TREINTA AÑOS DESPUES

Se acaban de cumplir 30 años de la caída del Imperio Soviético aunque también ayer, por ejemplo, se cumplió un nuevo aniversario de su nacimiento: el 30 de diciembre del año 1922, se creó la URSS.

Cabe recordar que, al nacer, la URSS sóla, poseía cuatro repúblicas socialistas soviéticas, formadas directamente tras la Revolución de Octubre. Siguió expandiéndose hasta tener 15 repúblicas en 1940, ocupando una superficie de 22.402.200 kilómetros cuadrados. Contaría con más de 150 etnias y una población total de 293 millones de habitantes hasta 1991, siendo superada únicamente por China e India.

La URSS dejó de existir en 1991, cuando Rusia, Bielorrusia y Ucrania declararon su disolución y fue reemplazada por la Coalición de Estados Independientes (CEI), de efímero protagonismo.

Esa caida merece una serie de reflexiones, que podemos clasificar en términos psicosociales de “tragedia”, filosóficos de “reflexión identitaria” y finalmente proyectivos, de “balance y perspectivas”.

La caída como tragedia

En efecto, para la población rusa, la caída de la URSS primeramente, fue un “shock”, dado su carácter imprevisto y tumultuoso, rompiendo abruptamente con una socialización que permeó a generaciones enteras. Quien haya visto la película alemana “Goodbye Lenin” podrá imaginar la magnitud de ese golpe letal en la cabeza de millones de rusos.

Segundo, transmitió una evidente sensación de “fracaso”, dado que se percibió como nunca antes, la colosal magnitud de un esfuerzo colectivo, ya sin destino alguno. El regreso masivo de un humillado Ejército Rojo, aunque sin perder batalla alguna y la orfandad rusa entre las ex repúblicas que una tras otra se irían desbandando de la vieja unión, fueron los indicadores más evidentes de tal frustración.

En tercer lugar, un sentimiento de “traición”. Precisamente, el colapso soviético fue visto en diferentes planos, por ejemplo, “hacia afuera”, como el corolario de promesas incumplidas por parte de “Occidente” a Gorbachov (por la expansión de la OTAN hacia el este europeo); “hacia adentro”, por el oportunismo de Yeltsin a expensas de “Gorby”. El fin detonó todo tipo de deslealtades aunque hoy, a nivel de la opinión pública rusa, se crea que el héroe occidental de la culminación de la Guerra Fría, es el máximo traidor: el propio ex Secretario General del PCUS, el reformista Mikhail Gorbachov.

En cuarto término, más bien performativo, la caída fue una transición costosa y sin perspectiva alguna de éxito. Sólo los rusos saben la cantidad de capital humano que perdieron luego de 1991, es decir, una enorme migración masiva de gente, que se suma a las otras existentes durante el “socialismo real”, cuando no, las matanzas y la II Guerra. Agreguemos a ello, la enorme brecha de desigualdad social que se heredó de la era soviética y ahora agudizó.

El debate inconcluso

Pero claro, mientras predominaban la anarquía, el saqueo y la amenaza de separatismo de la era Yeltsin -“amigo” de EEUU-, con la expansión de la UE y OTAN hacia el este, los rusos quisieron recuperar el tiempo perdido, al menos desde el plano existencial. Hubo una enorme discusión identitaria acerca de “qué es Rusia”, algo que había sido interrumpido tras la Revolución Bolchevique. En un vasto país, donde la trayectoria histórica y la especificidad signada por la naturaleza y la tierra -la más extensa del mundo- marcan a fuego lo que es el carácter (o alma) de tal pueblo, el antagonismo entre eslavófilos versus occidentalistas volvía a emerger con fuerza inusitada. Se trataba de analizar y descifrar cómo encarar la globalización y por lo tanto, aparecían tres formas de mirar esa inserción: a) occidentalista (atlanticista-liberal); b) civilizacionista (eurasianista) y 3) nacionalista moderada (luego, putinista). Tras un breve “romance” con la primera (1992-1996), la elite rusa viraría, decepcionada con “Occidente”, hacia las opciones b) y sobre todo, c).

Plena expansión occidental (1992-2000)

Los noventa no podían ser peores para Rusia. Casi todos los Estados de Europa Oriental usaron como “chivo expiatorio” a la URSS para superar sus crisis identitarias, convirtiendo a Rusia, en una suerte de “paria” culposa por aquella herencia. Todos urgieron la necesidad de ingresar a la UE y a la OTAN, como si fueran la solución mágica a todos sus problemas históricos. En la propia Ucrania, en el referéndum crimeano, se votó mayoritariamente por mantenerse bajo jurisdicción de Kiev. En la larga crisis (europea) de los Balcanes, EEUU y la OTAN decidieron unilateralmente el destino de la región, a expensas de una Rusia destratada y hasta humillada. Como si todo ello fuera poco, la crisis financiera de 1998, les sirvió a los rusos para comprender que “Occidente nos presta para someternos pero no invierte lo prometido”. Mientras tanto, Rusia vivió cerca del infierno separatista (por Chechenia), una democracia presidida por un Presidente alcohólico y mafias que dirimían sus pleitos, en plena “democracia liberal” a plena luz del día, regando de sangre, las calles de Moscú y San Petersburgo.

La recuperación (2000 en adelante)

Al inicio del nuevo milenio, nadie podía imaginar que Rusia viviría otra etapa diametralmente diferente, tras la sensación de caos del período Yeltsin. Un cúmulo de factores contingenciales ayudó a que esto ocurriera. Los hubo institucionales como el mérito de la supervivencia de la ex KGB (FSB) -al menos, un poder organizado emergió para reencarrilar al país, sin entrar en valoraciones morales- y el peso de la Iglesia Cristiano-Ortodoxa, que pudo compensar o reequilibrar la forma y estilo de capitalismo que imperó en la Rusia postsoviética.

Lo hubo también político-personales. Nada de lo que pasó post 2000, puede explicarse sin la afortunada elección del “delfín” de Yeltsin:  Vladimir Putin. Su concepción de orden, luego legitimada a nivel externo, a partir del 11S de 2001, con “la guerra contra el terrorismo”, le daría un plus agregado a su popularidad doméstica. Pero económicamente, el “boom” de las “commodities” explicaría en gran medida, la reconstrucción rusa postsoviética.

Balance y perspectivas

Observándolo desde la culminación de 2021 e inicios de 2022, el fin de la URSS fue pacífico. Hubo improvisación pero el destino ruso quedó a salvo. No siguió la trayectoria de disgregación yugoslava.

Tampoco hubo réplicas ni mayor agresividad. Los episodios de Georgia (2008) y Ucrania (2014 en adelante), fueron la excepción, no la regla. La política exterior rusa fue casi siempre reactiva, a la defensiva,  no imperialista ni agresiva. Rusia toleró la expansión de la OTAN sin disparar un sólo tiro.

La convivencia con Europa está garantizada. Se trata de un mix especial de tensiones, negocios y turismo, pero esa misma interdependencia es el mayor reaseguro para que no vuelvan las guerras, a menos que haya un error de Kiev o Tbilisi.

Rusia no se permitió recorrer el camino de Alemania (desarrollo), pero tampoco el de China. La paz social fue privilegiada a rajatabla. Su propio camino apenas la puede depositar en el destino portugués. Pero Rusia es inmensa y no puede tampoco llegar allí. Buscará el desarrollo aplicando la Doctrina Sinatra: “a su manera” y, a pesar de Greenpeace, explotando el Artico, sobre todo, si continúa la tendencia al cambio climático.

Hay un mix social y moral que conforma a los rusos: no se trata de invocar ni exaltar la decadencia europea ni el carácter retrógrado de cierto Islam. La prioridad es la sacrosanta especificidad rusa.

En el horizonte social ruso, hay tres claros peligros: el anquilosamiento o la esclerosis bajo el putinismo al estilo de lo que fuera el estalinismo, sobre todo, si es que Putin se erige en el “Zar electo” hasta 2036; hay una gran incertidumbre respecto al futuro y el rol de la juventud rusa, que por un lado, estalla por libertades en las calles pero también admira los valores de la milicia y el machismo patriarcal y, finalmente, existe el gran desafío de grandes reformas estructurales postergadas por impotencia.

UN RINCON TRANQUILO Y PROSPERO DEL BALTICO: LITUANIA

El domingo pasado se desarrollaron las elecciones de primera vuelta en Lituania. Ganó un partido de centro-derecha (la Unión de la Patria Cristiana-Demócrata Lituana -HU/LCD-) sobre la oficialista Unión de los Agricultores y Verdes (LFGU), en una elección reñida entre ambos, pero bastante fragmentada entre las 15 restantes fuerzas. Todo ello, destinado a repartir los escaños en el Parlamento lituano (Seimas), supone una distribución de sus 141 bancas (71 por circunscripciones unipersonales y 7o por representación proporcional) de manera bastante pareja entre los diferentes bloques, incluyendo los socialdemócratas y socialistas varios. Estos quedaron afuera de la segunda vuelta, pero sus votos pueden ser decisivos para que Ingrida Simonyte, la candidata de la coalición que salió primera, puede ahora sí ser la nueva Primer Ministra, derrotando al actual, el independiente Saulius Skvernelis, en el ballotage programado para el domingo 25 de octubre.

Ex Ministra de Finanzas entre 2009 y 2012, Simonyte perdió el año pasado, la Presidencia del país a manos de Gitanas Nauseda, economista como ella y ex jefe de la filial lituana de un banco sueco. Entre ellos dos y el actual Primer Ministro que peligra en su cargo, se han repartido el liderazgo político de este pequeño país báltico que tienen grandes estándares educativos, incluso a nivel mundial, que es muy homogéneo culturalmente por la herencia soviética, es muy estable macroeconómicamente -lo que le permitirá superar en unas décadas a los países de Europa Meridional- y desde ya, tiene una muy equilibrada distribución de la riqueza, al nivel de los Estados nórdicos.

Atrás en el tiempo, quedaron la resistencia civil a un Imperio decadente como el soviético en 1989, bajo la novedosa “Cadena Báltica”, ese verdadero muro humano que enfrentó en agosto de 1989, la eventual represión del despertar nacionalista bajo dos figuras emblemáticas: Algirdas Brazauskas (1932-2010) y Vytautas Landsberghis. Luego, durante la recuperación rápida de la economía lituana, ya bajo un marco institucional democrático con una economía de mercado, ambos se alternaron en el poder. El primero, ingeniero civil y comunista devenido en socialista moderado, fue Presidente del país entre 1993 y 1998 y Primer Ministro, entre 2001 y 2006. El segundo (nacido el 18 de octubre de 1932) fue el fundador del movimiento nacionalista, llamado Sajudis, artífice de la independencia lituana y Presidente del país entre 1990 y 1992. Luego, este escritor, ajedrecista y profesor de piano, luterano nacido en la ciudad de Kaunas, fue diputado del Seimas entre 1996 y 2000 y desde 2004, miembro del Parlamento Europeo.

Claro, hablamos de una sociedad altamente calificada, donde una buena parte de ella, tiene título universitario. Ello le permite a este país junto con Letonia y Estonia, participar en Unión Europea, como un país de rango de desarrollo medio, aspirando a más. También integra la OTAN y allí asume una posición claramente antirrusa, junto con los polacos, agitando el fantasma de la agresividad del Kremlin. No es casual que haya recibido a la candidata bielorrusa opositora Svetlana Tikhanovskaya hace algunas semanas, incomodando una vez más a Moscú. Precisamente, en el terreno doméstico, Vilna se empeña en ser un peón molesto para Vladimir Putin, quedando al borde de la violación de la cláusula democrática de la UE, cuando eliminó el idioma ruso, como segunda opción en las escuelas, dañando los derechos a educarse de los hijos de los muchísimos rusos que se han quedado a vivir en Lituania, porque gozan de un mejor nivel de vida que en su propio país de origen. Ya tempranamente, en 1991, los lituanos descargaron su furia contra las estatuas soviéticas, condenándolas a un parque temático retirado, el Grutas Park, algo que muchos años después contagiaría a estonios y letones.

Ayer, Telma Luzzani me reporteó sobre las elecciones lituanas y este panorama económico y social general del pequeño país báltico. He aquí la totalidad de su programa en Radio Cooperativa y los últimos 20 minutos dedicados a la entrevista.

TORMENTAS EN EL NUCLEO DE LA “MADRE RUSIA”?

Putin no gana para sustos en este 2020, tan vertiginoso y lleno de sorpresas -desagradables-. Apenas pudo disfrutar el histórico triunfo en el referéndum por la reforma constitucional, que le allana el camino hasta 2036 al frente del Kremlin, en un rol incluso suprainstitucional. La pandemia del Covid 19, le complicó el primer semestre sobre todo, en el Gran Moscú, aunque pudo esquivar las esquirlas del costo político de la gestión, rápida en cerrar la frontera con China y bajando el perfil, al delegar en los gobernadores, en nombre del singular federalismo ruso. Cuando pudo anticiparse en la carrera de vacunas, con la propia (Sputnik), en un nuevo éxito de “soft power”, aunque despierte críticas en los medios occidentales, no logró evitar que otro traspié lo agitara.

Esta vez, fue “Papá” Lukashenko, quien ganara por sexta vez desde 1991, la elección presidencial bielorrusa, pero que tendría que afrontar protestas la misma noche del escrutinio, en otra de pesadilla para Putin, que le hizo recordar lo peor del caos alemán del 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y Moscú no respondía los llamados de sus espías o, las carpas naranjas en Kiev en noviembre de 2004 o, la peor, los campamentos armados de la derecha neonazi ucraniana en la Plaza Maidán en febrero de 2014.

Había justificación para tal preocupación en el Kremlin? A priori, no, porque Bielorrusia, gozaba de un poder sistémico cuasi cercano a un totalitarismo, con una oposición minúscula y frágil, incapaz de amenazar seriamente el bloque hegemónico y hegemonizante de Minsk. Incluso durante la pandemia, la fórmula de “vodka más sauna” y la prisión para aquél que enferme de covid-19, que ensayó demagógicamente Lukashenko, parecía tener éxito popular. Tampoco el país tiene los clivajes étnicos, lingüísticos y hasta religiosos que sufre Ucrania. Por último, la virulencia de las protestas se justifican por el desgaste y hartazgo con el poder omnímodo de “Papá”, para una sociedad que es igualitaria, pero empobrecida aunque todavía vital -el Viber es un invento de la juventud bielorrusa, inteligente e innovadora, desde la cuna-. No obstante ello, nadie canaliza de manera positiva, la rebelión, como sí lo lograría  la oposición de Kiev.

Pero claro, Lukashenko empezó hace tiempo a coquetear con la UE y EEUU, tratando de evitar el destino de Ucrania, además de pelear el negocio de la provisión energética con Moscú. Esta desconfió del viejo amigo aunque no tuvo en la mano, ningún “plan B”, lo cual demuestra una vez más, la falta de estrategia de largo plazo del Kremlin, aún en su patio trasero, su “cercano exterior”, el corazón del alma eslava, la que creó la URSS y la que firmó su defunción en el bosque de Belavezha en la Navidad de 1991.

Como si todo ello fuera poco, Navalny, que ya había sido envenenado hace unos años y luego proscripto en elecciones por evasión fiscal, fue otra vez objeto de ataque con una sustancia letal en su té mientras regresaba desde Siberia. Cualquier especulación gira en torno a los métodos putinistas, porque se trataría de una manera sutil y eficaz de alertar a la oposición doméstica, para disuadirla de imitar el “modelo Minsk”. Como siempre, Putin concibe que le rodean la manzana desde afuera, ya sea Washington o Europa, aunque lo más probable es que sean sus eternos enemigos, los oligarcas exiliados, como Khodorkovsky, quien junto a los ucranianos, pretenden derrocarlo por cualquier mecanismo. Ahora, con Navalny recuperándose en Alemania, no se deja de especular con la intervención americana en aras de incomodar a Merkel y presionar para que detenga el Nord Stream II.

Entiéndase que Rusia es un vasto mundo, al que desde 1999, lo gobiernan los oligarcas o los siloviki (servicios de inteligencia), con una economía manejada por burócratas liberales, en una extraña y heterogénea coalición apoyada por los militares, con un status creciente, que ha evitado el destino de una Yugoslavia disgregada. Cualquier amenaza sobre su vecindario, será evitada sin importar los medios, pero el interrogante es hasta cuándo, podrá resistir semejantes golpes de efecto, cada vez más incisivos e impactantes, impregnados de una sed de venganza que empequeñecería cualquier novela de Tolstoi o Dostoievski.

 

CHERNOBYL: 33 AÑOS DESPUES

No habia forma de convencer en abril de 1986, al 80 % de mis compañeros y docentes de la Facultad de Ciencia Política y RRII de la UNR que la URSS no era el “paraíso perfecto” ni estaba del lado correcto de la historia. Ni siquiera con la expectativa favorable generada por la llegada, desde la agrícola pero discriminada por las políticas estalinistas, Stavrópol, de Mikhail Gorbachov, como nuevo Secretario General del PCUS en marzo de 1985.

Sus discursos reconociendo las carencias estructurales del sistema comunista soviético, precedidas de la huelga obrera y represión militar del régimen de Jaruzelski en Polonia, algunos años antes y el fracaso militar de la invasión a Afganistán, no parecían calar hondo en la intelectualidad argentina en otra muestra más de su habitual encapsulamiento. Tuvo que ocurrir una tragedia como la de Chernóbyl, para que aquí, algunos empezaran a abrir los ojos.

Hoy, con la perspectiva de la distancia temporal, ésta es mi opinión sobre lo ocurrido, además de sus repercusiones en la Rusia actual.

ENTREVISTA EN RADIO FM AHIJUNA

Aquí el trailer de la nueva serie de HBO que ha causado tanta conmoción entre las nuevas generaciones.