TRES DECADAS DEL FESTEJO MUSICAL DE POSTDAMMER PLATZ (BERLIN)

Hace 30 años, Roger Waters, el emblemático líder de Pink Floyd, le hizo un merecido homenaje a la Caída del Muro de Berlín el 21 de julio de 1990. Organizó un gran festival de rock and pop, con la presencia de Phil Collins, Sinead O’Connor, Cyndi Lauper, Bryan Adams, Scorpions, entre otros.

El símbolo de «The Wall» y «Otro ladrillo en la pared» había tenido una militancia activa en contra de los autoritarismos y los derechos humanos en el mundo, aunque con algunas contradicciones posteriores, por lo que su iniciativa tuvo un enorme éxito.

Aquí les dejo tres videos, no del recital citado, sino tres presentaciones en la mencionada Berlín, de Collins (en 1990), Scorpions (en el año 2000) y Adams (en junio del año pasado), que son mis preferidos de la lista de aquel día histórico.

EL «WALT DISNEY» ARGENTINO

«Mientras al chico le des imaginación, le des aventura y le des personajes buenos y malos…El chico en esencia es bueno, es travieso, pícaro, lo que pasa es que los mayores les informamos con otro método. Y creemos que son más inteligentes, porque les damos mucha más información, pero eso no quiere decir que estén maduros. El chico tiene los mismos móviles siempre: la ambición, el querer, el poseer, el coleccionar…Los móviles de aventuras, de imaginación, de deseos, son los mismos» (Entrevista a Manuel García Ferré, Diario Clarín, 2012).

Imposible saber si nuestra generación de los nacidos en los años ’60 está al menos, más fortalecida y cuenta con mayor templanza para afrontar las situaciones difíciles de la vida individual y colectiva, que las generaciones de nuestros hijos y alumnos, llámense como se llamen, «Y» o «Z». La hipótesis afirmativa corresponde al actor y cineasta norteamericano, Clint Eastwood, conocido por sus posiciones «neocon» que ha catalogado sin prurito alguno, de «maricas»a los actuales jóvenes pero también a otro veterano, profesor de judo ruso, quien considera que las viejas generaciones eran más resistentes a pesar -o a causa- de las adversidades afrontadas mientras que a los actuales jóvenes si bien, sobre todo, pensando en la tecnología, la vida se les ha facilitado enormemente.

No tengo herramientas teóricas para sustentar esa hipótesis, a veces, suelo inclinarme a ella, otras veces, me alejo, pero sí puedo ensayar un análisis de cómo nos fuimos formando como generación. Allí aflora la socialización escolar que claramente a mí me impactó sobremanera -ya lo he explicado en estas páginas- pero también la mediática del contexto temporal en el que vivimos.

En ese campo, no puedo dejar de subrayar el rol que jugó un historietista argentino, llamado Manuel García Ferré (1929-2013). El no era argentino, concretamente había nacido en Almería (España), al borde del Atlántico y arribó al país, escapando de la Guerra Civil española en 1947.

El aporte de García Ferré fue como dibujante de historietas con personajes de una gran candidez humana, ternura, buen gusto y otros atributos que los hacían queribles y recordables. No pocos «buenos» como «Hijitus», «Anteojito», «Antifaz», «Calculín», «Trapito», «Pi-Pío», «Oaky», «Larguirucho», «Pichichus», «Gold Silver«, el «Boxitracio», «Cachavacha», «Petete», el «Comisario» y algunos «malos» como «Neurus», «Pucho» y «El Hampa». Todos contribuyeron a través de micros televisivos por las tardes y noches más revistas especiales útiles en términos de didáctica para la educación primaria, a nuestra formación dentro y fuera de las aulas. Cabe subrayar que tales productos eran absolutamente privados. No había ningún Canal estatal Paka Paka o Encuentro, en un contexto de mucho menor oferta televisiva, apenas unos pocos canales de aire, sin siquiera cable hasta mediados de los ochenta y desde ya, sin Internet. Sí había un empresario uruguayo, Constancio Vigil (abuelo) que creyó e invirtió en el dibujante hispánico.

A la contribución singular de García Ferré, un autodidacta como dibujante precoz a orillas del mar, que se extendería hasta 1999, cuando fue precandidato como cineasta para ser nominado al Oscar con «la tortuga Manuelita» (de Pehuajó y creada por María Elena Walsh), con la que atraería a millones de niños como mis hijos en esa época, que nacieron dos décadas o dos décadas y medio después que yo, la resumiría en una sóla expresión: la ampliación de nuestra imaginación. Claro, con el ya voluminoso sustento de la literatura infantil clásica de Julio Verne, Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson, entre otros, nos resultaba mucho más fácil, traspasar límites mentales, crear escenarios, valorar personajes, interrelacionar contextos, en suma, volar, sin necesidad de estar físicamente en tal o cual lugar. Esa extensión de la imaginación nos serviría en todo sentido, para nuestra vida adolescente y adulta: excepto el cambio tecnológico que nos insta a ser más prácticos, toda nuestra vida familiar, laboral y profesional, se remite a todo lo aprendido en aquellos años dorados de la infancia.

Tal vez, esos reinos de la fantasía, expliquen también el gran éxito de muchos adultos con la generación de videojuegos y software especial para el entretenimiento, que permite el ingreso de no pocos millones de dólares genuinos para un país ávido en tal sentido. Digo esto, para no caer en el recurso fácil de la literatura o la misma docencia, que a muchos hoy nos atraviesa, para formar a las nuevas generaciones. Quizás, no las quiero juzgar, pero éstas carezcan de esa pizca de ingenio, intuición, ingenuidad y hasta atracción por las historias, por estar excesivamente influidas por los efectos especiales.

PD: en la denostada -por el kirchnerismo- década del noventa, García Ferré invirtió gran parte de su dinero ganado con los personajes tradicionales, en una editorial propia que publicó dos revistas, también dedicadas a la ampliación de conocimientos educativos y científicos, como «Ser Padres Hoy» y «Muy Interesante».

MAURICIO MACRI ROMPE EL SILENCIO

EL DEPARTAMENTO Q: «ALGO HUELE MAL EN DINAMARCA»

El igualitarismo económico no necesariamente deriva en igualdad política sino por el contrario. Hasta podría afirmar que tampoco garantiza el objetivo que se propone. En este sitio, hemos insistido en la insuficiencia e imperfección del modelo igualitarista de las sociedades escandinavas. Son países que están primeros en los rankings mundiales de felicidad aunque dudo de esos parámetros. Son países que disfrutan de niveles de bienestar, parejos para todos y todas, pero claramente a juzgar por el cine policial que comentaré en estos párrafos, por ejemplo, de manera similar a Suecia, Dinamarca, parece seguir siendo una sociedad de abusadores (de todo rango) y abusados.

La saga de los casos del Departamento Q, un grupo especial de la policía danesa, es sencillamente brillante. Las cuatro películas que la constituyen, a lo largo de los últimos siete años, no han dejado dudas respecto a aquellos abusos de los más poderosos sobre los más débiles. Allá la diferencia no la plantean las clases, los más ricos y los más pobres, sino diferentes estratos: cierta elite que va a colegios de primer nivel, como si se tratase de una sociedad premoderna, del siglo XVII o XVIII, con cofradías que unen violadores y asesinos potenciales; curas protestantes que pretenden disimular abusos infantiles de los que buscan escapar, cometiendo ellos los mismos abusos pero en la vida adulta, en nombre de Jesucristo; médicos enfermos psicópatas y fundamentalistas de la eugenesia, al servicio de la sociedad bienestarista, discípulos de Karl Kristian Steincke, que abortaban a jóvenes liberales, sin moral suficiente para tener hijos sanos a la sociedad danesa igualitaria y ahora, hacen lo mismo con mujeres musulmanas, indignas de vivir en el paraíso danés, para luego esterilizar a ambas, sin consentimiento; cuando no, viejas venganzas por traumas en la infancia, que se relacionan con la muerte de padres en accidentes automovilísticos.

Semejantes historias, pesadas, shockeantes, con dolores acumulados en el tiempo que tienden a explotar en algún momento, son recorridas, investigadas y dilucidadas por una pareja de detectives, muy particular, con Carl Möck y un inmigrante sirio nacionalizado danés llamado Assad, tan contrastante como simpática, con una asistente pelirroja, Rose, tan eficaz como ellos, aunque desde el escritorio.

La saga es altamente recomendable, sobre todo en tiempos de cuarentena dura, en especial, para los ilusos e ingenuos progresistas que todavía creen en las bondades del modelo sueco, danés o noruego, como si fueran la panacea de la vida humana y social. Envidio sanamente la valiente autocrítica danesa, puesta de manifiesto en estos cuatro thrillers.