ALGO HUELE MAL EN….. ZAGREB

Esta vez, la frase shakespereana no se aplica a Dinamarca, sino al rincón de los Balcanes en pleno corazón de Europa, que hace 20 años vivió una guerra horrorosa, la antepenúltima, antes de Georgia (2008) y Ucrania (2014-hasta la actualidad). Cabe aclarar que ese conflicto fue el tercero que asoló la zona en apenas 90 años, si incluimos en la nefasta cronología, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) -cuyo epicentro inicial fue justamente la Península- y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Pero hacia atrás y pensando en el siglo XIX, cuando lo atravesó bajo la éjida del Imperio Austro-Húngaro, la zona también vivió otras guerras.

Esto significa que la experiencia de horror, sufrimiento, dolor, crueldad, incomprensión, aislamiento, egoísmo puro, etc., es decir, un cúmulo de sentimientos negativos que afectan a largo plazo el tejido social, se generalizó y perduró a través de generaciones enteras, de modo comparable tal vez, a otras regiones en el mundo, como Medio Oriente.

Lo paradójico es que al mismo tiempo que esto ocurría, esta Península europea meridional, en el límite con otras civilizaciones no occidentales (eslava y musulmana) era el refugio de gran cantidad de minorías étnicas, linguísticas y religiosas que precisamente, empezaron a convivir, algunas desede más temprano, otras, desde más tarde en el tiempo, alternando fases de fraternidad y odio, que cada tanto, eclosionaron. Esa mixtura cultural hizo que al lado de la tristeza, aflorara, otras sensaciones como la alegría, la creatividad, todo en máximas dosis, de tal modo, de opacar aquello negativo, permitiéndole sobrevivir a aquella humanidad balcánica lo mejor que se pudiera. La forma desenfrenada de vivir el dolor y la felicidad («beber, bailar y fornicar»), siempre «en familia», es una particularidad de los balcánicos, que en algunos aspectos, se asemejan a la cultura italiana o española, pero también a la oriental, como las del norte de Africa o al Asia sudoccidental.

El cine, una vez más, ha reflejado esta idiosincracia. Las películas del bosnio, hoy nacionalizado serbio, multifacético, director de cine y músico, Emir (rebautizado «Nemanja») Kusturica, gran admirador de la nación argentina, su ícono futbolístico Diego Maradona y el tango, son testimoniales de esa bomba de pasiones en exceso que representa lo balcánico, sin siquiera animándose a tomar partido por algún bando, como suele hacer «Occidente» al «demonizar» por ejemplo, a los serbios (cristianos ortodoxos). Porque para Kusturica, como para el reciente Premio Nobel de Literatura, de origen esloveno, el austríaco Peter Handke, los serbios «no son tan malos» ni los demás (los católicos croatas, ex ustachas o pronazis, los bosnios y albano-kosovares islamistas, los macedonios, montenegrinos y eslovenos), tan angelicales, en un contexto donde ha prevalecido tanto la integración (gran cantidad de matrimonios y vecindarios interétnicos) como la fragmentación (deslealtades, traciones, delaciones, «limpiezas» étnicas).

Es que no sólo que no se puede hablar, excepto tal vez de la eslovena, de la «comunidad croata», la «comunidad serbia», la «comunidad bosnia», la «comunidad montenegrina», la «comunidad macedonia» y mucho menos de la «comunidad kosovar», porque en todas hay otras minorías de las mencionadas yuxtapuestas, sino que además, han habido -y hay- serbios que lucharon contra el despotismo oportunista del ex Presidente yugoslavo -y serbio- Slobodan Milosevic (1989-2000); croatas que no son pronazis ni negadores del «Holocausto»; eslovenos que se sienten apoyados pero también traicionados por los croatas, kosovares que no consideran enemigos a los serbios y así sucesivamente, tal como lo demuestran los artistas e intelectuales nombrados.

Tanto en «Underground» (1995), donde Kusturica explica de modo tan fantástico como surrealista, 5 décadas de historia balcánica, desde 1941 -la invasión nazi- pasando por el período «yugoslavo» del Mariscal Tito, asemejándolo a la «alegoría de la caverna» de Platón para finalizar con la guerra de 1991-1999, como en «La vida es un milagro» (2004), entre otros filmes, hay un intento de describir una realidad paralela, donde el mundo privado (saciador) parece alejarse del público (insoportable), en el que se puede delatar, traicionar, secuestrar, violar y matar, aún al hermano, al amigo o la amante. Todo ello, en un contexto de verdadera locura -o no-.

Claro, la zona está en Europa que es «Occidente» y la pregunta es cuál ha sido el papel de ambos en conflictos que han sido típicamente europeos y semioccidentales. En gran medida, ya en los años noventa, en plena era clintoniana, de euforia por la globalización y postmodernidad, películas con el sello de Hollywood, como «El pacificador» (1997), «Savior » (1998), «Detrás de las líneas enemigas» (2001) y «La verdad oculta» (2010), como la serbio-bosnia «En tierra de nadie» (2002), han sido relativamente críticas con el papel de OTAN y las fuerzas pacificadoras de la ONU (UNPROFOR), despectivamente llamados «pitufos» por los nativos, precisamente por su papel de indiferencia o impunidad atroz, como lo prueban la matanza de Srebenica (1995), el tráfico ilegal y abusos de chicas jóvenes de Europa del Este y el bombardeo despiadado sobre Sarajevo (la capital bosnia) en la primavera-verano de 1999.

Hoy, si bien Eslovenia y Croacia están en la Unión Europea, desde 2004 y 2013, respectivamente, no por ello, atraviesan situaciones de holgura económica, ni patrones de bienestar social ni siquiera semejantes al del norte de Europa o países escandinavos. Muy por el contrario, incluso normativamente, su acceso al «club europeo» no estuvo exento de dificultades y debates, además de que aún entre ellos, mantienen fronteras y migraciones, impidiendo lo que es norma en el resto del territorio europeo: la libre circulación de personas, porque a Croacia no le permiten adherir al régimen de Schengen. Para colmo, los rodean vecinos que están en una situación mucho peor: hay situaciones de Estados fallidos o inestabilidad política crónica, cuando menos en Montenegro, Macedonia y Kosovo. La globalización llegó para quedarse allí pero en forma de tráfico ilegal de armas, drogas y personas, con volúmenes de dinero sucio con el que se financia a los políticos oportunistas que explotan el nacionalismo delirante (la «Gran Albania» o la «Gran Serbia»), mientras se vive un colosal drama humanitario: a los chicos huérfanos de la guerra de hace 20 años, crecidos sin amor alguno, en orfanatos, hay que sumarles los que ahora vienen de tierras lejanas como afganos, sirios, iraquíes, yazidíes, libios, kurdos, etc.

Dicho todo esto, no se me ocurrió mejor idea que llegar a Zagreb, la capital de Croacia, este año, un 5 de agosto, precisamente, el día en que se conmemoraba el triunfo croata sobre los serbios que luego conllevaría a la independencia de aquella nación católica, la primera en secesionarse tras las ruinas de la ex Yugoslavia en octubre de 1991. Lo hicimos con mi novia Ekaterina Zvekova, tras vivir una verdadera odisea, viajando en bus de origen croata (Croatia Bus), desde la ciudad alemana de Frankfurt, donde gozamos y sufrimos en carne propia, lo que es tanto la camaradería de un chofer eslavo como la descortesía y brutalidad de su mismo colega connacional.

Aquí se puede ver buena parte de la ciudad embanderada, típico de una ambiente festivo. Pero claro, ese mismo día, en la frontera serbia, la ceremonia no tiene nada de alegría sino muy por el contrario, se recuerda ese día, en honor a los muertos en combate. Al poco tiempo de caminar en busca de un supermercado abierto, tarea infructuosa, la respuesta verbal cortante y hasta agresiva de un veterano croata a la pregunta ingenua de un turista. me hizo recordar que estábamos en un territorio donde las heridas no cicatrizan y la violencia se respira en el aire.

Vamos a ver las fotos de la histórica ciudad de Zagreb (900.000 a 1,1 millones de habitantes), con sus numerosos templos católicos, mercados o ferias, bares, edificios premodernos, escuelas confesionales, teatros y parques.

Como se ve en estas imágenes, Croacia también tiene un importante campesinado, cuya producción luego se vende en las ciudades como Zagreb. Muchos habitan en pequeñas aldeas, entre las montañas, con sus casas precarias, rodeadas de gallineros y dedicados a la cría de cabras. Es habitual observar en dichos hogares, pequeños altares dedicados a la Virgen o santos diversos. Tal fisonomía permite aventurar la naturaleza convervadora de dichas poblaciones. «En la Vía Láctea» (2016), otra película que protagoniza el propio Kusturica, pero acompañado por la escultural italiana Mónica Bellucci, puede comprobarse esta mirada sociológica de la zona rural croata.

Vamos descubriendo muchos turistas con marcado acento español a medida que caminamos y claro, la afinidad religiosa pareciera ser una clave para entender tal presencia, porque los vemos sobre todo, visitando las iglesias.

Como se puede apreciar aquí, algunas fachadas, de casas relativamente cercanas al centro «moderno» se hallan en pésimo estado.

Continuamos nuestro camino hacia la parte alta de la ciudad.

El fútbol está presente en más de un negocio. Ello explica la pasión por ese deporte y lo poderosos que son jugándolo, considerando el antecedente de la ex Yugoslavia que batalló contra Argentina en el Mundial de 1990 en Italia, mientras la vieja federación empezaba a desangrarse y los buenos equipos de Croacia en Francia 1998 y el año pasado, en la propia Rusia 2018. Ni hablar del tenis, donde los croatas también se han lucido: con jugadores como Goran Ivanisevic –reciente coach del campeonísimo serbio Novak Djokovic– y el «pelado» Iván Ljubicic, bosnio nacionalizado croata, actual entrenador del genial Roger Federer pero que como singlista, hacía batallar en demasía a nuestro cordobés David Nalbandián a comienzos de los 2000 y hoy, Marin Cilic, todos ganadores de la Copa Davis, en sus ediciones 2005 y 2018, ambas como visitante en Bratislava (Eslovaquia) y Lille (Francia), respectivamente y, -subcampeones nuestros en 2016, precisamente en Zagreb-.

El periplo prosigue por barrios más alejados del centro aunque allí también veremos al pintoresco tranvía en sus últimos tramos, cuando no, algún exótico dragón postmoderno («arte contemporáneo») en algún patio de casa de clase alta o media-alta o simpáticos carteles advirtiendo de la presencia de perros guardianes.

Con banderas y más banderas. Nacionalismo croata y religión católica. Hay demasiado conservadorismo por aquellas tierras, donde los nazis fueron recibidos como héroes en 1941 y como queda dicho, numerosos turistas son españoles. Alguna coincidencia histórica o cultural, tal vez? Recordemos que también hubo argentinos enrolados como voluntarios en la guerra contra los serbios y hasta un par de muertos. La diáspora croata en el mundo ayudó muchísimo a disimular la asimetría militar entre las fuerzas croats y serbias en el conflicto.

Penúltima etapa del paseo.

Ahora sí, terminando, en la parte antigua de la ciudad, que coincide con la más alta. Allí, más exactamente en el Art Park, hay un exótico túnel donde hay baños y bebedores, con una entrada difícil de imaginar como tal. Lo insólito es que también hay un «Café Argentina».

Final. Tierra de discordia. Pónganse de acuerdo por favor, Tesla es croata o serbio? Algo dijimos al respecto hace un par de años.

No me quiero olvidar: para quienes les interesa la problemática balcánica en profundidad, nada mejor que consultar las páginas y artículos habituales de un académico español que reside desde hace años, en la Península: Miguel Rodríguez Andreu, editor de la Revista Balcanes, columnista habitual de esglobal.com e investigador de la red de especialistas dedicados a Europa Oriental, Asia Central y Rusia postsoviética llamada GEurasia.

 

 

MI «WATERLOO» EN BRUSELAS

Bélgica (11,5 millones de habitantes) es un país pequeño y diverso, cuya capital, Bruselas, también lo es de la Unión Europea.

Un Estado tapón tal vez? al estilo de Uruguay. Me llamó la atención al recorrer la capital, la gran cantidad de monumentos, recordatorios y hasta bares alusivos a los ingleses. Habían sido ellos quienes, tras Waterloo (1815) -localidad de la célebre batalla, a 15 km., a la cual volveré más tarde-, pergeñaron la independencia de este país para neutralizar futuros ataques de los franceses al resto del continente? Considerando sobre todo que en la mitad de Bélgica , la Valonia, se habla el francés; en la otra mitad, la región de Flandes, el flamenco.

Dada esa división lingüística clara, Bélgica es un Estado federal, precisamente para contener semejante tensión. Además de la capital, lucen como relevantes, centros urbanos como el gran puerto de Amberes, la bonita Brujas, -adquirió fama mediática por un film de 2008-, Gante, Gerk, Namur, Charleroi y Mons, entre otros.

Bélgica, es célebre por Tintín. el Manneken pis, la cerveza Stella Artois, los chocolates artesanales, entre otros.

Bruselas es una capital muy especial, una ciudad muy pequeña en términos de población: apenas 181.726 habitantes. En cambio, la región donde se halla la capital, es una de las 3 regiones de este país federal, junto con Flandes y Valonia, sumando más de un millón de habitantes , en apenas 161 km cuadrados. Allí hay 18 Municipios más, entre los que se destacan Anderlecht, Mollenbeek y Schaerbeek,entre otros.

Mollenbeek, con más de 97.000 habitantes, tiene un 40 % de comunidad musulmana, fundamentalmente marroquí, aunque también hay allí polacos, rumanos, turcos y congoleños. Dos grandes responsables de los atentados terroristas en Atocha (Madrid) en 2004 y en la propia Gare Centrale, en junio de 2017, vivieron allí. Schaerbeek, con unos 133.000 habitantes, posee una poderosa comunidad turca.

Aquí vemos algunas fotos de la última comuna mencionada.

Tal riqueza multicultural se observa por ejemplo, en el fútbol: el blanco, europeo y belga puro Eden Hazard convive con Chadli, Dembélé y Lukaku, entre otros, grandes figuras en el Mundial de Rusia 2018.

Al norte de la región capitalina, se puede divisar el Atomium, uno de los monumentos emblemáticos de la ciudad, construido para la Exposición General de Primera Categoría de Bruselas en 1958, la primera más importante organizada tras la II Guerra Mundial en Europa.

Cabe recordar que este país tan bonito y verde -porque es por demás de lluvioso y húmedo-, estuvo con su régimen parlamentarista, 541 días sin gobierno en 2010-2011 y sin embargo, semejante detalle institucional no causó ningún revuelo en la opinión pública, ni afectó a la economía.

En el barrio de Schaerbeeck, l`Eglise Royal de Sainte Marie (la Iglesia Real de Santa María).

Jardín Botánico de Bruselas.

Esta es la Colonne du Congrès (Columna del Congreso) en homenaje a la independencia belga y al Rey Leopoldo I.

Organización GS1 Belgium & Luxembourg (The Global Language of Business).

Monumento a Augustin Daniel Comte-Belliard, General francés que peleó para el Emperador Napoleón Bonaparte y el Mariscal  Joachim Murat, pero que luego de Waterloo, sufrió la cárcel y juró fidelidad al Rey Luis XVIII.

Los canes también tienen su lugar aquí.

Pero claro, este viaje a Bélgica no hubiera tenido mayor atractivo sino se hubiera agregado a él, la insólita experiencia de la pérdida -transitoria- de la pérdida de mi pasaporte. Por qué mi Waterloo propio? Por la forma en que se dio. Al igual que Napoleón, que tenía la batalla ganada y a quien la lluvia copiosa lo empantanó, permitiéndole ganar tiempo al inglés Welleslley (Duque de Wellington), yo tenía todo previsto para viajar a París cómodamente con mi novia Ekaterina, con todo en horario y visitando el Palacio Real de Bruselas como último entretenimiento. Una lluvia imprevista de verano, más los nervios del momento más la mano de un tercero abriédome la mochila para arrebatarme el documento tan importante para poder viajar en continente extranjero, terminó arruinándome o por lo menos, generándonos una gran carga de incertidumbre, que sería subsanado algunos días después cuando sí lograríamos recuperarlo, gracias a la ágil y comprometida gestión de la propia guardia de seguridad del Palacio Real, pudiendo ahora visitarlo por dentro, como nos habíamos propuesto el sábado anterior.

 

Allí conocimos donde habitó históricamente la familia real belga, la Casa de Sajonia-Coburgo y Gotha (desde 1831), la misma que catapultó al trono, a Leopoldo I (hasta 1865), Leopoldo II (1865-1909), Alberto I (1909-1934) y Leopoldo III (1934-1951), el célebre Balduino (1951-1993) y del actual monarca Felipe -hijo de Alberto II- y su esposa Matilde, quienes entre otros hobbies, tenían por ejemplo, apoyar fuertemente a la ciencia, pero también las investigaciones en el espacio, lo cual me parece insólito, considerando el tamaño y envergadura política de Bélgica.

Hora de despedirnos de la muy cambiante -climáticamente- Bélgica. Camino a Lille, ya en Francia.

HAMBURGO, EL NUCLEO HANSEATICO

En numerosas ocasiones de la historia mundial, la existencia de verdaderos «agujeros negros», espacios terrestres o marítimos ilegales, que escapan al control estatal, permiten la creación de otros vecinos, que buscan defenderse de los daños colaterales de aquéllos.

Por ejemplo, las expediciones comerciales y la piratería eran ya frecuentes en el Mar Báltico desde el advenimiento de los vikingos. El descenso económico de Novgórod en Rusia por tal motivo, permitiría poco después, el auge de otra zona en Europa, al norte, pero en la franja occidental.

En efecto, en la segunda mitad del siglo XII y el comienzo del XIII, se fundaron numerosas ciudades alemanas en la costa báltica: Lübeck (1158), Rostock, Elbing, Danzig (hoy Gdansk), etc. En estas ciudades, los mercaderes se instalaron rápidamente en el poder y en poco tiempo, Lübeck fue el nodo central de todo el comercio marítimo que unía las zonas del Mar del Norte y el Báltico.

Fuentes de madera, cera, resinas, ámbar, pieles, trigo y centeno, comenzaron a comerciarse fuertemente entre los puertos alemanes, donde empezó a destacarse Hamburgo, con Flandes e Inglaterra. Hasta fines del siglo XV, duró el esplendor de esa Liga Hanseática, con una organización flexible, descentralizada, configurada en torno a 70 a 170 ciudades del norte de Europa, incluyendo las capitales de los hoy Estados Bálticos. A la Hansa, la terminaría de socavar el Estado-Nación y el surgimiento de las monarquías absolutistas en casi toda Europa.

Lübeck, Bremen y Hamburgo sobrevivieron en la Liga hacia 1630 y luego, como ciudades-Estado libres, hasta el advenimiento del nazismo en el primer tramo del siglo XX.

Fundada en el 808 d.C., fue Federico I Barbarroja, quien le otorgó a Hamburgo, el status de «Ciudad Imperial Libre». En 1529, se convirtió al luteranismo y empezó a recibir oleadas de inmigrantes judíos, procedentes de Países Bajos, Francia y hasta Portugal. Napoleón ocuparía Hamburgo y luego, en 1814, los rusos la liberarían. Ya en el siglo XX, fue sede del partido nazi y sería bombardeada y destruida en un 70 %, por la RAF británica, durante la II Guerra Mundial. Formaría parte de Alemania Occidental, luego de la gran conflagración.

Hoy, Hamburgo está organizado en 7 distritos: Altona (el más occidental, sobre la margen derecha del Río Elba); Bergedorf; Eimsbüttel, que incluye a Rotherbaum, donde se juega el ATP de tenis cada año; Hamburg-Mitte, el centro urbano, que incluye a HafenCity y Sankt Pauli; Hamburg-Nord; Harburgo, en la orilla meridional del Elba y, Wandsbeck. Casi el 15 % de la población es extranjero y el 20 % de ellos, son turcos, con una buena parte de polacos y anglosajones.

Llegando a Hamburgo, desde Berlín. Puede apreciarse el verde de la pradera boscosa alemana, además de las placas de energía solar, tal cual Angela Merkel predica en favor de las «energías limpias».

Aquí podemos ver parte de la bella ciudad.

Hamburgo también cuenta con bellos parques. El Planten un Blomen es famoso.

El resto de la ciudad.

Un alemán un tanto anárquico: también los hay.

Argentina siempre está.

El alcohol en estos lugares del norte de Europa, por el frío invierno o la depresión, también, aunque no sabía que fuera «espirituoso», ja ja

Este es un barrio de clase alta, aristocrático, llegando a Rotherbaum. Paradójicamente aquí hubo desaparecidos, secuestrados y asesinados en campos de concentración nazis, seguramente habán sido judíos o por qué no, alemanes arios. Hay recordatorios de sus antiguos inquilinos o propietarios en las veredas o cerca de las puertas.

La despedida no podía ser sin degustar una buena cerveza alemana en el centro hamburgués, aunque el mozo fuera un inmigrante asiático.

FRANKFURT, LA ALEMANIA GLOBALIZADA

Alemania cuenta con dos Frankfurt. Una es Frankfurt -o Fráncfort, en español- del Meno, en el Estado de Hesse y la otra es Frankfurt del Oder, en el Estado de Brandenburgo. La primera, a la cual visitamos, esla quinta ciudad más importante de Alemania, con más de 730.000 habitantes, detrás de Berlín, Hamburgo, Münich y Colonia. La segunda, fue prácticamente destruida en un 90 % durante la II Guerra Mundial, cuando tenía 67.000 habitantes, unos 9.000 más de los que cuenta hoy mismo, en un elocuente ejemplo de declinación demográfica.

Desde el siglo VIII d.C., a orillas del Río Meno (o Maln, en alemán), Frankfurt es una ciudad muy relevante, superando a Wiesbaden, que es la capital de Hesse. Primero, fue ciudad imperial libre, luego aquella que elegía y coronaba al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. El propio Carlomagno habitó allí gran parte de su vida.

También fue capital de la Confederación del Rin (1806) y la Germánica (1815) en el Siglo XIX.

Hoy, es un centro económico y financiero europeo, alojando al Banco Central Europeo (BCE), a la Bolsa de Frankfurt y también a la Frankfurt Messe, centro de convenciones internacionales como el Salón del Automóvil y la Feria del Libro.

La Eurotower, sede del BCE

Dada su gran cantidad de rascacielos, se la compara con Manhattan.

Así llegábamos a Frankfurt, desde Rotterdam (Holanda), en una jornada lluviosa.

Ahora sí, vamos a ver y disfrutar esta fantástica ciudad de Frankfurt del Meno, que también fuera semidestruida por los aliados pero luego levantada por el esfuerzo alemán.


La gente disfruta al borde del Río Meno.


EL BASQUET ARGENTINO Y UN BAÑO DE REALISMO

El excelente resultado que acaba de lograr el seleccionado argentino de básquet, nada más ni nada menos que un subcampeonato, el segundo en 17 años, en el Mundial de China, no sólo ha devuelto relevancia a dicho deporte, uno más en las preferencias colectivas de los argentinos, sino sobre todo, ha inaugurado un nuevo debate acerca de la ejemplaridad de aquel equipo sobre la actual hora de decadencia y grieta, contexto natural de la política en estas tierras. Un artículo del productor televisivo y ex actor Adrián Suar en el Diario Clarín, detonó tal discusión que ya se venía perfilando días antes a medida que el equipo argentino volteaba rivales con una personalidad y eficiencia que asombraba a propios y extraños.

Claro que la comparación inmediata con el fútbol, otro gran deporte, privilegiado por las juventudes argentinas a lo largo de las generaciones, compañero inseparable de la política (dirigentes partidarios, sindicales, empresarios procedentes de allí, subsidios estatales en cuantía a clubes, financiamiento de barrabravas o «hooligans» criollos), posibilita que ahora el básquet emerja con sus virtudes, como la gran contracara para explicar el gran fracaso como país.

Ciertamente, razones sobran. Mientras en el básquet argentino, hay continuidad, hay proyecto de largo plazo, en el fútbol y la política, sobra la improvisación y el cortoplacismo. Los equipos surgen de clubes de barrio o ciudades, pero juegan en un torneo auténticamente federal, como es la Liga Nacional ya desde hace décadas, una obra gestada por el «Ruso» León Najnudel (1941-1998), el visionario dirigente judío de Ferro Carril Oeste, un club que también lo es de fútbol, en el barrio de clase media, llamado Caballito en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En el deporte de los Messi y Maradona, en cambio, los torneos se arman y desarman cada cierto tiempo, según los caprichos de los dirigentes alineados con el gobierno de turno.

Mientras la Liga Nacional permitió el acceso de jugadores extranjeros de buen porte y calidad, como los norteamericanos ya hace largos años, para enseñarles a los nativos, cómo jugar a nivel competitivo y foguearlos para grandes lides, el fútbol argentino, se nutre sólo de vecinos paraguayos, uruguayos, colombianos, algún chileno o peruano exportando a temprana edad a nuestros juveniles a Europa.

La dirigencia basquetbolística es semiamateur pero ha logrado un esponsoreo diverso e importante y lo administra de manera inteligente; los «caciques» del fútbol son impresentables, con raras excepciones y siempre el dilema -falso-, es profesionalismo con clubes privatizados o amateurismo sin fines de lucro.

Hasta el periodismo que rodea a ambos deportes es sustancialmente diferente. Hay muy pocos periodistas formados y que entienden y transmiten el básquet. Abundan los futboleros y así son sus ingresos y poder de influencia, sobre jugadores, técnicos, árbitros y fans. Comparar la actitud de unos y otros a través del Mundial de Rusia del año pasado y éste de China, ya es elocuente. Negativa y sectaria en el caso del fútbol, de bajo perfil y desinteresada, mostrando amor auténtico por el deporte, en el del básquet. José Montesano es un verdadero ejemplo, una «isla» en su empresa TyC, el canal privado de deportes, que acaba de cumplir 25 años.

Pero esas diferencias se trasladan al campo de juego. Técnicos que son exitosos, que juegan roles de maestros potenciadores de talentos, queridos como si fueran padres, como Sergio»Oveja» Hernández, Rubén Magnano o Julio Lamas, jugadores que también demuestran talento, humildad y compromiso, como el cordobés Facundo Campazzo (número 3 de la Liga española) o el bahiense Emanuel Ginóbili (número 1 retirado de la famosa NBA), otros que no se quieren retirar como el porteño Luis Fabián Scola, ya bordeando los 40. En el fútbol, las individualidades brillantes que hemos tenido y seguimos fabricando no alcanzan para construir equipos hiperganadores: en los últimos 26 años, apenas una Copa América lograda, dos subcampeonatos también en tal plano y otro a nivel mundial. El básquet venía muy desde atrás, desde 1950 y en estas dos últimas décadas, ha nivelado al fútbol en éxitos significativos.

Ahora bien, aún reconociendo que el básquet es un deporte reivindicable para las generaciones presentes y futuras, como deporte y allí hay mucho aún por mejorar, por ejemplo, vis a vis con quien hoy nos ganara -España y su promoción pública del deporte, al igual que lo logrado por el fútbol y el tenis de la Península Ibérica-, donde me resisto a ponerlo en un sitial de ejemplaridad que le excede, es en la política.

Claro que el deporte es una actividad que ojalá despierte interés y pasión de los más chicos, les quite espacio a las drogas, el celular o el sedentarismo, pero de allí a afincarlo en un lugar modelo para nuestra castigada clase política, me parece no sólo exagerado sino inapropiado. Por razones de tamaño, jerarquía social, responsabilidad y hasta liderazgo colectivo, la política amerita encontrar nuevos formatos y dirigentes capaces de sacarnos del marasmo y la decadencia, en su propio campo y no afuera. El básquet tiene su propia esfera y está muy bien que haya mejorado y siga haciéndolo en ella. No es bueno, exigirle roles, funciones ni tiempos para los cuales no está preparado. La mochila sería demasiado pesada y lo distraería de su misión primordial y específica. La ficción o el atajo mágico a los que somos tan propensos los argentinos, volverían a imponerse sobre la cruel realidad.

Párrafo final para una inquietud alejada del tema de debate pero que me acechó a medida que pasaban los partidos de una selección compacta, solidaria e invicta, hasta hoy. Cómo explicar que mientras el país vivió muy pocas luces y muchas sombras a nivel macro, estos chicos que nacieron, se socializaron, se educaron y jugaron a su deporte preferido en estas dos décadas y media, excepto el ya nombrado veterano Scola, pudieron mantenerse al margen de dichos avatares -o no- pudiendo construir sus destinos venturosos que hoy muchos disfrutamos, incluso aquellos que los ven triunfar a nivel individual en otras latitudes. Puede tenerse éxito cuando la infraestructura y el progreso macro ayudan como el caso español pero también a pesar de ello o, sin tenerlo tan en cuenta, como quizás explica este triunfo argentino, porque aún recalcando lo que ya dijimos, de cómo la buena organización del básquet local ayudó a él, el aporte decisivo lo brinda la voluntad individual. Fueron ellos, desde Córdoba, Bahía Blanca, Mar del Plata, Concordia, La Banda, Gálvez, Sunchales, Cañada de Gómez, Marcos Juárez, Junín, General Roca y tantas otras ciudades de Argentina, los que llegaron hasta allí, tan lejos como sólo ellos se lo propusieron.




VARSOVIA: 80 AÑOS DESPUES

Cada calle que recorrí, cada edificio que visité o fotografié, cada casa por la que pasé, cada metro que caminé, fui particularmente recordando que allí casi todo fue reconstruido, seguramente por los soviéticos o los pocos polacos que sobrevivieron. Claro, Varsovia, la capital polaca (1,75 millones de habitantes), fue destruida en un 86 % por los bombardeos, primero de la Luftwaffe nazi y luego, por los aliados, en esa II Guerra Mundial que la tuvo como protagonista prácticamente desde los primeros días de setiembre de 1939.

Por eso, es emocionante hoy ver sus grúas por doquier, que revelan la incesante vitalidad de esta ciudad -la de Madame Marie Curie y Nicolás Copérnico-, entre otros célebres, sus paradigmáticos puentes (sobre el Río Vístula), sus edificios históricos, sus monumentos -a veces increíblemente al lado de instalaciones deportivas-, sus parques, etc.


Empiezo a mostrarles las estatuas y monumentos recordando la guerra, el levantamiento de 1944 o a los héroes militares polacos. Están a cada paso, en cada esquina.

Monumento del General Józef Pilsudski, héroe de la independencia polaca contra los rusos

El ex líder sindical y ex Presidente polaca en la fase postsoviética, Lech Walesa, dejó su rastro aquí en el Instituto de Sociología de la Universidad de Varsovia.

Polonia es una nación conservadora y muy católica: hay que recordar al Papa Juan Pablo II.

Más de su centro moderno -o no tanto-.


Tanto como bravos y resilientes, los polacos, al igual que buena parte de los europeos orientales, parecen más obsecuentes o serviles con sus amos coyunturales, ya sean soviéticos, alemanes o norteamericanos. Este es el edificio que le levantaron en honor a Stalin, agradeciéndole la reconstrucción de la postguerra, aunque hoy se llame Palacio de la Cultura y la Ciencia.

Algunas imágenes más del centro moderno.


Nosotros alquilamos un departamento en Praga-Poludnie («Praga del sur» o en polaco, Szmulowizna) pero aquí en estas fotos, se puede apreciar el camino hacia Praga-Pólnoc, el barrio más bohemio de Varsovia.


El particular parque zoológico de Varsovia, un verdadero «pulmón verde» de la ciudad. Un bálsamo de paz increíble, con una sombra bienvenida para días de tanto vcalor veraniego que a su vez, demuestra cómo esta ciudad no parece la capital de un país europeo, sino más bien la de una provincia.

Los polacos beben muchísimo y prueba de ello, son las botellitas de alcohol dispersas o abandonadas en toda la ciudad, incluso en lugares insólitos.

Es un gusto ver cómo cuidan a las especies arbóreas.


También estuvimos cerca del Estadio Nacional (PGE Narodowy), donde se jugó la Eurocopa 2012 -compartida con la vecina Ucrania-. Allí, cuyo partido inaugural en aquel certamen, fue el empate 1 a 1 entre polacos y griegos, juega habitualmente la selección polaca de fútbol, cuyo goleador es Robert Lewandowski, el temible delantero del Bayern Munich alemán, quien acaba de cumplir 31 años de edad.

Por último, les mostraré el casco histórico antiguo de la ciudad, mundialmente famoso como el «stare miasto» de Varsovia, donde no faltan las excentricidades.

Columna de Segismundo y el Palacio Real.

Aquí, no podíamos dejar de referenciar a la Argentina -o Italia-: Palermo.

En un país, de precios muy accesibles, los trenes son modernos y funcionan. Los supermercados tienen productos en abundancia y muchos de ellos son muy ricos, «Made in Poland«. Eso sí, a habituarse a la moneda polaca: los zlotys. Cada zloty equivale a 0,23 euros.

El Aeropuerto Federico Chopin, que ya conocía desde 2016, me despidió con estas fotos.



UN MILAGRO PARA MACRI HACIA OCTUBRE

Confieso que cuando el lunes pasado por la mañana, en Viena, Ekaterina, dueña de un prodigiosa intuición, me avisó que en la info de su celular, no aparecía como ganador o ganadora de la elección primaria en Argentina, ni Macri ni CFK, pensé en lo peor -y adiviné-: ganó Alberto Fernández (AF), quien por primera vez en su vida, había abandonado por un momento su traje de «monje negro» para convertirse en un líder expuesto y vencedor en las urnas. El problema no era sólo su triunfo sino el elevado margen con el que lo hizo: cuando vi los porcentajes, tampoco podía creerlo. Hasta supuse que igualmente sorprendidos estarían mis amigos peronistas, que aventuraban desde hacía meses, igual que la consultora Isonomía, que Macri podía perder hasta en primera vuelta con CFK -algo que ella misma ahora debe estar mascullando por regalarle tanto protagonismo a AF-.

En fin, las sorpresas, ahora llamadas «cisnes negros» siempre existieron aunque no dejo de buscarles alguna explicación: ése es mi rol de analista. Porque más allá del singular discurso impregnado una vez más de misticismo republicano de la Diputada Elisa Carrió el jueves 16 de agosto en el seno del gabinete ampliado -en pleno shock y duelo juntos-, en el que retó y reprochó a marketineros como Durán Barba, «mártires» como Marcos Peña, funcionarios insensibles y cobardes, veraneantes europeos como yo mismo, en suma, a la sociedad toda, lo relevante es entender que la sorpresa tenía muy poco de ello. Es que nadie quiso ver lo que estaba ocurriendo desde por lo menos, la crisis devaluatoria de abril de 2018, es decir, el gobierno estaba licuando rápidamente su capital político acumulado hasta la parlamentaria de octubre de 2017 y su estrategia de confrontar o polarizar con CFK para sacar rédito, sin tomar ninguna medida estructural, por temor a pagar costo político, no hacía mas que unir al peronismo, lo cual lo dejaría en franca y evidente desventaja a Macri de cara a este agosto.

Que luego los grupos focales del ecuatoriano, las encuestas, la propia Isonomía que se iría desdiciendo de sí misma en abril, los medios, los periodistas, hasta los mercados, creyeran que Macri había emparejado, es otra historia. Pero la realidad, oculta tras el voto vergonzante de la clase media -la que se quedó en Argentina-, estaba presente desde hacía mucho. Ni siquiera el propio kirchnerismo la vio venir en toda su dimensión.

Qué queda de aquí a futuro, en 2 meses? La reacción del dólar el mismo lunes, con mercados temerosos de otro default, la amenaza brasileña de quebrar el bloque regional, la especial atención de Washington, etc., complican a AF más de lo previsto y lo obligan a seguir con atención la trayectoria del «teorema de Baglini». La sensatez puede primar sobre cualquier fantasía populista y entonces, en su horizonte, puede perder votos desencantados con su nuevo realismo o abrir grietas con el ala kirchnerista. Tanto pragmatismo -no creo-, pueda soportar CFK y su entorno.

A Macri no le queda otra más que «remarla» y dar un giro de 180 grados en su política y su entorno: será capaz de hacerlo? En 2015 -desde setiembre-, lo hizo; por qué no ahora? Otra vez, estará a prueba su liderazgo tan singular pero para revertir todo en dos meses, deberá alejarse de influencias cercanas tóxicas y dar señales claras -y no ficticias- de cambio. La llegada de Lacunza por un inoperante Dujovne, puede avanzar en tal sentido. Porque para cambiar al país, como prometió, antes deberá cambiar él.

«ICH BIN EIN BERLINER», VERSION 2019

Se cumplen 80 años del inicio de la II Guerra Mundial, comenzada precisamente por los alemanes y 3 décadas de la caída del Muro de Berlín, así que, qué mejor ocasión para conocer la tradicional capital alemana, tan a menudo discriminada por los avatares históricos en favor de Bonn, Colonia, Hannover y hasta Hamburgo.


El Río Spree.

A poco de recorrer sus estaciones de transporte público integrado (tren-metro-tranvía-bus), la ciudad (con 3,5 millones de habitantes) deja entrever su vitalidad, multicoloridad y diversidad, expresada en la gran cantidad de razas que la pueblan, la pluralidad de idiomas y vestimentas que se ven como las conductas humanas, en las que prevalece el respeto por el otro.

Berlín ilustra cabalmente lo que es Alemania siglo XXI: una nación integrada con una gran inmigración, pero donde todo funciona, con buenos precios, bajos costos, dotada de un orden sistémico, aunque no sea perfecto, como muchas veces se la idealiza y tampoco luzca estéticamente. Prueba de ello último, es la proliferación de cocheras para autos, construidas a puro hierro.

La Alemania hiperglobalizada

La máxima expresión de aquel dinamismo y variedad étnica lo exhibe el barrio de Chalottenburg, situado en la parte oeste de la ciudad. Allí viven cerca de 400.000 personas, pero el 35 % de ellas, no son alemanas, sino árabes, turcos, iraníes e hindúes en un primer grupo minoritario; luego le siguen griegos, italianos y otras nacionalidades de Europa meridional; finalmente, rusos, ucranianos y kazajos, componen un 4 % de aquella población. Con sólo visualizar los bares, restaurantes y hoteles, puede verificarse la presencia masiva de estas comunidades no germánicas.

Muchísimos turistas se dan cita en Alexanderplatz, donde se halla la torre famosa de la TV alemana y el reloj mundial, con una gran cantidad de negocios de comida rápida y cerveza por doquier.

Unos kilómetros más allá, se halla la Puerta de Brandeburgo -colmada de manera insólita y surrealista, por los Hare Krishna, venezolanos pro-Maduro contra el «intervencionismo imperialista norteamericano» (la Embajada de Estadov Unidos está al lado del monumento) y pueblos originarios latinoamericanos- y el Reichstag alemán.

Extrema vigilancia en la Embajada britanica por el incidente con Irán en el Estrecho de Ormuz.

El Bundestag donde Frau Merkel, junto a su sucesora en 2021, la actual Ministra de Defensa, Annegrette Kramp-Karrenbauer, homenajearon el fracasado golpe militar y atentado del Coronel Von Sttaufenberg contra Hitler en 1944, también se ubica allí cerca, en medio del Parque Zoológico de Berlín, a metros del Monumento de la Victoria (construida a fines del siglo XIX y en pie durante la guerra), más las estatuas del Canciller de Hierro, Otto Von Bismark y el general Von Moltke, sobre la famosa Under den Linden (Avenida de los Tilos).

Un párrafo aparte merece el recordatorio del Muro y el puesto fronterizo donde eran latentes las tensiones entre soldados aliados y soviéticos en plena Guerra Fría (1961-1989). Hoy, hindúes o chilenos que apenas saben del acontecimiento que dividió al mundo, lo banalizan, eligiendo postear sus fotos desde aquel lugar tan especial.



Al recorrer la ciudad, no dejan de resonar las palabras de Kennedy, tratando, con la famosa frase con la que titulo este artículo, de congraciarse con los berlineses o de Ronald Reagan cuando le  pidió a Gorbachov que haga todo lo necesario para derribar el Muro. Pero también imagino la fortaleza y capacidad de resistencia del pueblo alemán: los numerosos ancianos septuagenarios u octogenarios, manejando sus bicicletas y hasta sillas de ruedas de última generación, como si aquella guerra que vivieran cuando niños tal vez hasta huérfanos y con ejércitos extranjeros ocupando su hogar, no hubieran hecho mella en sus cuerpos.

Por eso, yo también les tributo mi homenaje a lo Kennedy con su célebre frase y les “perdono” sus licencias contemporáneas, como los buses perdiendo su puntualidad famosa; cierta desidia con la jardinería; algunos mendigos durmiendo en los túneles o los automovilistas sin frenar ante un cruce peatonal, todo lo contrario al relato alemán de postguerra de su supuesta infalibilidad y excepcionalidad. Prefiero enfatizar en esa otra capacidad, tan estoica ante tanto dolor, aunque como hemos visto en el propio caso de Frau Merkel y sus temblores, el cuerpo les pase factura por ser como son.

El último párrafo, para el cruce de la Filosofía en una calle berlinesa.


EL PRESIDENTE QUE NO MERECIMOS

Ayer falleció el ex Presidente Fernando De la Rúa, quien gobernara con una singular alianza de centro-izquierda, que congregaba radicales y peronistas-progresistas, entre 1999 y 2001. A continuación, comparto alguna semblanza.

Estuvo en el lugar correcto en el momento equivocado -y con las compañías inadecuadas-. De la Rúa fue uno de los últimos exponentes de la clase dirigente argentina, en creer y escalar socialmente de manera meritocrática, sin tomar atajos como un matrimonio por conveniencia o alguna otra corruptela. Cordobés de origen, fue abanderado del Liceo Militar General Paz, Medalla de Honor en Abogacía de la UNC, Profesor por Concurso en la UBA y elegido como el «delfín» del histórico dirigente radical Ricardo «Chino» Balbín, para salvarse de la debacle generalizada contra el avasallador peronismo triunfante de 1973, convirtiéndose en el Senador nacional más joven de la historia argentina. En el regreso de la democracia, una década más tarde, tras ser derrotado en una gran interna radical contra Raúl Alfonsín, a la postre, Presidente de la Nación (1983-1989), fue diputado nacional y el primer Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde ya era un connotado vecino adoptivo. Quien fuera llamado con razón, el «Kennedy argentino», estaba llamado a ser Presidente a su turno. Lo fue en 1999, elegido por más de 11 millones de votantes en primera vuelta, que esperaban que castigara la corrupción menemista, mejorara la política social pero mantuviera la Convertibilidad de 1 dólar = 1 peso.

Sin embargo, no contaba conque su propio partido, encabezado por Alfonsín, lo presionara imponiéndole funcionarios como el economista heterodoxo Machinea ni «le soltara la mano» en el tramo final; tampoco con un peronismo que adentro de la coalición (con «Chacho» Alvarez como Vicepresidente -renunciante-) como en la oposición con la grieta Menem-Duhalde, una vez más asumiría un rol institucional irresponsable; finalmente, no supuso que la sociedad civil, que lo había acompañado, se dejaría manipular discursivamente por una nueva coalición, no partidaria, pero sí sectorial, la devaluacionista, formada por grupos empresarios (mediáticos e industriales), a la que se agregaron políticos vengativos de ambos grandes partidos tradicionales, como Duhalde y Alfonsín y no pocos intelectuales.

La renuncia de De la Rúa, más allá de sus dudas en la gestión y un contexto internacional sumamente adverso -el bajísimo precio internacional de la soja y la altísima tasa de interés en Estados Unidos-, condujo a la Argentina a un abismo, cuyos efectos se perciben hasta hoy. Desde todo lo que significó el derrumbe formal de la Convertibilidad, algo que ni siquiera Rafael Correa se animó a hacer -con la dolarización- en Ecuador, en materia de ruptura de contratos generalizados-incluyendo el «corralón» de Remes Lenicov; el default; una devaluación del 137 % en un año -pulverizando salarios-; el regreso de la inflación y la regresión autoritaria del kirchnerismo. Todo ello fue tolerado y hasta acompañado tácitamente por una sociedad contradictoria y bipolar que a mediados del 2001, en un 80 % aprobaba el mantenimiento de la Convertibilidad pero que rechazó abrumada un ajuste presupuestario quirúrgico de Ricardo López Murphy en marzo de aquel trágico 2001.

A De la Rúa, lo conocí hace apenas cuatro años en el CARI, cuando fue a ver a Mariano Caucino, en una charla de presentación sobre su primer libro de Rusia. Me impresionó como un buen hombre, un político culto -de los que ya no quedan-, honrado, respetado -en tal círculo- y respetable. Seguramente, su vulnerabilidad cardíaca y renal, empezó a perfilarse por aquellos años aciagos del país, así como muchos compatriotas, como mi ex suegro y mi propio padre, que sufrieron infartos mortales entre 2001 y 2004. Con estoicismo admirable, guardó un bajo perfil durante la década durante todos lo demonizaron, aunque se quedó a vivir en el país.

Un detalle final: De la Rúa murió un 9 de julio, coincidiendo con la fecha de la independencia patria. Tal vez, la amaba más que ninguno. Tal vez, todos, ciudadanos de un país de baja institucionalidad, fuimos muy injustos con él. Quizás en Suiza -o Uruguay-, lo hubieran apreciado y valorado mucho más.


CHERNOBYL: 33 AÑOS DESPUES

No habia forma de convencer en abril de 1986, al 80 % de mis compañeros y docentes de la Facultad de Ciencia Política y RRII de la UNR que la URSS no era el «paraíso perfecto» ni estaba del lado correcto de la historia. Ni siquiera con la expectativa favorable generada por la llegada, desde la agrícola pero discriminada por las políticas estalinistas, Stavrópol, de Mikhail Gorbachov, como nuevo Secretario General del PCUS en marzo de 1985.

Sus discursos reconociendo las carencias estructurales del sistema comunista soviético, precedidas de la huelga obrera y represión militar del régimen de Jaruzelski en Polonia, algunos años antes y el fracaso militar de la invasión a Afganistán, no parecían calar hondo en la intelectualidad argentina en otra muestra más de su habitual encapsulamiento. Tuvo que ocurrir una tragedia como la de Chernóbyl, para que aquí, algunos empezaran a abrir los ojos.

Hoy, con la perspectiva de la distancia temporal, ésta es mi opinión sobre lo ocurrido, además de sus repercusiones en la Rusia actual.

ENTREVISTA EN RADIO FM AHIJUNA

Aquí el trailer de la nueva serie de HBO que ha causado tanta conmoción entre las nuevas generaciones.