ARGENTINA: UN TRIUNFO OFICIALISTA ARTIFICIAL?

Ganó por apenas un punto, en un ballotage en el año 2015, prometiendo un fenomenal cambio histórico en Argentina. Gobernó menos de dos años, tuvo cierta iniciativa durante sus primeros meses y luego, cometió errores básicos de gestión, incluso comunicacionales, a pesar de jactarse de conformar un “gran equipo” de ex CEOs de empresas privadas, exaltando el pragmatismo más elocuente por encima de las ideologías. Sin embargo, no importaron las promesas incumplidas, tampoco los déficits de gestión. Su “gurú”, el ecuatoriano Durán Barba, a quien ya nos hemos referido en estas mismas columnas hace un tiempo atrás, aconsejó a fines del año pasado, sobre la base de sus estudios en grupos focales, una confrontación discursiva polarizante con el pasado más reciente, es decir, los 12 años de la década kirchnerista y su candidata, la ex Presidente, Cristina Fernández (CFK). Si era necesario ralentizar adrede la gigantesca agenda transformacional que exige la Argentina, había que hacerlo, en función de la búsqueda de poder electoral indispensable para asegurar gobernabilidad.

No pocos medios de comunicación, formando parte del llamado “círculo rojo”, criticaron estas decisiones estratégicas porque le consumían al gobierno, una energía que bien pudo haber acumulado e invertido precisamente, en gobernar. No lo hizo, insistió en esa fórmula electoralista, acompañada por dos grandes aportes: la maquinaria de timbreo masivo de los funcionarios y empleados en cada rincón del país, con una planificación exhaustiva diseñada por “los Marcos Peña´s boys” y cierta sensiblería mostrada en los últimos días de campaña, por candidatas femeninas, como la diputada nacional chaqueña Elisa Carrió y la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal.

En las primarias del domingo 13 de agosto de 2017, una suerte de encuesta previa a la elección legislativa de medio término de octubre próximo, mal no le ha ido: venció en el promedio nacional (36 %), encabezó en 10 Provincias (incluyendo las pequeñas en superficie pero simbólicamente relevantes Santa Cruz, el bastión histórico cuasi feudal del kirchnerismo y San Luis, la “fortaleza hasta ayer invicta, de la familia Rodríguez Saá), probó ser una vez más exitoso -prácticamente no ha perdido desde hace una década-, pero sobre todo, en la Provincia de Buenos Aires, donde el kirchnerismo apostaba sus últimas fichas de supervivencia, ungiendo a CFK como senadora nacional, le pudo arrancar un empate técnico, con final de “bandera verde” televisiva, cuando una semana atrás, las encuestas le pronosticaban una derrota por 5 puntos.

Ese empate técnico en la Provincia de Buenos Aires, distrito que ha cobrado una desmedida gravitación política, desde el Pacto de Olivos y la reforma constitucional de 1994, depara una enorme cantidad de incógnitas adicionales, de cara a los comicios de octubre, en función de adónde se dirigirán los votos de aquellos que no fueron a emitir su sufragio ayer; los del peronismo perdedor, tanto en sus variantes como Massa y Randazzo más la izquierda fragmentada. Tanto el gobierno como CFK dependen de dichos votos para definir quién será el ganador definitivo dentro de un bimestre y aventurar las posibilidades que le abren el futuro de sus carreras políticas hacia el Ejecutivo nacional, con vistas al 2019. En todo caso, y como se vio una vez más anoche, con la recarga de datos del Correo, manipulada mediáticamente por el oficialismo, tal como lo hacía el denostado kirchnerismo hace años, la mitad de los argentinos que no los votó, seguiremos entrampados por la lógica electoralista de los dos bloques.

Ahora bien, y el “cambio”? Está claro que a pesar de que los números macroeconómicos ni siquiera muestran una notoria mejoría, sino una apenas tibia, con semejante estrategia electoralista, el frente oficialista demostró ser eficaz, todo lo que no fue en el gobierno. La sensiblería le resultó también útil, como la misma CFK la empleó cuando quedó viuda de su marido Néstor en 2011 y obtuvo el efecto compasivo de una sociedad como la argentina, tan inclinada a la resignación, la evasión y el escapismo.

Otro punto importante es el liderazgo. Para que un cambio sea sustancial y consistente en el tiempo, requiere de una dosis de liderazgo. Imaginemos por un momento la Alemania del ’48 sin Adenauer o Erhard, la Francia del ´’58 sin De Gaulle, la Estados Unidos post Vietnam sin Reagan o la Inglaterra privatizadora sin Thatcher. No hubieran sido posibles semejantes transformaciones sin el papel protagónico de esos seres humanos ciertamente únicos e irrepetibles.

Sin embargo, por la reputación populista del país y el propio estilo y carácter tan especial del Presidente Macri, un resiliente nato, sin mayor carisma y nada devoto a la comunicación de más de 15 minutos, el Frente Cambiemos descreyó absolutamente de esa cualidad, a la que suele tachar erróneamente de “providencial”. El problema es que descarta a priori de una cualidad que bien le serviría para ejecutar el cambio social y económico que requiere el país. Por el contrario, descansa demasiado en la influencia femenina del tándem Vidal-Carrió, con el consabido riesgo de la inestabilidad emocional sobre todo, de la última mencionada y ahora, a partir de ayer, depende como nunca del arbitraje de Sergio Massa, a quien el propio Macri se empeñó de dinamitar de modo absurdo, con el objeto de mantener “la grieta” con CFK. La gran virtud del liderazgo es que quien lo ejerce, no depende de nadie, ni siquiera de su “coaching”, sino de sí mismo, su interlocución con la sociedad y la contrucción de consensos legislativos.

Un  cambio que decididamente, debió haber sido otro: reformas estructurales de fondo, comunicación clara de la pesada herencia recibida, gestión impecable de políticas públicas. El gobierno, que no cree en ideas ni valores, excepto el de “la gestión”, debió haber liderado todo ello, pagar sus costos y competir en elecciones, mostrando su proyecto de gobierno y de país. Como se expresó antes, el camino fue muy diferente.

La energía se puso en volver a ganar las elecciones, aún a costa de perder gobernanza. Pero hay que recordar en estos momentos de medida euforia de mucha clase media argentina, el FPV (Frente para la Victoria), la coalición del kirchnerismo también era una poderosa maquinaria de ganar elecciones mientras sobre la base de chequera centralizada, mentiras y relatos oficiales, encubría su manifiesta incapacidad para gobernar. Es el macrismo, una copia de aquello, aunque con mejores modales, con nulo griterío y devoción por el dialoguismo? Si fuera así y ojalá no lo sea, en un país como la Argentina, con 70 años de atraso y pérdida relativa de posiciones en el mundo, ese “lujo” se pagará muy caro. Necesita un cambio profundo y no una cosmética discursiva que apele sólo al gradualismo como receta, porque el riesgo sería mayúsculo: caer en la absoluta irrelevancia global.

Acerca de Marcelo Montes

Doctor y Magister en Relaciones Internacionales. Politólogo. Profesor universitario, área Política Internacional. Analista de la política exterior de la Federación Rusa. Investigador. Columnista de medios de comunicación escrita, radial y televisiva.
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