EL MAS NOBLE DE LOS SENTIMIENTOS: LA VENGANZA EN “MONTECRISTO”

El filósofo escocés y profesor de Teología Moral, Adam Smith dice en su poca conocida -pero más brillante- obra, “Teoría de los Sentimientos Morales” que la venganza es un sentimiento moral de indignación natural de las personas ante una injusticia o un daño infligido a otro, que surge por empatía, y que para que las sociedades avancen, antes que cualquier otra cosa, ese sentimiento moral debe estar “sujeto” o restringido, de tal manera de no volver a la época de las cavernas, debe canalizarse a través de la justicia, como único método de aplacar esa sed de venganza.

Además, Smith asume que su famoso protagonista cuasi novelesco de su libro, el llamado “espectador imparcial” asume plenamente el resentimiento de la víctima, al considerar que su pasión se rige por los principios de la propiedad y la justicia. Se sostiene que el resentimiento no sólo cumple un rol central en la teoría del castigo de Adam Smith, en la medida en que permite retribuir, disuadir y rehabilitar al victimario sino que, además, aporta a la discusión contemporánea sobre el perdón y la reconciliación, pues convoca la posibilidad de superar el resentimiento y restablecer las relaciones sociales entre el agresor y la víctima.

Todo ello puede decirse de la venganza como sentimiento moral pero en el plano de las relaciones sociales. Qué ocurre con él, volviendo al territorio estrictamente vinculado a la vida privada?

Por ejemplo, ofrecer ayuda de manera desinteresada, sin otra mirada más allá que no sea la confianza pura y simple, no es común en estos tiempos. Pensar en la bondad a priori, de todos los seres humanos, sin imaginar dobleces o especulaciones para con uno mismo, es tan legítimo como esperar que mañana salga el sol y no llueva. Volcar apoyo a los amigos o familiares cuando están en una mala situación afectiva o económica, sin esperar devoluciones ni reproches a futuro, hoy tampoco es muy normal. Quien se precie de esos valores, de esos nobles sentimientos, puede ser rotulado de “extraterrestre” o anormal.

Pero qué pasa cuando hay recelos de la fortuna propia -no lo digo sólo en términos materiales sino más amplios-, es decir, simplemente, envidia? Qué ocurre cuándo ningún gesto de apoyo como el conferido,  es reconocido ni valorado por quienes son ayudados, son respaldados, son hasta sostenidos? No hablo de compensación económica, sino de reconocimiento moral. La ingratitud es un sensación tremendamente lesiva para quien ofrece sin pedir nada a cambio. Del otro lado, dar lástima o victimizarse es siempre mejor visto pór los demás, que ofenderse por la ingratitud de los demás, porque se supone -mal- que quien ayuda, no necesita compasión, considerando su situación de ventaja relativa respecto a los primeros.

En efecto, una vez terminado el episodio, muchos ofenden y hasta traicionan a aquél que desinteresadamente los respaldó. Esa ofensa que hiere realmente, no es visualizada así, excepto para quien se siente damnificado, precisamente porque su sensibilidad moral es mayor que la del resto. Quienes somos leales con los demás, no podemos jamás entender la deslealtad. Quienes somos justos, no podemos entender ni tolerar la injusticia.

Entonces, cabe preguntarse por la reacción. Cómo obrar ante tal circunstancia, si no somos ángeles que ponen la otra mejilla, sino simples seres humanos, con aciertos y errores? Un camino, es la indiferencia y el olvido, pero eso es posible en aquellos sin ninguna sensibilidad y éste no es el caso de los primeros. Queda la alternativa de la venganza, según algunos, el más noble de los sentimientos, porque atañe al honor y la dignidad -no el orgullo- de la persona generosa y desinteresada.

Allí, con la venganza, tal vez, para algunos otros, la conexión con el lado oscuro del alma, las personas buscamos la justicia, como pensaba Smith, pero la propia. Aquella que nos permita satisfacer nuestra sed y nos permita reparar el daño, más allá de las discusiones que generan los costos de vengarse.

Edmundo Dantés, el personaje de “El Conde de Montecristo”, la genial novela del francés Alejandro Dumas en el siglo XIX, es el exponente cabal del sentimiento vengativo. Confiando en sus amigos, nobles como él o advenedizos oportunistas, lo perdió todo a nombre de ellos, incluso su amada y habiendo tocado fondo, para aprender a ser más cuidadoso con sus posesiones, no hizo más que sobrevivir a fuerza de cobrar vigor nuevo a partir de su sed de venganza a saciar y racionalmente, dibujó cada paso a paso para facturarle a sus ahora enemigos, cada minuto de daño que le hicieron.  El castillo en la Isla de If, en la bahía de Marsella, allí encerrado durante años, junto al Abate Faría, Dantés elucubró con minuciosidad, su estrategia para tomarse revancha de sus enemigos, en lo que él ingenuamente alguna vez confió. El premio no fue haber recuperado todo sino sobre todo, tener la satisfacción del obrar planificado y cumplido.

Muchos personajes legendarios, irreales o no, Robin Hood – el aristócrata que se refugió en los bosques de Sherwood y armó una banda de forajidos pero grandes amigos para vengarse por la muerte de su padre, a manos de los normandos-, “La Pimpinela Escarlata” -el noble inglés del siglo XVIII, que ofrecía una imagen banal pero que en su doble vida, se dedicaba a salvar nobles franceses de la guillotina-, “El Zorro” -un personaje parecido al anterior, pero de origen californiano y en el siglo XIX-, James Bond, el más contemporáneo “V de Vendetta” -un Guy Fawkes de la postmodernidad-, inspiraron historias y novelas de venganza y justicia, de alguna semejanza con el Conde de Montecristo.

La obra que a Dumas lo posicionó en la fama universal, pero que fue escrita en coautoría con un tal Maquet, a quien el propio Dumas, se encargó de eliminar. Alguna venganza pendiente, tal vez?

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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