FEMINISMO RADICAL: EL FINAL DE LA INOCENCIA

La causa feminista goza hoy de muy buena salud, al menos en una parte del mundo, a pesar de una trayectoria con no pocos vaivenes. Tras un comienzo algo fulgurante en los tumultuosos años sesenta y setenta, donde mujeres pero también hombres, tras el revolucionario «baby-boom» de los cincuenta, filosofaron y predicaron la necesidad de una revisión de la historia humana en función de la manifiesta desigualdad sexual, aquel movimiento que no tardó en traspasar a la arena política fue perdiendo el vigor inicial. Mientras en el mundo occidental, se consolidó en Europa en los ochenta y noventa, provocando una fenomenal crisis de los matrimonios y la monogamia, tuvo altibajos en Estados Unidos donde la revolución conservadora reaganiana le puso cierto coto, de la mano de las iglesias protestantes electrónicas. Tardó bastante en llegar a América Latina, recién ahora y muy selectivamente. En el resto del globo, no existe: en Africa, donde el reino tribal vulnera hasta el clítoris de las mujeres, como si viviéramos aún en la Antigüedad y Asia, sobre todo en el Islam, nadie se pregunta por los derechos del sexo femenino.

Sin embargo, el movimiento «Me Too», que se engendró en el particular mundillo cinematográfico de Hollywood, parece haber resucitado a las banderas feministas. Precisamente, en el «paraíso» erigido de la manipulación sexual, Actrices ya maduras, denunciando «pecados» ocultos de juventud (o adolescencia), persiguiendo abusadores y violadores, entre sus productores y compañeros de actuación, no sólo le dieron visibilidad a sus dramas particulares sino que sobre todo, recuperaron algunas dosis de fama. Porque claro, no se puede omitir que el momento actual, de la mano de la revolución tecnológica, es particularmente estimulante para la rápida y generalizada mediatización del fenómeno, lo cual acarrea daños colaterales, no deseados sobre los victimarios pero también sobre las mismas víctimas, aunque crean ellas y sus abogados, que los esperan más dólares y fama a la vuelta de la esquina.

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UN G20 CON ALGUN ALIVIO ARGENTINO

Pasó el G20 por Argentina, más precisamente por Buenos Aires y está claro, que cobra una dimensión especial, ver juntos a los 20 Jefes de Estado que representan a dos tercios de la población mundial y el 85 % del PBI global. Tanta presencia internacional masiva no se veía en el país desde el Centenario (1910), cuando Argentina era digna de elogio en todo el mundo, recibiendo millones de inmigrantes y convirtiéndose en tierra de oportunidades y progreso.

Claro, muy diferente a ésta Argentina, que venía precedida de la incapacidad para organizar con éxito y en paz, un simple partido de fútbol y a pocas horas del inicio de la Cumbre, el asalto a plena luz del día, a John Kirton, un economista e investigador canadiense, experto en temas como el G20. El «anillo de seguridad» en torno a los lugares, edificios y hoteles, donde se moverían los primeros mandatarios, en la exclusiva zona del Barrio de Recoleta, el más bonito de Buenos Aires; el fuerte operativo con aporte militar extranjero; la interna policial resuelta entre la Nación y la CABA; más el pacto de no agresividad en las protestas anticumbre, con las organizaciones sociales vernáculas, finalmente, revertirían los malos pronósticos y todo se ejecutaría con un cierto orden y tranquilidad, ofreciendo una «cara lavada y hasta maquillada» de una, últimamente, muy degradada, Buenos Aires.

El evento revistió mucho de social y algo de político. El glamour lo aportó la gala del Teatro Colón -aunque descartando otras acciones culturales más clásicas-, más los paseos de la Primera Dama Awada con las esposas de los colegas de su esposo Macri y hubo hasta posibilidades de escapar del protocolo de algunos líderes. Dos ejemplos: el paseo de Macron comprando libros en la librería Yenny-El Ateneo y recibiendo las ovaciones de gente de a pie, que en Francia, extrañará seguramente cuando enfrente nuevamente a los «chalecos amarillos» y la salida nocturna del sábado de Angela Merkel, cenando en la Parrilla Don Julio, como si fuera una ciudadana más, disfrutando de la libertad civil que los alemanes del este, sus coterráneos, no conocían en la vieja RDA.

En este G20 -un lugar al que entró de casualidad-, la gran preocupación de Argentina, un país sin debate ni rumbo estratégico desde hace décadas, era la redacción consensuada del documento final. Aprovechando al máximo, la capacidad de nuestra nación -por hallarse en una situación geopolítica ideal, dada una serie de ventajas naturales-, para construir consensos globales, Macri ofició de facilitador y ése es el rol que le cabe oportunamente: un buen Jefe de Public Relations –no se le puede exigir otro papel-. Lo logró aunque no puede desdeñarse el arduo desempeño de una vasta gama de diplomáticos y funcionarios que trabajaron con aquel objetivo durante largos meses.

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SUECIA: UN INFIERNO DISFRAZADO DE PARAISO

Siempre supe que detrás de las cándidas y pegadizas canciones de ABBA y Roxette, había historias personales demaiado pesadas. Como ésta que relatamos a continuación.

Una nena de 12 años, testigo pasivo de los abusos de su padre sobre su madre,  culmina hastiada, arrojándole un bidón de gasolina y prendiéndole así, fuego en su auto. Por intento de homicidio agravado, es encerrada en un manicomio, bajo el «resguardo» del Estado, el mismo Estado que hace «desaparecer» a su padre y condena a la soledad y desamparo a su madre, que ve consumir sus últimos años de vida, perdida en un geriátrico. Para permitir su «rehabilitación social», un médico psiquiatra inescrupuloso la «domesticará», teniéndola más de un año, acostada atada con cadenas a la cama.

La nena, «semiliberada», al crecer en edad, pronto tendrá un tutor, un abogado, que a la postre, al sufrir un accidente cerebrovascular, algo común en ese país hegemonizado por ancianos huraños y solitarios, será reemplazado por otro, extorsionador y abusador de menores, que así también someterá, con la impunidad oficial, a la ahora mujer.  Ella no tendrá a quién recurrir: se rebelará en silencio con una fisonomía punk y sólo podrá defenderse, como una hacker sin igual, gracias a las nuevas tecnologías.

Podrá vengarse de sus «protectores» y hasta poner al desnudo sus vejaciones pero para ello necesitará de la ayuda tan imprevista como incondicional de un periodista y su medio comprometido como, cuando se vaya desenrrollando la compleja trama siniestra que ocultó su ultraje oficial, donde convergían abogados, fiscales, policías y sobre todo, el servicio de inteligencia, preocupada por proteger al perverso padre de la chica, un empleado ex camarada soviético -cuándo no los rusos, nunca un polaco, un checo ni un húngaro-, allí recién aparecería otra oficina gubernamental, dentro del mismo cuerpo de seguridad, pero la de protección constitucional que por fin entendió que se trataba de un fenomenal caso de violación estatal contra lo derechos de una ciudadana, en un país que se precia de salvaguardar como nadie, precisamente, los derechos individuales. Como si todo ello fuera poco, en contra de la víctima, la persigue un hermanastro superasesino, con analgesia congénita, o sea, insensibilidad al dolor. Parece mentira pero la saga se iniciade modo distante con este guión central, al referirse a un caso de neonazismo encubierto, violación y crímenes al interior de una familia empresaria poderosa, cuyos hermanos mantenían oculta la siniestra historia.

El país del que se trata, no es Estados Unidos, tampoco es Gran Bretaña, la que se acaba de ir de la UE, ni siquiera Alemania. Me refiero a Suecia, un país que se jactó siempre de tener un Estado Benefactor, sin cárceles porque no hay presos, con un feminismo acendrado, mostrando su orgullo de ser pacífico y neutral durante guerras mundiales, incluso en la Guerra Fría, el mismo que exporta cultura y hasta financia actividades de organizaciones de ayuda humanitaria y promoción de derechos humanos en el Tercer Mundo. Pero claro, hasta la inocencia que vende for export, tiene su contracara hacia dentro.

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EZEQUIEL GALLO, ADAM FERGUSON Y EL DEBATE ALBERDI-SARMIENTO

Subís a un taxista y se queja en la ciudad argentina en la que estés, que los habitantes locales manejan de manera pésima, ignorando la prioridad de paso por la mano derecha. Para qué abundar de ejemplos de padres o madres que circulan llevando a sus hijitos en moto, con el casco en la mano, para -eventualmente- colocárselo apenas divisen la figura de un agente de tránsito. Se ha generalizado la toma de calles y rutas, por parte de grupos minúsculos, que protestan por las más variadas razones, violando los derechos de terceros, con total impunidad, sin tener en cuenta que existe un orden social, donde es legítimo peticionar a las autoridades pero a través de las instituciones que ellos mismos votan. Desde hace tiempo, son comunes los ataques de padres a los maestros y profesores por retar o evaluar negativamente a sus hijos, alumnos mediocres, cada vez más desinteresados en estudiar o prestar atención en clase. En las encuestas de opinión pública, esta sociedad anómica exhibe y legitima un total desapego al esfuerzo, la ética del trabajo como válido para alcanzar el progreso individual y colectivo, creyendo que existe el atajo -cualquiera sea-, para tener éxito en la vida.

Llama la atención que Argentina plantee este escenario cuando a principios del siglo XX, se erigía en una país de enorme futuro, con una autoestima muy elevada y siendo por demás de atractivo para los muchos inmigrantes que la poblaron, proviniendo de los más lejanos lugares del mundo. Educativamente, asegurando una cierta igualdad de derechos,  la elite que la gobernó, con una lógica muy clara de proyecto de país, permitió que masas enteras de italianos, españoles, judíos, musulmanes, croatas, alemanes, rusos, etc. se formaran y al mismo tiempo, progresaran individualmente. La pregunta que surge al instante por qué ese proyecto fracasó, autocuestionado por los hijos de la propia elite, que con culpa, empezó a criticar los mismos cimientos de aquel orden, su mayor o menor justicia, su legitimidad, su grado de cobertura. Como alguna vez mencionara Mariano Grondona, aquella aristocracia se fue al campo y «cerró la tranquera», recluyéndose en su vida privada y absteniéndose ya de participar en los asuntos públicos del país. Siguiendo la lógica advertencia burkiana, tal abdicación dejó el país en manos de los conservadores más mediocres, los radicales ya no tan éticos, Perón y los militares y así, el daño, fue enorme. Pero no era cuestión de intérpretes o ejecutores: sí lo era de ideas. Las ideas condujeron al país al resultado de decadencia que hoy vemos.

Hablando de ideas, quien mejor me explicitó en esta vida, el recorrido histórico de esta decadencia, dónde empezó y cómo se gestó, fue el gran historiador argentino Ezequiel Gallo, quien falleciera hace algunos meses atrás. Aunque de familia radical antipersonalista y antiperonista, Gallo, en clave muy diferente, por ejemplo, de un Fernando Iglesias,  no hacía hincapié en Perón, el peronismo o los golpes militares, como el o los gérmenes del ciclo autodestructivo argentino, sino en la propia elite que la condujo a su rotundo pero breve éxito y para ello, indagó en el mismísimo epicentro de aquel ciclo largo de bonanza y progreso, el mismo donde vivimos hoy: la «Pampa Gringa». En términos de ideas, este gran pensador forjado en la tradición ilustrada escocesa, de Adam Ferguson y otros, en el siglo XVIII, ubicaba el debate -muchas veces ignorado- por los gigantescos ideólogos del modelo agroexportador y «generación del ochenta»: el tucumano Juan Bautista Alberdi y el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento.

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LA HISTORIA DE ASHRAF MARWAN O «EL PASTORCILLO MENTIROSO»

Desde niño, mi madre me enseñó que hay mentiras y mentiras. Las hay graves, por supuesto, como ser infiel a tu esposo o esposa o ser desmesurado, para evitar castigos que te mereces o provocar polémicas donde no hubieran existido. Por el contrario, las hay veniales o pequeñas, para evitar males mayores o discusiones estériles, con el efecto de congraciarse con el otro para no «avivar la llama» que puede generar un incendio funesto. Entre estas últimas, existe la mentira porque nos aburre cierto estado de ánimo, a la manera de una broma de mal gusto. Sólo que en este caso, también hay consecuencias no queridas. Quien recuerda la fábula de Esopo, llamada «El pastorcillo mentiroso», puede concluir que el problema del mentiroso, aún venial, es que «carga con una cruz»: nadie le cree cuando dice la verdad -más habitualmente que quien se dice sincero-.

Algo parecido ocurre con ese bien tan supremo que es la paz. Hay muchos caminos a ella, no un único. Nadie asegura que una buena conducta, individual o colectiva, pueda garantizarla. A veces, el sendero más insólito nos conduce a ella. A veces, la sóla amenaza puede disuadirnos de procurarla para evitar mayor sangría de la esperada. Si tuviera que escoger entre la paz que predican los pacifistas a ultranza y los realistas, conocedores de la imperfecta naturaleza humana, me quedo con la de estos últimos. La paz no se alcanza con discursos rimbombantes cada final de setiembre en la Asamblea de la ONU ni ofreciéndose como escudo protector de las fuerzas del organismo. Quedó demostrado hasta el hartazgo que aún entre los grupos de Médicos sin Fronteras, Cruz Roja Internacional o los mismos pacificadores -recordar la negligencia holandesa en Srbenica-, existen almas pecadoras, que escapan de sus propios demonio internos y por eso, eligen estar allí, en esas circunstancias tan peligrosas, tratando de alcanzar vaya a saber uno qué redención, lavando sus culpas individuales del pasado.

El caso del egipcio Ashraf Marwan, doble agente del Egipto de Anwar El Sadat y la Israel de Golda Meir, Moshe Dayan y Menahem Begin en los años setenta, me hizo reflexionar sobre la mentira y la paz. Ese yerno de Gamal Nasser, el «Padre de la Patria» egipcia, era sobre todo, humano: lo cegaba la ambición de poder. De bajo perfil y acomodaticio, se había casado con Mona, tal vez hasta por interés, no por amor. Cuando las intrigas palaciegas y la escasa valoración de su suegro amenazaron con desplazarlo, no dudó en pasar sus servicios a Israel y la temible Mossad. La muerte de Nasser y el nuevo favoritismo de Sadat para con él, cambiaron diametralmente las circunstancias, pro él quedó preso de las mismas. Giró hacia un idealismo de conveniencia, para manipular a egipcios e israelíes, casi por igual. Tras dos intentos errados, «Angel» -ése era su seudónimo como espía projudío-, se ganó la confianza definitiva de los últimos, tras advertirles a tiempo de la Guerra del Yom Kippur, que sólo ocasionó 17.000 muertos, evitando la de millones. Ni a su propia mujer pudo convencer que jamás tuvo amantes: su verdadero amor estaba dirigido al poder y el dinero. Con esos valores criticables y aún con la sóla confianza de otro agente israelí («Alex»), logró más que nadie y es el único héroe egipcio e israelí al mismo tiempo: la paz por más de 40 años ya entre ambos países.

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EMBAJADAS NORTEAMERICANAS BAJO ASEDIO: TEHERAN (1979) Y BENGASI (2012)

Dos películas reflejan dos de las más grandes humillaciones que recibiera Estados Unidos en los últimos 40 años.

Una, es «Argo», premiada con el Oscar de la Academia de Hollywood, protagonizada y dirigida por Ben Affleck, donde se describe el calvario de 66 diplomáticos y ciudadanos norteamericanos, tomados de rehenes en la Embajada de su país en Teherán (Irán), durante 444 días entre el 4 de noviembre de 1979 y el 20 de enero de 1981. Tal crisis se suscitó en el marco de la Revolución Islámica, de sesgo shiíta radicalizada, liderada por el Ayatollah Ruhollah Khomeini, quien había regresado por aquellos días, de su exilio en París, tras haberse opuesto tenazmente al Sha Reza Pahlevi, el autócrata modernizador casado con la emperatriz Farah Diba -quien solía tomar baños con leche para rejuvenecer su piel- , la pareja apoyada férreamente por Estados Unidos desde la caída del Premier nacionalista Mohammad Mossadegh, orquestada por la CIA en 1953.

La otra película es «Trece horas: la historia de los soldados secretos de Bengasi», aludiendo a la también toma violenta e incendio del Consulado norteamericano en la ciudad libia de Bengasi, el 11 de setiembre de 2012, en el undécimo aniversario del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono, por parte de Al Qaeda, que desencadenaría la muerte por asfixia, del entonces embajador americano, Christopher Stevens. El contexto de esta acción cuasi terrorista, era la «Primavera Arabe», que a diferencia de la Revolución iraní, fue estimulada y apoyada por Estados Unidos, en la ingenua creencia de que generaría un efecto democratizador «dominó» sobre la región de Medio Oriente, similar a la postguerra en Alemania y Japón.

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«MISION IMPOSIBLE» LO HACE TODO POSIBLE

Me encanta la frase «lo hecho, hecho está, cuando nosotros decimos que está hecho».

«Qué está haciendo?» pregunta la agente del MI6. «Mejor no ver lo que hace», le dice su colega americano, ante la locura y audacia de la acción del protagonista, su propio jefe.

«A grandes males, grandes soluciones», otra de las frases preferidas del personaje central, un apostador nato que nunca opta por caminos minimalistas.

«El no es más que la propia manifestación del destino», dice con admiración de él, su ex autoridad en la CIA.

Un equipo de técnicos eficientes; un líder que se mantiene joven a pesar de los años, escalando aviones, manejando motos de alta cilindrada en ciudades populosas o trepando alturas inimaginables, contradiciendo toda ley biológica o de gravedad; una permanente búsqueda de simulación que logra engañar a «los malos» pero sobre todo, un espíritu de unidad y de servicio al Estado -corporizado en su propio team, el de la IMF-, que permite que Ethan Hunt priorice salvar la vida de un compañero -la cual vale como la de millones- o relegue enamorarse para no condenar a su esposa a la viudez temprana, prefiriendo más bien, otra mujer tanto o más aventurera que él.

Esos valores de juventud vigente, originalidad, camaradería y fidelidad a una nación, me permiten sentarme cada vez a disfrutar sus imágenes y sonido, como si fuera la primera vez, allá, en los años sesenta cuando Peter Graves, el elegante y canoso actor norteamericano lideraba el equipo, siempre con un negro como integrante -antes Greg Morris, hoy Ving Rhames-. Si Tom Cruise desde hace años (1996 para ser más exactos), le ha tocado reemplazarlo, incluso con el enorme riesgo de no usar doble para las escenas hiperpeligrosas, sin duda que no lo ha hecho nada mal, y de hecho, le ha brindado un toque especial a la saga cinematográfica que la hace particularmente taquillera.

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PAISITOS: HAY UNO EN LATINOAMERICA Y SE LLAMA URUGUAY

En qué capital de un país podemos ver imágenes diarias como ésta? sí, no creo que haya muchos, más bien diría pocos, contados con los dedos de una mano. Relajados, seguro jubilados, una buena vida, tranquila, un «Estado Benefactor» desde «la cuna hasta la tumba». No es Suecia, no es Suiza, es Uruguay, precisamente la «Suiza latinoamericana», como se llamó alguna vez. «Estado tapón» entre Argentina y Brasil, pergeñado en los escritorios de la diplomacia británica en el siglo XIX, de apenas algo más de 176.000 km. cuadrados y unos 3 millones y medio de habitantes, con una de las poblaciones más envejecidas del continente y por qué no, del mundo, pero uno de las más alfabetizadas, democráticas, pacíficas e igualitarias (aunque no desarrolladas) del orbe.

El país en el que en toda la Semana Santa no se trabaja a pesar de que están separados la Iglesia y el Estado hace muchísimo tiempo; el país en el que vivir en Montevideo, la capital, se asemeja a vivir en una capital de provincia del interior argentino; el país que eligen argentinos y no pocos europeos, para poner sus ahorros en dólares y euros; el país en el que muchos argentinos tienen sus yates, sus autos, sus departamentos, sus inversiones en campos, para evadir el fisco de nuestro pais. Sí, Uruguay, aquí están nuestras fotos de Montevideo y su bella costanera, el elegante barrio de Carrasco más Punta del Este y Piriápolis en su costa este sobre el Río de la Plata y Océano Atlántico.

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CORRUPCION ARGENTINA: AUN NO SE GANO LA GUERRA

Desde hace 15 días, con la sombra del «caso Odebrecht» sobre Argentina -el único país latinoamericano donde no hay ningún siquiera procesado hasta ahora-, se ha destapado un verdadero entramado gigantesco de corrupción, a partir del descubrimiento de cuadernos en los que metódicamente anotaba el chofer de uno de los funcionarios implicados en la densa red oscura que involucra a ex secretarios de Obras Públicas y sobre todo, empresarios del club o cartel de la construcción, terminando seguramente en políticos que se financiaban con tales sobornos. Los montos exceden largamente el cuoteo español, por ejemplo, el mismo que depositó a Florentino Pérez, el Presidente del Real Madrid, a partir de sus controvertidos contratos o licitaciones en la Europa Oriental postcomunista: mientras allá, no pasan del 5 %, aquí en las ex colonias del Virreinato del Río de la Plata, van entre el 10 al 15 % de las obras, algunas de las cuales, ni siquiera se terminaron.

Antes del descubrimiento de «los cuadernos de Centeno» y de la masiva confesión de empresarios con el incentivo judicial del arrepentimiento, el ex Vicepresidente de CFK, Amado Boudou (ex UPAU) fue condenado a 5 años de prisión por el caso Ciccone (licitación espúrea de una imprenta para la Casa de la Moneda). Hay que recordar que un mediocre pero leal como Boudou fue nombrado como segundo de Cristina, anecdóticamente, de una manera peculiar: cuando «le iban a poner una inyección en la cola», la enfermera le preguntó quién iba a ser su acompañante en la fórmula que ganaría con el 54 % de los votos en 2011, tras la muerte de su marido Néstor Kirchner en 2010 y la «traición» del radical Julio Cleto Cobos en agosto de 2008, a raiz de la crisis con el campo. CFK eligió así a su acompañante, de quien se sospecha, tenía otros vínculos personales con la ex Presidenta, hoy no procesada porque cuenta con fueros en el Senado. Hay que pensar y repensar una y otra vez que de allí venimos los argentinos: de ese mar de desparpajo, impunidad, silencio cómplice y votos de millones para con un régimen tan falaz y faccioso como los peores que tuvimos antes. Fueron algunos políticos (mujeres) como Elisa Carrió, Mariana Zuvic y Graciela Ocaña, en total soledad, algún ex Ministro como Roberto Lavagna y sobre todo, periodistas  de los diarios La Nación y Clarín sí, los denunciados por el propio kirchnerismo en una suerte de conspiración mediática de poderes concentrados-, como Hugo Alconada Mon, Diego Cabot, Nicolás Wiñazki, los que se animaron a desentrañar toda la trama de saqueo a las arcas fiscales argentinas, comparables a las peores de Africa. Sin embargo, fueron de nuevo las mujeres, en este caso, las esposas o ex amantes despechadas, las que ahora confesaron a esos mismos cronistas, la existencia de cuadernos donde se anotaba con lujo de detalles toda la maquinaria del robo.

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CHARLES CHAPLIN: UN PIONERO DE LA SONRISA

En su Suiza natal, murió un día de la Navidad de 1977, el mismo que alumbró los rostros de millones cuando el cine era mudo, aunque los seguirá iluminando por varios siglos más, aunque nos domine la tecnología de los celulares, You Tube, Netflix y «Soy Germán». Ya lejos de la pobreza que lo vio nacer, pero a la que le dedicó películas como «Vida de perros», «El vagabundo» y «El chico», por esa infancia aciaga que le tocó enfrentar, con un padre que murió joven atrapado por la cirrosis y una madre enferma que terminó con demencia senil y, a la que siempre recordó por ser actriz (Lily Harley). Tuvo varias esposas y la última, la hija del dramaturgo Eugene O’Neill, le dio nada menos que 8 hijos, aunque él ya tenía 70 años.

Por ser el primer cineasta, productor, autor y actor de una era que quedará grabada para siempre en nuestros corazones, tuvo una valoración enorme y global. Fue un gran capitalista que gracias a sus ahorros bien invertidos (en ladrillos) pudo sobrellevar la Gran Depresión de 1929-1930, aunque criticaría la inhumanidad del fordismo en «Tiempos modernos». Sería implacable con Hitler en «El gran dictador» y volvería a ser ácido con el capitalismo en «Monsiuer Verdoux». Los norteamericanos no le perdonarían su complacencia con el papel soviético para derrotar a los nazis durante la II Guerra Mundial, por lo que sería una víctima más del maccarthismo. Como Bobby Fischer y tantos otros, recién sería perdonado al final de su carrera. Sería homenajeado por Hollywood de manera elocuente: es por todos recordado, su largo standing ovation de 12 minutos, en una entrega de los Oscars. A Hitler que lo llamaba un «pequeño judío despreciable», no le perdonó la copia de su pequeño bigote, que era sinónimo de ternura, no de crueldad.

Su reconocimiento es universal, desde la India de Mahatma Gandhi hasta Europa del Este, donde su fama llegaría de la mano o el uso político de la censura americana en plena Guerra Fría. Hasta un genio como Einstein lo consideraba su amigo. Es que como afirmaba el propio «Carlitos» Chaplin, «sonríe, porque tal vez mañana verás el sol brillando sobre tí» o, » la vida es como una gran obra de teatro, donde debes apurarte a cantar, reír, bailar, llorar, antes de que baje el telón y cierre sin aplausos».