«THE GREAT PRETENDER»

Una canción del gran Freddie Mercury se titula así -aunque fuera original de Los Plateros-. Pero en este caso que trataremos, sólo servirá para radiografiar dos personajes emblemáticos de la escena política nacional que no tienen nada ideológicamente en común, pero sí otros atributos que analizaremos: CFK y Javier Milei.

Recordemos que Platón había planteado alguna vez, en la Grecia clásica, que las sociedades «enfermas», envilecidas, corruptas, por el avance democrático, requerían un «rey filósofo». Es decir, alguien investido de calidades y cualidades que sean diferenciadoras en relación al resto de sus semejantes y que en virtud de ello, podría tener la capacidad y la actitud para guiarlos hacia la verdad y el bien común. Este principio de tutelaje social, diría Robert Dahl, es a todas luces apropiado, en virtud de sus virtudes -valga la redundancia-. Sin embargo, esto es así?

Tanto CFK como Milei, ambos líderes innegables, se han creído y creen portadores de esos atributos positivos. La primera, con un carácter fuerte y discursos encendidos pretenciosamente racionales, envuelve a masas no necesariamente calificadas para sus gustos personales: ella se autopercibe una aristócrata a pesar de ser hija de un colectivero platense. El segundo, con un estilo contrastante con la anterior, basado en gritos desaforados, una retórica plagada de insultos y poses típicas de un rockstar -y no de un político europeo-, atrae jóvenes con carencias de todo tipo desde la cuna, identificados con su propia biografía de vacíos o dramas existenciales.

Son nuestros pretendidamente «reyes filósofos». Una, fue y sigue siendo, el otro pretende serlo. La pregunta es si realmente, están en condiciones de liderar y hacia buen puerto, este barco llamado Argentina. Nadie niega que a base de simulación y hasta mentira, ambos logran sus objetivos. Por una o otra razón, la sociedad enferma los sigue. Ahora bien, cabe interrogarse, si la terapia elegida por ellos, en un caso, un populismo heterodoxo y en el otro, una derecha trumpiana y hasta reaccionaria, al no ser genuinas, por provenir de una impostación, tiene posibilidades de eficacia. O la gente seguirá confiando en ellos a pesar de las repetidas advertencias acerca del egoísmo acendrado de ambos? porque finalmente, recordemos que son humanos y falibles como todos nosotros, a quienes pretenden «curar».

Los reyes filósofos estaban -y debieran estar- investidos de amor a la patria, más que a sí mismos, además de honor y entrega desinteresada. En este caso, los vernáculos parecieran estra preocupándose más por sus propios egos, antes que en cualquier otro fin colectivo. La sociedad argentina, poco proclive a seguir reglas impersonales y duraderas, con igualdad ante la ley, alguna vez reaccionará a estos pretendidos «médicos», que se sienten tan mesiánicos? o será demasiado tarde? el oportunismo de subirse al carro de estos líderes prevalece por encima de cualquier otra dimensión?

UN LEON CONFUNDIDO

Dos o tres golpes de efecto de una persona sanguínea y carismática sobre una sociedad anestesiada, perdida, sin rumbo pero sobre frustrada, desencantada, pueden servir para que ésta quede deslumbrada y lo siga sin cuestionamiento alguno.

Inaugurando su gira nacional como diputado, con clases de Economía, que apenas lo son, apelando a shows que se parecen más a los de un rockero que a los de un político, mediados por influencers de opacos y hasta nulos pergaminos académicos, Javier Milei vive ese momento de fama. Las encuestas le dan excelentes números en vistas al 2023 y en cada Provincia que estará, seguramente, llenará plazas o parques.

Se disimularán así, errores no forzados de la campaña electoral como la derrota del debate legislativo de CABA, los ataques de furia en una charla en Montevideo o el desborde del supuesto agente de seguridad en el festejo del Luna Park. Incluso la rara percepción popular del sorteo de su dieta, a todas luces, un acto demagógico de baja estofa pero que para los Millennials ingenuos, jóvenes aturdidos y adultos buscadores de salvación material inmediata, pudo ser una bisagra en la política argentina, más allá de que como investigó el especialista en informática Javier Smaldone, puede ocultar una vil operatoria de venta ilegal de datos personales. Es que «todo vale» en un momento así, de euforia, de exaltación, hasta de clímax: la gente se enceguece con esta figura y eso le dará una cierta impunidad que se agrega al endiosamiento que ya hacen de su personalidad.

Lo que sería una buena noticia para el liberalismo argentino, en realidad, tal vez, no lo sea. Un entorno que lo rodea, bastante mediocre y pletórico en obsecuencia y adulación al nuevo «Mesías»; un misticismo que se difunde incluso en Twitter -su red preferida para satisfacer su irrefrenable vocación egocéntrica, narcisista y nada sensible-, que tal vez, encubre la red de negocios de sus adláteres, el siniestro dirigente sionista Maslatón y el financista  Marra -hoy legislador porteño-; un armado político que no tiene nada como tal, porque se nutre de mucho personalismo, influencers y sellos partidarios de oscura procedencia (UNITE, el partido de un kiosquero rosarino de diarios y ex concejal, PAC, la agrupación de ex policías y un Partido Libertario que es un «cóctel» de personajes ignotos, aunque todos peleados entre sí).

Es que además de mantener dudas sobre la falta de equilibrio emocional de Milei, que lo convierte en poco apto para desempeñar un rol ejecutivo, de un país anómico como Argentina, hay también mucho por advertir, en materia ideológica. El aspirante a león de la jauría, tiene confusiones ideológicas estridentes, de envergadura, no menores para alguien que se precia venir del mundo académico -apenas de paso, si lo sabrá su padrino Eurnekian-.

Dice que el impuesto es un robo sin entender que es la única forma de financiamiento de un Estado, que él, como anarcocapitalista -como el hijo de Milton Friedman– aborrece pero que es preferible a emitir moneda o pedir crédito interno o externo. Ignorando defensas tales como las de Adam Smith, Tocqueville y Sarmiento, entre tantos, defenestra a la educación pública lo cual puede ser comprensible considerando el estado de deterioro de la misma y la situación social general de Argentina, pero no toma conciencia que este país encontró la senda del progreso una vez, de la mano de dicha escuela sarmientina. Además, el esquema de vouchers (subsidio a la demanda) que él mismo propone -aunque muchos lo hicieran ya mientras él se dedicaba al fútbol profesional hace 3 décadas-, es un mecanismo de financiación pública, medida por alumno/a, sin privilegiar a la escuela privada, que allí perdería su razón de ser. Finalmente, la eliminación del Banco Central puede ser popularmente contrastante con el pasado y presente de destrucción de la moneda en el país, pero no es nada realista si se cree que la inflación desaparecerá producto de ello. Mientras continúe un nivel de gasto público infinanciable, la fórmula mileirista, aplicada en otros contextos históricos y geográficos, mucho más fáciles que el nacional, es absurda y hasta podría generar carcajadas en un café imaginario con economistas de la Escuela Austríaca, monetaristas-Public Choice a lo Buchanan y fiscalistas a lo Musgrave.

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EL CAMPO ARGENTINO EN REBELDIA?

Recuerdo que en uno de mis tantos viajes (laborales) entre 1998 y 2001 a Rosario, cuando decidí emigrar a Villa María, por motivos personales, una noche del primer semestre de 1999, me tocó ver a orillas de la vieja Ruta 9 -en aquel momento, en impecable gracias a los peajes e inversiones privadas de la Presidencia Menem-, una serie de tractores y pancartas de productores lácteos. Era el famoso «tractorazo», movimiento cuasi piquetero que nucleó a numerosos productores tamberos de la zona aledaña a Villa María, que reclamaban en plena Convertibilidad, un «precio justo» para el litro de leche, que en caso de no tener respuesta oficial, por parte de la Administración menemista, derivaría en crisis de abastecimiento en las góndolas de los supermercados.

Ese tema sería objeto de profundas y numerosas investigaciones sociológicas que eran novedosas porque hacía tiempo que el campo, en aquel momento, sin retenciones pero con precios internacionales muy deprimidos, no generaba interrogantes ni tampoco respuestas académicas de ningún tipo, excepto en el ámbito de las Ciencias Básicas, a partir de la enorme modernización tecnológica que vivió a partir de fines de los ochenta (sojificación, riego artificial, siembra directa, grupos CREA, etc.). Los últimos estudios databan de la década del ’60 cuando la preocupación de los cientistas sociales era la naturaleza oligopólica de las propiedades y en todo caso, el cambio de manos de las familias patricias argentinas a nuevos sectores.

La crisis de 2001 encontró al campo en plena expansión, en parte, producto de aquella reconversión, a contramano del resto de la economía argentina. Los precios de las commodities subieron exponencialmente y eso permitió que el nuevo milenio encuentre al país recuperándose de la fenomenal reconversión de precios producto de la ruptura de contratos que duraron una década. Ese aumento generó una gran entrada de divisas para el país, la que sería récord en la historia argentina y la misma de alguna forma, satisfizo dos roles: una, «acolchonar» los efectos de la crisis inicial y otra, financiar el creciente gasto público en áreas urbanas, destinado a sectores vulnerables, pero también empleos formales de clase media.

En marzo de 2008, en pleno auge, el campo dijo «basta» y volvió a las rutas, como una década antes. La Resolución 125 del entonces Ministro de Economía de CFK, Martín Lousteau, hoy devenido en antikirchnerista, que amenazaba aumentarle la retención estatal a la producción sojera, se convirtió en el centro del contraataque ruralista. La crisis llegó a tal punto que el propio Vicepresidente Cobos (radical, de Mendoza) tuvo que desempatar en el Senado de la Nación, haciéndolo de una manera dubitativa, pero en contra del propio proyecto de su gobierno. Esto agrietó no sólo a la coalición oficial ‘transversal» sino a toda la sociedad argentina que vio consumir semanas al borde de la violencia civil.

Alfredo De Angeli, productor entrerriano de la zona de Gualeguaychú, hoy senador nacional, fue uno de los protagonistas políticos de aquellas jornadas aciagas, junto con los integrantes de la entonces llamada «Mesa de Enlace», conformada por las organizaciones gremiales representantes de la diversidad política del campo: Llambías (CRA), Biolcati y Miguens (SRA), dos entidades a la derecha del espectro ideológico y, Garetto (Coninagro) y Buzzi (Federación Agraria), a la izquierda de aquél.

Con mi amigo Julio Nieto y el propio De Angeli

Las tensiones extremas y el «voto no positivo» de Cobos obligaron al gobierno a retroceder, la oposición supo explotar ese momento político en las parlamentarias del 2009 pero con el transcurso del tiempo todo se fue diluyendo y el statu quo se impuso. El campo disfrutó de algunos años más de precios elevados, pero el Estado acrecentó su voracidad fiscal de modo sutil. La reaparición de una inflación que llegó para quedarse, con un nivel elevado respecto al plano mundial, obligó al kirchnerismo a incurrir una vez más en el error histórico de prohibiciones de exportar cortes cárnicos, «para garantizar el precio interno» y otros absurdos que lo único que lograr, fue favorecer a la ganadería de países vecinos y las exportaciones de terceros a mercados no tradicionales.

El campo volvió a atomizarse políticamente, tuvo un pequeño veranito con el macrismo, ya con otros precios internacionales -a la baja- y esperó a fines de 2019, a la gestión Fernández, en pie de guerra, porque sabía que la situación de 2008 podía volver a repetirse. Sin embargo, el kirchnerismo no mostró los dientes, prefiriendo una salida elegante y negociadora (el Consejo Empresarial Agroindustrial), para diluir cualquier oposición productora, pero la pandemia interrumpió el sonido de las armas.

Enero de 2022 empezó con todo y los ruralistas eligieron juntarse en asamblea nacional, el sábado 9, en la localidad santafesina de Armstrong, en la intersección de la ruta 9 y el camino a la pujante Las Parejas, tras la negativa de la intendenta de Cañada de Gómez a recibirlos. Allí fue la nueva Mesa de Enlace, a modo de reconstrucción del liderazgo político, pero esta vez, la ocasión parece diferir de la anterior. Productores autoconvocados, con el ingeniero agrónomo Dieter Von Pannwitz a la cabeza, fueron los organizadores y las bases se hicieron escuchar: hicieron autocrítica de la escasa relevancia política y económica que le dan a la agremiación ruralista; reprocharon traiciones pasadas a sus dirigentes rurales; pidieron cabezas de líderes cooptados por el gobierno, por ejemplo, los de Coninagro y hasta trataron a la coalición gobernante de «enemigos mentirosos».

Las semanas venideras, en las que pueden vislumbrarse momentos difíciles, en función de la gran sequía que afecta a nuestra región y la concreción de nuevas asambleas en un centenar de puntos estratégicos del país, amenazando por ejemplo, no realizar cultivos de invierno, algo que sería gravísimo, nos permitirán ser testigos de nuevos conflictos.

Será la repetición de otra fase más del eterno ciclo político argentino?

«NO MIREN ARRIBA»

Más de cinco décadas y media. He sido testigo del desmoronamiento de un Imperio que pergeñó una idea de humanidad diferente, con uan sociedad extremadamente igualitaria. He sido testigo de cómo un joven alemán en una avioneta llegó al corazón mismo de dicho Imperio, del cual se creía era invencible, desafiando todos los radares y controles sofisticados. He sido testigo más de una vez, de predicciones que fallaron, de cálculos o estimaciones mal formuladas, de actitudes soberbias que terminaron en verdaderos fiascos para sus protagonistas. Armando Ribas dijo alguna vez que quien se cree inteligente, es genuinamente estúpido. Pero la naturaleza humana, como solían reiterar los Ilustrados Escoceses, ha dado muchos ejemplos de estupideces, sobre todo, cuando se sobreestima la racionalidad.

Vivimos una época diferente a la de hace 3 décadas atrás, la de la posverdad. La gente se enamora de conspiraciones sin sentido, desconfía de todo aquello en lo que sí lo hacía hasta hace poco, tiende a creer en supercherías postmodernas, en recetas fáciles, en lugares comunes, divulgadas por comunicadores «sofistas». La manipulación está a la orden del día. La película «Red lights» «(«Luces rojas» -2012-), algo de eso, ya nos advertía hace unos años.

Por eso, «Don’t look up», estrenada vía Netflix el 10 de diciembre pasado, con un elenco multiestelar, una saludable bocanada de aire fresco a esta época de fake news y tanta polarización, a propósito de la pandemia de Covid-19. Superada la novedad (verdad) por parte de dos astrónomos de «medio pelo», uno veterano y otra doctoranda, la reacción fue la incredulidad y el entretenimiento de la gente seguida de la manipulación y el oportunismo de una política y un empresario ligado a ella. Una vez que los «errores» de éstos -ya en fuga-, el estupor y el miedo colectivos. Tarde o temprano, la verdad se impone pero sus consecuencias serán catastróficas.

La película es lamentablemente para los estudiosos o científicos, una cachetada a sus saberes específicos, diluidos en la marea de la ignorancia, la mediatización y el reino de la imagen. Por eso vale la pena verla: para recordarnos cuan estúpidos solemos ser los seres humanos.

TREINTA AÑOS DESPUES

Se acaban de cumplir 30 años de la caída del Imperio Soviético aunque también ayer, por ejemplo, se cumplió un nuevo aniversario de su nacimiento: el 30 de diciembre del año 1922, se creó la URSS.

Cabe recordar que, al nacer, la URSS sóla, poseía cuatro repúblicas socialistas soviéticas, formadas directamente tras la Revolución de Octubre. Siguió expandiéndose hasta tener 15 repúblicas en 1940, ocupando una superficie de 22.402.200 kilómetros cuadrados. Contaría con más de 150 etnias y una población total de 293 millones de habitantes hasta 1991, siendo superada únicamente por China e India.

La URSS dejó de existir en 1991, cuando Rusia, Bielorrusia y Ucrania declararon su disolución y fue reemplazada por la Coalición de Estados Independientes (CEI), de efímero protagonismo.

Esa caida merece una serie de reflexiones, que podemos clasificar en términos psicosociales de «tragedia», filosóficos de «reflexión identitaria» y finalmente proyectivos, de «balance y perspectivas».

La caída como tragedia

En efecto, para la población rusa, la caída de la URSS primeramente, fue un «shock», dado su carácter imprevisto y tumultuoso, rompiendo abruptamente con una socialización que permeó a generaciones enteras. Quien haya visto la película alemana «Goodbye Lenin» podrá imaginar la magnitud de ese golpe letal en la cabeza de millones de rusos.

Segundo, transmitió una evidente sensación de «fracaso», dado que se percibió como nunca antes, la colosal magnitud de un esfuerzo colectivo, ya sin destino alguno. El regreso masivo de un humillado Ejército Rojo, aunque sin perder batalla alguna y la orfandad rusa entre las ex repúblicas que una tras otra se irían desbandando de la vieja unión, fueron los indicadores más evidentes de tal frustración.

En tercer lugar, un sentimiento de «traición». Precisamente, el colapso soviético fue visto en diferentes planos, por ejemplo, «hacia afuera», como el corolario de promesas incumplidas por parte de «Occidente» a Gorbachov (por la expansión de la OTAN hacia el este europeo); «hacia adentro», por el oportunismo de Yeltsin a expensas de «Gorby». El fin detonó todo tipo de deslealtades aunque hoy, a nivel de la opinión pública rusa, se crea que el héroe occidental de la culminación de la Guerra Fría, es el máximo traidor: el propio ex Secretario General del PCUS, el reformista Mikhail Gorbachov.

En cuarto término, más bien performativo, la caída fue una transición costosa y sin perspectiva alguna de éxito. Sólo los rusos saben la cantidad de capital humano que perdieron luego de 1991, es decir, una enorme migración masiva de gente, que se suma a las otras existentes durante el «socialismo real», cuando no, las matanzas y la II Guerra. Agreguemos a ello, la enorme brecha de desigualdad social que se heredó de la era soviética y ahora agudizó.

El debate inconcluso

Pero claro, mientras predominaban la anarquía, el saqueo y la amenaza de separatismo de la era Yeltsin -“amigo” de EEUU-, con la expansión de la UE y OTAN hacia el este, los rusos quisieron recuperar el tiempo perdido, al menos desde el plano existencial. Hubo una enorme discusión identitaria acerca de “qué es Rusia”, algo que había sido interrumpido tras la Revolución Bolchevique. En un vasto país, donde la trayectoria histórica y la especificidad signada por la naturaleza y la tierra -la más extensa del mundo- marcan a fuego lo que es el carácter (o alma) de tal pueblo, el antagonismo entre eslavófilos versus occidentalistas volvía a emerger con fuerza inusitada. Se trataba de analizar y descifrar cómo encarar la globalización y por lo tanto, aparecían tres formas de mirar esa inserción: a) occidentalista (atlanticista-liberal); b) civilizacionista (eurasianista) y 3) nacionalista moderada (luego, putinista). Tras un breve «romance» con la primera (1992-1996), la elite rusa viraría, decepcionada con «Occidente», hacia las opciones b) y sobre todo, c).

Plena expansión occidental (1992-2000)

Los noventa no podían ser peores para Rusia. Casi todos los Estados de Europa Oriental usaron como “chivo expiatorio” a la URSS para superar sus crisis identitarias, convirtiendo a Rusia, en una suerte de «paria» culposa por aquella herencia. Todos urgieron la necesidad de ingresar a la UE y a la OTAN, como si fueran la solución mágica a todos sus problemas históricos. En la propia Ucrania, en el referéndum crimeano, se votó mayoritariamente por mantenerse bajo jurisdicción de Kiev. En la larga crisis (europea) de los Balcanes, EEUU y la OTAN decidieron unilateralmente el destino de la región, a expensas de una Rusia destratada y hasta humillada. Como si todo ello fuera poco, la crisis financiera de 1998, les sirvió a los rusos para comprender que “Occidente nos presta para someternos pero no invierte lo prometido”. Mientras tanto, Rusia vivió cerca del infierno separatista (por Chechenia), una democracia presidida por un Presidente alcohólico y mafias que dirimían sus pleitos, en plena «democracia liberal» a plena luz del día, regando de sangre, las calles de Moscú y San Petersburgo.

La recuperación (2000 en adelante)

Al inicio del nuevo milenio, nadie podía imaginar que Rusia viviría otra etapa diametralmente diferente, tras la sensación de caos del período Yeltsin. Un cúmulo de factores contingenciales ayudó a que esto ocurriera. Los hubo institucionales como el mérito de la supervivencia de la ex KGB (FSB) -al menos, un poder organizado emergió para reencarrilar al país, sin entrar en valoraciones morales- y el peso de la Iglesia Cristiano-Ortodoxa, que pudo compensar o reequilibrar la forma y estilo de capitalismo que imperó en la Rusia postsoviética.

Lo hubo también político-personales. Nada de lo que pasó post 2000, puede explicarse sin la afortunada elección del “delfín” de Yeltsin:  Vladimir Putin. Su concepción de orden, luego legitimada a nivel externo, a partir del 11S de 2001, con «la guerra contra el terrorismo», le daría un plus agregado a su popularidad doméstica. Pero económicamente, el “boom” de las “commodities” explicaría en gran medida, la reconstrucción rusa postsoviética.

Balance y perspectivas

Observándolo desde la culminación de 2021 e inicios de 2022, el fin de la URSS fue pacífico. Hubo improvisación pero el destino ruso quedó a salvo. No siguió la trayectoria de disgregación yugoslava.

Tampoco hubo réplicas ni mayor agresividad. Los episodios de Georgia (2008) y Ucrania (2014 en adelante), fueron la excepción, no la regla. La política exterior rusa fue casi siempre reactiva, a la defensiva,  no imperialista ni agresiva. Rusia toleró la expansión de la OTAN sin disparar un sólo tiro.

La convivencia con Europa está garantizada. Se trata de un mix especial de tensiones, negocios y turismo, pero esa misma interdependencia es el mayor reaseguro para que no vuelvan las guerras, a menos que haya un error de Kiev o Tbilisi.

Rusia no se permitió recorrer el camino de Alemania (desarrollo), pero tampoco el de China. La paz social fue privilegiada a rajatabla. Su propio camino apenas la puede depositar en el destino portugués. Pero Rusia es inmensa y no puede tampoco llegar allí. Buscará el desarrollo aplicando la Doctrina Sinatra: «a su manera» y, a pesar de Greenpeace, explotando el Artico, sobre todo, si continúa la tendencia al cambio climático.

Hay un mix social y moral que conforma a los rusos: no se trata de invocar ni exaltar la decadencia europea ni el carácter retrógrado de cierto Islam. La prioridad es la sacrosanta especificidad rusa.

En el horizonte social ruso, hay tres claros peligros: el anquilosamiento o la esclerosis bajo el putinismo al estilo de lo que fuera el estalinismo, sobre todo, si es que Putin se erige en el «Zar electo» hasta 2036; hay una gran incertidumbre respecto al futuro y el rol de la juventud rusa, que por un lado, estalla por libertades en las calles pero también admira los valores de la milicia y el machismo patriarcal y, finalmente, existe el gran desafío de grandes reformas estructurales postergadas por impotencia.

EL CHUPETE DE LOS ARGENTINOS

El chupete cumple una función para los recién nacidos: la de succión. Sólo ellos saben cómo los calma, cómo los relaja, cómo les genera cierta dosis de placer. Pero es un mero paliativo, incluso para padres ansiosos o presionados ante el nuevo hijo. Ese calmante transitorio no es solución de los problemas de gases, cólicos o dentadura, que sí intranquilizan al niño. En todo caso, forma parte de los nuevos problemas que arrastra la vida en su fase inicial. El chupete en exceso, puede ocasionar problemas de dentadura a futuro, pero lo más grave, puede agradar su dependencia y hasta generar retraso en el habla, cuando no, otras dificultades.

Incapaces de lidiar con sus problemas estructurales, así como las personas, inmaduras o no, las sociedades también pueden emplear paliativos para sus dramas existenciales, a modo de «chupetes». Argentina parece no estar exenta de obrar o imitar semejantes conductas.

Nadie parece ya recordar el triunfo de la oposición parlamentaria del setiembre y noviembre pasados. Se han licuado sus efectos por virtudes ajenas (mediáticas, del oficialismo kirchnerista) pero sobre todo por errores propios. Primero, lejos de las promesas de campaña, ayudaron a reelegir como Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, a Sergio Massa. Luego, votaron nuevos impuestos, perdiendo votaciones por ausencia de diputados propios y finalmente, aprobaron reelecciones de intendentes bonaerenses y hasta la legalización de juegos online en Provincias. Es decir, se comportaron como integrantes de una verdadera «casta política». Sí, idénticamente al relato del flamante diputado nacional Javier Milei.

la genial caricatura de mi amigo, el sociólogo Dr. Matías Giletta

Pero claro, éste, ya que le gustan tanto las citas bíblicas, tampoco puede «arrojar la primera piedra». A poco de andar en el ruedo legislativo, desbarrancó. Se vacunó fallándole a los muchos «antivacunas» seducidos por su discurso. Cobró su dieta en lugar de donarla, tal cual lo también prometido. Nombró como secretaria del minibloque parlamentario, a una joven sin antecedentes, más que mostrar su cuerpo en Instagram. Se ausentó en la primera reunión de Comisión de Presupuesto, aduciendo no haber sido invitado mientras realizaba un acto político -disfrazado de «clase de Economía»- en Rosario. Mientras muchos en el interior esperaban una institucionalización seria de su armado partidario nacional, sorprendió ungiendo «gatos»  al frente de esos actos en las Provincias, por encima de dirigentes que habían estado esperándolo ilusionados con su llegada novedosa a la política.

Como si todo ello fuera poco, para completar esta secuencia de errores no forzados, de un advenedizo de la política que se precia de ser presidenciable, mal asesorado por su entorno de oportunistas, «amigas de la cama» e influencers, cuya lealtad está por verse, rompió lazos con José Luis Espert, el otro gran dirigente liberal que lo invitó hace un año y pico a ingresar a la arena política.

Todo lo que el economista apadrinado por el legendario empresario Eurnekian ha denostado en los demás, lo está promoviendo en su propio círculo de amigos y acciones.

Lo expresado me lleva a concluir que Milei puede estar convirtiéndose en un nuevo «chupete» colectivo de los argentinos. Sin relativizar el peso de las ideas liberal-libertarias, cuando uno piensa en ese cúmulo de decisiones mal ejecutadas, de manera improvisada y sin lógica alguna, que aún él hoy puede defender, porque no estamos habituados a ver combatir a esa «casta», queda claro que es difícil que Milei asome como algo demasiado novedoso en un país tan conservador. Lo más probable es que sea una muestra más de un producto con contenido viejo en un frasco inédito. Cabe preguntarse por ejemplo, dónde estaba Milei en las últimas dos décadas. No es un joven de 20 o 30 años, tiene 51 ya. Qué le impidió actuar antes en política?

Miremos por ejemplo, sus seguidores. Ellos, jóvenes, provenientes de familias deshechas o ensambladas, con padres ausentes o madres omnipresentes, lo apoyan porque se identifican con él, quien también sufriera violencia doméstica, como ellos. No es que han logrado escapar a un supuesto «adoctrinamiento» educativo o tienen acceso a las NTICs y por eso saben quién es Mises o Hayek, sin leer siquiera un libro físico de ellos, como suele repetir el propio Milei. La causa de tal apoyo es más profunda y por ende, más compleja. Milei es para ellos, un guía espiritual, hasta una proyección, de sus propias penurias personales. Pobremente educados en todo caso, incluso en reglas mínimas de urbanidad, en nada se parece esta juventud a la liberal de los ochenta, proveniente de familias consolidadas y de aceptable nivel económico y educativo. Son chicos de bajísima autoestima, para quienes los gritos de Milei, son sus propios gritos de «libertad» contra sus padres que no tuvieron, contra su entorno conurbanizado, rodeados de drogas, fracaso, destrucción, muerte. Para ellos, la palabra «libertad» es un atajo, para salir de ese horrible mundo, no una elección racional.

Milei no deja de ser un consolador, un calmante. Es sorprendente pero su propio grito sacía la sed de bronca de los enardecidos, como él mismo contra su pasado infantil. Hace las veces de un «chupete societal». Dependerá de él y nada más que él, transformarse en alguien que ayude a reconstruir la Argentina, bajo otros parámetros de mayor sustancia.

Claro, tal vez, le estemos pidiendo demasiado en función del drama que él mismo vivió y del cual no parece querer salir, con ayuda profesional, sino con misticismo, mala contención familiar y entorno donde sobran «los amigos del campeón». Tal vez, vamos camino, a pesar de que llene plazas en todo el país, durante el 2022, a ver otra decepción, como lo fueron Alfonsín, De La Rúa y Macri. A veces, es mejor criarse sin chupete y dejar que gobiernen los sátrapas que nos gobiernan antes que persistir en las decepciones. La terapia puede ser peor que la enfermedad: la frustración puede conducir a la violencia.

Mientras tanto, sigamos como sociedad jugando como bebés que ya no lo somos. O como «corderos», como le gusta repetir a Milei, supuesto gran León. Algún día -o no-, como enseñaban los estoicos, asumiremos que la escalera se termina escalón por escalón, con la virtud de la paciencia, incluso golpeándonos, sin siquiera paliativos que nos distraigan del objetivo.

EL ABRAZO DEL OSO

La frase del título de esta nota tiene una connotación especial. Trae a colación una referencia innegable, típica de la Guerra Fría, cuando se decía en tiempos de la «détente» o distensión entre americanos y soviéticos que el «Oso» (nominando así a la vieja URSS), aprovechando esa «ventana de oportunidad», podría en cualquier momento seducir, envolver y hasta asfixiar a Europa Occidental, influida por los «cantos de sirena» pacifistas antinucleares. El objetivo era dividir el frente occidental, rompiendo la alianza de postguerra con Estados Unidos. La URSS así lograría ganar la Guerra Fría, sin disparar un sólo tiro. Sus propios errores de cálculo más tarde, como la invasión a Afganistán en 1979, contribuyeron a su posterior caída, varios años después.

Claro, nadie vio en ese momento el intento -frustrado- del Oso.

Apelo a la metáfora comunista/anticomunista porque viene como «anillo al dedo» para mi análisis político de hoy. Anoche, habiendo llegado tarde al acto de Javier Milei en Rosario, claramente desganado, desentusiasmado, porque veía la peligrosa tendencia de un nuevo «abrazo del Oso» -esta vez vernáculo- que finalmente corroboré, desde hacía semanas, mis temores se hicieron realidad. Preadvertidos por uno u otro canal -hoy, en el reinado de las NTICs y las redes, eso es posible-, de que había gente -propia y externa- insatisfecha con el armado desde arriba y desde CABA, de ese acto, cuya identidad (acto político, evento social o clase), nunca quedó claro, la seguridad de Milei, conformada por los «Osos Gordos» del inefable Carlos Maslatón, el «Rasputín postmoderno» del nuevo diputado, se encargaron de diluir cualquier intento de sabotaje del acto.

Claro, quedó también en evidencia el formato especial de la obra y obviamente, los intérpretes de la misma. Una pléyade de actores de poca monta, los llamados influencers o you tubers; el despotricador serial «anticasta política» Maslatón y su esposa, que vive de la casta, como empleada del alcalde porteño Rodríguez Larreta y como si esto fuera poco, la hermana del propio Milei, llamada por el mismo, «El Jefe», lo cual revela que hasta el más genuino liberal, reconoce algún grado de autoridad y dependencia de alguien cercano? Mas un discurso largo, tedioso, que sólo levantaba aplausos con los gritos característicos de Milei. En el interín, «los otros liberales» Espert, Píparo y López Murphy, luchaban durante 9 horas, cuan gladiadores, contra las insólitas argumentaciones del Ministro de Economía Martín Guzmán.

Ahora bien, semejante despliegue populista, reivindicando explícitamente la presencia en las calles, versus la discusión presupuestaria en el Congreso, el ámbito institucional para el cual fue elegido Milei y para lo cual sí está preparado debidamente, denota parte del plan siniestro de Maslatón, un sórdido personaje de la política, de origen judío-sionista, simpatizante del peronismo, armador de una organización estudiantil liberal pero sobre todo, originariamente anticomunista y ex concejal de CABA por la Ucede oficialista (la alsogaraísta), la misma que se entregara como «prostituta» al menemismo en los ochenta. Esta vez, tras un largo receso de más de 2 décadas, donde amasara una enorme fortuna con las criptomonedas o bitcoins, parece estar intentando lo mismo que aquella vez: habiendo votado al kirchnerismo en 2019, para que no gane Juntos por el Cambio, por su supuesto carácter socialdemócrata, Maslatón le hace creer a propios y extraños, que esa jugada le permitió a Milei crecer exponencialmente por encima de todo y todos, siendo «la real oposición a la casta», reproduciendo el modelo de organización política movimientista que creara el General Perón en contra del esquema típicamente europeo institucionalista de «comités de notables».

Ese modelo supone, como me dijera explícitamente el legislador porteño lavagnista -hoy mileirista- Ramiro Marra, que mientras «todos tributemos a Milei» -erigido en un gran Zar -endeble emocionalmente por cierto-, puede haber multiplicidad de grupos «armando» en el interior del país, eligiendo fundamentalmente figuras mediáticas y hasta verdaderos/as «paracaidistas», siempre y cuando agraden al Gran Jefe -o a su Jefa-.

Lo visto y lo afirmado, reproducen una vez más, una Argentina que se niega a morir. Bajo el formato de novedad, con la excusa perfecta de que la política nacional es el barro en estado puro, emergen líderes que dicen representar lo original, lo impoluto, lo diferente, incluso encarnando ideas, como las liberales -o libertarias aunque en clave demasiado «paleo», conservadora o derechista-. El problema es que ellos mismos a medida que se van desprendiendo de viejos socios (como Espert o Rosales, supuestos «traidores» hoy a los ojos de este Milei versión rockstar 2.0), empiezan a rodearse y dejarse influir por nuevos oportunistas mediocres y adulones, que no trepidan en sumar sus «aportes» aprovechando su popularidad en likes o vistas de Twitter o Instagram.

Maslatón como un titiritero, logra como un sesentón fracasado, embaucar a millones de jóvenes embrutecidos o analfabetizados pero fanatizados conocedores de las redes y los bitcoins, pero sobre todo, al «León de la jauría», aprovechándose de su debilidad emocional -por viejos traumas infantiles- de éste. Resulta llamativo -aunque no tanto-, que para desequilibrar a esta sociedad anestesiada, los argentinos hayan tenido que recurrir a un verdaderamente desequilibrado como Milei. 

Un Milei que psicológicamente, está lejos hoy del que era hace meses, por ejemplo en marzo pasado. Afable, simpático, siempre prestándose a una selfie, el de hoy luce malhumorado, exigido, nervioso, tal como se lo vio en el debate de candidatos en octubre.

Si esta historia termina bien o mal para el país, dependerá de nosotros. De los que aún creemos que el Congreso es una institución en la que pueden y no deben calentarse las sillas; de quienes concebimos que hay formas no populistas de no renovar la política; de los que pensamos que entre la mirada corta o miope que tienen algunos porteños digitando referentes y la nada misma, hay alternativas locales, federales, de reclutamiento o emergencia de nuevos liderazgos más democráticos.

Será, si triunfamos, la única posibilidad de resistir o ahuyentar al Oso. De lo contrario, aumentará el desaliento, insistirá en destruirnos y con ello, a la propia nación. Pero lo peor es que llevará al propio suicidio político a Javier Milei.

SOBRE LA CUMBRE VIRTUAL BIDEN-PUTIN

Esta es la entrevista que me hiciera la periodista Ana María Serrano, para la TV colombiana (Cablenoticias), en la noche del miércoles 8 de diciembre. Tema central: el encuentro virtual entre los Presidentes de Estados Unidos y Rusia, Joe Biden y Vladimir Putin, respectivamente, por las tensiones entre la OTAN y rusos a propósito de Ucrania.

LA UNION EUROPEA ACORRALADA POR EL ISLAM: EL CASO AUSTRIACO

El mundo occidental-cristiano y el islámico siempre estuvieron en estrecho contacto, quizás más que respecto a otras civilizaciones religiosas. La «guerra contra el terrorismo», en especial la que detonara a partir del 11S en 2001, hizo que tales contactos sean percibidos como inevitable tensión o conflicto aunque no siempre en la historia, fue así. También aquel hecho pareció significar para muchos, «el regreso de la religión» como  fuerza irracional al ámbito de las RRII, pero tampoco ello tiene asidero: la religión siempre estuvo presente en la política internacional pero el relato histórico sólo visibilizó a los Estados modernos y cristianos secularizados, excluyendo adrede a actores estatales o imperiales no cristianos, como el Imperio Turco-Otomano, creado en 1299.

Tanto la «guerra contra el terrorismo» generando expectativas de conflicto inexorable como el supuesto «regreso de la religión» que plantea un choque inevitable entre la racionalidad occidental y la «barbarie» oriental, crean un marco discursivo propicio para una relación exclusiva amigo-enemigo, en clave agonística.

Esas distancias no son novedosas. Viena fue atacada y asediada por los turcos en tres oportunidades sucesivas en los siglos XVI y XVII. El primer sitio ocurrió en setiembre-octubre de 1529, cuando un ejército de 17.000 a 24.000 soldados y oficiales cristianos, enfrentó el brutal ataque de 120.000 turcos enviados al efecto, por el Gran Solimán el Magnífico.

Los primeros, mayoritariamente españoles y alemanes, comandados por el Conde belga Nicolás de Salm, cuyo corazón está enterrado en la Iglesia Votiva de la actual capital austríaca, en reconocimiento por su labor abnegada y valiente al frente de las tropas antiislamistas.

En 1532, se produjo el segundo ataque turco, que ya involucró mayor cantidad de tropas musulmanas pero también implicó el propio involucramiento personal-militar del joven Emperador Carlos V – I de Habsburgo o Austria-.

La tercera participación turca ocurrió en 1683, con la batalla de Kahlenberg, decisiva y definida en favor una vez más, de los cristianos. Esta vez, éstos conformaban una fuerza de 84.000 soldados y  oficiales versus 170.000 turcos.

En la actual Viena, no obstante que ya no existe ningún amurallamiento que recuerde aquellas batallas, sobreviven apenas vestigios particularmente en lo que hace a los restos físicos de dichos héroes pero sobre todo, cierto capital simbólico de tal divisoria.

En ese sentido, desde el ámbito teórico, Samuel P. Huntington a inicios de los noventa, ha explicado cómo por Viena, cruza exactamente una suerte de línea de fractura civilizatoria, que divide ambos mundos, el cristiano, hacia el oeste y el musulmán, hacia el este.

Esa línea de fractura no obra en la actualidad, como bisagra conflictiva. De hecho, en el siglo XX, tras la Primera Guerra Mundial y el derrumbe del Imperio Turco-Otomano, que había coexistido pacíficamente con su similar, el Austro-Húngaro hasta aquel hecho sangriento, en los años sesenta, fue importante la emigración turca,fomentada adrede por los Estados alemán occidental y austríaco, respectivamente, para reequilibrar el drenaje masculino, ocasionado por la II Guerra Mundial.

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CHILE: DEL CENTRO AL EXTREMO

Estuve en Buín, comuna de la Región Metropolitana de Santiago, una noche, en julio de 1995. Uno de mis compañeros del Diplomado en Gestión de RRHH para la Calidad Total en la Universidad Diego Portales, estaba retirándose del Ejército chileno y por ello, se dedicaba a estudiar una carrera que lo proyectara hacia el mundo civil. Sin embargo, a modo de especial gentileza, nos invitó a cenar un «asado chileno» en el Regimiento donde él estaba asentado. A algunos de nuestros compañeros comensales, seguro se les atragantó el bocado, cuando señaló que el General Pinochet solía visitar a menudo tal guarnición y se sentaba en la misma mesa que nosotros.

Así como Bolsonaro en Brasil, hace ya un cuarto de siglo, en Buín, comenzó la carrera política, José Antonio Kast, como concejal de la comuna, en 1996, un año después de mi visita. El ayer ganador de la primera ronda de las elecciones presidenciales chilenas, tiene mucho en común con Buín y Pinochet.

Pero además, pocos saben -o recuerdan- que el economista Miguel Kast, fue el verdadero «cerebro» de «El Ladrillo», el programa económico que los economistas liberales, sobre todo, monetaristas, le entregaron en mano al gobierno militar del General Pinochet. Ese programa, a diferencia de otras experiencias latinoamericanas, se aplicó eficazmente, aún con vaivenes: tuvo un auge entre 1975 y 1980, presentó dificultades serias entre 1981 y 1986 y luego, terminó consolidándose con éxito, de la mano de reajustes implementados por Hernán Büchi Buc, recomendado por el propio Kast, antes de su muerte, producida por un fulminante cáncer óseo, en 1983.

Kast era un devoto católico, incluso había participado de la Democracia Cristiana antes de la radicalización progresiva de ésta en los años sesenta. Hijo de un ex oficial alemán que combatió a las órdenes del Führer, quien se encargaría de describirle la espantosa vida de los alemanes orientales bajo el socialismo real, el joven Miguel era un fervoroso anticomunista, lo cual lo condujo a apoyar el golpe militar de Pinochet contra el gobierno de la Unidad Popular (UP) de Salvador Allende, el 11 de setiembre de 1973. El abogado y luego senador Jaime Guzmán Errázuriz, el ideólogo del llamado «gremialismo», un movimiento corporativista en lo político pero liberal en lo económico y fundador del partido pinochetista, la Unión Demócrata Independiente (UDI), era el gran inspirador de Miguel Kast.

La misma socialización tuvo el hermano menor de Miguel, José Antonio Kast, hoy con 55 años de edad. Abogado, militante de la UDI, luego de su concejalía en Buín, fue electo diputado varias veces por su partido hasta renunciar en 2016 y presentarse como candidato presidencial «outsider» en 2017 y ahora por el flamante Partido Republicano (PR).

El éxito comicial de Kast tiene una explicación clara: un rol clave en tiempo y lugar. El vino a resguardar el modelo por el que luchara su hermano mayor, quien no pudo gozar sus fulgurantes resultados económicos, educativos y sociales.

El mismo fue consensuado por las principales fuerzas políticas chilenas, incluyendo el socialismo. Ese gran pacto duradero -y centrista- mantuvo a grandes rasgos aquellas líneas principales, haciendo de Chile un país genuinamente transformado en capitalista y moderno.

Sin embargo, las rebeliones estudiantiles de 2006 y 2011, de las que formó parte un joven Gabriel Boric, su contendiente de ayer, una especie de contracara simbólica e ideológica de José Antonio, más el alejamiento progresivo de las bases del modelo, sobre todo, en el segundo mandato presidencial de la socialista Michelle Bachelet (2014-2018), tendencia que no pudo quebrar el líder de la centroderechista Renovación Nacional (RN), el actual Presidente y ex empresario Sebastián Piñera, arrastraron al país a un desaliento generalizado, que verían su eclosión con la violencia callejera de noviembre-diciembre de 2019.

La pandemia de Covid-19 que azotara Chile en 2020, mal gestionada por Piñera, haría el resto. Se inauguró un proceso constituyente bastante convulsivo, destinado a reemplazar la vieja Constitución pinochetista de 1980, con lo cual Chile quedó al borde del abismo por primera vez en décadas: 50.000 millones de dólares se fugaron del país en el último bienio, algo inédito en una nación que había hecho culto de la estabilidad y las transiciones suaves.

Pero todo ciclo tiene su corsi e ricorsi. José Antonio se ha convertido en una suerte de guardián pretoriano de aquello que se hermano había ayudado a construir. Ni RN ni la UDI habían podido enfrentar ya con vigor, las amenazas de cambio total que auguraba y propugnaba la izquierda no sistémica. Cuando las instituciones tan movidas al centro, que ya parecían defender sólo el statu quo, no son capaces de reequilibrar los cambios sociales con inteligencia, debe aparecer un desequilibrante externo. Ese fue el rol que le cupo a José Antonio Kast por derecha y es también el rol que tuvo Boric por izquierda.

Claro, ahora es necesario, para no repetir historias trágicas, que estos extremos vuelvan a movilizarse hacia el centro. Si pretende ganar en el ballotage del 19 de diciembre próximo, Kast deberá acordar con las fuerzas políticas, entre otras, con las que él mismo entró en cortocircuito. Entre otros, tendrá que negociar con su sobrino, el hijo de Miguel, Felipe Kast, senador, economista y líder del partido Evópoli (de tendencia liberal), que sistemáticamente se negó a permitir que triunfe un proyecto de extrema derecha en Chile.

Pero al recuperar el sendero de la moderación aplicando una lógica consensualista, sólo así, Chile podrá seguir teniendo la esperanza de un futuro venturoso, como la trayectoria que venía teniendo cuando empezó el nuevo milenio.