Sutil, inteligente, bella, divertida, discreta, elegante, seductora. Tan pequeño y sabía apreciar semejantes dotes en una mujer. Claro, Diana Rigg (alias la Señora Emma Peel) hacía una pareja perfecta con Patrick MacNee (alias John Steed), el hombre del sombrero bombín y el paraguas. Con tan poco, podía imaginar la forma de vida inglesa, el clima húmedo, el binomio de los buenos y los malos, pero sobre todo, la elegancia, la delicadeza, el buen gusto, el aire de «bon vivant» de ambos brillantes actores británicos.
Por eso, cuando hoy ella nos dejó, a la edad de unos jóvenes 82 años, una lágrima recorrió mi mejilla, pero también una sonrisa. Era un ícono feminista (en tiempos de no feminismo) pero fue quizás, la primera mujer de la que me enamoré perdidamente, aún en una pantalla de TV y siendo un niño absolutamente inocente. Ojalá esté «jugando al gato y al ratón» con Patrick MacNee (fallecido en 2015), allá, en algún lugar que los cobije, con ese humor sarcástico, esa sagacidad, ese formalismo que tanto los caracterizaba a ambos.
Recordando esa Gran Bretaña bella, aristocrática, que parece entrar en un ocaso definitivo.
Cuando hoy leía la noticia de que, luego de una década, los integrantes de «Carta Abierta» decidían cerrarla, porque se había acabado la «resistencia» al gobierno de Macri que mañana termina, no dudé en recordar el papel de otros dos intelectuales de otro tiempo y lugar, que contrastan notoriamente con la actitud de aquéllos. Mientras los argentinos citados, adoptan antes que nada, el rol de «militantes», los dos que mencionaré, cada uno bajo las circunstancias que les tocó vivir, asumieron compromisos manifiestos, con sus convicciones o saberes primero, con sus sociedades o sus países o el mismo mundo después, aunque no necesariamente con sus gobiernos. Es más, hasta podría decirse que tuvieron una enorme valentía, porque además de enemistarse o ser incomprendidos por muchos de sus pares, también se convirtieron en enemigos de esos gobiernos que alguna vez dijeron cobijarlos.
Los casos que quiero recordar, son los de Alan Turing (1912-1954) y Hannah Arendt (1906-1975).
No fue el nacionalismo hoy tan de moda en el Reino Unido del «Brexit» de Johnson ni la retribución a Churchill, quien lo apoyaría incondicionalmente, sino la vanidad, el orgullo y en todo caso, el amor a su precoz pareja masculina (Christopher Morcom), los que motivaron a Turing para tal hazaña. Precisamente, enterado el gobierno británico de tal condición de homosexual, lo castigó con dureza, a la castración química y en tal circunstancia de humillación y desamparo, Turing, con apenas 41 años cumplidos, podría haberse suicidado, algo que no resulta totalmente claro aún.
Por ello, Arendt fue denostada por los lectores del New Yorker, pero también por la mayoría de los cuerpos académicos de la Universidad de Princeton (1959-1963), la Universidad de Chicago (1963-1967) y la New School of Social Research de New York (1967-1975) donde trabajó y sobre todo, por sus amigos, muchos de ellos judíos sobrevivientes e intelectuales como ella. Incluso el propio Estado de Israel la atacó y agravió, a ella que había sido una sionista desde el inicio. Apenas fue defendida por el editor William Shawn y sobre todo, su tercer marido, el profesor de Filosofía, Heinrich Blücher-como antes con Turing, su «esposa por contrato», Joan Clarke-.
Arendt creía firmemente en la relevancia de la voluntad individual, incluso para elegir en situaciones extremas como las que impone un régimen totalitario. Por eso, no escatimó críticas a los «consejos judíos» que colaboraron con los nazis, en los campos de concentración, escogiendo previamente a los prisioneros, para salvarlos o no en las cámaras de gas, aunque fuera «políticamente incorrecto» para su época. Justificar el juicio y la condena a Eichmann, no significaba que no se pudiera entender la lógica de su accionar pero a su vez, también, desnudar la conducta cómplice de los líderes de su propio credo, tan aberrante en términos morales, como la de aquel burócrata que todas las noches dormía con su familia, después de jornadas criminales enteras.
Los casos citados demuestran que cuando un intelectual descubre, racionaliza o simplemente piensa, porque ésa es su principal razón de ser (o pasión), sin terceras intenciones, llegando a conclusiones no necesariamente complacientes con alguien, una catarata de diatribas seguramente recibirá, al extremo de terminar con las vidas de los involucrados. Turing no soportó la presión o tal vez, la soledad sin su amado; Arendt siguió viviendo pero en una suerte de ostracismo o vacío del establishment académico, aún cuando ella siguió defendiendo sus posturas con hidalguía pero sobre todo, valentía. Pero ambos, tildados injustamente de soberbios o vanidosos, eran espíritus inquietos, a quienes les llamaba la atención lo que al común de los mortales, no les atrae: en el caso de Turing, con una enorme dificultad desde pequeño para comunicarse oralmente, con los demás, la criptografía era una fórmula adecuada para disimular tal carencia.
Quizás esos valores escaseen hoy en todo el mundo. Hay demasiada complacencia con el poder de turno, demasiado interés profesional, demasiada vocación de arribismo, cero convicción, cero compromiso con la verdad, cero principismo. El mejor homenaje que les podemos hacer a los Turing y a los Arendt y a tantos «incómodos», «curiosos», «locos» o «anormales»que se jugaron la vida por el arte de pensar muy diferente, tanto en sociedades «libres» -en el caso de ambos- como en totalitarias o autoritarias -muchos otros-, es no renunciar jamás a nuestras convicciones, a nuestras ideas, a nuestras presunciones, a nuestros descubrimientos, incluso aunque parezcan caprichos. Es la única manera de sacudir la modorra, el letargo, la levedad en los que se mueven las nuevas generaciones, sólo habituadas a la pasividad y comodidad que le imponen las tecnologías en continua evolución, lo cual las convierte en fáciles presas para el poder.
Algunos, como los ex «Carta Abierta» ya han renunciado a tales propósitos.
Tanto el cantante londinense (aunque hijo de escocés) Rod Stewart como el también inglés Bryan Ferry deben su fama a grandes éxitos tanto en singles como álbumes de la genial década del ochenta. Sin embargo, a medida que los años fueron pasando para sus carreras artístico-profesionales, fueron evolucionando hacia la difusión de canciones de ritmo más lento, cuando no, más bien de tono romántico.
Aquí seleccionamos tres de ellas, dos a cargo de un mismo solista.
You always won, everytime you placed a bet You’re still damn good, no one’s gotten to you yet Everytime they were sure they had you caught You were quicker than they thought You’d just turn your back and walk You always said, the cards would never do you wrong The trick you said was never play the game too long A gambler’s share, the only risk that you would take The only loss you could forsake The only bluff you couldn’t fake
And you’re still the same I caught up with you yesterday Moving game to game No one standing in your way Turning on the charm Long enough to get you by You’re still the same You still aim high
There you stood, everybody watched you play I just turned and walked away I had nothing left to say
‘Cause you’re still the same You’re still the same Moving game to game Some thlngs never change You’re still the same
I was dreaming of the past And my heart was beating fast I began to lose control I began to lose control I didn’t mean to hurt you I’m sorry that I made you cry
Oh my I didn’t want to hurt you I’m just a jealous guyI was feeling insecure You might not love me anymore I was shivering inside I was shivering inside Oh I didn’t mean to hurt you I’m sorry that I made you cry Oh my I didn’t want to hurt you I’m just a jealous guy
I didn’t mean to hurt you I’m sorry that I made you cry Oh my I didn’t want to hurt you I’m just a jealous guyI was trying to catch your eyes Thought that you was trying to hide I was swallowing my pain I was swallowing my pain I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry Oh no I didn’t want to hurt you I’m just a jealous guy Watch out baby I’m just a jealous guy Look out baby I’m just a jealous guy
Johnny’s always running around Trying to find certainty He needs all the world to confirm That he ain’t lonely Mary counts the walls Knows he tires easily
Johnny thinks the world would be right If it could buy truth from him Mary says he changes his mind More than a woman But she made her bed Even when the chance was slim
Johnny says he’s willing to learn When he decides he’s a fool Johnny says he’ll live anywhere When he earns time to Mary combs her hair Says she should be used to it
Mary always hedges her bets She never knows what to think She says that he still acts like he’s Being discovered Scared that he’ll be caught Without a second thought Running around
Johnny feels he’s wasting his breath Trying to talk sense to her Mary says he’s lacking a real Sense of proportion So she combs her hair Knows he tires easily
Johnny’s always running around Trying to find certainty He needs all the world to confirm That he ain’t lonely Mary counts the walls Says she should be used to it Johnny’s always running around Running around
Cabe recordar que el británico antes de emprender su carrera solista formó parte de la banda de punk-rock, «Roxy Music», con quienes puso en los primeros lugares de los rankings musicales, a «More than this», la misma que cobró fama tardía en la película «Perdidos en Tokio» (2003), en la que una joven Scarlett Johansson coprotagonizaría con el veterano Bill Murray.
Europa, siglo XVIII, sí, el mismo llamado de “la Ilustración” o de “las Luces”, en el cual, se suponía, sobre todo, a partir de la Revolución Francesa, la razón humana se impondría sobre la religión y la superchería. A la luz del siglo XXI en el que vivimos, se supone que hemos involucionado un poco, no?, sobre todo, para los neohegelianos que piensan la vida y el mundo en términos teleológicos.
Vuelvo al contexto. Aquel fue el primer siglo de la historia de la humanidad, en el que comenzaba a ser incómodo nacer y mantenerse como rey. Tras la Revolución Inglesa instaurando la especial “república” (o dictadura parlamentaria) de Oliver Cromwell (1599-1658) y la Gloriosa Revolución de 1688 que depositó en el trono británico, a un príncipe holandés (Guillermo de Orange, luego Guillermo III) y su esposa María (luego María II), lenta pero inexorablemente, empezaría a prevalecer el axioma de “el rey reina pero no gobierna”. Una verdadera crisis de identidad sobrevolaría las cortes europeas, empezando por la propia inglesa.
No en vano, tres historias, recogidas por el cine, ilustrarían las enfermedades, los pesares, las depresiones y hasta las desventuras y/o desdichas de tres monarcas: la inglesa Ana (la primera como tal de la Gran Bretaña unificada), el inglés Jorge III y el danés Cristián VII.
Independientemente de si se llamaba Peter Wyngarde o según si nació en Francia, el mismo día que mi padre, un 23 de agosto, pero de 1927, este actor británico, de vida licenciosa, guarda un especial recuerdo para mí, por su actuación en otra de mis series favoritas, «Departamento S». Allí personificaba a «Jason King», un novelista excéntrico y hedonista, de historias policiales, que solía trabajar en una unidad especial de Interpol, con otros tres compañeros -uno de ellos era el personaje del americano Joel Fabiani-, en la dilucidación de las mismas.
El género de la novela policial siempre ejerció un particular atractivo durante mi infancia y adolescencia, no sólo por Sherlock Holmes y Agatha Christie, sino, originariamente por este personaje de la serie británica aludida, que tuvo una vida efímera (1969-1970) y con el nombre del propio «Jason King» (1971-1972). Tan poca presencia televisiva provocó una gran influencia, incluso en la propia cinematografía inglesa, cuando muchos años después, Mike Myers reconoció la gravitación de «Jason King» en su personaje de la película «Austin Powers».
Hay incontable número de películas y series de guerra a lo largo y ancho de la historia del cine. Las más recientes que recuerdo, como «Pelotón» en los ochenta, «La delgada línea roja» y «Rescatando al soldado Ryan» en los noventa y, «Pearl Harbour» en los dos mil, para no mencionar aquellas acerca de las guerras del Golfo, Irak o Afganistán, ya empezaban a contener guiones no sólo épicos sino humanísticos, que tenían relación con la resistencia anímica al conflicto y la muerte, la supervivencia, el noble sentimiento de salvar aún al desconocido y hasta romances generados a la sombra del enfrentamiento. Esas historias parecen enteramente condensarse en el reciente film de Christopher Nolan, que se contextualiza en el drama del rescate de casi 33o.000 soldados aliados (200.000 británicos y 100.000 franceses y belgas), en las playas de Dunkerque en Normandía en plena invasión alemán nazi a Francia, en plena II Guerra Mundial, entre fines de mayo y principios de junio de 1940.
El 31 de agosto de 1997, Lady Diana Spencer, Princesa de Gales y aspirante al trono británico, merced a su unión matrimonial con apenas 19 años de edad, con el Príncipe Carlos (12 años mayor que ella) de la Familia Windsor en una celebrada ceremonia en 1981, fallecía a causa de un aún misterioso accidente automovilístico en un túnel de París (Francia), junto a su reciente novio, el multimillonario egipcio Dodi Al-Fayed, tras una intensa persecución de «paparazzis» en motos.
La «Reina de Corazones», una plebeya londinense, una simple maestra de escuela había captado el interés del mujeriego solterón Charles en 1977 y dos años más tarde, noviarían hasta el mencionado casamiento a plena pompa. Pronto, conquistaría el favor popular de los británicos, como ningún miembro de la familia real lo hacía desde tiempos inmemoriales, con la expectativa de que su llegada al trono tarde o temprano, implicaría una fenomenal renovación de la institución milenaria. Pero tanto el recelo de su nueva familia como su relación con el propio Carlos, al poco tiempo, empañada hasta su destrucción, por su relación histórica paralela (desde 1970) con Camilla Parker-Bowles, obstaculizarían esos planes.
Con el nacimiento de sus dos hijos, William (en 1982) y Harry (en 1984) y el transcurso de los años, Diana se las ingenió para esquivar semejante peso vivencial, un verdadero calvario palaciego, incluyendo el acoso sensasionalista de la prensa inglesa, la denuncia de sucesivos amantes, bulimia nerviosa, intentos de suicidios y la propia separación de facto, ya al sexto año, de Carlos. Desarrolló su propio perfil principesco, se dedicó a cultivar una diplomacia cultural -conocida fue su lucha contra las minas antipersonales en todo el mundo-, fue aclamada por toda la comunidad de ex colonias británicas y logró una fuerte penetración mediática que en no pocas ocasiones, rivalizó y hasta opacó a la de todos los Windsor, incluyendo a su suegra, la legendaria Reina Isabel II.
Las cientos de veces que cruzamos esos carteles en las rutas argentinas, siempre me recuerdan la pregunta cruda e incisiva de mi novia, proveniente de un país milenario y guerrero que acaba de recuperar Crimea: «y qué han hecho por recuperarlas?». La respuesta tal vez, lógica, hubiera sido una guerra victoriosa, pero esa opción, que ella conocía, en realidad, apela a que más allá de tanto cartel y discurso nacionalista hipócrita, efectivamente, a lo largo de casi dos siglos, los argentinos no hemos hecho nada concreto ni eficaz, excepto desde el fútil plano discursivo, para que las Islas sean parte del territorio argentino.
La reflexión vale, para estos días cuando se celebran 35 años del desembarco de los conscriptos argentinos en el archipiélago, desalojando por apenas un bimestre, a las escasas fuerzas británicas allí apostadas, custodiando al entonces gobernador Rex Hunt, hecho en el cual, perdiera la vida, el Capitán Giacchino, el primero de una larga lista de algo menos de un millar de desafortunados de los dos bandos, que perecerían en esa absurda guerra.
-Choque de civilizaciones
-Diario de una pasión
-Doctor Zhivago
-El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas)
-El Señor de Ballantrae (Robert Louis Stevenson)
-La sociedad abierta y sus enemigos (Karl Popper)
-Motín a bordo
-Reflexiones sobre la Revolución Francesa (Edmund Burke)
-Robinson Crusoe (Daniel Defoe)
-Shakespeare enamorado
-The Last of The Mohicans (Fenimore Cooper)
-The silence of the lambs
-The peacemaker
-Facundo: civilización y barbarie (Domingo Faustino Sarmiento)
FRASES PARA RECORDAR
– «The only thing necessary for the triumph of evil is for good men to do nothing» (EDMUND BURKE)
-«Once we accept our limits, we go beyond them» (ALBERT EINSTEIN)
– «Rien n´est plus puissant qu´une idée dont l`heure est venue» (VICTOR HUGO)
– «No hay edad para vivir un amor intenso, así como creo que el amor es lo único que importa. Todo lo demás son plumas del pavo real, modas para seducir, como cuando un tipo se compra un auto fabuloso. Y el drama es que muchas veces el asiento de al lado va vacío, o con una mujer que no le gusta. No se necesita un Porsche para que una mujer te quiera. Hasta Adam Smith tenía esto claro: la razón por la cual la gente busca la riqueza es para salir del anonimato de la masa y ser querida» (ARTURO FONTAINE TALAVERA)
– «Our patience will achieve more than our force» (EDMUND BURKE)
– «Ahora la vida es mucho más riesgosa e incierta, aunque, al mismo tiempo, mucho más entretenida. No tengo ninguna nostalgia por el mundo de nuestras abuelas, donde las mujeres se casaban y tenían siete u ocho hijos y quedaban bastante encajonadas en una vida donde había muy poca posibilidad de cambiar De vida, porque no trabajaban» (ARTURO FONTAINE TALAVERA)
– «To read without reflecting is like eat without digesting» (EDMUND BURKE)
– «Your time is limited, so don’t waste it living someone else’s life» (STEVE JOBS)
– «Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son» (ABRAHAM LINCOLN)
– «Have the courage to follow your heart ad intuition» (STEVE JOBS)
– «Al final, lo que cuenta no son los años de tu vida, sino la vida de tus años» (ABRAHAM LINCOLN)
– «Si eres neutral en situaciones de injusticia, es porque estás del lado opresor» (ARZOBISPO DESMOND TUTU)
– «Casi todas las personas son tan felices como preparan sus mentes para serlo» (ABRAHAM LINCOLN)
-«In Italy, for 30 years under the Borgias, they had warfare, terror, murder and bloodshed, but they produced Michelangelo, Leonardo da Vinci and the Renaissance. In Switzerland they had brotherly love, they had 500 years of democracy and peace – and what did that produce? The cuckoo clock» (GRAHAM GREENE)
«Sólo el que ha conocido el extremo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es necesario haber querido morir, para saber cuan dulce es la vida» (EL CONDE DE MONTECRISTO)