REGRESOS TRAS LARGAS AUSENCIAS

Primero fue Noruega, preanunciando ya la sorpresa a lo largo de las fechas del grupo, con el «vikingo infalible» en las redes, Erling Haaland y remontando el domingo 16 contra Italia y de visitante en Milán, con un histórico 4 a 1, condenándola por tercera vez consecutiva al repechaje. Los noruegos así lograban el regreso a una Copa Mundial de Fútbol tras 27 años de ausencia.

Tras cartón, anoche, en Hampden Park, serían los escoceses, habituales participantes en los setenta, ochenta y noventa y ausentes también desde Francia 1998. quienes clasificarían tras un dramático partido sin resultado cierto hasta el final, con un 4 a 2 sobre Dinamarca. Emotivo por donde se lo mire y por ello seleccionamos las fotos, porque el pueblo escocés estaba condenado a ver eliminación tras eliminación al límite, en los últimos tramos de Eurocopas y eliminatorias a Mundiales  -2002, 2006, 2010, 2014, 2018 y 2022-. El DT Steve Clarke fue el gran artífice de las concreciones de los últimos años -por ejemplo Eurocopa 2020 y repechaje para Qatar 2022-, aunque la de anoche por cierto, no tiene parangón.

Por último, Haití, ausente desde el Mundial de Alemania 1974, cuando fue derrotada por goleada por italianos, polacos y argentinos  en primera ronda, pudo también clasificar ayer cuando se enteraron en la misma cancha vía celular, del empate en cero entre Honduras y Costa Rica. Jugaban como locales en Curazao, por la guerra entre pandillas que asola al país desde hace años. 

Ojalá, los tres, con sus diferentes situaciones socioeconómicas y culturales, tengan la mejor de las suertes en el próximo certamen global de Estados Unidos-México 2026.

 

LA «NARANJA MECANICA»: FUTBOL CON ESTILO HOLANDES

Esta semana, debía convertir siete goles para aspirar al repechaje (o repesca, como suelen decir los españoles) y clasificar al Mundial 2018 en Rusia, un país con el que ellos tienen una larga amistad a lo largo de siglos desde los viajes del Zar Pedro El Grande a Amsterdam, para copiar, disfrazado como un civil mundano, los barcos de la poderosa flota mercante de la bandera de la familia real Orange. Enfrente estaba Suecia, ya sin los Larsson, los Svensson, los Edstrom, los Limpar, los Ravelli de otras épocas pero tampoco sin Zlatan Ibrahimovic, retirado de las canchas y las redes. Pudo hacer sólo dos y eso marcó el fin de un sueño que en realidad, nunca a lo largo de una floja eliminatoria, había merecido. Pero juro que, de inmediato cuando me enteré del requisito de una goleada así, pensé en aquél equipo de los setenta, que sí era capaz de las tres «g»: gustar, ganar y golear.

Es que aquella Holanda de 1974, la famosa «Naranja Mecánica», en honor a la película, pero sobre todo, porque era un equipo de toda la cancha, una especie de «caos organizado», sin posiciones fijas para jugadores relajados pero dinámicos, era imbatible e hipergoleadora. Una orquesta de claridad, potencia, velocidad y manejo técnico: la pura perfección. Cuando hoy uno ve e investiga el fenómeno de Islandia, también podría volver hacia atrás e indagar cómo un país tan pequeño, ex colonia española, pero con idioma flamenco, con tierras ganadas al mar, pudo haber hecho historia con ése y otros equipos posteriores, haber llegado tan lejos en el fútbol y a pesar de ello, no haber ganado nunca un Mundial, máxime cuando fue subcampeón en un par de ocasiones y campeón europeo, en una ocasión. Esa Holanda de 1974, tenía la friolera de 800.000 jugadores federados sobre un total de 13 millones de habitantes, o sea, 22 jugadores por kilómetro cuadrado.

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