SANGRE DE MI SANGRE

Así se llama un capítulo de la temporada cuarta de la  galardonada serie “Outlander” que aquí ya hemos comentado anteriormente, sobre todo en su parte primera, que se desarrolla en mayoritariamente en continente europeo (Francia, Inglaterra y sobre todo, Escocia, entre 1743 y 1768). Pero ese capítulo citado ya forma parte de la segunda etapa del gran amor incondicional y eterno del highlander Jamie y la curandera Claire.

Producto de un naufragio que casi los ahoga, llegan a las costas de las colonias americanas -más exactamente, Carolina del Norte-, donde abandonando su pretensión de volver a la isla natal del primero, resuelven hacer una nueva vida, como muchos escoceses. Jamie se transformaría en un hacendado civilizado e indultado por los ingleses y ella, devendría en una agricultora y cirujana.

Casi toda la trama de este segunda parte, ya no los tiene a ellos como protagonistas, sino a sus hijos. Por un lado, William, el joven criado desde 1758, por Lord Grey, el aristócrata y ex oficial británico y gobernador de Jamaica, homosexual, enamorado perdidamente de Jamie, viudo de la amiga (Isobel) de la ex amante (Geneva) del escocés, quien había muerto apenas tras engendrar al “pequeño Willie”. Tras una década, Lord Grey junto a William, irían a visitar a Jamie y Claire en su cabaña del Cerro Fraser.

Por el otro, Brianna, queriendo evitar la muerte de sus padres, atravesaría las piedras en Craig Na Dun y luego de un azaroso viaje desde Europa a América, por fin los hallaría en Wilmington, tras un emotivo encuentro. El destino la uniría con su padre natural: ambos fueron violados, él por Jonathan Randall en prisión y ella por un pirata irlandés, Stephen Bonnet.

El nexo de ambos, tanto de William como Brianna, aún sin conocerse, aún teniendo padres adoptivos (Lord Grey como Jack Randall, respectivamente), cuya honestidad, bondad y desinterés, no puede ser puestas en duda, era la sangre. Ambos, a pesar de no verlo en más de dos décadas, no sólo compartían los aspectos biológicos de su padre, sino, lo más importante, tenían el carácter de Jamie: su terquedad, su nobleza, su orgullo, su frontalidad.

Aún cuando la propia Brianna se había criado en un contexto cultural en los años sesenta del siglo XX, mucho más liberal que el escocés del siglo XVIII, en plena transición, como ya hemos descrito, los rasgos fisonómicos y conductuales, parecian estar latentes allí, en sus genes, no obstante que puede también afirmarse que tanto Lord Grey como Frank, cada uno a su manera, también les habían transmitido las experiencias y hasta detalles personales de Jamie, conocidos en el segundo caso, por vía indirecta (Claire).

Jamie toleró y hasta aprobó por razones de supervivencia de su mujer amada, que otros dos tomaran su lugar com padre. En el momento de sus reencuentros, no cabía duda que ambos eran sus hijos. Eran Fraser, sin más. Eran “sangre de su sangre”.

No está de más recordar y la saga lo demuestra, los padres y las madres, están permanentemente preocupados por el destino de sus hijos, mucho más en aquellas épocas, en las que uno desconocía el paradero de sus hijos, por días, por semanas, por meses y hasta por años, dada la gran cantidad de peligros, a los que se exponían: guerras, enfermedades, condenas, etc. Máxime pensando en la falta de comunicación y transporte habituales: las cartas y los viajes en barco o a caballo, que tardaban meses, todo lo contrario a la dinámica actual -gracias a Internet y la telefonía celular-.

Esto revela que para Diana Gabaldón, la genial escritora del libro que sería la base para la gran serie británica, que hoy trasunta ya su sexta temporada, el vínculo consanguíneo es mucho más potente que el racional: la naturaleza humana puede ser sustituida por la adopción pero las consecuencias siempre estarán latentes allí, donde uno las espera. Una buena maternidad o una buena paternidad pueden ser alcanzadas por madres o padres adoptivos, hasta pueden lograrse de la mano de ellas o ellos, buenas crianzas, pero la herencia también en última instancia, es la que cuenta.

Me interesa sí subrayar esta especial relación entre padres e hijos, no tanto entre hermanos. En la saga, tan concentrada en el carácter clánico de los vínculos, por ejemplo, dicha ligazón suele ser conflictiva como en el caso de los tíos highlanders de Jamie (Colum y Dougal), ambos muriendo antes de Culloden pero también de cierta irrelevancia: los hermanos del “joven Ian” Murray -sobrino de Jamie- o la hermana de Marsali -una de las hijas de Laoghaire MacKenzie, la segunda esposa del montañés protagonista-, prácticamente no aparecen en la novela, salvo de manera esporádica y mucho menos, se conoce de la relación afectiva o no entre ellos.

Por último, una aclaración. Que no signifiquen estos párrafos, una exaltación de la familia como núcleo principal de la sociedad, como si no mutara o pudiera evolucionar en diferentes formatos. Ya hemos expuesto los males del llamado “familismo amoral”, esa concepción de la familia cerrada en sí misma, ultracohesionada, incluso en deterimento del bien común, que se verifica en culturas nacionales, como la italiana (preferentemente del sur), la española y otras -sobre todo, europeo-meridionales y católicas-. De hecho, la saga expone elocuentemente los malos ejemplos en tal sentido, no obstante habituales en los clanes, como los del ya mencionado Colum MacKenzie, la tía materna de Jamie, Jocasta MacKenzie Cameron y el propio padrino del highlander, Murtagh FitzGibbons -aún en un rol más benevolente-, quienes pretendieron manejar de manera dictatorial, los destinos de sus hermanos, sus hijos y hasta sus sobrinos, nietos y ahijados. Pero no por todo ello, puedo subestimar la relevancia del especial y singular afecto que sienten los padres y madres por sus hijos, aún en las circunstancias más difíciles, como las que se observan en “Outlander”.

Vale la pena pues recordarlo en estos tiempos, donde muchos interpretan como normal que la biología vaya cediendo paso a construcciones sociales de roles, incluso de género. Esto puede ser así y de hecho, la misma transición de la sociedad tribal a una más abierta y progresista, derriba las ligazones consanguíneas preexistentes en la primera, pero ello no significa la desaparición de la sangre como factor todavía gravitante.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva. http://consultoriayanalisisrrii.blogspot.com.ar/ https://twitter.com/marceloomontes
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