Es que los Estados Unidos de la actualidad poco tienen que ver con la que conocí en 1990 y admiraba, aunque aquél ya había sufrido un Presidente mentiroso como Nixon y el «síndrome Vietnam». Hoy, el avance latino es notorio, tal como anticipó y temió Huntington antes de morir y eso no implica un juicio racista, sino el miedo a que nuestra cultura política impregne de caudillismo y déficit de civismo a la norteamericana. Ni hablar el recelo de los negros ante tal avance demográfico de una raza que prueba ser más eficaz. Idem, el exceso de la fuerza policial, ya acorralada e ignorante de qué hacer y cómo obrar ajustada a la ley, ante tales fenómenos. Para qué abundar del aumento en el consumo de drogas en los más cada vez más jóvenes, la creciente obesidad en los adultos blancos o la locura de las armas de fuego en los campuses. Hasta el desastre dejado por el huracán Katrina en Nueva Orléans anticipó la decadencia en infraestructura. Ahora, la pandemia mostró lo que era realmente la New York quebrada de los Cuomo. Todo es un despropósito y cuando hay confusión, la culpa la tiene un tercero: China, Xi Jinping, Rusia, Putin o quien sea. Cabe recordar que a China la trajeron Nixon y Kissinger y todos sus pecados fueron perdonados por todos los Presidentes sucesivos, sin excepción.
Yo, en cambio, prefiero recordar a los Estados Unidos que ignoro si retornarán. Los de la conquista del Oeste, los del empuje de Ford, Morgan y Rockefeller, los del idealismo de Wilson, los del desembarco de Normandía, los del apoyo a Alemania y Japón, sin abandonar nunca a los aliados tradicionales, los que recibían con los brazos abiertos a inmigrantes y científicos emigrados de Europa, los de la carrera espacial y la llegada a la Luna, los del cine hollywoodense en su época de oro por su autocrítica social, los de Reagan, los de la desregulación aérea, los del apoyo a los disidentes de la ex URSS, los del apoyo a la democracia en América Latina, los del apoyo al libre mercado a nivel continental y mundial, los de Steve Jobs y tantos entrepreneurs que hacen que el capitalismo mantenga su vitalidad, los que presionaron a Gorbachov para que deje caer el Muro de Berlín.
Estados Unidos exhibe hace tiempo, grandes virtudes sociopolíticas y económicas, que la condujeron a ser una superpotencia mundial, como por ejemplo, el talento emprendedor e innovador de tal sociedad; la habilidad para importar cerebros haciéndolos sentir mejor que en su país de origen; el notable federalismo tan arraigado en la conciencia del norteamericano medio; la temprana independencia familiar de los hijos; la escasa y hasta negativa valoración que tiene el Estado en el plano público; la fortaleza institucional de un presidencialismo, original, inédito en su época, a prueba de magnicidios, de Roosevelt y hoy, del propio Trump, la enorme confianza en los terceros no familiares (capital social), que permite como decía Tocqueville, una admirable vocación de crear organizaciones privadas y voluntarias.
Claro, cada una de esas mismas virtudes pueden asumir costos no deseados o mostrar ciertas contracaras no demasiado positivas. El desarraigo familiar, cuando no deriva en una mayor responsabilidad individual, puede conducir a un elevado y creciente consumo de drogas entre los adolescentes. El nulo estatismo mental del norteamericano medio, tal vez, se relacione con una sociedad que se autoorganizó desde su origen en el siglo XVII incluyendo la desmonopolización del uso de la fuerza, es decir, la libre portación de armas, lo cual se traduce en recurrentes epidemias de violencia. Tanta democracia e institucionalidad, aún con -o gracias al- voto voluntario como praxis sociales, los estimula erróneamente a creer que todo el mundo puede ser democratizado o democratizable como ellos, omitiendo diferentes trayectorias históricas, culturas, etc., todo lo que luego, alienta el intervencionismo militar sin siquiera medir intereses geopolíticos.
La mafia se inscribe dentro de estos claroscuros. Al ser -antes, no ahora- una sociedad tan abierta al foráneo, tan receptiva al emigrante, venga de donde venga, sobre todo, insisto, desde su origen, porque así se fundó, como una tierra de peregrinos que escapaban de la opresión, la persecución y los privilegios de sangre, uno de los fenómenos quizás indeseables, que vino en los barcos, fue la mafia -la italiana, la china, la irlandesa, la judía, la católica-.
Por eso, Hollywood también ha rendido tributo desde hace tiempo a esta peculiar forma de hacer negocios vía el crimen organizado, aprovechando la gran cantidad de directores y actores de sangre italiana que ha reclutado a lo largo del tiempo, para mostrar la particular y ominosa forma de vida de los Corleone, los Soprano y Cía, ya sea con un tinte biográfico o desde la mirada de los agentes de la ley y el orden. Por eso, no sorprendió el pasado fin de semana, el extraordinario éxito del estreno -cuándo no vía Netflix– de la última película del director y productor neoyorquino Martin Scorcese y otros tres «peso pesado» de la talla de los septuagenarios legendarios Robert De Niro, Al Pacino y sobre todo, Joe Pesci -en otra memorable actuación-, en «The Irishman» («El irlandés»).
Esa película describe a lo largo de tres horas, la vida de Frank Sheeran, un americano de origen irlandés que habiendo tenido una traumática experiencia en Italia en la Segunda Guerra Mundial, sirviendo a las órdenes del polémico General Patton -rabioso anticomunista- y matando a oficiales y soldados nazis ya rendidos, cuando regresa a Estados Unidos, tras manejar un camión de reparto de carne ovina, escala rápidamente de la mano del siniestro Russell Bufalino (mafia siciliana). «El irlandés» se convertirá pronto en chofer, guardaespaldas, confidente y sicario del todopoderoso jefe del sindicato de camioneros, los «Teamsters», Jimmy Hoffa. El guión elegido por Scorcese es demostrativo de cómo, sobre todo en estos tiempos de Millennials pragmáticos, tanta vida de holgura y poder está asociada a la muerte desde el inicio hasta el fin, matando en vida al propio mafioso, cargado de culpas por haber derribado el muro entre lealtad y traición pero también alejándolo de una forma u otra, de quienes dijo «proteger» -sus familiares-, condenándolo a la peor de las prisiones en la vejez: el olvido en la soledad.
Claro, salvando las distancias, existen algunas sutiles diferencias entre las mafias de Estados Unidos y Argentina.
Allá, los mafiosos son condenados efectivamente a purgar sus buenos años a la cárcel, porque la justicia existe y no es «camelo». Además, los dirigentes delictivos prefieren usar la Quinta Enmienda para no no autoincrimnarse cada vez que llegan a la instancia judicial oral. Luego, directores y guionistas valientes difunden la historia a través del cine y ganan dinero por ello.
Aquí, mientras tanto, difícilmente terminen sus años en la cárcel porque usan los fueros legislativos para evitar ir a prisión o, suelen ser convincentes con sus alegatos victimizándose y rotulando a los jueces como sus verdugos al servicio de intereses oscuros. Conviene trabajar para ellos y no morir asesinado «aunque parezca que fue un accidente», denunciando sus negociados.
Mientras, en un país se intenta plasmar la igualdad ante la ley aún con dificultades, en el nuestro, reina una impunidad y la desconfianza en la justicia.
Además de la compra de Alaska al poco visionario Zar ruso en 1867, la adquisición de la Louisiana a los franceses, por parte de Jefferson en 1803, al oeste del Río Mississipi, fue decisiva para estimular la colonización de miles y miles de americanos, además de gentes de otras latitudes (chinos, japoneses, judíos, hindúes, hasta chilenos y peruanos). Incluyendo la mítica batalla del Alamo (1836), el triunfo sobre los mexicanos en el bienio 1846-1848, permitiendo anexar Texas, California, Arizona y Nuevo México -equivalente a la pérdida del 50 % del territorio para el país vecino-, le dio mayor certidumbre al horizonte del proyecto colonizatorio al que se le sumó la «fiebre del oro» (1848-1849). En cualquier caso, fue el «America First» del siglo XIX, porque semejante empresa civilizatoria, se hizo con la anuencia del Estado americano, pero por cuenta y riesgo de los propios colonos: tal aventura implicaba, priorizar la territorialidad americana, ampliándola, urbanizándola, conectándola vía el ferrocarril. Ello explica por qué y a diferencia del resto del continente, Estados Unidos pudo plasmar el sueño hamiltoniano de una industria nacional fuerte y pujante, «protegida», sí, pero naturalmente, por la gran expansión de su geografía habitable y cultivable.
Esa conquista del «Far West» no fue nada sencilla. El cine de Hollywood ha hecho innnumerables reconocimientos a tal proeza humana. Tal vez de manera edulcorada y un tanto nacionalista ostentosa, «for export» luego de la II Guerra Mundial: Gary Cooper, James Stewart, John Wayne, Robert Mitchum, Richard Widmark, Henry Fonda, Anthony Quinn, Clint Eastwood y tantos otros actores han protagonizado recordadas películas donde personificaban a los vaqueros, pistoleros, «cowboys», incluso «sheriffs» y «marshalls», que con sus caballos y revólveres inventados por Samuel J. Colt, se batían en duelos memorables, aquellas formas nobles de dirimir reyertas, venganzas, «cazar recompensas» o cobrar viejas deudas pendientes entre sí o con forajidos, deseosos de asaltar las caravanas de miles de migrantes que surcaban las praderas hasta poder instalarse y fundar poblados.
Muchos de los colonos eran sectas religiosas, como los mormones, lo cual les permitió avanzar en grupos fervorosos, autoorganizados y solidarios, lo cual les permitió continuar y afrontar con estoicismo la larga travesía, plagada de obstáculos: los robos a las carretas y diligencias, el cuatrerismo (hurto de ganado), la amenaza india y las enfermedades mortales como la disentería y el cólera. La trata, o sea, la compra y venta de mujeres para la prostitución, ya era común por aquellos años, considerando la gran cantidad de hombres dedicados a actividades económicas como el trabajo en las minas, el cultivo de cereales, la cría de ganado vacuno o la instalación de vías férreas o postes de telégrafo. Ellas eran clave para los burdeles y saloons, donde también los hombres montaban casas de apuestas. Pero la «otra mujer», la de la familia, tenía un doble papel: en el hogar estrictamente, con el cuidado de sus hijos pero sobre todo, a cargo de la educación pública, civil y religiosa. Las viudas que se habían convertido en pioneras y las amerindias, también eran protagonistas de la vida civil en los nuevos asentamientos. Las condiciones climáticas y sobre todo, los inviernos, tampoco eran muy estimulantes para aquellas primeras sociedades del «Lejano Oeste».
Todo ese tipo de adversidades pero también epopeyas, construyeron el mito del esfuerzo y sobreesfuerzo americano, personalmente responsable, arrollador, exitoso, capaz de lograr lo imposible y desde esa autoestima colectiva, se fueron construyendo los pilares de una nación que luego en el siglo XX, sobre todo, en su segunda mitad, lideraría el mundo.
La pregunta que cabe hacerse es si el entusiasmo de Trump por esa idea del «America First» es justificado, considerando que el mito del «Far West» tuvo algún componente racista pero al mismo tiempo, implicó una aceptación y hasta una búsqueda deliberada de la nación americana, aún con su propio camino -expansionista- por un lugar en el mundo. Precisamente, no parece ser ésa la intención del discurso trumpiano, más inclinado a retraer o replegar el espíritu americano hacia dentro y así, tornarlo incompatible y hasta confrontativo con el resto del globo.
Bueno, he allí la duda. Porque a poco de memorizar correcta e íntegramente los hechos, hubo una marcada participación soviética, legitimada por Roosevelt y Churchill en diferentes Cumbres, decisiva a la luz de lo ocurrido, a lo fines de quebrar el frente alemán. Esa invisibilización, para nada ya sorprendente, explica tal vez, la ausencia de Rusia de este tipo de eventos, lo cual le permite por un lado, habilitar su propio festejo cada 9 de mayo en la Plaza Roja y por el otro, ignorar la fiesta occidental, al recordar Putin con su colega chino Xi-Jinping, los 70 años de relaciones entre Moscú y Pekín.
Otra sutil manera que demuestra la propensión rusa de sentir y exhibir fastidio ante cada omisión adrede de un «Occidente» venido a menos y la apuesta a futuro al próximo hegemón mundial.
En las redes sociales, puede vérselo igualmente delgado, pero ya sin su melena look ochentoso. Continúa atrayendo masas de seguidores, jóvenes de aquélla época que gozaron sus romances con aquellas viejas baladas. Porque Richard Marx debe ser uno de los pocos de su apellido, reconocidos en su enorme país pero también trascendiendo sus fronteras, llegando a confines del mundo como Japón y también Argentina.
En abril pasado, se cumplieron 30 años del lanzamiento de su disco más famoso «Repeat Offender», el álbum que vendió varios millones de discos y que enamoró a muchísimas madres de los «Millennials». Marx fue hijo de un músico de jazz que se ganaba la vida como compositor de jingles publicitarios por lo que el joven Richard se crió en Chicago, escuchando esas letras y ritmos pegadizos, que realmente le sirvieron mucho en su carrera profesional. Una demostración más del tipo de socialización más original, natural y creativa, que la que tienen los propios jóvenes de hoy, habituados al «encierro» de los celulares y las redes sociales. Aquí, 3 (tres) de sus grandes temas: el primero, «Right here waiting» se refiere al amor a distancia; el segundo, «Hazard», se refiere a un caso real, la muerte de una joven a manos de la policía local, lo cual testimonia que ya en esa época, los femicidios eran usuales en algunos Estados americanos, con la complicidad de la propia fuerza policial y el tercero, «Angelia» también a un amor que se va, en tiempos de una creciente inmigración latina.
En un mundo donde todo es efímero y emociona poco y nada, me conmueve ver cómo generaciones de 50 años o más, sueltan sus lágrimas al escuchar las mismas baladas que las estremecían hace 3 décadas, porque en realidad, las canciones, parecen no ser más que pequeñas «máquinas del tiempo».
Por tipos, como él, un argentino puede diferenciarse de cualquier latinoamericano, un peruano, un ecuatoriano pero también de un uruguayo, ni hablar, de un brasileño. Por tipos como él, puede reconocerse como un gen nacional, el familismo amoral de raigambre italiana. Por tipos como él, porteño, también puede justificarse el resentimiento de mucha gente del interior, contra ese estilo parroquiano y barrial pero al mismo tiempo, expansivo, típico del vecino de Buenos Aires.
Un argentino que desafió sólo y de visitante, con todo en contra, nada más y nada menos, que a un norteamericano. Habría que preguntarle por ejemplo, al gran Muhammad Alí («Cassius Clay«), quizás el mejor boxeador de la historia, si realmente no sintió la dureza de esos puños del Sur, aquella noche del 12 de diciembre de 1970, en que este ignoto «quemero» logró hacerlo tambalear y hasta derribarlo en el Madison Square Garden de New York en el noveno round, el mismo en que el moreno había previsto voltear a nuestro compatriota.
Lo cierto es que Ringo, otro ídolo del boxeo argentino, moríría joven, como tantos otros, Carlos Monzón, el «Mono» Gatica, el propio Galíndez, que no pudieron escapar al triste destino de la enorme pero frágil gloria. Su hombría, bravura y desfachatez bien pueden ser reivindicadas – no olvidemos que el hijo de Bonavena se declara kirchnerista«-, aunque también debemos reconocer que tales atributos, que los condujeron a una fama efímera, con funerales que fueron apoteóticos, tampoco alcanzan como virtudes aisladas, para superar el destino de «promesa eterna» de nuestro país, si no se complementan colectivamente con otros valores.
Dedicado a los «Millennials»:«había una vez», una música extraordinaria y la cantaban como solistas o integrantes de grupos famosos, tres mujeres rubias, hoy ya sexagenarias o septuagenarias, pero que lucían sexys, tremendamente femeninas, con voces selectas y originales, a pesar de ser rockeras. Eran, como no podía ser de otra manera, los hermosos años ochenta, hace exactamente tres décadas, cuando apenas se vislumbraba la corriente feminista, tan mediática como global de hoy.
Mi primer recuerdo para Stevie Nicks, nacida en (Phoenix, Arizona) , quien integrara junto a su ex novio Linday Buckingham, la hipercreativa banda Fleetwood Mac, junto a otra rubia -Christine Mc Vie- y los verdaderos fundadores del grupo, John Mc Vie y Mick Fleetwood. Nicks caracterizada por una voz áspera, llegó a consagrarse por entero su profesión, decidió no tener hijos aunque cuando murió su mejor amiga, se hizo cargo de su hijo recién nacido, adoptándolo al casarse con el viudo, sólo con tal objetivo. Le pagó los estudios a su hijastro y respecto a u valiente decisión de no tener hijos, señaló una vez que «no le importaba tanto» porque ella «hacía feliz con su música a mujeres que sí podían ser madres». Nicks que solía vestir polleras negras largas y un look más bien punk, acaba de entrar al Salón de la Fama, por segunda vez, siendo la primera mujer en el mundo en lograrlo.
-Choque de civilizaciones
-Diario de una pasión
-Doctor Zhivago
-El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas)
-El Señor de Ballantrae (Robert Louis Stevenson)
-La sociedad abierta y sus enemigos (Karl Popper)
-Motín a bordo
-Reflexiones sobre la Revolución Francesa (Edmund Burke)
-Robinson Crusoe (Daniel Defoe)
-Shakespeare enamorado
-The Last of The Mohicans (Fenimore Cooper)
-The silence of the lambs
-The peacemaker
-Facundo: civilización y barbarie (Domingo Faustino Sarmiento)
FRASES PARA RECORDAR
– «The only thing necessary for the triumph of evil is for good men to do nothing» (EDMUND BURKE)
-«Once we accept our limits, we go beyond them» (ALBERT EINSTEIN)
– «Rien n´est plus puissant qu´une idée dont l`heure est venue» (VICTOR HUGO)
– «No hay edad para vivir un amor intenso, así como creo que el amor es lo único que importa. Todo lo demás son plumas del pavo real, modas para seducir, como cuando un tipo se compra un auto fabuloso. Y el drama es que muchas veces el asiento de al lado va vacío, o con una mujer que no le gusta. No se necesita un Porsche para que una mujer te quiera. Hasta Adam Smith tenía esto claro: la razón por la cual la gente busca la riqueza es para salir del anonimato de la masa y ser querida» (ARTURO FONTAINE TALAVERA)
– «Our patience will achieve more than our force» (EDMUND BURKE)
– «Ahora la vida es mucho más riesgosa e incierta, aunque, al mismo tiempo, mucho más entretenida. No tengo ninguna nostalgia por el mundo de nuestras abuelas, donde las mujeres se casaban y tenían siete u ocho hijos y quedaban bastante encajonadas en una vida donde había muy poca posibilidad de cambiar De vida, porque no trabajaban» (ARTURO FONTAINE TALAVERA)
– «To read without reflecting is like eat without digesting» (EDMUND BURKE)
– «Your time is limited, so don’t waste it living someone else’s life» (STEVE JOBS)
– «Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son» (ABRAHAM LINCOLN)
– «Have the courage to follow your heart ad intuition» (STEVE JOBS)
– «Al final, lo que cuenta no son los años de tu vida, sino la vida de tus años» (ABRAHAM LINCOLN)
– «Si eres neutral en situaciones de injusticia, es porque estás del lado opresor» (ARZOBISPO DESMOND TUTU)
– «Casi todas las personas son tan felices como preparan sus mentes para serlo» (ABRAHAM LINCOLN)
-«In Italy, for 30 years under the Borgias, they had warfare, terror, murder and bloodshed, but they produced Michelangelo, Leonardo da Vinci and the Renaissance. In Switzerland they had brotherly love, they had 500 years of democracy and peace – and what did that produce? The cuckoo clock» (GRAHAM GREENE)
«Sólo el que ha conocido el extremo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es necesario haber querido morir, para saber cuan dulce es la vida» (EL CONDE DE MONTECRISTO)