder y dinero, justo lo que ella necesita para reivindicarse y «limpiar» de alguna alguna, la violencia de sus padres. Para KM, el poder político es manipulación pura. No en vano, ambos hermanos perfeccionan todo lo que los argentinos hemos vivido como «sub-çiudadanos» durante décadas. Saben bien por experiencia propia, lo que es «la casta», la que ellos mismos mamaron en el desquiciado seno familiar.

2. Los Menem en versión residual. El cine o las series preanuncian lo que viviremos. En Argentina, como hay cierta cuota de cobardía, incluso de los cineastas, a la realidad te la muestran después. No en vano, está de moda «Menem», el relato que se construye sobre la mente de millones de jóvenes que no vivieron esa etapa política del país. La familia Menem vuelve a encaramarse en los medios pero sobre todo, en el poder, de la mano de Karina. El antikirchnerismo recalcitrante de los Ruckauf, los Kohan, los Bó, pero sobre todo, el «larvado» de Scioli y Francos, siempre listos a ser «monjes»  o «satélites» del poder. Recuperar prestigio, el «altar en la historia», o simplemente, algo de dinero. Otro idioma no conocen porque son vulgares beduinos del desierto.

3. Los jóvenes postkirchneristas. Si el kirchnerismo pensaba que había «inventado la pólvora» con las dádivas y los discursos que fomentaron antagonismos laclaunianos tipo «grieta» exaltando al «feo, sucio y malo» a través de medios adictos como «678» para enfrentar y ganarle así al minoritario «gorilismo», se equivocó. Surgió producto de todo ello, algo peor, el mileirismo -o «mileísmo», como le llaman «La Nación +» más toda su red densa y marginal de trolls «exentos de pagar impuestos», streamings y lavado de dinero mediático por doquier.  Miles de sedentarios gorditos y vírgenes frente al teclado, aspirantes a rebeldes sin causa, contra sus propias familias, como los propios hermanitos Milei, negando, desconociendo o peor aún, borrando todo vestigio de la historia argentina, salvo que se los cuente el ex relator de fútbol Alejandro Fantino, protagonizan esta nueva trama política de la democracia argentina.

4. «Los viejos meados» – y los no tan viejos- del liberalismo argentino, que no es liberalismo y mucho menos, argentino. Por ejemplo, los López Murphy, los Cachanosky, los Krause, los «amigos» personales de Milei como los Giacomini, los Zanotti  y los Maslatón, etc. etc. Milei, al que no le interesa ideología alguna, excepto el sexo y la comida de sus sus perros, los reemplazó con la familia Benegas Lynch, a quienes terminó de estatizar junto a otros funcionales menos conocidos, como los Etchebarne, Marty, Lazzari, Duclós, Spotorno, etc. Para estas «lacras», siempre se consigue otro peor que ellos en «el mercado». 

Será difícil desmontar todo esta estafa. «Lo feo, lo sucio y lo malo» ha sido superado por lo decrépito, nauseabundo, oscuro y obsceno. Pero tal compleja red arrolló todo a su paso, en más de un año y medio, porque -casi todo- «argentino tiene su precio». Bastarán entonces para derribarla, la suba del dólar y la inflación? un triunfo opositor en octubre? la impopularidad de Trump en EEUU? nuevos brotes psicóticos en Olivos? la ambición desmedida de Victoria Villarruel? la venganza de los Macri? No lo sé. Ojalá. Pero no descarto tampoco que aún así, dure.

Aconsejo por lo tanto, una mezcla de reflexión y acción. Una especie de «FORJA» del siglo XXI, aggiornado a estos tiempos de «aceleracionismo», con mucha praxis política, preparándonos para gobernar, pero innovando, reconstruyendo lo destruido por esta siniestra trama descrita, dándole anticuerpos a una sociedad demasiado enferma y al mismo tiempo, generando nuevos desafíos, acordes a un mundo en cambio y una Argentina que debe dejar de ser una promesa eterna.

Tarea ciclópea que requiere de hombres y mujeres, terrenales pero valientes, no precisamente los que veneraba la delirante emigrada rusa Ayn Rand, ni siquiera el marginal economista, más delirante aún que la anterior, Murray Rothbard. 

ANOTHER «AMERICA FIRST»: LA «MAFIA»

Estados Unidos exhibe hace tiempo, grandes virtudes sociopolíticas y económicas, que la condujeron a ser una superpotencia mundial, como por ejemplo, el talento emprendedor e innovador de tal sociedad; la habilidad para importar cerebros haciéndolos sentir mejor que en su país de origen; el notable federalismo tan arraigado en la conciencia del norteamericano medio; la temprana independencia familiar de los hijos; la escasa y hasta negativa valoración que tiene el Estado en el plano público; la fortaleza institucional de un presidencialismo, original, inédito en su época, a prueba de magnicidios, de Roosevelt y hoy, del propio Trump, la enorme confianza en los terceros no familiares (capital social), que permite como decía Tocqueville, una admirable vocación de crear organizaciones privadas y voluntarias.

Claro, cada una de esas mismas virtudes pueden asumir costos no deseados o mostrar ciertas contracaras no demasiado positivas. El desarraigo familiar, cuando no deriva en una mayor responsabilidad individual, puede conducir a un elevado y creciente consumo de drogas entre los adolescentes. El nulo estatismo mental del norteamericano medio, tal vez, se relacione con una sociedad que se autoorganizó desde su origen en el siglo XVII incluyendo la desmonopolización del uso de la fuerza, es decir, la libre portación de armas, lo cual se traduce en recurrentes epidemias de violencia. Tanta democracia e institucionalidad, aún con -o gracias al- voto voluntario como praxis sociales, los estimula erróneamente a creer que todo el mundo puede ser democratizado o democratizable como ellos, omitiendo diferentes trayectorias históricas, culturas, etc., todo lo que luego, alienta el intervencionismo militar sin siquiera medir intereses geopolíticos.

La mafia se inscribe dentro de estos claroscuros. Al ser -antes, no ahora- una sociedad tan abierta al foráneo, tan receptiva al emigrante, venga de donde venga, sobre todo, insisto, desde su origen, porque así se fundó, como una tierra de peregrinos que escapaban de la opresión, la persecución y los privilegios de sangre, uno de los fenómenos quizás indeseables, que vino en los barcos, fue la mafia -la italiana, la china, la irlandesa, la judía, la católica-.

Por eso, Hollywood también ha rendido tributo desde hace tiempo a esta peculiar forma de hacer negocios vía el crimen organizado, aprovechando la gran cantidad de directores y actores de sangre italiana que ha reclutado a lo largo del tiempo, para mostrar la particular y ominosa forma de vida de los Corleone, los Soprano y Cía, ya sea con un tinte biográfico o desde la mirada de los agentes de la ley y el orden. Por eso, no sorprendió el pasado fin de semana, el extraordinario éxito del estreno -cuándo no vía Netflix– de la última película del director y productor neoyorquino Martin Scorcese y otros tres «peso pesado» de la talla de los septuagenarios legendarios Robert De Niro, Al Pacino y sobre todo, Joe Pesci -en otra memorable actuación-, en «The Irishman» («El irlandés»).

Esa película describe a lo largo de tres horas, la vida de Frank Sheeran, un americano de origen irlandés que habiendo tenido una traumática experiencia en Italia en la Segunda Guerra Mundial, sirviendo a las órdenes del polémico General Patton -rabioso anticomunista- y matando a oficiales y soldados nazis ya rendidos, cuando regresa a Estados Unidos, tras manejar un camión de reparto de carne ovina, escala rápidamente de la mano del siniestro Russell Bufalino (mafia siciliana). «El irlandés» se convertirá pronto en chofer, guardaespaldas, confidente y sicario del todopoderoso jefe del sindicato de camioneros, los «Teamsters», Jimmy Hoffa. El guión elegido por Scorcese es demostrativo de cómo, sobre todo en estos tiempos de Millennials pragmáticos, tanta vida de holgura y poder está asociada a la muerte desde el inicio hasta el fin, matando en vida al propio mafioso, cargado de culpas por haber derribado el muro entre lealtad y traición pero también alejándolo de una forma u otra, de quienes dijo «proteger» -sus familiares-, condenándolo a la peor de las prisiones en la vejez: el olvido en la soledad.

Frank Sheeran y Jimmy Hoffa.

Pero también el filme, basado en un libro de Charles Brandt, muestra cómo dos hitos de la historia americana, como son el promisorio y popular John Fitzgerald Kennedy y hasta la ciudad «paraíso» enclavada en medio del desierto, Las Vegas, recibieron tremendo financiamiento con aquel dinero ilegal, lo cual llevó a que el gobierno federal, investigara y castigara selectivamente a los capo-mafia mientras otros perfeccionaban la fórmula -o contrataban cada vez más sofisticados abogados- para escapar al control de la ley. Incluso en el caso del citado Buffalino, se demuestra en la película, acerca de sus vínculos con la temible CIA, particularmente considerando su virulento anticastrismo, que lo llevaría a urdir el frustrado ataque a la Cuba de Fidel en Bahía de los Cochinos en abril de 1961.

En estos tiempos, allá de Trump con su «America First«, creyendo que la grandeza norteamericana sólo tiene relación con todo lo bueno del ADN estadounidense y aquí, de mafiosos no asumidos, como la Vicepresidenta electa, CFK, líder conspicua de una asociación ilícita pero que se autoengaña como «perseguida política, víctima de una conspiración» o de Hugo Moyano, el multimillonario sindicalista camionero, declarado admirador de Hoffa y alimentado por todos los gobiernos desde los noventa en adelante, la película citada tiene una singular actualidad y ello explica su enorme y curiosa teleaudiencia.

Claro, salvando las distancias, existen algunas sutiles diferencias entre las mafias de Estados Unidos y Argentina.

Allá, los mafiosos son condenados efectivamente a purgar sus buenos años a la cárcel, porque la justicia existe y no es «camelo». Además, los dirigentes delictivos prefieren usar la Quinta Enmienda para no no autoincrimnarse cada vez que llegan a la instancia judicial oral. Luego, directores y guionistas valientes difunden la historia a través del cine y ganan dinero por ello.

Aquí, mientras tanto, difícilmente terminen sus años en la cárcel porque usan los fueros legislativos para evitar ir a prisión o, suelen ser convincentes con sus alegatos victimizándose y rotulando a los jueces como sus verdugos al servicio de intereses oscuros. Conviene trabajar para ellos y no morir asesinado «aunque parezca que fue un accidente», denunciando sus negociados.

Mientras, en un país se intenta plasmar la igualdad ante la ley aún con dificultades, en el nuestro, reina una impunidad y la desconfianza en la justicia.