LAS RAICES DE LA DECADENCIA SOCIAL Y EDUCATIVA ARGENTINA

Una de las ventajas no deseadas del encierro motivado por la cuarentena: la proyección de videos reproduciendo interesantísimas conversaciones o diálogos entre intelectuales. En este caso, el historiador Ricardo López Göttig charlando con el politólogo Pablo Dons, acerca de la desvalorización gradual de la educación y los orígenes de la destrucción del proyecto exitoso de la post Generación del ’37 (o sea, la Generación del Ochenta). Dons plantea que el odio a la democracia liberal y al capitalismo ha sido la gran fuente de la decadencia a lo largo del último siglo y medio, abrevando en la generación tardía de los Ochenta (Ibarguren, Carlés, Lugones -cuyo aniversario de su muerte es hoy- y cía). La crítica moral a la sociedad abierta que favorecía la movilidad social ascendente y por el contrario, la reivindicación de los valores tradicionales de la sociedad que se iba quedando en la retaguardia, fueron los cimientos de aquél odio. La misma elite se fue disparando gradualmente en los pies: aquí, lejos de existir una «revolución popular» -como aducen peronistas y kirchneristas al unísono, hubo una erosión de los mismos valores que llevaron al progreso de la sociedad.

Dons empieza con un dato revelador de la tragedia educativa argentina: mientras hace 20 años atrás, los niños de primer grado aprendían ya a leer y escribir, ahora aprenden recién a partir de sexto grado. Resulta interesante como Dons, a la hora de las responsabilidades lejanas al respecto, hace hincapié en la fortaleza del nacionalismo católico a lo largo del tiempo, hoy potenciado por el pensamiento de Jorge Bergoglio, como Papa Francisco, exaltando la sacralización o glorificación de la pobreza y un orden social jerárquico, donde cada uno mantiene, sin ascender, su lugar en la escala social, sólo matizado por cierto grado de distribucionismo.

Llama la atención entonces, dice Dons, en la última discusión por el aborto, cómo libertarios anarcocapitalistas iban a las plazas, acompañando a los «Provida», que están en la antítesis de una sociedad abierta y demás valores liberales. Existe una falta de cultura generalizada y mucho esnobismo, que explican estas insólitas alianzas, potencialmente explosivas según López Göttig. Remarca Dons que la «patria instagramera» puede tener un éxito efímero y es una demostración más de cómo el liberalismo argentino hasta ahora, ha carecido de cultura política y militancia.

Resulta paradójico en tal sentido que, a diferencia de lo postulado por el anarcocapitalismo, el liberalismo argentino contribuyó según el historiador Ezequiel Gallo, a crear el Estado, concentrarlo en nichos estratégicos y luego limitarlo, no «explotar el Banco Central», como a veces se postula en los vivos de Instagram. Según Dons, hay que militar en la calle, penetrar en las villas, generando un liberalismo popular, sin esnobismo, sin la conexión «online«, sino con formación y lectura. Claro, sobrevuela en este pasaje, una crítica velada a los Maslatón, a los Milei, a los Gómez Centurión y obviamente, los «influencers». Aunque por lo visto en Carlos Paz y otras ocasiones, juzgarlo a Milei como superficial, es por de pronto, muy exagerado si tenemos en cuenta su algún grado de formación académica.

Finalmente, los interlocutores exploran las raíces del mundo sindical argentino, su carácter crecientemente patrimonialista, sus concubinatos a partir de negocios como contratistas del Estado, etc. Incluso, cómo en «la vieja guardia sindical» argentina -citando López Göttig un estudio de Rubén Zorrilla-, el hijo de un sindicalista se casaba vía matrimonio civil y pretendía escalar socialmente, fuera del ámbito gremial y ahora, por el contrario, decide casarse vía Iglesia Católica y se convierte en sucesor de su padre, en el sindicato. Cualquier parecido con la familia Moyano, es pura coincidencia.

Respecto al futuro, Dons plantea un escenario complejo, testimoniando el enorme desencanto social con la gestión Macri, fracasada por la falta de visión de la realidad. Todo ello se agudiza con la enorme «politización de la política», esta especie de reinado de la hermenéutica, la interpretación permanente de lo que pasa. Sin embargo, se puede salir adelante si a la formación se le agrega la participación: a la ejemplaridad individual hay que sumarle la pública, para ser buenos ciudadanos. El desprecio a los sectores populares -a través de las veladas críticas a los «choriplaneros»- de parte por ejemplo de los vecinos de clase media de Recoleta que, de manera contradictoria, también rechazan ganar dinero por vía lícita, debiera dejar lugar una mayor formación e involucramiento con pensamiento crítico, en la cosa pública.

Aquí les dejo la totalidad del rico diálogo.

MENEM: EL ESPEJO DONDE NO QUEREMOS MIRARNOS LOS ARGENTINOS

«Depende del prisma con el que se lo mire». Se trata del juego de las interpretaciones y no tanto de los balances que se precian de racionales, que hacen los terceros, cercanos o no, cuando uno muere.

Hace algo más de 17 años, cuando falleció mi «viejo», un hombre que supo vivir y disfrutar de la vida, pero que engañó a mi madre durante 15, ante su ceguera y la nuestra como hijos, descubrí que todos sus amigos., incluyendo los que no conocía yo, sabían perfectamente hasta lujos de detalles de mi vida. Allí me di cuenta no sólo que «no hay peor ciego que quien no quiere ver» sino que, haciendo una interpretación más que idiosincrática de la Argentina, la mentira está incorporada en nuestro ADN. Nos mienten y nos encanta que nos mientan. Eso conduce a una conducta rayana a la esquizofrenia, tal vez cercana a la de muchos países de Europa Oriental, la propia Rusia y sus vecinos cercanos, donde imperó el «socialismo real»: durante décadas, imperó la mentira oficial del «hacemos que trabajamos y ellos hacen que nos pagan». Aquí no hubo ejercicio de falsedad oficial y sistemático -tal vez el más cercano a ello, fue la cobertura de la guerra de Malvinas o la negación de las violaciones de los DDHH, bajo una dictadura- pero nos habituamos, incluyendo bajo la democracia, tal vez, a modo de elusión de una realidad decadente -codearnos con las grandes potencias y luego descender al infierno-, a vivir hipócritamente.

El mismo cinismo que vemos en estas horas en ocasión de otro entierro, el de Carlos Menem. Otro hombre que supo disfrutar del poder, de los buenos y malos momentos, de la farándula, de las mujeres, en fin, del mundo. Como mi padre. No en vano, Menem murió un día como el de ayer, en pleno carnaval, porque su vida era así, simpática, atractiva, prácticamente una fiesta, incluyendo peripecias graves como su prisión en Las Lomitas o la muerte de su hijo Carlos Junior -que lo shockeó, sin dudas-.

Un personaje que hoy, es reconocido como «un buen adversario» o todo «un caballero», por Jorge Lanata, el periodista otrora progresista, por no decir marxista, ahora republicano y social-liberal, que fundó un Diario -Página 12-, financiado con el secuestro de los hermanos Born, desde el cual destrozaba la política económica pro-mercado de Menem -la única transformadora aunque parcial, en décadas- y la manchaba de toda denuncia de corrupción que se le ocurriera, algo que hasta en estas horas, defiende por su «razonabilidad». Subrayo que en el menemismo, excepto en su ocaso (caso Yabrán y crimen de Cabezas), absoluta libertad de prensa, por lo que los Lanata, los Castro, los Verbitsky, pudieron criticar abiertamente a quien estaba intentando transformar a la Argentina, con un gran apoyo en votos, por primera vez en tantas décadas.

Un ex Presidente peronista que ya no está, pero que es homenajeado con un velorio oficial, en el mismo Congreso de la Nación, por la cúpula oficial del kirchnerismo, una agrupación -ni siquiera partido-, que es manifiestamente antiperonista y sobre todo, antimenemista, más allá de que tanto Néstor Kirchner como CFK defendieron las privatizaciones de los noventa, porque claro, la renta petrolera produce milagros como ése: que dos conspicuos pragmáticos y materialistas, disfrazados de progresistas, justifiquen por ejemplo, una YPF privada y años más tarde, cuan interesante ejercicio «travesti», fundamenten las razones de su estatización.

O que, Duhalde y muchos radicales, que contribuyeron al derrumbe de la Convertibilidad por venganza y orgullo perdido, respectivamente, ahora «se pavonean» en los canales de TV y radios, llenando de loas y alabanzas al supuesto «gran estadista» de las últimas décadas. Como si hoy viviéramos en el «Primer Mundo» que prometió.

O que, para no cuestionar sólo a los peronistas y los K, mi propio partido -la UCEDE- rinda un tributo póstumo a quien, mintiéndole a su propio electorado justicialista, nos sobornó a los liberales y robó nuestras banderas, algo de lo que tardamos en levantarnos, otras dos décadas. Por cierto, como creo en el sitio de control interno y la voluntad como su expresión, mi crítica es mayor a mis propios correligionarios y su actitud en aquel momento -más que al presente- y que al mismo agente incentivador.

Finalmente, hasta parece que numerosos cordobeses se dieron cuenta que Río Tercero se halla en esta Provincia mediterránea: producto de la trágica explosión de 1995 insólitamente todavía no resuelta por la justicia, se solidarizaron con la decisión local de no decretar luto por la muerte de quien se supone, fue el responsable de semejante accidente.

Podríamos seguir infinitamente con el repertorio de conductas cínicas. Pero claro, por razones de espacio, prefiero no hacerlo. Considero que es mejor, sin entrar en el análisis de la política pública en general o la evaluación de la gestión del menemato, al que se lo juzga peor por lo que hizo en el primer mandato que por el segundo cuando tal vez habría que hacerlo exactamente al revés, observar de qué manera ese cinismo puede proyectarse en el tiempo y hacer metástasis en el tejido moral, de la misma manera que lo hecho en el postsocialismo europeo oriental y ruso. Podemos ver más claramente cómo Menem es el padre reconocido de Duhalde quien a su vez, cegado por su ira por la promesa incumplida de aquél de permitirle la Presidencia en ese aciago año 1995, lo fue de los Kirchner y tras éstos, los hermanastros de Macri, a pesar de la grieta artificial, en la que nos han embarcado desde 2008.

Como yo el día del velorio y entierro de mi padre, tal vez -y ojalá-, espero que esta muerte sirva a los argentinos para asumir por fin nuestras verdades por más dolorosas que sean, dar vuelta atrás páginas que ya no nos conducen a nada positivo y finalmente, sobre la base de tal aprendizaje, dedicarnos «a las cosas» como reclamaba Ortega y Gasset.

Mientras tanto, Menem y Maradona seguirán vivos en nuestro recuerdo, dividiendo o alegrándonos.

 

LECCIONES DE DOMINGO CAVALLO PARA LA ECONOMIA ARGENTINA

Como pocos hombres de Estado o políticos en Argentina, Domingo Felipe Cavallo sufrió un verdadero ostracismo, sin haber estado nunca condenado ni detenido por razón alguna. Su pecado fue pergeñar el mayor y más exitoso -mientras duró- plan de estabilización antiinflacionaria de la Argentina (Plan de Convertibilidad), del que pronto se cumplirán 3 décadas -mañana 1 de febrero se celebra su asunción como Ministro de Economía- así como también intentar salvarlo de manera no traumática, lo cual arrastró a una enorme crisis de la que se salió errática y sólo parcialmente merced al «boom de las commodities» (2002-2011).

Se trata del penúltimo gran estadista vivo tras su gran apoyo -y «sepulturero político» (Carlos Menem)- dado que tuvo una mirada general y estratégica de lo que había qué hacer con el Estado argentino: como reducirlo, reasignarlo, reformarlo, eficientizarlo, en sus tres niveles, no sólo el nacional. De hecho, cuenta con ex funcionarios que le respondían, en algunos gobiernos actuales, por ejemplo, Osvaldo Giordano en Córdoba.

Hasta hace poco, era una especie de cadáver político para muchos medios de comunicación y no pocos políticos: recuérdese cómo «Cambiemos» mientras estuvo en el poder, lo despreció -como a todos los liberales, aún sin él serlo ni asumirlo nunca- y hasta trató de diferenciarse de su gran experiencia positiva, para evitar pagar costo político alguno. Sin embargo, es tal el «pozo» en el que estamos, recreando una y vez los males crónicos de la macroeconomía argentina, agravados por la «cuarentena cavernícola» de Alberto Fernández, que la «estabilidad monetaria» de 1991-1994, es recordada con mucha nostalgia por gran parte de la población -la que no emigró en los últimos meses- y así, su arquitecto, cordobés, oriundo de San Francisco, pudo recuperar parte de su prestigio.

Podrá criticarse su papel en el gobierno de De la Rúa (2001) pero su obsesiva vocación de servicio a la Patria, de la que nunca se fugó ni quiso emigrar, está fuera de duda. Se peleó con muchos políticos (Alfonsín, Duhalde, Alvarez, Terragno, Storani, María Julia Alsogaray, hasta el propio Menem después de 1996, etc.) pero también estuvo en desacuerdo con no pocos colegas (Erman González, Javier González Fraga, Rodolfo Rossi, Enrique Folcini, los monetaristas y los austríacos vernáculos, etc.), que hasta el día de hoy, lo envidian, por no haber exhibido ellos la valentía ni la cuota de poder que él tuvo para ejecutar los cambios de fondo que eran tan necesarios en 1989 como ahora.

Contrariamente a lo que se monologa en las Universidades y medios de comunicación, el camino a la reforma económica no fue nada lineal ni mucho menos, sencillo. Cuando asumió Economía, Cavallo en febrero de 1991, Menem estaba en un piso de popularidad del 20 % y casi todo el arsenal de medidas ortodoxas y también heterodoxas, con el apoyo de grupos empresarios nacionales como Bunge & Born y tantos otros, como extranjeros, en un contexto global muy favorable, se había usado con resultados aún insatisfactorios. 

Es que a Cavallo en su tándem con Menem, se les puede reprochar NO LO QUE HICIERON, sino tal vez, cómo lo hicieron o, lo más importante, LO QUE NO PUDIERON HACER. El «cómo lo hicieron» guarda directa relación con los gremialistas y algunos «empresaurios» -diría hoy Javier Milei– que lograron direccionar las reformas hacia sus propios intereses (algunas privatizaciones, programas de desempleo, subsidios, etc.), no acordes a la ejecución técnica estricta o el plan general que Cavallo tenía originalmente en mente, combinando lo monetario, con lo fiscal pero sobre todo, integrándolo a lo económico.

LO QUE NO PUDIERON HACER, habiendo hecho demasiado (reforma monetaria, del Estado, descentralizaciones, baja de impuestos, desregulaciones, AFJPs, ARTs, etc.), tiene vinculación con sobre todo, la NO reforma laboral y la NO reforma del sistema de Obras Sociales, además de la ausencia de reforma educativa y el carácter procíclico del régimen perverso de federalismo fiscal (coparticipación nacional y provincial). Poco o nada de ello se logró, por la fuerte oposición de los gremios peronistas, amparados por el propio menemismo (en parte), que frustraron el diseño inicial del brillante ex Ministro.

Sin tales reformas, el despegue definitivo de la economía argentina, con una baja de costos, vis a vis el «torniquete» monetario y cambiario, no era posible en el largo plazo, como ya quedó demostrado en 2001, no por «el fracaso del modelo» como se repitió insistente y erróneamente, sino por todo lo que faltó ejecutar. La mayor productividad de una economía totalmente desorganizada en 1990 y con un nuevo training en abril de 1991, quedó como una tarea pendiente.

No quiero dejar de subrayar que institucionalmente, diciembre de 2001 se explica como un verdadero golpe de Estado contra De la Rúa pero sobre todo contra Cavallo, por parte de la coalición bonaerense bipartidaria de Duhalde (peronista) y Alfonsín (radical) más la UIA y el Grupo Clarín, entre otros, unidos por la venganza contra Menem y la pesificación de sus deudas originales (en dólares).

Ojalá algún día esta mente brillante que tenemos los argentinos, pueda tener su merecido reconocimiento, el mismo que sí le dan en países tan diferentes como Ecuador y Rusia. Hoy, se dedica como un joven quinceañero entusiasta a bajar sus entrevistas por doquier, en su propio sitio web, ayudado por su hija economista, publicar notas y hasta libros de historia económica argentina.  Sigue siendo incansable, inquieto, curioso, polémico, pero tremendamente lúcido: insisto, con una visión global de lo que debe hacerse con el Estado pero también con el país, remarcando que es necesario una organización económica (con incentivos institucionales correctos) y un liderazgo carismático y audaz que la promueva, resucitando así, las fuerzas económicas del mercado.

No pierdo la esperanza de que sea escuchado y que en el 2023, cuando este pésimo gobierno termine -si no lo hace antes-, pueda volcar sus conocimientos y experiencia nuevamente en la función pública, para el gobierno que asuma ante la que será seguramente, la mayor crisis de nuestra historia como país.

Si bien recomiendo por lo medular y detallada nota que le hiciera Hernán Iglesias Illia en la Revista Seúl, les sumo estos dos videos recientes, uno, con Julio Nieto (Fundación Vanguardia de Villa María) y otro, un jugoso diálogo con Carlos Maslatón.

UN WEBINAR CON MATIAS LONGONI: EL GRAN APORTE DEL CAMPO ARGENTINO

Luego de una serie de protestas de productores lácteos al borde de las rutas nacionales en el invierno de 1999, cuando solía viajar ida y vuelta entre Villa María (Córdoba) y Rosario (Santa Fe), para cumplir con obligaciones profesionales de aquella época, casi nueve años después, volvería a ver dicho espectáculo pero multiplicado por varias ciudades y pueblos más, incluyendo soja, trigo y hasta ganadería. Producto de la decisión del Presidente Néstor Kirchner de primero, fijar cupos a la exportación de carne vacuna para asegurar stocks ganaderos y precios mínimos al consumo de carne doméstica y segundo, vía, la polémica Resolución 125, en un esquema de retenciones móviles, aumentar estos impuestos a la exportación a la soja y derivados, en un contexto de boom de precios internacionales -el mayor en 150 años de historia argentina-, los productores volvieron a salir a las rutas, incluso con un nivel de acatamiento a sus paros y cortes, más exposición mediática, como nunca antes habíamos visto, los argentinos, nacidos y criados en ciudades. Estamos hablando de Argentina, un país donde se da la triste paradoja del sector más productivo y competitivo incluso a nivel internacional, conviviendo con uno de los rangos más altos en materia de urbanización.

Los niveles de violencia verbal y actoral más el desabastecimiento puntual de leche y derivados, en aquellos aciagos días de marzo de 2008, impactaron fuertemente en las clases medias urbanas del país, lo cual llevó a un grado de polarización nunca visto, entre la ciudad que se dividió entre los favorables al gobierno nacional kirchnerista y aquellos que defendimos la causa del campo, que también tuvo la habilidad comunicacional de identificarse tal vez, tardíamente, con la nación y la familia, valores algo perdidos a lo largo de las décadas. El resultado de tales jornadas de enfrentamiento político, realmente estériles, fue el voto del Vicepresidente Julio Cobos, que terminó desempatando en contra de su propio gobierno y a favor de la oposición política del campo como sector, en una pulseada que determinó que no se aplicara la suba de la retención hasta el 35 % sino que por supuesto, implicó la primera gran derrota política del kirchnerismo, a poco más de cinco años de haber asumido, incluyendo la caída de un tal Alberto Fernández como Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, por haber propiciado supuestamente, el diálogo y no la confrontación. Esa victoria alentó la conformación de un bloque político que aglutinaría a radicales, con peronistas moderados como Felipe Solá (actual Canciller de Fernández, hoy Presidente) y el empresario colombiano De Narváez y proístas como Macri y Rodríguez Larreta, que ganaría las elecciones parlamentarias de medio término de 2009 dejándolos con expectativas inmejorables para 2011. La muerte de Néstor pero sobre todo, el quiebre de esa coalición opositora en 2010 y el insólito voto del campo a CFK  más la deserción de Macri en 2011, contarían el resto de la película de la supervivencia del kirchnerismo hasta 2015. De todos modos, como el país, nunca la hegemonía de unos y otros, pudo permanecer o imponerse.

Aquel fue un empate técnico, con una leve inclinación hacia un lado o hacia el otro de la grieta, pero sin finalmente, como también suele repetir el economista de la UTDT, Pablo Gerchunoff, cambiar la estructura social agropecuaria del país, que necesita divisas frescas por un lado para pagar sus compromisos externos como deudor serial que es, pero al mismo tiempo resolver su déficit alimentario (en calorías) en clases bajas y su pésima dieta en ese rubro, incluso en los hijos de la clase media urbana (obesidad) y problemas ecológicos (degradación de los suelos, producto del extractivismo sojero).

Claro, el gobierno de Macri, sí, el hijo de un empresario industrialista y desarrollista, por ende, supuestamente antagónico con el campo, producto de la vieja, superada y hasta falsa antinomia campo-industria, prometió y cumplió con la rebaja de retenciones, incluso favoreciendo algunas explotaciones como las del maíz, en detrimento de la soja. Ni hablar del boom ganadero que provocó, eliminando las distorsiones y trabas que había pergeñado el cavernícola de Guillermo Moreno como Secretario de Comercio, para exportar carne vacuna a mercados tradicionales pero también alternativos, demostrando que es absolutamente falso el dilema de exportar y traer dólares y garantizar el «asadito» para los argentinos a precios razonables. Porque en realidad, todo se trata de incentivos. Con unos pocos incentivos institucionales, impositivos, burocráticos, el campo argentino y particularmente, la ganadería, reacciona favorablemente, de manera rápida y eficiente, a pesar de que hay que esperar a un proceso lento de cría y engorde de las especies. Imaginemos el shock que se produciría si hubiera una verdadera, única, integral y duradera política de Estado para el sector.

Es que es este distanciamiento absurdo entre el campo y la ciudad en Argentina, es en el fondo, epistemológico, de desconocimiento mutuo. El kirchnerismo y buena parte de la clase política argentina, jamás entendió ese proceso, que demanda trabajo, esfuerzo diario, paciencia, mucha vulnerabilidad, porque está sometido a cambios climáticos de largo plazo pero sobre todo, de corto -una lluvia, un granizo, una nieve, una sequía larga, como la que vivimos ahora mismo en Córdoba y buena parte de la llamada «Pampa Gringa»-. Porque excepto el mencionado Solá, ingeniero agrónomo de profesión, hoy improvisado como Canciller o De Angeli o Buryaile o Etchevehere, se trata de una gran mayoría de adultos criados como jóvenes en las ciudades, lejos del campo, beneficiándose de los productos de éste, pero sin jamás entender ni estudiar el verdadero aporte del campo a esa ciudad y la Nación entera.

Mucho menos, jamás entendí a mi ex esposa, arquitecta egresada de la UNC pero criada  en un pueblo de 5.000 habitantes que vive del campo, despotricando contra los «gringos» (productores agropecuarios), por comprarse una «chata» o pickup o camioneta Ford u hoy, Toyota Hilux o invertir en departamentos en Córdoba. Así sucesivamente, tampoco entendí a ex alumnos universitarios, leyendo libros de Economía o Sociología Rural, formados en la diatriba contra la «oligarquía» agropecuaria y mucho menos, admirar a antropólogas e historiadoras de este corazón de la «Pampa Gringa» que atacan al proyecto agroexportador de la «Generación del Ochenta» y por el contrario, reivindican al gaucho o al indio asesinado o marginado por ese «macabro plan exterminador», siempre en términos de una antinomia absurda, que atrasa el debate, porque impide ver todos los grises que hay en el medio.

Porque claro, la realidad es la que trajo a colación Matías Longoni hoy en un fenomenal webinar, por cómo «nos abrió las cabezas» y éste es tal vez, uno de los únicos efectos positivos de esta pandemia, la posibilidad de contar con analistas o periodistas de lujo, que conocen el sector, mejor que los propios políticos y dirigentes ruralistas. A Longoni, lo conocí en el mismo 2008, en medio de la crisis del campo, y desde ese momento me sorprendió por la lucidez y claridad con la que describía el fenómeno rural en Argentina, destruyendo uno por uno, los mitos, con los que, primero, en los años ochenta, radicales alfonsinistas, los de la Franja Morada y la Junta Coordinadora Nacional -sí, los Jesús Rodríguez, los Marcelo Stubrin, los Jaroslavsky, los Suárez Lastra, los Laferriere, los Raimundi, los Leopoldo Moreau -muchos de ellos hoy en Juntos por el Cambio con Macri, excepto los dos últimos en el kirchnerismo- y en los dos mil, los kirchneristas, edificaron sus proyectos de reforma agraria, impuesto a la tierra «libre de mejoras» y aumento de las retenciones, entre otras «locuras». Longoni fue el gran artífice de las investigaciones y denuncias contra las irregularidades de la ONCCA (Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario), el organismo regulador del kirchnerismo, bajo la jefatura del polémico abogado Ricardo Echegaray, luego detenido por asociación ilícita y enriquecimiento ilícito (en su gestión de la AFIP) -recientemente sobreseído-.

Irracionalidades, al igual que la reciente expropiación de Vicentín o la proyectada YPF Agro como «empresa testigo» o, la misma Ley de Humedales, que no lo son tanto, si se discutieran en el marco de una política agropecuaria integral, con incentivos a la producción, con retenciones móviles y diferenciadas según esa misma producción, para evitar el extractivismo, con subsidios puntuales, no indiscriminados, para evitar tensiones inútiles y calmar a las organizaciones ecologistas de la ciudad, por ejemplo, para realizar las inversiones necesarias para no degradar los suelos o evitar las quemas o favorecer las granjas agroecológicas o retener a las miles de familias frutihortícolas en el Alto Valle del Río Negro, evitando los excesos megainmobiliarios. Porque en todo ello hay razonabilidad siempre y cuando se piense en favorecer a productores que luchan por sobrevivir, en un proceso de urbanización que no se detuvo nunca en siete décadas, primero en el marco del insensato y desmedido proceso de sustitución de importaciones que terminó favoreciendo la megalomanía del conurbano bonaerense, más el hacinamiento invivible de sus ciudades, algo que la clase política ignorante del campo, alentó y aprovechó, además y en segundo término, tuvo que soportar la «demonización» académica, como si el productor, fuera el victimario de este proceso, cuando en realidad, es la víctima, de otros eslabones de una cadena rentística (grandes exportadoras, pooles de siembra, feedloteros, arbitrajistas, supermercados, etc.). Para colmo, de nuevo, todo ello, con la diatriba de los profesores de la UBA, como suele repetir Longoni, en la que se suele estigmatizar al productor agropecuario, como si fuera el viejo «oligarca»  terrateniente, con la ignorante de CFK resonando en mis oídos, acerca de «los piquetes de abundancia», para referirse peyorativamente a los ruralistas asentados en carpas y fogones, a la vera de los caminos, en aquel frío invierno de 2008.

Realmente, Longoni, hoy, nos dio en un par de horas amenas, una clase condensada de Sociología Rural, de Economía Agraria, de Historia Política, de Medio Ambiente, hasta de Comercio Internacional, cuando se refirió al proyecto de inversión millonaria de los chinos para cría de chanchos y exportación de carne porcina, un mercado que irresponsablemente, por falta de políticas de Estado, los argentinos, a pesar de nuestra retórica nacionalista, terminamos cediendo a extranjeros. Son nuestras absurdas contradicciones, por el erratismo crónico, por nuestros ideologismos estúpidos, por las pésimas y torpes ejecuciones de medidas por parte de los kirchneristas. Los que hicieron que por tanto hablar de los pooles de siembra, ya éstos dejaran de ser rentables y Grobocopatel, el otrora zar de la soja, hoy se dedique a tener todo concentrado en una empresa de agroquímicos. O que la improvisada jugada de Fernández de expropiar Vicentín, terminada ayer en un fiasco, en nombre de «la soberanía alimentaria», que no estaba en juego realmente, derive en la venta a Glencore, una multinacional extranjera. Porque, a fuerza de ser sinceros, toda la clase política sabía hacía largo rato, del «descalce» de los osados del Grupo exportador de Avellaneda y que habían dejado a Bancos y muchísimos productores, sin cobrar sus acreencias. Tanto Macri como Fernández, fueron cómplices de esa estafa, negociaron una transición de cuatro meses, en medio de ese desfalco y jamás ordenaron a sus equipos respectivos, para que anticiparan una solución viable para evitar llegar a esta situación indeseable -aclaramos, en el marco de una ley que permitió tal estafa, que data de la época de la dictadura del General Videla-. Aquí, según parece, tampoco hubo grieta alguna.

Como tampoco y con ello, voy terminando, la dirigencia ruralista estuvo a la altura de las circunstancias. La llamada «Mesa de Enlace»‘, «salvó la ropa» gracias a Eduardo Buzzi (Federación Agraria), un líder de gran exposición en la crisis de 2008 pero que luego, gracias a sus oscilaciones políticas y demás factores, hoy quedó relegado a ser dirigente de un club de fútbol del interior, de tercera división. Jamás, en los años de Macri, con toda a favor, con dos Ministros de Agricultura, oriundos del sector, se pudo motorizar y concretar un recambio dirigencial y mucho menos, algo fundamental, una ley que le asegure al lobby gremial rural, una unificación de las cuatro entidades (FAA, CRA, Sociedad Rural y Coninagro), con el mismo o mayor peso institucional que la UIA, proporcional a su gravitación económica. La Argentina se da esos lujos insólitos, de quemar liderazgos políticos y arriesga seguir perdiendo capital social, con los productores ya abuelos, sin descendencia, con sus hijos y nietos emigrados a la gran ciudad, a estudiar Sociología o Ciencia Política.

Por todo ello, no queda otra, termina Longoni, que optar por un minimalismo realista: bajar la cabeza, evitar la confrontación y relegando a «las damas», por ejemplo, tanto la «Gran Dama» CFK, que necesita descomprimir, si quiere asegurar sus proyecto político, como del otro, la Mesa de Enlace y de la mano de la gran necesidad económica de urgencia financiera, con el marco de la negociación resuelta con los bonistas, teniendo la excusa ecológica enfrente (sequía, Ley de Humedales), acordar con el gobierno y el Congreso, una gran política de Estado que gire en torno a una agenda innovadora de grandes temas: impositivo (retenciones), medio ambiente, banco de tierras, despoblamiento, una nueva Ley de Arrendamientos, subsidios de pequeños productores, etc. El primer paso ya se dio y hay una foto elocuente de ello: la reunión de la pragmática CFK con los directivos del Consejo Agroindustrial Argentino (CEA). Para Longoni, es la única manera de dar un salto rápido y hacia delante, si es que se viene otro viento favorable de cola, otra vez, gracias a China y post pandemia.

Porque el campo argentino una y otra vez, a lo largo de la historia, fue leal a su país. En toda la cuarentena, gracias a él, junto a los transportistas, como lo vimos en el Canal Rural y lo escuchamos en el programa radial de Longoni, «Bichos de Campo» en AM Rivadavia, desde el 20 de marzo, nunca dejó de trabajar y operar, nunca dejó de abastecernos, nunca dejó de alimentarnos. Quizás, en un contexto de destrucción empresaria, con la mitad de los argentinos en situación de pobreza, que arrastró esta «cuarentena china» de Alberto Fernández, no es hora de que la ciudad y la clase política le devuelva algo por esa lealtad incondicional? No es hora de demostrar que la oportunidad histórica del 2008 no fue en vano?

EL LEGADO LIBERAL DE ARMANDO RIBAS

FERNANDEZ HARA LO QUE MACRI DILAPIDO?

Contaban en el programa de Fernández Díaz en Radio Mitre, hace unos días, que al Embajador de la India en Argentina, le llamaba la atención la vertiginosidad de la coyuntura en el país pero que ello contrastaba con la absoluta inmovilidad en un trayecto de 20 años. En efecto, cuando uno ve la película en 2 o más décadas, estamos parados como sociedad, en el mismo lugar. Pero vayamos a cómo se desarrollan las últimas horas para comprobar la hipótesis del diplomático que sin duda, por proceder de una cultura milenaria, conoce muy bien cómo afrontar el tiempo en plazos largos y entre otras virtudes -o no-, cómo actuar de manera resiliente. Ayer transcurrió la elección, para muchos, la más importante de la historia democrática, por todo lo que se jugaba, anoche se conoció el resultado, hubo festejos de un lado y llanto medido del otro, discursos y demás pero esta mañana, el desayuno de ganador y perdedor para iniciar transición y el precio del dólar, con aumento del cepo cambiario mediante, hicieron pasar a un segundo plano, la definición del 27.

De todos modos, analizando el resultado, claramente, no fue ni el 54 % de CFK de hace menos de una década ni tampoco la ampliación de la diferencia que esperaba el albertismo tras las PASO. Tampoco pudo Macri revertir el resultado para llegar al ballotage, pero su esfuerzo del último mes, valió la pena para alcanzar un 40 y pico % Este porcentaje es levemente inferior por ejemplo, a la minoría pinochetista-democrática cuando dejó el poder en el Chile de hace 30 años -hoy desafiado en las calles por una generación que ni siquiera vivió el plebiscito de 1988- y mucho mayor al menemismo en retirada en 2003. Además, contará con un bloque parlamentario propio de relevancia y rodeada del azul del Frente de Todos, a lo Boca Juniors, una franja «amarilla» de la Argentina central y productiva que tal vez, se convierta en un polo desafiante al nuevo oficialismo, si osa reeditar el aumento de la presión impositiva al estilo de marzo de 2008.

Tras la experiencia cafierista, otro economista heterodoxo, sin antecedente político alguno, el hijo político de CFK,Kicillof logró condenar al ostracismo a Vidal en territorio bonerense, erigiéndose en uno de los grandes ganadores de la jornada pero a pocos km., Rodríguez Larreta, pudo aplastar al «delfín» de Tinelli, en CABA, para posicionarse como futuro líder de la oposición y por qué no, presidenciable? Aliviado -a juzgar por las fotos post derrota de hoy-, Macri terminará con la maldición de un Presidente no peronista terminando su mandato, desde hace 91 años -como Alvear-, pero no podrá repetir la reelección de Perón, Menem y CFK. El gran vencedor, Alberto Fernández (AF) por fin, ganó una elección en su vida, ungido por CFK en insólita pero inteligente maniobra, pero tendrá un enorme desafío macroeconómico, para lo cual, habrá que ponerlo a prueba, en un rol que jamás tuvo.

Es que el mercado estudiará cómo se las arreglará Alberto Fernández para gobernar este 2020 que se viene, nada similar a aquel 2003 del «finado» Néstor (post Remes Lenicov y con la soja «por las nubes»). Cómo lo hace con una coalición heterogénea donde coexisten Massa, Malena Galmarini, Donda y Nielsen con Máximo, CFK y los pragmáticos gobernadores a quienes ella ninguneó o subalternizó más de una vez en sus 8 años de gestión. Cómo lo concretará con un FMI al que hay que abonar 37.000 millones de dólares en breve. Con un panorama monetario y fiscal endeble, con reservas menguadas (23.000 millones de dólares menos), con un dólar amenazante y una hiperinflación a la vuelta de la esquina, si osa emitir. Ni en sus sueños habrá imaginado gobernar así, con tantas restricciones y tan lejos del hegemonismo de 2011-2013.

«Argentina año verde» es una noche con resultados rápidamente oficializados y reconocidos, con reconocimiento hidalgo de derrotas, con escasa o nula agresividad a pesar de la mentada grieta. Un «mariscal de la derrota», Marcos Peña Braun, autor intelectual de las operaciones de gestión que negaron la política por anticuada, siguió defendiendo lo indefendible, cuestionando un sistema electoral que jamás se animó a cambiar seriamente y a echar un manto de dudas sobre la demora de los resultados. Una muestra cabal de que la elite más rancia no sabe gobernar este país porque fue criado en un balcón, aunque haya viajado por todo el mundo. Fue él quien influyó a Macri para sacrificar a Vidal obligándola a no desdoblar y morir con él a pesar de haber tenido decenas de ocasiones para despedirlo.

Con Macri, tengo sensaciones ambivalentes. En estas páginas, lo he criticado «duro y parejo» por lo que no se animó a hacer o hizo mal, sobre todo, en materia macroeconómica. Tenía derrotado al kirchnerismo en octubre de 2017, con un peronismo dividido pero la ciega fe de Peña en la «no-política», maltratando a operadores de fuste y «rosca» como Frigerio, Monzó y Negri, detonó un debate innecesario por la reforma previsional en aquel diciembre para luego humillar al ex Presidente del BCRA el «Día de los Inocentes» lo cual anticiparía la debacle devaluatoria de abril de 2018, que depositaría en la pobreza a millones de argentinos y resucitaría a los K. Una gran decepción (y van….) de un liderazgo no peronista que a pesar de reconocer errores e intentar cambiar, lo hizo tardíamente y sin consistencia en términos de equipo y gestión. Como con Alfonsín, recordaremos las libertades civiles pero está claro que en un país como Argentina con tantas expectativas sociales defraudadas, ello no alcanza. Cuando Peña reclame para su líder, el rol de principal opositor como si Argentina fuera un país parlamentarista -que no lo es ni lo será-, habría que hacerle pagar sus culpas de posibilitar la reunificación del peronismo y dejarlo en la fila de atrás, si es que pretende volver con alguna pretensión.

Trato de entenderlo. Es que Macri fue fiel a su profesión. Como todo buen ingeniero, fue un obediente asesorado para cubrir sus limitaciones, creyó que el modelo de CABA, con obra pública, asfalto y saneamiento, ganaría votos aún en los conurbanos o Provincias como las del norte, donde el empleo público o el doble empleo disimulan aquellas carencias históricas; un equipo de tecnócratas sin experiencia en el Estado; una prolija planilla Excel y una coordinación interministerial que jamás se plasmó en la realidad, le garantizarían la continuidad. Fue incapaz y terco, para resolver el cáncer de la inflación, a diferencia de un Menem que sí optó por un esquema de gobierno más eficaz, con un superministro de Economía, con un plan de shock y alcanzó la reelección.

Tal vez, con su campaña del «Sí, se puede» al hombro, dejando atrás el trillado timbreo y el escenario en 360 grados, alentando a multitudes autoconvocadasen 30 ciudades escogidas estratégicamente, con el corolario apoteótico del Obelisco y Córdoba Capital, Macri demostró una vez más, sobreponerse al traspié y hasta intentar revertirlo -estuvo a pocos puntos de hacerlo, cuando las encuestas lo negaban- y así, acabar con su drama existencial de hijo de padre omnipotente. No puedo dejar de mencionar a quien eligiera Macri como su candidato a Vicepresidente: el rionegrino Pichetto, ese peronista «republicano» que seguramente elegirá seguir formando parte de «Juntos por el Cambio».

Penúltimo párrafo para los radicales. A pesar de los esfuerzos de Peña, por omitir su lugar en la historia, «salvaron la ropa» en Mendoza, en Córdoba y Entre Ríos, aunque perdieron en Jujuy y Corrientes. Habrá futuro para ellos, dentro del formidable bloque leal a Cambiemos o se dejarán seducir por un gabinete o armado político que se parezca a la transversalidad de Néstor cuando atrajo a los Cobos, Raimundi, Cornejo, Moreau, etc.?

Mientras en «usinas del círculo rojo» como Radio Mitre, se ilusionan con una nueva fase republicana, donde el ganador encuentra límites como los ya comentados al desborde hegemónico, podrá AF gobernar mejor de lo que significa ganar elecciones? Podremos tener alguna vez, además de coaliciones electoralmente exitosas, otras igualmente duraderas de gestión o gobierno? El acuerdismo que despreció Macri, no será suficiente para manejar el país si no está acompañado de un plan económico integral y consistente que ataque la inflación, estabilice la economía y ponga su foco en la exportación. No hay margen para el error, tampoco para seguir dilapidando tiempo intergeneracional y ver cómo los vecinos nos superan. Ni hablar qué pasará con muchos argentinos si en el ballotage uruguayo, triunfa Lacalle Pou.

UN MILAGRO PARA MACRI HACIA OCTUBRE

Confieso que cuando el lunes pasado por la mañana, en Viena, Ekaterina, dueña de un prodigiosa intuición, me avisó que en la info de su celular, no aparecía como ganador o ganadora de la elección primaria en Argentina, ni Macri ni CFK, pensé en lo peor -y adiviné-: ganó Alberto Fernández (AF), quien por primera vez en su vida, había abandonado por un momento su traje de «monje negro» para convertirse en un líder expuesto y vencedor en las urnas. El problema no era sólo su triunfo sino el elevado margen con el que lo hizo: cuando vi los porcentajes, tampoco podía creerlo. Hasta supuse que igualmente sorprendidos estarían mis amigos peronistas, que aventuraban desde hacía meses, igual que la consultora Isonomía, que Macri podía perder hasta en primera vuelta con CFK -algo que ella misma ahora debe estar mascullando por regalarle tanto protagonismo a AF-.

En fin, las sorpresas, ahora llamadas «cisnes negros» siempre existieron aunque no dejo de buscarles alguna explicación: ése es mi rol de analista. Porque más allá del singular discurso impregnado una vez más de misticismo republicano de la Diputada Elisa Carrió el jueves 16 de agosto en el seno del gabinete ampliado -en pleno shock y duelo juntos-, en el que retó y reprochó a marketineros como Durán Barba, «mártires» como Marcos Peña, funcionarios insensibles y cobardes, veraneantes europeos como yo mismo, en suma, a la sociedad toda, lo relevante es entender que la sorpresa tenía muy poco de ello. Es que nadie quiso ver lo que estaba ocurriendo desde por lo menos, la crisis devaluatoria de abril de 2018, es decir, el gobierno estaba licuando rápidamente su capital político acumulado hasta la parlamentaria de octubre de 2017 y su estrategia de confrontar o polarizar con CFK para sacar rédito, sin tomar ninguna medida estructural, por temor a pagar costo político, no hacía mas que unir al peronismo, lo cual lo dejaría en franca y evidente desventaja a Macri de cara a este agosto.

Que luego los grupos focales del ecuatoriano, las encuestas, la propia Isonomía que se iría desdiciendo de sí misma en abril, los medios, los periodistas, hasta los mercados, creyeran que Macri había emparejado, es otra historia. Pero la realidad, oculta tras el voto vergonzante de la clase media -la que se quedó en Argentina-, estaba presente desde hacía mucho. Ni siquiera el propio kirchnerismo la vio venir en toda su dimensión.

Qué queda de aquí a futuro, en 2 meses? La reacción del dólar el mismo lunes, con mercados temerosos de otro default, la amenaza brasileña de quebrar el bloque regional, la especial atención de Washington, etc., complican a AF más de lo previsto y lo obligan a seguir con atención la trayectoria del «teorema de Baglini». La sensatez puede primar sobre cualquier fantasía populista y entonces, en su horizonte, puede perder votos desencantados con su nuevo realismo o abrir grietas con el ala kirchnerista. Tanto pragmatismo -no creo-, pueda soportar CFK y su entorno.

A Macri no le queda otra más que «remarla» y dar un giro de 180 grados en su política y su entorno: será capaz de hacerlo? En 2015 -desde setiembre-, lo hizo; por qué no ahora? Otra vez, estará a prueba su liderazgo tan singular pero para revertir todo en dos meses, deberá alejarse de influencias cercanas tóxicas y dar señales claras -y no ficticias- de cambio. La llegada de Lacunza por un inoperante Dujovne, puede avanzar en tal sentido. Porque para cambiar al país, como prometió, antes deberá cambiar él.

LA FIEBRE DE LA AMPLITUD

Macri y CFK son simétricos en el fondo y hasta, muy predecibles. En más de una ocasión, han jugado a adoptar medidas o tomar decisiones similares aunque antagónicas siendo el gran desvelo de ambos, intentar sorprender al adversario. En las últimas semanas, han desnudado otra vez, tales intenciones con las maniobras que han ejecutado, aunque descarto que hayan sido fruto de un planeamiento excesivo y por el contrario, más bien, producto de sus respectivos impulsos personales. En efecto, aunque uno pretenda recrear el 1995 de Carlos Menem y el otro, el 2007 de los Kirchner, tanto Miguel Angel Pichetto (MAP) como candidato a Vice de Macri y Alberto Fernández (AF), como «candidato a Presidente» (sic) de CFK, lejos de ser producto de la racionalidad y el cálculo mensurado, son más que nada, resultado de la desmesura y la desesperación por no perder -poder-.

Después de entretenernos -y agobiarnos- durante largos 4 años con una grieta ficticia, alentando a sus correspondientes «tribus» sectarias pero minoritarias, haciéndonos perder un tiempo precioso en términos de gestión macroeconómica y madurez política, han privilegiado por fin, escoger el camino de la moderación y el centrismo. Ahora que ambos se han percatado que ninguno de ellos le puede ganar al otro, con las recetas del manual duranbarbista ni con el «Frepasito tardío», salen urgidos, aunque las disfracen de maniobras inteligentes y racionales, obsesionándose por leer y copiar las experiencias de la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile o el Frente Amplio en Uruguay. Los «instrumentos» son MAP y AF, las versiones criollas de Edgardo Boeninger Kausel y Julio María Sanguinetti, respectivamente, para graficar de una manera elocuente, tamaño roles y jugadores cruciales en el complejo entramado político de los países más -institucionalmente- «europeos de América Latina.

El problema, les recordaría a Mauricio y Cristina, es que en tales países, los partidos políticos existían y existen y aquí no, tras el cataclismo del 2001 y el Pacto de Olivos de 1994, por lo que tal coalicionismo, necesidad de acuerdos y vocación por el centro para eliminar toda grieta, se construyeron en nuestros países hermanos sobre aquellas bases sólidas y no sobre arena como en Argentina. Tampoco fue la conveniencia y mezquindad de ganar una elección evitando un ballotage, lo que persiguieron aquellos actores estadistas extranjeros: fue encarrilar primero y acabar luego, con durísimas transiciones postmilitares. Probablemente, la resistencia y cerrazón derivada de un falso principismo y la flexibilidad posterior para negociar y alcanzar consensos son meras etapas (ineludibles, irremediables pero necesarias) de un largo proceso político por quebrar y derrotar pacíficamente un bloque hegemónico, de dureza autoritaria.

Pero la grieta argentina, lejos de operar en tal contexto, se construyó desde el marketing ante la orfandad de ideas y pobreza del debate de la elite nacional, por lo que jamás se requirió construir otra mayoría que haga del diálogo, su principal sustancia. Paradójico es que el gran acuerdo Perón-Balbín se haya pergeñado cerca de la muerte de ambos y que el Pacto de Olivos lo haya sido con el exclusivo e inocultable propósito de asegurarle a Menem su reelección y a los radicales, la oposición sistémica. Existe una altísima correlación entre el egoísmo puro y cortoplacismo de la clase política -deshonesta, tránsfuga y volátil- y una sociedad civil manipulable y cómplice.

Aunque por razones diferentes -en el caso de Macri, mala praxis macroconómica y asegurar gobernabilidad ante el más de una vez despreciado «círculo rojo» y en el de CFK, para ganar impunidad y no pagar costos políticos de concesiones que traicionarían a sus feligreses -, tampoco deja de sorprender que la necesidad de moderación de ambos, se logre con sendos operadores políticos, sin votos propios, como MAP y AF. Nunca en 36 años de democracia argentina, con la excepción de Zanini, en la fórmula de Scioli, tales «monjes negros «, quedaron tan expuestos en la faz pública. O la gobernabilidad a posteriori de noviembre, es tan clave para ganar votos o para seducir al establishment que financie las campañas o, los moderadores son los operadores o no se entiende muy bien estas «jugadas maestras». En cualquier caso, hay que recurrir a figuras peronistas, porque según parece y a pesar de que el peronismo como partido esté herido de muerte, como dice Durán Barba, tal identidad sigue siendo útil para hacerle más edulcorado a los argentinos, el tránsito tardío al capitalismo moderno.

Claro, es la misma identidad que condujo al evidente fracaso económico de décadas -5 o 7 da igual-, el mismo que tal vez ahora obra como estímulo, una vez más, para demostrar el «Teorema de Baglini». Del lado del Presidente, ir a buscar a Pichetto para resucitar -la castigada por Marcos Peña- «pata peronista» del PRO, embrionaria en 2003, aquélla que ayudó a crear Macri con el colombiano De Narváez (ex dueño de Casa Tía) en la Fundación Creer y Crecer o la triunfadora de hace una década, sobre el propio Néstor Kirchner en las parlamentarias bonaerenses, bajo el paraguas de la Unión-Pro junto al citado «Colorado» y al otro «saltimbanqui» Felipe Solá, como del lado de CFK, rogarle a Fernández, para recrear el 2005 de la transvesalidad, es el reconocimiento más palpable y patético de una dirigencia política que va y viene a los mismos lugares comunes: el ya célebre «ciclo político político argentino», que tanto Manuel Mora y Araujo, Pierre Ostiguy y tantos otros, se aburrieron de describir. Le advierto a ellos que por más que Pichetto extremice su lenguaje, con frases maccarthistas, xenofóbicas o de «mano dura», intentando «bolsonorisarse» para captar votos extremos y Fernández se «corbinice» como un hippie viejo atractivo para los jóvenes, lo único que hacen es desnudar la pobreza de ideas y la funcionalidad a sus dos «Príncipes».


Cualquiera sea el estímulo o detonador, ojalá los vaya convenciendo a ambos principales actores de la decadente película argentina actual, a medida que adquieran conciencia que sus «brillantes» movimientos tácticos también hallan límites, incluyendo favorecer a toda otra «tercera vía» por la que compiten Lavagna, Espert o la izquierda, que la acuciante realidad, se impone, por encima de los recurrentes artilugios de toda especie, con los que se obstinan en embaucarnos.

La Opinión de A. Malamud

La Opinión de Zuleta Puceiro

El triunfo del ala política del gobierno

CFK EN EL CENTRO Y HACIA EL CENTRO?

«Con Cristina no alcanza pero sin ella, no se puede» (Alberto Fernández)

En un país que perdió la brújula allá lejos en el tiempo y donde no se discuten proyectos colectivos, sino trayectorias personales, ahora a tono con la realidad de la política mundial, no sorpende que las únicas noticias provengan de las situaciones o conductas que gesten o atraviesen los actores principales del devenir político nacional. En el último lustro, ese protagonismo básicamente lo han tenido el Presidente Mauricio Mauricio Macri y la ex Presidenta -dos períodos- Cristina Fernández, viuda de Kirchner.

Además, los asesores a cargo de la gestión de campaña de Macri, han estimulado la confrontación entre ambos, produciendo una «grieta», en gran medida para disimular la inoperancia del gobierno, no obstante que ellos hayan dado pruebas de que tal antinomia existe «científicamente» en los grupos focales con los que trabajan semana a semana. Desde el año 2017 en que la ahora Senadora fuera derrotada en el distrito bonaerense, esa grieta lejos de haber desaparecido, se mantuvo impertérrita y hasta se profundizó, en los medios de comunicación, las redes sociales y el discurso de la mayoría de la clase política y hasta empresarial. Los mercados han reaccionado una y otra vez ante los movimientos de la ex Presidenta y en un contexto de altísima volatilidad financiera y monetaria, estimulada por la propia mala praxis del elenco gobernante, este año electoral, parecía ir inexorablemente hacia una segunda vuelta dirimida entre los dos grandes protagonistas.

Sin embargo, en los últimos dos meses, hubo enormes presiones del «establishment» (o «círculo rojo», como le agrada llamarlos el encuestador ecuatoriano Durán Barba) para que Macri abandone el barco, deje su candidatura a María Eugenia Vidal («Plan V») y fortalezca la «pata peronista» de «Cambiemos». Claro que dicha jugada es muy riesgosa porque puede nacer políticamente débil -recuérdese lo ocurrido con Angeloz en plena debacle alfonsinista- y porque deja huérfano el bastión de la Provincia de Buenos Aires, muy relevante para ganar la elección presidencial. Negándose a admitir su fin como partido nacional, los radicales, socios siempre imprevisibles y no muy leales, como quedó demostrado con la Alianza de De la Rúa y con el propio kirchnerismo (Cobos), esperan hasta su Convención, el 27 de mayo para definir si acompañarán a Macri «hasta el cementerio» o lo abandonarán para optar por un eje moderado (con socialistas y peronistas del interior).

Del otro lado, pendiente de sus potenciales juicios por corrupción y mirándose en el espejo de Lula, CFK tomó nota de todo y buscó no perder el centro de la escena, aunque tornándose pragmática y moderada, como en sus viejos tiempos (2007 y 2011). No era para menos: hace 8 años que pierde elecciones y a sabiendas que ni el peronismo de los gobernadores (mejor fiscal y electoralmente con Macri que con ella misma) ni el gobierno ni los medios tolerarían su regreso y le prepararían un «blitzkrieg» mortal, intentó reposicionarse.

Como una orfebre, fue tejiendo cada uno de sus pasos. Se impuso silencios largos, con los que subió en las encuestas, aprovechando la debacle de su»Otro» (Macri); tendió puentes con el Papa -vía Juan Grabois-; evitó humillaciones en las elecciones provinciales, bajando a sus candidatos; se reconcilió con viejos socios devenidos en enemigos como el Presidente de la Corte Suprema, Lorenzetti, el sindicalista camionero Hugo Moyano pero sobre todo con Alberto Fernández -viejo operador de Menem, Cavallo y Duhalde y ex Jefe de Gabinete de Néstor- y, luego de hacer un acto triunfal con la presentación de su libro en la Feria del Libro -a la que también antes defenestró-, volvió a cobijarse en el sello del PJ al que había despreciado cuando logró su histórico 54 % Para rematar su teleraña, hoy a las 9 de la mañana presentó y fundamentó en un video difundido en las redes sociales, su candidatura, pero a Vicepresidenta, del propio Alberto Fernández.Todo sea para volver al poder, con otro ropaje, con otros estilos, con otros ejecutores, con otros valores -aparentando magnanimidad y generosidad-, exhibiéndose hasta seductora de los sectores medios que ella misma cuestionó otrora a granel.

Alberto Fernández en la UNVM, abril de 2018.
Alberto Fernández en el programa de Roberto García en mayo de 2017.

En la vereda opuesta, Macri, que no sólo se equivocaba gobernando, sino que además, parecía imitarla con su último «no-plan económico»: precios esenciales», actuaba como una fuerza centrífuga: ahuyentaba radicales, como Storani y Alfonsín (hijo) pero también operadores propios valiosos como Monzó y Massot -quien seguramente le tendió una trampa reciente en Córdoba-; se recostaba en laderos republicanistas pero confrontativos como «Lilita» Carrió y el círculo ultramacrista del Jefe de Gabinete, Marcos Peña e, insistía con sus peleas a lo Pugliese (1989), con los empresarios y comerciantes. Hasta parte de la «mesa chica» de «Cambiemos» le pudo haber solicitado «por lo bajo» que decline, valorando que pasará a la historia como el primer Presidente no peronista que termina su mandato desde 1928 y que su gobierno será recordado por el gran respeto de la libertades civiles, cuando pocos esperaban ese mérito de un Mandatario Ingeniero.

El martes 21, CFK irá a tribunales a afrontar su primer juicio oral, algo que estuvo en duda, ante las idas y venidas de la Corte Suprema, que pareció apostar a su triunfo. Si hace de ello, una nueva victimización que le reeditúe, habrá que esperar a verlo. Pero si continúa tejiendo a través de Fernández, para que en estas semanas previas a las PASO, en las que empezará a medir en las encuestas, medra en el seno de algunos gobernadores, atrae a Massa y otros peronistas no K y se torna amigable con poderes fácticos, pronto todo puede sonreírle más allá del adverso contexto judicial, incluso por qué no, invertir el sentido de la fórmula. Más allá de todo racionalismo, ya sea habiendo construido esta jugada, por impulso, para ocultar su propia debilidad -y temor por la embestida judicial- o, como prenda de futuras negociaciones con el resto del peronismo, con la posibilidad hasta de alterar el sentido de la fórmula, Cristina se comporta como una realista de pura cepa.

De todos modos y más allá de las analogías históricas (Cámpora-Solano Lima y Perón-Perón en 1973 y 1974, respectivamente), y sin aventurar interpretaciones machistas que me atraen en torno al peso moderador que ejercen los hombres en su entorno, CFK retomó la iniciativa: con un sólo y ágil movimiento de piezas, movió todo la totalidad del tablero político argentino. Advirtiendo su desgracia futura o, especulando con el discurso de la «unidad» licuando la estrategia de la Rosada, CFK le dejó a peronistas «racionales» como Schiaretti, Urtubey y Pichetto y al propio gobierno, la oportunidad tardía de hacer las próximas movidas.

Dependerá de ellos, asomar como más inteligentes e impedir que la ex «Primera Ciudadana», sin figurar ya visible en primer término, les cope el centro para no llegar primera en la línea de largada de agosto porque resulta claro que en las próximas semanas, fanáticos y rivales, hablarán de ella.

Para Macri, en cambio, cuando la economía comenzaba a tranquilizarlo, estas novedades del bando contrario, no parecen dejarlo en paz, al descolocarlo. Dependiendo de la reacción de los mercados el lunes 20, pueden ser semanas aún más difíciles para un Presidente que prometió modernizar y cambiar al país y termina enredado en su propio laberinto y en un pasado que su archirrival quiere que se asemeje más a 2007 que a un futuro promisorio.